La chica perdida en París Capítulo 37
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Capítulo 37

Angéline

Perfume:

Luxor

Canela, jazmín egipcio, ámbar gris

—Ah, justo la mademoiselle que busco. La mejor nariz del negocio… y la más guapa.

Frederic irrumpe en el laboratorio tan contento como un caniche correteando por el bosque un domingo por la tarde. Arruga la nariz al ver mi pelo bicolor. Rizos oscuros hasta la barbilla… y raíces rubias crecidas.

— Mon Dieu , ¿qué te has hecho en el pelo?

Jugueteo con las puntas deshilachadas.

—Me estoy poniendo rubia.

—Pareces un mapache… Bon , no importa. Traigo noticias importantes, Angéline , y necesito tus talentos.

Debería halagarme, pero no. Noto otra energía en cuanto entra. Una confianza excesiva…, cumplidos forzados. Quiere algo de mí, y eso me incomoda.

Dejo las tiras de prueba, mi último intento de capturar el olor santo de una vela de capilla, un ámbar dulce inspirado por el trabajo de las hermanas con Le Courage .

Necesito mantenerme ocupada. La fábrica de Grasse pende de un hilo tras el bombardeo aliado; se dañaron varias cubas y se agotaron nuestras esencias, pero mi nariz es un instrumento delicado que debo mantener afinado.

Experimentar con acordes para crear nuevas formulaciones, estudiar la descomposición química de los sintéticos y probar con toda especia reseca que encuentre en el armario.

Un reto mientras cuento los días hasta ver de nuevo a Lance y rezo por tener noticias de la inminente invasión, una pista…

, algo que me dé esperanza de que esta guerra acabe pronto.

Estoy desesperada.

Mi regla se retrasa. ¿Me atrevo a esperar que una vida nueva crezca dentro de mí?

El sol baña mi mesa de trabajo con un alegre «buenos días» que me da una falsa seguridad.

Me he estado escondiendo en mi minilaboratorio, trabajando, planeando…

, soñando con un embarazo perfecto, una vida perfecta con Lance .

Una bendición gitana, como decía mamá cuando echaba las cartas.

No esperaba que Frederic se presentara para solicitar mis «talentos».

Trama algo, pero ¿qué?

—Yo también tengo noticias, Frederic , sobre Le Courage .

Frunce el ceño.

—¿Sigues torturándome con esa locura tuya? Debo de haber perdido la cabeza dejándote convencerme para regalar perfume el año pasado… Fue la idea más tonta que he oído jamás.

—¿Ah, sí? —Huelo la tira de prueba número 36.

Cielo puro, una base de vainilla sedosa—.

Que sepas que las hermanas del convento participaron en nuestra entrega y varias mujeres levantaron un pequeño altar en la capilla con botellas que aún huelen a perfume, rodeadas de velas votivas.

Cuando van a rezar, reciben una bocanada de Le Courage . Todo el mundo habla de ello.

—A mí solo me interesa de qué hablan los alemanes, y son buenas noticias para la Casa Doujan .

—¿Qué puede tener de bueno lo de los nazis?

Ignora mi comentario.

—Me han solicitado como invitado de un oficial alemán para una exposición especial en el Jeu de Paume esta tarde. —Se alisa el pelo y tira de los picos de los puños—. Querría que me acompañaras.

—Conmigo no cuentes, Frederic .

Suelto la tira; un vaivén de náusea me revuelve el estómago. Esto no pinta bien. Lo último que necesito es que un ignorante de las SS me someta a escrutinio con la intención de arrebatar lo que nos quede de perfumes. Que no es mucho.

—Insisto en que me acompañes a la exposición, Angéline .

—¿Por qué no sobornas a una de tus mademoiselles con una botella de tu coñac de estraperlo para que juegue a los salones con los nazis?

—Porque ellas, ma chère , no son una nariz.

—¿Y? ¿Qué tiene que ver?

—Todo. La exposición muestra perfumes balsámicos de los días de los faraones de Egipto.

Cajas de alabastro blanco enterradas en una tumba de hace más de dos mil años —se inclina y trata de encandilarme rozando su hombro con el mío.

Me aparto para librar a mis fosas del ataque de su fijador, abundante y aceitoso—.

El oficial alemán necesita una opinión experta que dé procedencia a las piezas e impresione al agente de Göring con su origen y la composición de los aromas hallados en los frascos antes de que puedan venderse…

—Quieres decir confiscados.

Frunce el ceño; el fuego de sus ojos no casa con la miel de su voz.

—Al Reich . Ahí entras tú, mademoiselle .

Esbozo media sonrisa, más bien un mohín.

—Entiendo. Hacemos nuestra habitual pantomima: yo huelo el perfume, desgloso los ingredientes para ti y luego te soplo la lista para que te lleves el mérito.

—Exactamente, mademoiselle —ni puede ni quiere negarlo—. Piensa en el prestigio si conseguimos permiso para exhibir una caja de perfume egipcio de dos mil años en nuestra tienda.

La idea de ser la primera nariz en siglos en deleitarse con el aroma místico de los faraones me intriga, explorar sus mezclas que, según el profesor, los egipcios escribían en las paredes de las tumbas.

