La chica perdida en París Capítulo 37 #3
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Capítulo 37 #3

—Te dije que volveríamos a vernos, mademoiselle —me posa la mano en el hombro y me pongo rígida.

El sofoco del pajar en aquel momento asfixiante, cuando disparó a mamá, me asalta con tal fuerza que solo percibo el olor a cobre de la sangre.

Es tan poderoso que me anega el cerebro—. Estás tan hermosa como entonces.

Y tú eres un boche arrogante con un uniforme demasiado grande.

En voz alta, digo:

— Merci …, monsieur Baptiste es un excelente maestro —me tomo un segundo para calmar los nervios y oler; intento recuperar el olfato.

Me llevo el vaso a la nariz y aspiro, desesperada por recordar qué notas me vinieron antes del pánico—.

Canela… —empiezo, a trompicones—. Pasas…

maceradas en vino…, menta piperita —añado varios ingredientes de los que me enseñó el profesor, pero no puedo asegurarlos.

Incluso si recupero la nariz, harán falta semanas de pruebas, tiempo del que no dispongo.

—Bien, mademoiselle … Perfecto. Repasemos la composición del perfume de la caja de alabastro — Frederic le sonríe al comandante, mientras la alemana pone mala cara y garabatea—. La he entrenado bien.

Zut alors , ¿su desfachatez no tiene fin?

Huelo la caja de alabastro; mi nariz, ciega a lo que quede tras dos milenios.

Tengo que decir algo, así que aventuro, tirando de ingredientes populares siglos atrás.

¿Quién me va a rebatir? Frederic no. Dudo que el agente de Göring sea un nariz, ni ningún nazi de por aquí.

Es como decir que un boche distingue una rosa damascena de una Louis Philippe . Imposible.

—Mirra, lirio, cardamomo…, azafrán…

— Sehr gut , mademoiselle —alza la mano, dando por concluida la sesión—.

Ahora lo celebraremos cenando en el Ritz.

Allons-y , mi coche espera. —Me toma del brazo y hace señas a Frederic para que nos siga.

Fräulein Schmidt se nos pega; el comandante frunce el ceño—.

Te he dado una orden, Fräulein . Lleva la lista a la comisaria. Schnell !

Suelto el aire, aliviada. La pesada no está invitada, pero subestimo su desesperación por conseguir lo que cree que le corresponde. Lo que no tuvo en Alemania y vino a buscar a París. Glamur.

Mueve ficha, y es buena.

Hay una amenaza en sus ojos castaños, entornados; me mira y se vuelve hacia el oficial de las SS.

—Es una traidora al Reich , comandante. No puede fiarse de ella.

—¿Qué? —Parece genuinamente sorprendido, como si nunca se le hubiera ocurrido.

—Ella es la nariz detrás de esa estratagema de Le Courage que usted desestimó cuando la Gestapo empezó a hacer preguntas, convenciéndolos de que a las francesas solo les importa el aspecto y no la política porque quería mantener la Casa Doujan fuera de su lista negra para su propio beneficio.

Al comandante no le hace gracia. Se vuelve hacia Frederic .

—¿Es cierto, monsieur ?

Frederic tira del cuello.

—Pues no, quiero decir, sí… Angéline vino con la idea y yo lo vi como una manera de mantener vivo el nombre de la empresa para reorganizarme y saldar mis deudas. —Me deja vendida del todo añadiendo—: Llegó un día sin referencias. Debí saber que era un error contratarla.

—Me decepcionas, mademoiselle . Una mujer con tu talento podría prosperar bajo mi tutela. Sin embargo, no tengo claro dónde están tus lealtades.

—Soy francesa antes que nada, comandante, y, a diferencia de Fräulein Schmidt , cuyo único talento es la envidia, me he dejado el alma en perfeccionar mi oficio. Si me disculpa, ya he hecho lo que quería usted.

Con el pulso desbocado, me giro para largarme cuando la alemana me bloquea la salida. Piernas abiertas, manos en las caderas generosas; temo que busque una pelea de gatas, un juego sádico para conseguir lo que ansía.

—Cómo te atreves a insultarme, mademoiselle .

—Solo he dicho la verdad. Déjame en paz —me doy la vuelta y me voy.

—No tan deprisa —grita, me agarra del cuello del abrigo y me zarandea hacia atrás.

Tropiezo, resbalo en la alfombra con mis cuñas y caigo de culo.

