Capítulo 33
Angéline
Perfume:
Glamour Doujan
Orquídea negra, jazmín, almizcle
— Courage .
—¿Perdón, mademoiselle ? —El profesor Zunz me mira por encima de las gafas.
Aunque el profesor es un seguidor consumado de los grandes narices que lo precedieron, su atrevimiento con los aromas innovadores está constreñido por la guerra y la realidad.
Yo, en cambio, trabajo por instinto y no tengo que cumplir las expectativas de nadie, así que me arriesgo donde él no lo hace.
Como el plan audaz que me bulle en la cabeza para mantener a la Casa Doujan en el ojo público durante la Ocupación.
—El nombre del nuevo perfume es Le Courage —le digo, agitándole bajo la nariz la preciosa tira de prueba—. Prueba número 167… ¿o 68?
A pesar del calor de mi pasión, me recorre un escalofrío.
El laboratorio improvisado conserva la frescura gracias a los altos robles que cobijan la vieja casa de piedra donde hemos estado encerrados con nuestros viales, balanzas, montones de tiras olfativas y un cuentagotas.
Las chicas y mujeres que trabajan en el edificio principal cuchichean y se ríen cuando me ven dirigirme cada mañana a la casita.
Corre el rumor de que el profesor y yo estamos cocinando una fragancia provocadora y mágica a base de cáscaras de patata y sustancias químicas.
A medias cierto. He persuadido al profesor para que trabaje conmigo en la creación de un compuesto químico sintético a partir de un ingrediente secreto que traje al laboratorio.
Él le dio vida mediante síntesis: descomponiéndolo e identificando la estructura molecular para poder duplicar el aroma, transformándolo así de un estado sólido a vapor.
Pero la magia vendrá de ellas. De las chicas y las mujeres.
Mis raíces rubias, bien visibles, también han sido tema de conversación entre el personal.
Llevo semanas sin teñirme. Detesto el olor del amoníaco y prefiero mantener pura mi nariz antes que conservar el aspecto de melena azabache.
Me corté el pelo a la altura de la barbilla para que las raíces no cantaran tanto mientras crece.
También he adelgazado y he empezado a llevar pantalones de pernera ancha y blusa blanca por dentro, junto con sandalias de cuña con pulsera al tobillo. Apenas como. Mi olfato es más agudo en ayunas. Lo único que me preocupa es acertar con la composición de Le Courage .
Y lo he conseguido. Doy saltos de alegría y olisqueo el frasquito de perfume que contiene mi fórmula. La luz de la tarde se filtra y baña de un cálido tono amarillo el impoluto laboratorio blanco, tan brillante como el vial de líquido amarillo que reposa en mi mesa.
El profesor Zunz no está convencido.
— Monsieur Baptiste prefiere que a las fragancias les pongamos nombres glamurosos o sofisticados, como Un Bel Amour .
—Créame, profesor. Huélalo…, por favor.
—Bien, me pica la curiosidad.
Los ojos del profesor se tornan grises con la duda; luego aspira hondo y se lleva una buena olfateada de la tira blanca que le meneo bajo la nariz.
El corazón me late a un ritmo salvaje y no puedo dejar de golpetear con mis sandalias el antiguo suelo de piedra, esperando.
Entonces, el destello en sus ojos explosiona como diminutas estrellas que caen…
por todas partes. La sonrisa radiante que le ilumina las mejillas sonrosadas me dice lo que necesito saber.
Le Courage deja de ser una fragancia soñada para convertirse en realidad.
—Dios mío, Angéline —dice, con la voz habitualmente serena temblándole de emoción—, este aroma no se parece a nada creado en la Casa Doujan .
—Se quita las gafas, cierra los ojos, se pinza el puente de la nariz, pensando—.
La nota de salida, corteza de limón con un melocotón rosado de final de verano…
La nota de corazón, pura y suave, rosa de terciopelo blanco, orquídea azul fragante con tallo verde…
y un musgo de roble rico y terroso en el fondo, acentuado con un toque de algalia y…
—Huele de nuevo la tira, perplejo—. ¿Qué me falta?
Sonrío.
—¿Recuerda el compuesto químico que me ayudó a crear, profesor?
Se quita las gafas, frunce el ceño.
—Sí. Un aroma bastante extraordinario. Ah, así que ese es su ingrediente secreto… ¿y no me lo dijo? —protesta con una risita.
—Entonces ya no sería secreto, profesor.
—Debo de estar haciéndome viejo. Me ha engañado. No he olido nada igual, pero averiguaré de dónde ha sacado ese material orgánico, mademoiselle .
No lo hará, pero no le digo nada. Le da al profesor filósofo algo en lo que cavilar en estos días oscuros de la Ocupación.
Sé que teme que la Gestapo lo detenga a la mínima.
Hasta ahora, la influencia de Frederic con los nazis adecuados lo ha mantenido a salvo.
Después de la guerra… mais oui , el profesor lo sabrá todo sobre este ingrediente escurridizo, lo prometo.
