La chica perdida en París Capítulo 38
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Capítulo 38

Emma

Perfume:

Forever Paris

Rosa damascena, jazmín, clavel especiado

—Me muero por dentro, madame , con ese comandante despreciable y esa alemana sádica tratándola así. —Me recojo el pelo húmedo en una coleta, pensando—. No había pensado mucho en las mujeres de las SS, en cómo encajan en toda la ecuación nazi. ¡Qué cabrona!

Madame alza una ceja, pero no desmiente lo que digo.

— Fräulein Schmidt no era de las SS, pero no tenía corazón; aunque hubo un oficial de las SS compasivo en Auschwitz que avisó a los romaníes de una redada en 1944 para que pudiéramos prepararnos.

—Un largo suspiro—. También conocerás a una guardiana de las SS…

y a una muchacha alemana en Dachau que jamás olvidaré.

Ah, pero eso lo contaré cuando lleguemos. Primero, té.

Le tiembla la mano mientras me sirve una taza de una tetera de plata.

—¿ Lance no pudo hacer nada por usted? —Huelo el té… lavanda dulce, cilantro.

—Hizo averiguaciones discretas, pero lo único que pudo saber es que me habían arrestado y encarcelado.

—Es horrible, madame . Me desgarra por dentro. Como una herida purulenta que no cicatriza.

No debería presionarla. Ha sido un día largo: fuimos a la tumba de su madre y encontramos la fórmula de Le Courage .

Y su pulsera y su navaja. Ya estamos de vuelta en el château .

Madame parece renovada con un pantalón de yoga y un top en blanco y limón; yo llevo vaqueros limpios y mi sudadera azul favorita.

La verdad es que me gustaría subirme la capucha y esconderme.

No sé explicarlo, pero tras la emoción de antes, me va calando una depresión sorda al acercarnos a la siguiente parte de la entrevista.

Estamos acostumbrados a las historias de supervivencia, pero el horror nunca desaparece, solo se intensifica a medida que mi mente absorbe más detalles punzantes que me hacen hervir la sangre cada vez que nos metemos en ese terreno…

Los campos.

Madame pasó el resto de la guerra en más de uno…

y, pese a todas las entrevistas que he hecho a supervivientes del Holocausto, siempre termino con una depresión de caballo y llena de rabia contra esos seres inmundos con botas claveteadas y esas porras estúpidas que destrozaron a tantas buenas personas.

Romaníes, judíos, presos políticos, homosexuales, personas con discapacidad.

Y casi matan a mi madre…, pero mi abuela no tuvo tanta suerte.

Mi familia.

Oh, Dios, ¿cómo voy a aguantar sin delatarme?

No. Me digo que no voy a tomar distancia. Si me entran ganas de llorar, pues lloraré. Ya se lo explicaré a madame después. Porque cuando la gente deja de reaccionar ante lo que pasó en esos campos, entonces ya no podemos llamarnos humanos.

— Emma , ¿estás bien?

Me observa por encima del borde de la taza. Estamos sentadas en el estudio, un rincón acogedor que me encanta.

— Très bien, madame . —Presumo un poco y eso la hace sonreír; luego me pongo seria, bloc amarillo en mano—. Dijo que era primavera en París, 1944, cuando la detuvieron… Para situarme.

—Sí. Faltaban menos de dos meses para el Día D y no creí que Lance pudiera rescatarme antes del desembarco aliado, así que blindé mi mente y mi alma para no derrumbarme, para no admitir nada.

Lo que me pasara no era ni de lejos tan importante como esos chicos desembarcando en las playas de Normandía.

Estábamos en guerra, mademoiselle , y, para ser sincera, tu generación no tiene idea de a qué precio ganamos esa guerra.

Yo tuve suerte. Sobreviví, pero millones no.

He sido egoísta guardándomelo dentro, pero se acabó.

—Bien dicho, madame . Se ha escrito muy poco sobre la persecución nazi de los romaníes. Ya toca.

Termina el té y aparta la taza con el platillo.

— Bon . ¿Seguimos? Esta etapa de mi vida también está llena de los deseos sexuales de una joven perdidamente enamorada, con las hormonas en llamas a medida que avanzaba mi embarazo.

—¿Se me encienden las mejillas? Debe de ser, porque añade—: Omitiré esos sentimientos si te incomodan, Emma . No quiero avergonzarte.

—Ya lo ha hecho, madame . —Me río—. Varias veces.

Sonríe.

—Entonces, una vez más no hará daño. Tiré de emociones intensas y sensuales para bloquear la angustia mental que me cayó encima como aceite hirviendo cuando las SS no me llevaron a la jefatura de la Gestapo , sino que me depositaron en Cherche - Midi , la misma prisión militar donde murió Yvette .

—No, madame …, qué crueldad.