A menudo conversamos largamente sobre la historia del perfume y su vínculo con la inmortalidad.

¿Es posible que los frascos antiguos exhalen mirra, miel y almendras?

No…, por tentador que sea para mi nariz, está mal. No voy a codearme con nazis.

—La respuesta es no. Además, no tengo experiencia con perfumes egipcios. El profesor Zunz es el experto.

— Ma chère Angéline , sé lógica —su voz, suave como el brandi—: el profesor es judío y, además, hombre… no es la pareja de baile perfecta para el comandante. Bastante me ha costado ya mantenerlo en plantilla.

—¿Has dicho comandante? —suelto de golpe. Un recuerdo nítido del oficial arrogante presumiendo de traer obras de arte de Egipto me inunda la mente. Un pinchazo nervioso me atraviesa y me doblo, temiendo vomitar.

—Sí —prosigue, imperturbable ante mi miedo, mi jadeo—. El comandante Von Risinger ha vuelto del Norte de África y ha pedido que te traiga, lo que no habría podido salir mejor ni queriendo —aplaude, exultante.

—No he cambiado de idea. No voy.

Entorna los ojos; su humor se ensombrece.

—Harás lo que se te dice o acabarás en la calle, mademoiselle . Y el profesor en un campo de concentración. No permitiré que tu arrogancia hunda la Casa Doujan .

—¿Y tú no lo has hecho ya colaborando con tus amigos nazis?

Me arrepiento de la acusación en cuanto la suelto. Es de dominio público que Frederic se codea con los boches, pero nadie del personal se atreve a llamarle simpatizante nazi.

Salvo yo.

Me cruza la cara con fuerza.

—¡Cómo te atreves, mademoiselle !

El escozor del dorso de su mano me tambalea, pero no reculo.

Le sostengo la mirada; me palpo la mejilla.

Arde, pero es la expresión de su rostro la que graba una nueva imagen de él en mi cerebro.

Como un animal herido lamiéndose las patas.

Aguantando. No dudo de que cumplirá sus amenazas si no hago lo que pide.

No puedo permitir que envíen al profesor a un campo.

—Hago lo que debo, mademoiselle —insiste Frederic —, para que mi legado sobreviva, para que Francia sobreviva —su tono es seco, tajante.

No va a ceder—. Mi padre es un anciano y esta guerra lo ha roto.

No entiende cómo se juega. Yo sí. No dejaré que los alemanes me lo quiten todo, así que arréglate y vámonos.

—Te acompañaré a la galería —digo, con la mejilla ardiendo y el corazón helado—. Pero solo para salvar al profesor.

Tengo demasiado que perder si no juego bien. Debo dominarme y no permitir que nada de lo que diga el comandante me altere hasta hacerme fallar.

— Bon . Y, por Dios, ¡haz algo con ese pelo!

Es mi pelo lo que me delata.

Sé que no debería estar aquí en el mismo momento en que entro en el Jeu de Paume , el olor de los boches de alto rango imponiéndose con su arrogancia a mi absoluto de rosa.

Me da arcadas, pero no tengo elección. Frederic está resuelto a que la Casa Doujan sobreviva hasta la liberación.

Yo lo llamo colaborar y me enferma. Él no lo ve así y me pregunto cuántos más, al servicio de los nazis, sienten lo mismo: que lo que hacen es salvar Francia.

Me pregunto cómo se les juzgará tras la guerra, porque creo firmemente que los aliados expulsarán a los ocupantes.

Casi me da pena cuando Frederic deja escapar cuánto debe a los nazis.

Medio millón de francos. Aun así, creo que el profesor y yo ayudamos a la causa manteniendo ojos y oídos abiertos, y Dios sabe que Le Courage cumplió su parte.

Entonces, ¿por qué me siento tan sucia?

Bajo la cabeza para esconder la vergüenza, me odio por ceder, y sigo a Frederic por el largo pasillo de la galería, echando un vistazo al número de cuadros apilados en hileras y recostados contra la pared.

Oigo voces masculinas altas resonando en alguna parte del edificio.

Por curiosidad, asomo a una sala llena de archivadores y un arrogante oficial de las SS me cierra la puerta en las narices.

¿Será aquí donde catalogan los pecados de los saqueadores nazis?

Mis pasos suenan en las alfombras gastadas que adornan cada estancia a medida que nos acercamos al gran arco de entrada de la sala principal cuando…

Veo a Lance .

Se me para el corazón. Él no me ve. Conversa en alemán con un hombre de traje rígido y oscuro y dos oficiales de las SS, ante dos grandes y hermosos paisajes.

—Vite, mademoiselle , rápido.

Frederic me coge de la mano y me arrastra de vuelta en sentido contrario, pero no puedo olvidar lo que he visto.

Mon amour rodeado de oficiales alemanes.

Su voz de barítono suave y profunda los tiene en trance mientras señala los cuadros, dando órdenes; el hombre del traje saca otro cuadro del montón y entran en una acalorada discusión.

El agente de Göring , supongo. Incluso desde lejos percibo el hielo azul de sus ojos.

Regatea con ellos; Dios sabe cómo acabará.