—Solo puedo decir, Angéline , que ha creado una obra maestra… Como un gran pintor impresionista que mezcla los colores del arcoíris, usted ha mezclado los colores del alma de una mujer en estos tiempos difíciles. Su vida, sus amores… Pero con un nombre como Le Courage , ¿se venderá?
—Se venderá solo.
—¿Cómo?
—Cuando la mademoiselle o la madame abra el frasco, olerá la dulzura de días pasados de primavera y le hará clic en la memoria…
Luego llega la nota de corazón, a las tres o cuatro horas, y con ella el anhelo de que la vida vuelva a ser normal…
Y, por último, cuando apoye la cabeza en la almohada por la noche, el perfume perdurará con el olor de su hombre…
induciéndola a no rendirse, a combatir a los boches, a no ceder a sus exigencias.
Le Courage alimenta el alma cuando lo pronuncias y tu corazón llora cuando lo hueles, porque te recuerda a él.
El profesor se da unos golpecitos en el pecho.
—Ahora comprendo por qué ha creado este perfume, por qué habla con tanta pasión… La mujer es usted, mademoiselle . Está enamorada.
—¿Tan obvio es?
—Solo para mí. Debo advertirle, Angéline : tenga cuidado si se ha enamorado del misterioso hombre de negro. Es un granuja y le romperá el corazón.
—¿Qué sabe de él? Dígamelo, por favor.
El corazón me retumba. Me pregunto si Yvette le habló al profesor de Lance y si ella también se enamoró de él y acabó con el corazón roto. Es la única explicación lógica que se me ocurre… El profesor no mencionó su alter ego de arqueólogo, lo cual me hace pensar que tengo razón con Yvette .
—Rumores, nada más —dice—, pero estaré eternamente agradecido por lo que hizo por Ester.
Sabe de mi trabajo con la Resistencia, pero confío en él.
Es el único en quien confío. No trato con los ayudantes varones del laboratorio y las mujeres del pueblo me ven como una rareza, aunque sienten curiosidad por cómo me he abierto paso en el mundo masculino de la perfumería.
Aprovecharé esa curiosidad para reclutar su ayuda en el envasado de Le Courage cuando tengamos suficiente perfume para llenarlos y les explique mi plan.
También he visto a varias mujeres romaníes acercarse al convento a pedir comida.
Les di pan extra de los viajes del profesor al campo, hablándoles en romaní.
Necesitaré su ayuda también si quiero que mi plan funcione.
El profesor cierra su cuaderno, silbando y tarareando, y me deja preguntándome si soy una ilusa, porque llevo dos…, tres semanas sin ver a Lance .
—No voy a preguntarle cómo conoce a ese hombre, mademoiselle . En estos tiempos, es mejor permanecer a oscuras sobre hombres como él —dice, limpiándose las gafas con la manga de la bata—. Ahora, ¿vamos a contarle a Frederic su plan para salvar la Casa Doujan y Francia?
Mis cuñas de suela de corcho suenan con un suave taconeo sobre el suelo de piedra cuando entramos en el despacho de Frederic , un espacio sobrio con una ventana de arco que da a campos de flores troceados que antaño lucían un glorioso tono ciruela.
Campos a la espera de la próxima plantación de hortalizas.
Si es que llegan a crecer… Hasta la tierra detesta a los boches que trae a su despacho.
Muebles ricos de caoba y un masculino escritorio de roble con una pantalla de lámpara de seda blanca, en forma de tulipán, sobre el flexo.
Un toque femenino para las mademoiselles a las que entretiene mientras las induce a reclinarse en la méridienne de terciopelo dorado del rincón.
Prefiero quedarme de pie cuando le hablo del nuevo perfume.
Sé lo que viene después. Lo olerá, hará uno o dos comentarios, algo que me ha oído a mí: «Preciosa nota de corazón…
jazmín, n’est-ce pas? ». A él solo le interesan el envase y la venta, más ahora que las ventas han caído desde que empezó la Ocupación.
—¿Le gusta el nuevo perfume, Frederic ? —Me atrevo a mirarlo directamente a los ojos.
Entorna los párpados, frunce el ceño, como si ya hubiera dictado sentencia.
Deja caer la pluma con frustración y le da la vuelta al papel en el que estaba garabateando.
Me pregunto qué lo tiene tan contrariado.
No me atrevo a preguntar. Soy una subalterna, una ayudante y, peor aún, una mujer. En su cabeza, no sé nada de negocios.
Huele el pequeño vial que he traído, mirándome a mí y al profesor, que está a mi lado. El parfumeur húngaro se quita las gafas y las limpia en la manga de la bata, rehuyendo la mirada como acostumbra desde que teme por su puesto, hoy tan frágil como una cáscara de huevo.
Frederic vuelve a oler… más hondo… aspirando el aroma hasta lo más alto de sus fosas nasales; y entonces hace algo totalmente impropio de un hombre que ocupa su tiempo libre en halagar y seducir mujeres. Besa al profesor en ambas mejillas.
