Capítulo 35
Emma
Perfume:
La Romaní
Rosa escarlata, jazmín, almizcle
Con las manos cubiertas de tierra, hundo los dedos en el barro blando del pequeño cementerio. ¿Orgulloso de mí, Granger ? ¿Quién habría pensado que, cuando dijo que «cavara» más hondo, acabaría sacando barro alrededor de una lápida?
Siento un escozor detrás de los ojos cuando veo una sola palabra grabada en el mármol agrietado.
Mamá.
Madame me observa con cautela, consciente de que me ha pedido perturbar el lugar de reposo de su madre, y consciente también de mi reticencia a hacerlo, pero animándome.
Me dice que aquí encontraré la respuesta, lo cual para mí es un misterio.
Esperaba verla con los ojos vidriosos y la mirada ida, pero no ha despegado los ojos del punto exacto donde yo me dedico a cavar.
Medio metro desde la parte superior de la lápida, cerca de un roble alto, me indicó. Unos cuarenta y cinco centímetros.
La veo sonreír, darse golpecitos en la mejilla con los dedos, inclinar la cabeza, asentir… y luego reír, como si estuviera… ¿escuchando a alguien?
Claro. Al fantasma de Naomie .
Suena a locura, pero juraría que también oigo los susurros suaves de la mujer romaní, aunque sé que es la brisa de la tarde burlándose de mí.
Ojalá madame compartiera conmigo su alegría, pero no lo hace.
Sigo, apartando piedras redondas de la tierra empapada.
Tengo que superar la culpa por callarme, pero Ryker me convenció de que no le hablara aquí de mi familia, aunque fue tras una discusión acalorada lejos de los oídos de madame .
Quiero quitarme este peso de encima y suplicarle que me perdone para poder seguir y terminar esta entrevista como una periodista honesta a sus ojos, pero Ryker dijo que no era el momento y que esperara a terminar la entrevista, tal y como acordamos.
He esperado tanto, insistió, puedo esperar un poco más.
Tiene razón. Definitivamente este no es el momento.
Ella está reviviendo aquellos últimos días de la guerra, días cruciales en los que su mundo dio vueltas a una velocidad de vértigo y la arrojó a un campo de la muerte; los sonidos estruendosos y desgarradores del sufrimiento y la agonía le resonaron en la cabeza durante meses…
, años. Él quiso ayudarme a cavar, pero madame lo espantó con un gesto.
—No, quiero que Emma experimente por sí misma el maremágnum de emociones que sentí cuando enterré aquí la caja de hierro en 1944.
—¿Caja? —Levanto la vista; se me para el corazón—. ¿Qué hay dentro?
Sonríe.
—Ya lo verás, pero antes dejaré que descubras el ingrediente secreto de Le Courage .
—¿Aquí? —No disimulo mi sorpresa.
— Mais oui , mademoiselle , tómate un momento y huele la tierra, el barro de tus manos.
Con el pulso acelerado, los hombros encogidos, huelo los dedos.
—Ya lo tengo. La tierra.
Percibo un olor fuerte, almizclado, que recuerda a un sándalo profundo con un aroma a naranja y rosa que desconcierta mis fosas nasales.
Es francamente sexy… Por supuesto, mi superhéroe irlandés supervisa mientras chapoteo los dedos en el barro, y su aroma varonil me trae a la nariz nuestro glorioso beso de anoche, con los cuerpos enredados, calientes y pegajosos.
Y hoy vuelve a su actitud pensativa. Los hombres… ¿quién los entiende?
—¿Qué te parece, Emma ? —pregunta madame .
—Es un aroma increíblemente atractivo, huele a…
—Lo inspiro de nuevo y evito mirar a Ryker para que no vaya a delatar las ganas que tengo de agarrarlo y besarlo.
Con el pelo despeinado y las manos llenas de barro, debo de parecer un poco loca, pero estoy curiosa, desbordada, emocionada—. Un pedazo de hombre.
—Exactamente, mademoiselle . Lo noté cuando venía aquí a sentarme con mamá por las tardes, cuando tenía que huir de la locura de la guerra.
Una mezcla inusual de minerales del alijo de monedas romanas de bronce que papá encontró aquí y de las raíces de las flores entrelazándose en la tierra durante siglos.
Como si las monedas de bronce hubieran oxidado la tierra.
El aroma proviene de las raíces de las violetas y de las flores silvestres que fertilizan el suelo, lo enriquecen y confieren a la nota de fondo una potencia que perdura muchísimo…
, la clave para que Le Courage durara más.
—¿Cómo convertiste la tierra en un ingrediente para perfume? —pregunto.
Sonríe.
—Le pedí al profesor Zunz que me ayudara a diseñar un compuesto de carbono sintético que duplicara ese aroma y luego lo mezclé con los aceites esenciales tradicionales que teníamos a mano, con la nota de fondo.
—Me he perdido. ¿Un compuesto de carbono qué? —Parpadeo, avergonzada—. Tendría que haber cursado química en el instituto en lugar de Animadoras 101.
Se ríe.
—Me imagino que eras de lo más encantadora, mademoiselle , pero yo fui animadora de Francia cuando me puse Le Courage detrás de los lóbulos y aspiré la fragancia que había creado.
Me sentí una mujer sensual y libre por primera vez.
—Me mira de frente, con los ojos avellana lúcidos y decididos a que no me pierda ni una palabra, implicando que es de suma importancia para ella no ocultarme sus pensamientos.
Una sensación extraña y cálida me cosquillea en los dedos de los pies.
Lo que quiere decirme también es importante para mí—.
Una mujer que podía estar a la altura de cualquier hombre —continúa—, incluido el hombre al que amé con todo mi corazón.
