La chica perdida en París Capítulo 32
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Capítulo 32

Emma

Perfume:

Mademoiselle Doujan

Violeta, iris, vainilla

Apenas duermo dos horas, pero no se me caen los ojos cuando llego al estudio a las ocho en punto.

Estoy lista. Madame está perfectamente instalada, vestida con un conjunto informal de pantalones y camiseta de yoga en gris sedoso; su pelo rojo juguetea en ondas suaves alrededor del rostro.

Bebe café; su cruasán de frambuesa está intacto.

Ay, Dios, las cosas han cambiado entre nosotras.

Es amable e intenta mostrarse cordial, pero se esfuerza demasiado.

Como si estuviera dándole vueltas a la escena de anoche.

No la culpo, aunque no creo que se tome en serio nada de lo que dice Brooke Hansen .

Aun así, yo le oculto cosas sobre mi familia, pero no quiero contarlo todo ahora que estamos entrando en la recta final.

Me preparo para una montaña rusa emocional.

Quiero hacer justicia a su tiempo internada en Auschwitz y Dachau y ofrecer una comprensión nueva y singular de lo que allí ocurrió.

Dios mío, ayúdame a dar sentido a lo que ella —y mi abuela— pasaron para traer vida a este mundo.

Y, sin embargo, hoy la entrevista no va bien.

No hacemos bromas como de costumbre y percibo un trasfondo desagradable que huele a leche agria.

De algún modo tengo que encontrar la manera de tranquilizarla.

Al menos me alegra haberle dicho la verdad a Ryker .

No podía permitir que pensara que yo era una mentirosa conspiradora como Brooke Hansen .

La cara de satisfacción con la que se marchó me encendió las alarmas. Está tramando algo, pero ¿qué?

No puedo preocuparme por ella. Tengo que arreglar lo mío con madame , una relación que iba viento en popa y se ha detenido en seco porque yo no he sido honesta con mis intenciones.

Es algo que tengo que afrontar, pero primero debo centrarme y ser la maldita mejor periodista que haya entrevistado a esta mujer extraordinaria, y dejarle claro que nadie puede contar su historia como yo.

En lugar de distanciarse de mí como está haciendo ahora.

Tomo notas a mansalva mientras la dejo hablar de lo difícil que fue llevar un negocio de perfumes a medida que la guerra avanzaba en 1943; cómo las doscientas botellas que hicieron de Naomie ’s Dream resultaron ser toda la producción hasta después de la guerra.

Cómo la Casa Doujan pidió disculpas a las mujeres ansiosas de Francia por la escasez de perfume poniendo anuncios en revistas de cine, implorando a su clientela que tuviera paciencia.

Que algo nuevo y emocionante en perfumería estaba en camino para calentarles el corazón.

Madame me observa mientras habla y siento que la tensión aumenta mientras intento procesar las consecuencias de mis palabras duras de anoche, pero dudo entre defenderme o callar para no empeorarlo.

La ceja alzada y los labios fruncidos me dicen que no está preparada para perdonarme, que lucha con los demonios del pasado y yo le agravé el dolor montando una escena.

Así que no digo ni una palabra. Escucho.

—Manteníamos vivo el nombre de la Casa Doujan añadiendo nuestros aromas a jabones —dice madame de Cadieux , clavando en mí sus extraordinarios ojos verde avellana con una intensidad que no había visto aún en ella—.

Luego racionaron el jabón, pero teníamos acceso a algunas materias primas que Monsieur Baptiste guardaba en un lugar secreto cerca de Argenteuil .

Un convento rodeado de altos muros y ocupado por una orden de clausura.

Y ocurrió un milagro cuando curioseaba en el cuarto de almacén detrás de la capilla: descubrí una cuba olvidada de La Rózsa 8.

Me incorporo, una bombilla zumbando en mi cabeza.

—La Rózsa 8 es una base sintética, n’est-ce pas?

Parpadea, pero nada más. Al menos es una reacción.

No soy química, pero recuerdo haber visto esa base en la historia de la empresa en su web cuando pasé horas anoche estudiando los compuestos de carbono empleados en la fabricación de perfumes.

Descubrí que no es raro que las casas usen una mezcla de materias primas de calidad, aceites naturales y un ingrediente extra y potente como La Rózsa 8. Le demostraré que no soy ninguna tonta.

