Capítulo 31 #2
Trago saliva. Que Emma siga guardándose información sobre la historia de su familia me trastorna.
No sé por qué lo hace. Aun así, la idea no se disipa de mi cabeza y, mon Dieu , me atraviesa el corazón con un dolor agudo.
Estaba a punto de decirme algo…, ¿era sobre su abuela polaca?
Lo triste es que no puedo preguntarle. Entonces sabría que he hurgado a fondo en su pasado y la culpable sería yo.
No volvería a confiar en mí, así que debo callar, fingir sorpresa si algún día me lo cuenta y esperar lo mejor.
Me siento fatal. Podría arruinarlo todo con mi veleidosa curiosidad, después de haber forjado un lazo que permitía a Emma preguntarme cualquier cosa de mi vida y yo se la contaba.
Tal vez sobrevaloro nuestra relación; quizá solo soy una historia para ella.
Aun así, he disfrutado rompiendo mi aislamiento autoimpuesto y abriéndole las puertas.
No será fácil volver a las sombras y a la soledad cuando se haya ido.
Así que, para aliviar el ego de esta vieja, dejaré las cosas como están.
La necesito tanto como ella a mí, aunque barrunto que nuestros motivos no son los mismos.
Lo que me preocupa es ¿y si la Hansen tiene razón?
¿Y si Emma piensa hacer conmigo un escarnio público para promocionarse y está buscando porquería?
Me destrozaría. Me rompería el corazón. ¿Puedo arriesgarme?
Estoy demasiado mayor para librar batallas en la prensa.
A veces me canso tanto que solo quiero abandonar.
Pero no lo hago. No soy así. Incluso cuando tengo dolor, me obligo a bloquearlo y me pongo a trabajar.
Así resistí a los campos, así debo hacerlo ahora.
Porque no tengo elección si me estoy haciendo una idea equivocada de Emma .
¿De verdad quiero torturar mi alma otra vez con la pérdida?
Sería más fácil mandarla a casa, pero lo último que quiero es acabar nuestra amistad con mal sabor de boca.
Llámalo vanidad, pero ¿seré más tonta por aferrarme a la idea de que le intereso por mí misma y no porque soy «una gran historia»?
Voy y vengo por el estudio. Tengo que prepararme para llevar esta entrevista hasta el final.
Revivir cada momento devastador que casi acabó conmigo para que Emma entienda que la victoria tiene un lado oscuro.
Que no se tapan las atrocidades que te hicieron; que hay que encontrar el valor para hablar de ellas.
He tardado más de sesenta años en entenderlo.
Rezo para que mañana amanezca radiante, con un sol resplandeciente y un cielo sin nubes que deja a un lado la lluvia para otro día.
Necesito esperanza en el corazón, que Emma sea lo que deseo que sea.
Porque en algún rincón de mi cerebro se forma una idea escalofriante…
y tiene que ver con aquella alemana de la que escribió en su reportaje del Holocausto, un recuerdo de Dachau que regresa lento, apremiante. Me estremezco.
Mais oui .
Lo deseo con toda mi alma.
Emma
Tenía que impedir que Brooke Hansen reventara mi tapadera y usara el vínculo de mi familia con la historia de madame para hacerme quedar como una trepa barata. Sobre todo después de ese buzón de voz terrible de mi padre diciendo que mamá ha vuelto al hospital.
Tengo un dolor agudo en el pecho de tanto preocuparme por ella que no se me va.
Necesitaba oír su voz, decirle que la quiero y que estoy trabajando en una gran sorpresa para ella, pero papá dijo que dormía cuando llamé hace un minuto.
Estoy muerta de miedo por ella, pero mi padre dice que no puedo hacer nada y que responde bien a la medicación.
Mientras, estoy hecha un trapo, desasosegada.
No puedo dormir.
¿Cómo se torció todo tanto?
La cabeza me da vueltas, intentando entender por qué sentí la urgencia de confesarlo todo esta noche, de suplicarle a madame que entendiera por qué quería tanto esta entrevista.
No tenía por qué creerme enseguida, lo sé.
¿Decirle a una parfumeuse famosa que quieres hurgar en su memoria sobre prisioneras que conoció en Dachau porque tu madre está enferma y quizá, solo quizá, madame conoció a tu abuela y eso le daría paz a tu madre? Venga ya, suena a locura hasta para mí.
Así que la fastidié.
Esperé demasiado para jugar mi carta y madame de Cadieux no volverá a confiar en mí.
Me tenso, culpando a mi mal juicio, o ¿lo llamo cobardía?
Siempre me he preguntado cómo perdió a su bebé…
Los rumores que alimentó Brooke Hansen decían que no la quería, pero la madame de Cadieux que he llegado a apreciar jamás abandonaría a su hija.
¿Qué horror indecible le sucedió en Dachau para darle la espalda a la maternidad?
Tengo que saberlo, aunque imagino que está dividida respecto a terminar la entrevista conmigo.
Es una profesional, así que espero que termine su relato de los años de guerra, como acordamos, y luego cada una por su lado.