—Ah, mais oui , c’est magnifique … El perfume más exquisito que haya creado nunca para la Casa Doujan , profesor Zunz . Merci , merci , merci .
Me deja completamente descolocada, con las mejillas coloradas, y al profesor también, que se pone las gafas al revés.
Nos miramos, tratando de procesar el entusiasmo de Frederic mientras buscamos la manera de decirle la verdad sobre que yo soy la creadora del perfume.
Y nuestro plan de promoción. No, mi plan de promoción.
El profesor Zunz cree que he perdido la cabeza, pero no voy a echarme atrás.
Hay que sacudir el árbol, hacer algo innovador para mantener nuestros perfumes ahí fuera, ya que la producción está bajo mínimos: una pieza para construir tiempos mejores.
No puedo…, no, no quiero creer que Francia vaya a estar siempre ocupada, no cuando la Resistencia está creciendo y Estados Unidos ha entrado en la guerra.
Recuperaremos el país y este perfume es una parte pequeña pero vital de ello.
Con calma y deliberación, doy un paso al frente y me planto frente al hombre que es mi superior, pero no sabe nada de perfumes.
— Le Courage es creación mía, Frederic —declaro con valentía—. Una composición de flores vibrantes y notas de fondo terrosas.
Se atraganta.
—¿Perdón, mademoiselle … creación suya?
—Sí.
El profesor asiente.
Frederic echa la cabeza atrás y se ríe.
—No me lo creo.
Cruzo los brazos sobre el pecho y frunzo los labios.
—No me hace gracia que se niegue a reconocer que una nariz femenina es tan buena como una masculina.
Me fulmina con la mirada, con los ojos llameantes, esperando que me achante. Me mantengo firme, con el pecho subiendo y bajando, los labios en una línea resuelta.
—No, no me ha entendido, mademoiselle . Si se supiera que una nariz femenina está detrás de nuestra nueva fragancia…, este Courage … o como demonios lo llame… Seré el hazmerreír.
—Se refiere, por supuesto, a sus amigos nazis. No tiene por qué preocuparse. No busco fama. Quiero ayudar a las francesas a sobrevivir a esta guerra llamándolo Le Courage … y mantener viva la Casa Doujan .
Algo aliviado de que no pretenda desbancarlo como el nariz oficial, a Frederic se le enciende otra idea en la cabeza.
—¿Y cómo piensa producir nuestra nueva fragancia, mademoiselle ? Según las últimas cifras de inventario, nuestras reservas de esencias están casi agotadas y recibir envíos de nuestra planta de Grasse es poco fiable con las carreteras bombardeadas por esos malditos resistentes.
De pronto me tiembla la mano al pensar que Lance está por ahí fuera, trabajando de incógnito, jugándose el pellejo, pero tengo que imponerme al anhelo del corazón con hechos fríos y duros. Si no recuperamos Francia, se perderán más vidas, incluida la suya.
Aprieto más firme el vial, sacando fuerzas del sutil aroma que asciende hasta mis fosas nasales.
—Gracias al profesor Zunz , localicé una cuba olvidada de La Rózsa 8 en el convento, y luego combiné otras esencias e isobutilquinolina para crear Le Courage .
A Frederic se le queda cara de póker: no tiene ni idea de qué hablo, pero el profesor se apresura a intervenir, avalando lo dicho.
—En 1935 teníamos excedente de un absoluto de rosa único que importé de Budapest y con el que elaboré la base. Guardamos el sobrante en el convento y nos olvidamos. Mademoiselle lo ha usado para crear este perfume deslumbrante.
Recojo el testigo y continúo antes de que Frederic me corte.
—Si mis cálculos son correctos —digo—, usando La Rózsa 8 con las esencias que tenemos, podemos producir ochocientos o novecientos frascos de Le Courage .
—¿Cómo? El fabricante al que compramos dejó de hacer sus frascos exclusivos. —Señala la carta que estaba leyendo, sembrada de garabatos—. Todo lo que tenemos en almacén son frascos de cristal de formas y tamaños dispares.
—No importa que los frascos no sean iguales en tamaño, forma o color —me exalto, cada vez más ilusionada—; ya tenemos un lote de etiquetas blancas y doradas.
—¿Quién va a llenar los frascos? Falta mano de obra.
—Reclutaré mujeres del pueblo y de las granjas y aldeas cercanas —lo interrumpo—; hasta las monjas nos ayudarán.
—Luego está la comercialización… Nuestra fuerza de ventas es prácticamente inexistente… Nuestros contables se han escondido…, ¿quién llevará el control de las ventas? —exige.
—¿Ventas?
Se me sube la sangre a las mejillas; el pulso se me desboca mientras salto al vacío. Un perfume nuevo pueda lanzarse en plena Ocupación. Que Le Courage ayudará a las francesas a levantarse y no perder la esperanza en la liberación de Francia.
—No vendemos Le Courage —le digo con una sonrisa—, lo regalamos.