La chica perdida en París Capítulo 37 #2
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Capítulo 37 #2

Me duele el hombro de los tirones de Frederic , que me arrastra de una estancia a otra, escasamente amuebladas.

Me siento como una gallina aterrada colándose en la guarida del zorro, alborotando plumas, intentando volar.

No puedo. Por qué Lance está aquí me lo puedo imaginar…

, para catalogar las últimas obras que parten hacia un castillo en Baviera para su salvaguarda.

Cómo ha llegado aquí me eriza la piel. Los nazis deben de confiar en él a ciegas, porque Frederic ha dejado caer que se trata de una operación secreta; ni siquiera permiten la presencia de funcionarios franceses, salvo una callada comisaria parisina que me mira raro cuando la sorprendo observándome, y luego desaparece tras una puerta cerrada.

—Si es tan secreto, ¿por qué estamos aquí? —le susurro a Frederic , que me mete en una antecámara pequeña.

La sala está desnuda salvo por una mesa redonda de caoba pulida.

Encima, una exquisita caja de alabastro blanco, esculpida como un retablo, junto a un alto vaso de diorita que centellea con escamas cristalinas negras y blancas.

No he visto nada igual. Me impresiona no solo su belleza, sino su estado impecable. Como nuevos.

—El comandante está en una situación delicada, mademoiselle . Lo necesitan en el frente oriental, pero prefiere quedarse en París.

¿Y quieres que le ayude? Eso me desgarra el alma más de lo que te puedas imaginar.

—Piensa comprarse billete para la buena vida impresionando al agente de Göring con su conocimiento de estas piezas egipcias.

Que robó.

—Te aseguro, mademoiselle , que nadie sabrá que estuvimos aquí. Haz tu trabajo y el comandante quedará en deuda con nosotros.

¿Y así saldarás la tuya?

Luego se marcha a ver qué retiene al comandante. Eché un segundo vistazo somero a las piezas cuando…

— Bonjour , mademoiselle —oigo a mi espalda, y una mujer con fuerte acento alemán se presenta como Ute Schmidt , «amiga» del comandante y ayudante de la esposa del Reichsmarschall —. Qué abrigo tan precioso llevas. Alta costura, n’est-ce pas?

— Bonjour —le regalo una sonrisa débil y nada más.

— Frau Göring es devota de la moda francesa, como yo —añade; su olor a cedro fuerte se filtra a través del sudor cuando se seca la frente.

Con abrigo y sombrero gris metálico, me barre con la mirada mientras examino las piezas egipcias.

Mantengo la cabeza baja, la espalda vuelta.

He oído hablar de la esposa del oficial alemán y de sus caras correrías de compras por boca de las dependientas de la Casa Doujan : cómo exige atención, fuma y se vaporiza con cuanto perfume hay en la tienda.

La asistente, sin embargo, está fascinada con el cuello y los puños trenzados de mi abrigo negro, le parece tan parisienne .

No he tenido tiempo de cambiarme y apenas para anudarme un pañuelo negro de seda a modo de turbante para ocultar el pelo…

después de recogerlo con una cinta azul empapada en Le Courage .

Me he frotado barra roja en las mejillas, ya que no me queda colorete, y me he dibujado cejas altas y oscuras con el diminuto final de un lápiz.

Añadí carmín, rezando por haber cambiado lo bastante como para no reavivarle al comandante el recuerdo de aquella chica gitana.

Además, voy glamurosa. Con pantalones grises y blusa blanca, cuñas altas… la rolliza alemana me ve como competencia por la atención del comandante.

Lo que acelera mi pulso es su curiosidad por Le Courage .

—He oído que la Casa Doujan está detrás de ese reparto del que las dependientas no dejan de hablar —me provoca—. Ese perfume con el ridículo nombre de Le Courage .

—Yo solo trabajo en el laboratorio, mademoiselle —insisto, deslizando las manos por el vaso alto y liso antes de menear el tapón para aflojarlo. Alguien ya rompió los sellos de ambas piezas—. Creo compuestos químicos para nuestras fragancias. Nada sé del producto final.

—¿Ah, no? Llevo años poniendo mis talentos al servicio del instituto alemán de la moda —presume— y si algo sé es que Le Courage no lo creó monsieur Baptiste . Solo una mujer tendría la sensibilidad para ese nombre y esa estrategia.

—Se equivoca, mademoiselle .

¿A qué juega?

No puedo evitar que me irrite cómo agita una situación ya de por sí tensa.

Me atenaza un ataque de nervios monumental, que no ayuda al malestar de mi estómago.

Me esfuerzo por no vomitar mientras tiro con más fuerza del tapón hasta que salta.

Oh, Dios, un aroma candente y especiado me golpea las fosas con intensidad salvaje, envolviéndome como un escudo.

Tras unos minutos al aire debería asentarse y podré dictarle la composición a Frederic .

Pero no me sacudo a esta metomentodo.

—¿Ah, sí? —me dice con desprecio—. Por fortuna para ti, la Gestapo no tiene tiempo para conspiraciones tan mezquinas contra la autoridad alemana, pero podrían verse «persuadidos» de investigarlo si…

—Le aseguro, mademoiselle Schmidt —la corto—, que la Casa Doujan cumple las directrices del Reich .

