Capítulo 34
Angéline
Perfume:
Le Courage
Limón y melocotón, rosa de terciopelo blanco, musgo de roble
—Me río cuando recuerdo cómo Frederic se desplomó en su silla y pidió sales aromáticas.
Sonrío al ver a Emma apuntarlo en su bloc amarillo con una sonrisa en los labios. Abrió los ojos como platos cuando le dije que regalamos el perfume; le daba vueltas en la cabeza, preguntándose cuál era mi estrategia.
A su debido tiempo, mademoiselle . Primero, estamos en una misión.
Se la ve cansada, con ojeras, pero no pestañeó cuando sugerí que esta tarde hiciéramos una caminata por las laderas cerca del château después de almorzar.
Hamburguesas americanas y patatas fritas en honor a mi invitada.
Quiero continuar mi historia aquí. Vamos de peregrinaje a la tumba de mamá para hacer algo que debí hacer hace años, pero que no me pareció correcto hasta ahora.
Estamos en una búsqueda del tesoro, pero eso Emma aún no lo sabe.
—Lo admito, madame , me tomó por sorpresa —dice—. ¿Regaló su perfume? ¿Cómo, por qué?
—No me guardaré nada, mademoiselle , pero antes veamos si puedes seguirme el paso.
Le brillan los ojos.
—Acepto. Soy neoyorquina…, estoy acostumbrada a caminar.
Sonrío, deseosa de empezar. Siento una alegría que ni la humedad de finales de verano puede arrebatarme mientras nos internamos a buen ritmo en el bosque.
Nunca olvidaré aquel día en el despacho de Frederic , cuando creí que podía cambiar el mundo…
o, al menos, la guerra. Me gusta pensar que lo hice.
Somos un trío errante esta tarde de verano, tras el chaparrón de anoche: yo, en cabeza, marcando el camino; Emma detrás, y Ryker cerrando la marcha.
Paseamos junto al arroyo que serpentea en el bosque verde y vibrante, donde una brisa cálida arrastra hacia nosotros el aroma penetrante y terroso de un campo de acianos azules.
Es un lugar animado, con conejos y ardillas lavándose el hocico y las patitas en el agua fresca y haciendo compañía, según Emma , a «algún príncipe disfrazado de rana».
Capto las miradas frustradas que lanza a su príncipe irlandés y confieso, en voz baja, que percibo más fricción que de costumbre entre ellos.
Supongo que se debe al fiasco con esa tal Hansen .
No le he dicho que la he perdonado. Quiero hacerlo.
Mucho. La vi susurrando con Ryker cuando creyó que no miraba.
Discutían. Conozco esa mirada entre ellos.
¿Lo hicieron? ¿Se besaron? ¿O hay otra cosa que ha alterado a Emma ?
Tengo la clara sensación de que tiene que ver conmigo.
Bien, se lo pondré más fácil: dejaré mis sentimientos a un lado y continuaré la entrevista como si nada.
Sea cual sea la razón por la que Emma perdió los estribos, esta mañana se esforzó muchísimo por impresionarme con sus conocimientos de perfumería.
Aun así, no puedo evitar sentir que quiere algo más que una entrevista, y que tiene que ver con la historia de su familia.
Los años que pasé vigilando mi espalda siguen conmigo, pero no puedo permitirme atascarme en el presente con recelos tontos cuando tengo tanto dolor del pasado que revivir…
Días, semanas, meses en los que me sentí presa, no por el alambre de espino y los perros de presa, sino por mi propia paranoia y miedo intenso, sola, sin poder confiar en nadie.
Quiero confiar en Emma .
Que me cuente su historia cuando esté lista.
Así que le daré otra oportunidad.
Sigo adelante hasta que alcanzamos un rincón sombreado en la ladera, sorteando con cuidado las lápidas agrietadas y deterioradas del pequeño cementerio, con inscripciones que se remontan a la década de 1850.
La que busco está marcada únicamente por una pieza de mármol gris incrustada en la tierra con la palabra mamá.
Prosigo mi relato caminando y rezando para que la caja de hierro que enterré aquí hace más de cincuenta años me esté esperando.
— Frederic no podía concebir la idea de regalar nada, y menos nuestra corta reserva de perfume —continúo, aminorando el paso—. Y menos en tiempo de guerra, cuando los especuladores se estaban forrando.
—No aguanto un minuto más, madame —suplica Emma , protegiéndose del sol con el dorso de la mano—. Quiero saberlo todo sobre ese reparto de su perfume.
Me aparto de la cara un mechón rebelde y le indico a Emma que se siente conmigo en un viejo banco de piedra, bajo un roble imponente.
Ryker permanece a un lado, atento. Ella no deja de mirarlo de reojo y luego a mí, lo cual me divierte.
Alors , hay algo entre esos dos. Juraría que me lo ocultan, pero mi curiosidad tendrá que esperar.
—Reunimos cientos de frascos —de todos los tamaños, formas y colores— de la reserva del almacén de Argenteuil , y logramos sacar un centenar más que cogían polvo en la bodega del convento —digo—. Luego diseñamos una etiqueta sencilla, blanca, ribeteada en oro, con una sola palabra: Le Courage .