—Al cruzar el arco de entrada de aquel lugar horrible, oí el espíritu de Yvette recordándome que la prisión había sido un convento y que debía sacar fuerzas de ahí.

Lo intenté, pero apenas pude soportar la humillación de tener que desnudarme y que luego una guardiana aburrida me registrara.

Mi embarazo no se notaría en meses, así que mi bebé estaba a salvo.

Después me hicieron una foto con un número prendido al pecho y la cabeza inmovilizada en un armazón metálico para que no me moviera.

Me ficharon como Angéline de Cadieux , de Lyon.

Un guardia vino a llevarme al tercer piso, el de mujeres, pero un funcionario sin uniforme…

, Gestapo …, rompió el papel con mi número y le ordenó llevarme a lo que llamaban la celda de castigo.

Dijo que, si tenía suerte donde iba, me pondrían un número nuevo.

— Auschwitz .

—Sí. Caminamos por la prisión y se me doblaban las rodillas, pero el guardia me arrastraba.

No había posibilidad de escapar. Los centinelas estaban en sus puestos, fusiles con bayoneta calada.

No había aire; las ventanas estaban altas y eran del tamaño de tu bloc amarillo.

En lugar de oler el perfume de París, olía a orina y moho.

Cuando me empujó dentro y cerró de un portazo, pasé la noche recordando los brazos de Lance apretándome y sus labios deslizándose por mi cuello y mi piel desnuda, entre mis muslos…

Sus besos hambrientos excitándome… Luego su cuerpo duro y musculoso moviéndose contra el mío, nuestra pasión alcanzando un estado febril.

Juro que tocó al bebé que crecía en mí y lloré de alegría.

Mantengo la cabeza baja, no digo nada… y apunto todo lo que dice. Ya lo depuraré luego. Una lágrima me resbala por la mejilla… No, no cambiaré ni una palabra.

—Estaba convencida de que me fusilarían —prosigue madame —, y quise que mis últimos momentos fueran con el hombre al que amaba, aunque solo estuviera en mi mente.

—¿Cuánto tiempo estuvo en esa celda de castigo? —pregunto, con la respiración agitada por su relato.

—Por suerte, solo dos días. No tenía más que un banco de piedra para dormir y un orinal de hace un siglo para mis abluciones.

El hedor empeoró cuando vomité. Náuseas del embarazo.

Apenas me dieron de comer más que té flojo endulzado con un químico que reconocí.

Sacarina. Y una sopa nadando en una muestra de ingenio alemán hecha con carne de ballena.

—¿Lo dice en serio? —Sonrío. ¿Intenta aligerar la tensión?

Me dedica una sonrisa pícara.

—Uso acordes animalescos, incluido el ámbar gris, para formular mis perfumes, mademoiselle . También sé reconocer la carne de ballena cuando la huelo.

Reconozco que su giro de frase me mantiene alerta y me dan ganas de contarle mi vínculo personal con Dachau , de tomarle la mano, dejar que llore en mi hombro si le da la gana, pero le prometí a Ryker que esperaría.

Así que sigo anotando cómo el comandante la delató ante la Gestapo y por qué, contra lo que cabía esperar, no la ejecutaron.

—Supe después de la guerra que Lance y Jarnak «secuestraron» a Frederic y le encañonaron para que intercediera por mi libertad, advirtiéndole de que la Gestapo francesa los había contratado para liquidarlo.

Era mentira, pero Frederic se asustó mucho y aceptó averiguar dónde me tenían.

Me dijo después que ese loco vestido de negro con el que me acostaba casi lo mata.

—¡Bravo, Lance ! —aplaudo—. ¿Y luego?

—El comandante quería que me ejecutaran, pero Herr Geller creyó que tenía información sobre la Resistencia.

Muerta no le servía, así que ordenó enviarme a una prisión de disidentes políticos para «reeducar» mi mente.

Un viejo fuerte convertido en campo de internamiento para presas políticas y rehenes capturados como represalia por las operaciones de la Resistencia.

Me perdonaron la vida, pero me cambiaron de nuevo el nombre a Tiena Cordova , zigeunerin .

Gitana. El comandante nunca me encontraría allí.

—Increíble.

— Lance sabía que faltaban pocas semanas para la invasión aliada y planeó sacarme de la prisión. También hizo algo especial por mí —me provoca, y sonríe—, pero lo guardo para cuando terminemos la entrevista.

—¿Una pista…, por favor?

Niega con la cabeza y sigue con su historia; me frustra tanto que muerdo la goma del lápiz. La tercera de hoy.

—Claro que yo no sabía nada de esto y di gracias por estar viva cuando me cargaron en un camión rumbo al Fort de Romainville con otras asociales y señoras judías. Todas mujeres.

Contengo el aliento. Nunca he visto tanto horror en su rostro.

Por fin dice:

—Temía qué actos indecibles me aguardaban allí.