—Excepto en lo de mantener judíos en plantilla —inclina la cabeza, coqueta, aguardando mi respuesta.

Se me resbala la mano y casi dejo caer el vaso milenario. Lo poso. Despacio.

—¿Qué quiere de mí, mademoiselle ?

—Tu abrigo. Es un diseño exquisito con unas trenzas tan hermosas, tan elegante y tan francés —ronronea, mordiéndose el labio.

Babosea con una mirada primitiva, aunque dudo que el abrigo le cierre en esa cintura ancha—.

La lana y la seda escasean; sería un bonito gesto que la esposa del Reichsmarschall lo recibiera como obsequio de la Casa Doujan .

No cometeré el error de creer que «pide». Es una boche. Cogen lo que quieren.

Esta vez no, Fräulein .

Me esfuerzo por mantener la voz calma.

—Lo que quiere decir, mademoiselle , es que lo quiere para usted —me revuelve el estómago pensarla tocando el abrigo de Yvette , que el forro de seda envuelva a esa vaca nazi con el sacrificio de la francesa—. Con todo, no es su estilo.

El golpeteo de botas pesadas sobre la alfombra anuncia la llegada del comandante, todo sonrisas y saludos. Frederic va justo detrás.

—¿Qué es eso de un abrigo, Ute ? —pregunta el comandante, atiborrándose los pulmones con el olor de hembras en celo; lo saborea en el brillo de sus ojos.

Me atrevo a mirarlo de frente y me asalta la certeza de estar a punto de saltar al abismo.

Me llevo la mano al corazón, que late tan deprisa que me siento desfallecer.

¡Corre, muchacha, corre!

Esta vez no puedo. Tengo los pies atados.

No puedo moverme sin levantar sus sospechas y entonces estaré perdida.

No cambia cómo me siento, cómo me gustaría verlo sangrar, al bastardo, suplicando a las puertas del infierno que lo dejen entrar, porque no es nada comparado con lo que yo le haría si pudiera.

Fanfarrón, pretencioso, no ha cambiado desde Argenteuil .

Ese paso marcial nazi, los hombros de pega, la cara tan rasurada que la piel brilla bajo la luz amarilla. Salvo la cicatriz del pómulo derecho.

La que yo le hice.

Fräulein Schmidt sonríe, melosa.

— Frau Göring estará preciosa con el abrigo de mademoiselle . Un regalo de la Casa Doujan .

—Yo no he aceptado eso —me interpongo, defendiéndome, cuando Frederic me agarra el brazo y aprieta fuerte.

—Estaremos encantados de obsequiar con el abrigo a la esposa del señor Göring —se apresura a añadir Frederic , con su habitual encanto de francés jovial—. ¿Verdad, Angéline ?

Me gustaría arrancarle los ojos a la alemana, pero un vuelco brusco en el vientre me frena. ¿Y si estoy embarazada? No puedo arriesgar al bebé. Pero tampoco se lo pondré fácil a la germana.

A Fräulein Schmidt se le encienden los ojos.

— Gut … Permíteme probármelo.

—Le quedará justo de cintura, mademoiselle —la pincho.

—Tiene razón, Ute —se ríe el comandante y le da con la porra en el trasero haciendo que se le salgan los ojos de las órbitas.

Ella aguanta la rabia—. Te has aficionado en exceso a los chocolates parisinos de estraperlo, a diferencia de mademoiselle , a quien le sienta de maravilla.

—Me recorre con la mirada, fija en mi figura esbelta; se relame—.

Esta noche cenarás conmigo en el Ritz, mademoiselle .

Asiento.

— Avec plaisir , monsieur —me dan ganas de vomitar sobre sus preciadas piezas egipcias para librarme de la cena.

Se vuelve hacia Fräulein Schmidt .

—No todas las casas de moda han cerrado, Ute . Haz de esto una prioridad: encuentra a Frau Göring un abrigo similar.

—Pero, comandante…

—Basta. Tenemos asuntos más importantes. Toma nota de los ingredientes. Cuando acabemos, llevas la lista a la comisaria.

—¿A quién? —salta, impertinente.

—Esa francesa bobalicona de gafas que siempre está al teléfono.

Despide a la alemana con un gesto de su mano enguantada.

Por su sumisión, deduzco que no es su amante, lo cual me deja ventaja.

Y tampoco se rinde. Tiene obsesión con este abrigo.

Ah, mais oui , eso es. Quiere ser su amante y cree que, si se viste como esas francesas que él ansía, le resultará más atractiva.

Ni el abrigo más hermoso convierte a esa salchicha alemana en un pastel francés.

Me esmero en ignorarla mientras el comandante sigue deshaciéndose en alabanzas por tener a la primera nariz de la Casa Doujan aportando procedencia a las piezas junto con su encantadora ayudante.

Yo hiervo por dentro al tomar el vaso; la ironía me marea: ese hombre tiene un poder inmenso sobre mí.

Otra vez no puedo sino aplacarlo cuando lo único que deseo es que pague por la muerte de mamá.

Estoy por romperle el artefacto en la cabeza cuando se coloca detrás y me sopla el aliento caliente en la nuca desnuda.