Yo escribiré mi historia, ella la leerá y me enviará una nota de agradecimiento. Y fin.
«¿Te rindes? ¿Y te llamas periodista, Emma Keane ?». Oigo a Granger en mi cabeza: «Vuelve ahí y pelea. No me decepciones… ni a ti».
Tiene razón. Pero esta vez no es mi ego profesional lo que está en juego.
He abrazado a madame como familia y me siento responsable de cómo la verá el público.
Puedo hacerla humana a sus ojos. Y vale, voy a echar de menos los rifirrafes con ese irlandés.
Si no se portara como un ceporro, a una que yo sé podría gustarle.
No va a pasar.
Bajo por el largo corredor hacia mi habitación, dispuesta a enfrentar a madame de Cadieux a primera hora, cuando…
—No eres tan dura como aparentas, mademoiselle .
Me giro y los ojos intensos de Ryker se me clavan, preguntan, esperan respuestas que no estoy preparada para dar.
Brazos cruzados, figura alta y musculosa recortada contra la luz tenue del pasillo hacia la escalera.
Se ha puesto ropa seca… Camiseta ajustada, pantalones cargo negros y botas marrones.
El pelo, húmedo, le cae perezoso sobre la frente.
Dios, no soporto que me mire como si fuera una mala persona.
Primero meto la pata con madame , luego Robin Hood me asalta en un corredor oscuro y no me deja ir.
¿Qué va a ser lo próximo? Todo este incidente me ha pillado a contrapié, algo a lo que no estoy acostumbrada.
Siempre llevo las preguntas escritas, las respuestas en la punta de la lengua.
Maldita sea, sé las respuestas antes de preguntar.
Pero este canalla irlandés, que me acelera el corazón y me pone la libido a marcarse un tango como nunca, me acusó de blandita. Ni hablar.
—¿Que soy blandita? No lo diría, Ryker .
Descolócalo. Ataca. Siempre funciona.
—¿Ah, no? —replica, con media sonrisa.
—No. Te he visto con madame : le das espacio, pero nunca estás a más de un suspiro si te necesita; la proteges de todos, incluida yo. —Aspiro hondo—. Será tu jefa, pero la quieres como a tu familia.
—Para mí lo es. Madame de Cadieux me recuerda a mi nana…, mi abuela.
Me mira con estupor a pecho descubierto, como si nadie se hubiera atrevido a entrar en su vida.
—¿Solo eso? Venga, hay más —lo pincho para que hable.
Entorna los ojos.
—Excavas hondo, ¿eh, mademoiselle ?
—¿Te da miedo hablar conmigo, Ryker ? ¿Miedo de que descubra que tienes corazón?
Me tiemblan las rodillas y estoy en tensión como un conejito con las pilas a tope, pero este momento tenía que llegar entre nosotros. Ahora es tan buen momento como cualquier otro porque lo tengo hablando.
—Mi abuela me crio, un crío de nueve años huérfano durante el conflicto en Belfast cuando mi madre me abandonó.
Nunca conocí a mi padre. Lo perdí en un atentado cuando yo era un bebé.
—Hace una pausa—. Crecí queriendo venganza, pero mi nana era sabia y paciente, y me animó a canalizar la rabia en otra parte y usar mis habilidades en inteligencia militar.
También dio su bendición cuando me casé con mi chica, una au pair de un pueblito francés, pero mi querida nana ya había muerto cuando volví a sufrir una pérdida.
Asiento. Me deja sin aire.
—Lo entiendo. Tú y madame compartís la pérdida de la familia.
—Sí. Y aunque no te incumbe, madame de Cadieux me sacó del pozo cuando había tocado fondo y no tenía a nadie. —Aspira hondo; la pena que irradia es tan densa que podría cortarse.
—¿Quieres hablarlo? —Suavizo la voz; espero que le reconforte, porque me duele ver a este tiarrón sufriendo tanto. Me odia, pero me habla.
—Perdí a mi mujer y a mi hija en un accidente de coche hace siete años cuando yo estaba fuera de misión. Pero no fue un accidente.
Suelto un grito ahogado. No puedo evitarlo.
—Lo siento tanto, Ryker .
Quiero acercarme, tocarle el brazo, rozarle la mejilla, pero no lo hago.
Si lo hiciera, no lo soltaría. Lo que me ha contado me desarma, pero explica mucho.
Su trabajo en el Ejército… me imagino que encubierto, luego su familia paga el precio en un ajuste de cuentas.
El horror de lo que arrastra me golpea tan fuerte que me deja sin aire.
Quiero pedirle detalles, guiarle por pasos que he aprendido en mi oficio y que ayudan a sanar, pero esa mirada dura que me lanza dice que no comparte con facilidad y que ya se arrepiente.
Sus siguientes palabras lo confirman.
—Ahora no es momento de hablar de mí. Me preocupa más lo que ocultas. Hay algo que no le has contado a madame de Cadieux , algo que te asusta y te ilusiona decirle.
—Sí… ¿Cómo lo…?