—La base contenía lo que entonces llamaban aldehído C14… Huele a piel de melocotón.

Sus ojos se disparan hacia mí, como si le hubiera revuelto el cerebro y no pudiera creerlo. Por fin tengo su atención.

—Sí, mademoiselle , La Rózsa 8 era una base especial que creó el profesor a mediados de los años treinta con un…

—Acorde floral…, un aroma mezclado que incluía rosa húngara importada del país del profesor.

Estoy lanzada y ella asiente, aprobadora.

— Très Bon , Emma ; luego se combinó la base con un olor boscoso de musgo de roble que recordaba a tabaco punzante y a cuero, un elemento vital en la composición de Le Courage .

—A ver si acierto, madame : isobutilquinolina…

, un líquido amarillo pálido con un olor intenso, terroso, un recordatorio subliminal del hombre que esperan que vuelva a casa.

—Aspiro el aroma imaginario por las fosas nasales—.

No una nota de fondo demasiado fuerte, que se sentiría demasiado masculina, sino más bien una sensación de anticipación por su regreso, dándoles valor para seguir.

Alza una ceja.

—Me impresionas, mademoiselle . ¿Y nunca has estudiado el arte del perfume?

Niego con la cabeza. Está escarbando, tratando de descifrarme. Que escarbe. No he recuperado su confianza, pero tengo una buena oportunidad.

—Estaba decidida a usar la base en un plan descabellado —prosigue—. Tenía que levantarles el ánimo a las francesas creando un perfume que evocara todo lo que amaban de su hogar, de su hombre, de su familia.

—¿Fue en el otoño de 1943?

—Sí, el año en que bombardearon las afueras de París y nosotras nos libramos; en el que detuvieron a un importante líder de la Resistencia y la Gestapo lo torturó horriblemente; y en el que era ilegal no llevar la carte d’identité .

Cuando habla de la gravedad de la vida de entonces, noto que su acento se hace más áspero, más marcado. Ella también lo nota: apura más café, tensa los hombros y luego se toma unos segundos para asentarse y relajarse.

—Durante la guerra yo seguía siendo una aprendiz en el arte del perfume; mi pericia en química era limitada, pero el profesor Zunz insistía en que mi talento natural, mi nariz, equivalía a cualquier formación científica.

Ese consejo me sirvió en el laboratorio cuando me frustraba mi falta de experiencia.

No pretendo decir que entonces fuera en absoluto la parfumeuse que soy hoy.

Me llevó años llegar aquí, probando a diario mi olfato con toda clase de aromas, oliendo, experimentando…

Entendiendo cómo el aceite de rosa extraído de un campo de flores difería del de otro por la composición del suelo.

No doy abasto a escribir.

—Pasé horas, días…, semanas intentando dar con una fórmula para una fragancia que lo significaba todo para mí, una reafirmación de mi amor por Lance —continúa—.

Entonces algo que dijo me recordó a Yvette antes de partir rumbo a Lisboa.

Estábamos acostados uno junto al otro en el castillo abandonado, un lugar que hicimos nuestro con muebles y cachivaches de la casa de empeños, un colchón apelmazado, pero en nuestros momentos más apasionados, con sus brazos rodeándome, ni lo advertíamos.

Me susurró una palabra al oído: courage . Y se fue.

Se le quiebra la voz y me muero de ganas de cogerle la mano, apretarla mientras revive un momento tan decisivo de su vida. No lo hago, y luego desearía haberlo hecho cuando tiembla, pero el momento ya ha pasado.

—Tras probar más de cien variaciones, completé la fórmula de la composición de la fragancia seductora que me ardía en el alma.

Ah, la alegría que me recorrió. El aroma era aún más provocador y traspasaba más el corazón de lo que había imaginado.

Volví a aspirarlo, saboreando el instante y anticipando su efecto en toda mujer que se atreviera a abrazarlo.

Se pone en pie y da una vuelta, como si quisiera creer en la magia, y me entran ganas de girar yo también.

—¿Y luego qué pasó, madame ?

—Entonces, mademoiselle —susurra, encantada—, le pasé la tira olfativa bajo la nariz al profesor Zunz y vi cómo se le salían los ojos de las órbitas.