Un pinchazo agudo me atraviesa la cadera, pero instintivamente me abrazo el vientre, rezando por no perder al bebé.

Se me viene el mundo abajo cuando el pañuelo negro que me sujetaba el pelo se desata y cae a la alfombra, dejando al descubierto…

—Eres rubia, mademoiselle —el comandante jadea—. Pareces otra…, como… —maldice— Gott im Himmel , eres la gitana que me hizo esto —se señala la cicatriz del pómulo—. Siempre creí que me sonabas, solo que no podía creérmelo.

—Se equivoca, monsieur . Soy Angéline de Cadieux , de Lyon. Tengo papeles que lo prueban.

—Falsificados, sin duda. Pagarás tu engaño, mademoiselle . Quedas detenida por agredir a un oficial alemán.

El corazón me golpea el pecho; respiro a borbotones cuando llama a los guardias; me entra el pánico y atraigo la atención de los SS que se reúnen en otra sala cercana, incluido Lance , su cuerpo alto y fuerte a la cabeza de la entrada: irrumpen bramando en alemán.

Nunca me ha alegrado tanto ver su cara hermosa, esos hombros anchos en su habitual tweed .

Se quita las gafas de un manotazo y la preocupación en su rostro es tan poderosa que fuerzo mi respiración a calmarse; el momento, tan inesperado, nunca lo olvidaré.

De veras amo a este hombre. Es más alto que los nazis, más fuerte, pero están en mayoría y, por cómo mide a los guardias, a los oficiales, calculando, lo sabe. Tengo que afrontar la verdad.

No puede salvarme.

La fiereza de sus ojos dice que se jugaría el tipo.

Da un paso hacia mí, pero niego con fuerza, advirtiéndole en silencio que no se acerque.

Contiene el puñetazo que quiere estampar en la mandíbula del guardia que me sujeta clavándome los dedos en los brazos con un agarre firme y tirante.

Cualquier intento de forcejeo es respondido inmediatamente con más presión, tan fuerte que casi me desmayo.

No tiene sentido resistirse. He visto a hombres fusilados por menos.

Pero no me iré sin vengarme del comandante.

—Podrá detenerme, pero no me olvidará.

—Ya lo he hecho, mademoiselle .

—¿Ah, sí? El perfume que regalé a su esposa, Naomie ’s Dream , lleva el nombre de mi madre, la mujer a la que usted asesinó.

—¡Cómo te atreves! —ruge—. Llévensela.

El SS me sacude el brazo, pero yo planto los talones.

—Cada vez que huela el jazmín dulce en su mujer, recuerde lo que le hizo a mi madre.

—¡Llévensela!

—¡Espere! — Fräulein Schmidt me lanza una sonrisa triunfal, satisfecha—. ¿Y el abrigo?

—Es tuyo. A la gitana no le hará falta donde va.

El guardia me arranca el abrigo y se lo arroja a la alemana, que chilla como un cerdo.

Yo ignoro sus rebuznos y mantengo la cabeza alta, los ojos clavados en los de Lance .

Me pregunto si lo volveré a ver mientras el guardia de las SS me saca a rastras de la galería hacia la tarde temprana de primavera.

No puedo dejar de tiritar, tanto por el miedo como por el frío.

El líder de la Resistencia haría cualquier cosa por mantenerme a salvo, pero esto es imposible.

Si se mueve, se descubre su tapadera. Ambos sabemos lo que está en juego.

Los alemanes pondrán en duda cada pizca de desinformación que les ha servido y eso pondrá en peligro la invasión que está por venir.

Tengo miedo, más que el día en que el comandante disparó a mamá, a sabiendas del poder de dar vida o muerte que los nazis tienen sobre nosotros.

Las escenas ricas de color en celuloide que enseñan al mundo son falsas.

La verdad son las torturas en las cloacas de la Gestapo en la avenue Foch y la cárcel militar, fría y oscura, del 6 e arrondissement .

Hacia ese pozo me llevan. Sola. Y tengo un hijo que considerar; mi cuerpo en transformación se rinde al agotamiento brutal de esta tarde espantosa.

No me quedan fuerzas y tiemblo, pero no podía dejar que Lance lo viera.

Tenía que hacerle creer que no flaquearé, que no me rendiré.

Él no permitirá que me pase nada. Encontrará la manera de rastrearme, de llegar a donde me lleven.

Quiero creer que me hallará y me devolverá a su lado, a casa, al lugar al que pertenezco.

No me queda otra opción si quiero sobrevivir.