— Lance —susurro.
—Sí. Quise contarle que había tenido un susto en el laboratorio, pero ¿qué mujer enamorada quiere estropear el momento cuando l’amour está en el aire, encendiéndote y excitándote?
No podíamos quitarnos las manos de encima.
Pero aquella noche la alegría estaba en la respuesta emocional que él despertaba en mí, dándole intimidad a nuestros besos, un hambre que no podía saciar por mucho que me advirtiera de las consecuencias, una necesidad primigenia de concebir.
Con nuestros cuerpos en sintonía moviéndonos al unísono, cedí al anhelo de darle un hijo…
y me entregué. A él. Y para el resto de mi vida lo único que necesito…
que quiero… es tenerlo en mis brazos. Y ahora, para siempre, en mi corazón.
Se detiene en seco y tiembla. El recuerdo es tan real para ella que le tiemblan las manos.
— Madame , ¿está bien?
Me limpio la tierra del sudor con la sudadera y pongo mi mano sobre la suya. Está fría.
Asiente. A duras penas.
Dios me ampare, si alguna vez me he quedado sin palabras, es ahora.
No puedo creer que comparta una intimidad así conmigo una reportera. ¿O es que siente, muy dentro de su alma, que somos espíritus afines unidos por nuestro don del olfato?
—¿Me está diciendo lo que creo que me está diciendo, madame ? —digo con una ronquera en la voz que me sorprende.
—Sí. Era una chica joven y mi cuerpo estaba fértil y listo para la maternidad, pero, más importante aún, quería quedarme embarazada.
Nada sensato, de hecho, una estupidez, pero me creía a salvo de los nazis en Argenteuil .
Cabalgaba la ola del éxito de Le Courage .
No tenía ni un sou a mi nombre, pero tenía glamur para parar un tren y, cuando eres joven, ah, mademoiselle , eso basta para llenarte de la esperanza de que puedes sobrevivir a todo.
Quería un hijo al que transmitir mis habilidades como parfumeuse ; ninguna garantía de que fuera niña, y menos aún nariz, pues la naturaleza tiene la costumbre de saltarse generaciones…
Se le apaga la voz, pero su cerebro sigue en marcha.
Me mira raro y me recorre un escalofrío.
La curiosidad de sus ojos se vuelve de un verde oscuro, y la confusión le enturbia los pensamientos.
Como si hubiera algo que se le escapa. Una sensación inquietante me resbala por la espina dorsal.
No hablo. Parpadeo. Debo de parecer un maniquí de cera en un museo.
Carraspea; el momento pasa.
—Creo que aquella noche se cumplió mi sueño de ser madre.
—Qué emocionante para usted, madame —me adelanto, comentando que algún día me gustaría ser madre, mientras sigo escribiendo, anotando observaciones personales además de lo que me cuenta.
He superado la vergüenza por su franqueza y, poniéndome en su piel, descubro que me queda mejor de lo que pensaba.
Estoy aprendiendo más de lo que imaginé sobre esta mujer.
Me hace cuestionar mi propio reloj biológico.
Algo que vengo posponiendo porque estoy esperando el «bombazo», la gran historia que me coronará.
Primero la carrera, me repito; los bebés, algún día. ¿Por qué suena ahora tan vacío?
¿Me estaré perdiendo algo mucho más valioso?
Decido aparcar, otra vez, ese debate conmigo misma… y volver al trabajo para hacerle las preguntas difíciles.
—Debió de sentirse eufórica al saber que iba a tener un hijo, madame … pero ¿no hizo eso más peligroso su trabajo en la Resistencia?
Por un momento, guarda silencio.
—Sí, pero era joven y estaba sola, Emma , sin familia, y tan enamorada de Lance que quise conservar ese amor conmigo para siempre.
Creí que yo había sido concebida con ese tipo de amor entre papá y mamá y, de un modo irracional, quise mantener vivos sus espíritus teniendo mi propio hijo.
Y reconozco que, en medio del caos, la idea de ser madre me despertaba sensaciones cálidas y reconfortantes, la idea de que podía con todo.
Estaba cansada de la guerra. Todos lo estábamos.
Nunca tuve en cuenta la creciente falta de comida en Argenteuil ni cómo recibiría atención médica si el embarazo se complicaba.
Nunca me arrepentí de aquella noche, mademoiselle , la noche en que concebí a mi bebé, aunque la sabiduría de la edad me hace suspirar de frustración, no por mí, sino por haber puesto en riesgo a otros en Auschwitz y Dachau y, por supuesto, por lo que fue de mi niña.
Se me revuelve el estómago, como cuando me quedo encallada en una entrevista. Diga lo que diga, no saldrá bien, así que espero a que continúe.
Madame suelta un suspiro hondo, nostálgico.
—Tras perderla, recé a todos los santos que mamá me enseñó para que mi hija estuviera viva y a salvo y no…
De nuevo, un instante callado, pero no me nace decir nada; por doloroso que sea, tengo que dejar que esto siga su curso en silencio.
—Aquella noche especial, antes de que mi mundo se viniera abajo —prosigue, dejando en el aire lo último—, pasé las horas en la dicha de los brazos de Lance , pensando en la vida que estaba segura de que crecía en mí…
, hasta que el pájaro del jardín, bajo nuestra ventana, trinó la llegada del alba.
Anhelé quedarme en aquel lugar onírico en el que la guerra estaba lejos y nuestras vidas no dependían de los caprichos de ese malvado y sus secuaces, y no existía nada salvo nuestro amor. —Suspira hondo—. Pero no pudo ser.
—¿Qué ocurrió, madame ?
Su voz baja de tono y me atraviesa como una hoja afilada.
—Me traicionaron.