—¿Cómo lanzó el perfume con la escasez de mano de obra? —pregunta Emma .
—Recluté madres, tías, hermanas, hijas, chicas adolescentes, monjas, mujeres romaníes…
, incluso abuelas deseosas de ayudar. Les prometí el pan extra que el profesor conseguía en sus viajes al campo —Dios lo bendiga— y nos pusimos manos a la obra.
Día y noche, llenamos frascos. No podíamos fabricar Le Courage a gran escala, pero con mi plan causamos sensación —como dicen ustedes, los americanos— entre el público femenino.
Por supuesto, Frederic estuvo descontento durante todo el proceso y juraba que la Casa Doujan estaba condenada.
¿Regalar perfume? ¿Decirles a las francesas que tuvieran «coraje»?
Hizo lo posible por desvirtuar nuestro mensaje, aduciendo que tener coraje significaba aceptar a los ocupantes.
No importaba. Los alemanes se reían de nuestro intento, satisfechos de que el negocio estuviera «arianizado» con Frederic al timón, aunque, si los beneficios seguían cayendo, estaba convencido de que la propiedad de la fábrica de Grasse acabaría en manos de sus amigos alemanes para hacer con ella lo que quisieran.
—¡Dios mío, no!
—Un ataque aliado acabó con esa idea. La fábrica se cerró temporalmente, y estaré eternamente agradecida al piloto de la RAF que salvó a la Casa Doujan de convertirse en un instrumento nazi de guerra.
—Siga… Impresionante, madame … ¿Qué pasó después?
Sonrío, encantada con su entusiasmo.
—Regalamos los frascos de Le Courage . Las mujeres del pueblo los llevaban a todas partes, a las Mesdames agotadas en las colas del pan, a sus amigas y parientes, a maestras curiosas, enfermeras solícitas, dependientas risueñas, a las mujeres en los trenes, alabando el producto y difundiendo mi discurso promocional mientras yo iba en el cercanías de Argenteuil a París y recorría la ciudad repartiendo frascos de Le Courage .
Al cabo de un tiempo, todas las mujeres con las que me topaba me daban las gracias por darles «coraje».
Daban por hecho que yo era la creadora porque hablaba de él con tanta pasión.
Entonces no comprendí hasta qué punto mi éxito me ponía en peligro.
—Vale, entiendo la publicidad gratuita, pero ¿cuál fue la chispa que le dio a Le Courage la fama que tuvo? —pregunta Emma con ese gesto inquisitivo de reportera que ya conozco tan bien.
Sonrío a lo grande.
—¿Te refieres a mi pièce de résistance ?
—Eso es.
—Sencillo. En lugar de aplicar Le Courage sobre la piel, donde duraría unas cinco horas, pedí a cada mujer que recibía un frasco que se pusiera unas gotas en un objeto personal: un pañuelo, unos guantes, una bufanda, el cepillo del pelo…
, incluso en su sostén y su combinación, para lograr un efecto de larga duración.
—¿En serio?
—Sí. Las fibras del algodón y de otros tejidos retienen el aroma del perfume más tiempo del que imaginas…, incluso después de lavar.
—¿Y luego?
—Les pedí que pasaran el frasco a una amiga, una compañera de trabajo, su madre, su hermana, su hija, su grand-mère …
, con las mismas instrucciones de aplicarlo sobre la ropa, para que el aroma de Le Courage las acompañara.
Funcionó. Las parisinas y las francesas de la Zona Ocupada propagaron el mensaje pasándose cientos de frascos de unas a otras.
No podía creer las reacciones que recibíamos.
Se convirtió en una experiencia de unión, una hermandad de mujeres que se apoyaban mientras sus hombres estaban fuera: en el Ejército, en prisión, en la Resistencia.
—Impresionante. Una pregunta, madame : ¿no hubo mujeres que acapararan su frasco? ¿O que lo rellenaran con otra fragancia y lo hicieran pasar por Le Courage ?
—Imagino que sí, mademoiselle , pero a mí no me llegó ningún caso.
Prefiero creer que la inmensa mayoría de mujeres estaba tan deseosa de ayudar a liberar Francia que ni se les pasó la idea por la cabeza.
Es ingenuo por mi parte, sí, pero quería creer en la bondad de la naturaleza humana en una época en que existía tanto mal.
—¿Los altos cargos nazis o la Gestapo no torcieron el hocico con su éxito? — Emma sonríe, disfrutando del juego de palabras.
—No creo que nos tomaran en serio, mademoiselle …
Sobre todo cuando la esposa de Goebbels y otras esposas de jerarcas nazis seguían vistiendo alta costura francesa, fumando como chimeneas y dándose caprichos con zapatos italianos hechos a mano.
Además, Hitler aborrecía el maquillaje y el perfume en las mujeres.
«¿Cómo iba a ganar una guerra un perfume bobo?
», imagino que les diría a sus generales.
Igual que subestimó la astucia de los aliados al planear el desembarco de Normandía.
—¿En algún momento temió que su plan no funcionara, madame ?
Vuelvo a un instante que nunca me ha abandonado.