La chica perdida en París Capítulo 31
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Capítulo 31

Emma

Perfume:

My Destiny

Rosa absoluta, narciso negro, vainilla

—Hicieron el amor aquí… en esta habitación, madame .

—Sí.

Me observa, esperando que diga algo más. No puedo. Nunca me había conmovido así, con el corazón desbordado de emoción… Era 1942, su bebé nació en el campo al final de la guerra…, lo que significa que pasaron otras noches aquí… Ay, Dios.

—Vivía asombrada por ese hombre —continúa madame —; su intensa masculinidad y su profundo misterio cada vez que hacíamos el amor me resultaban excitantes, sabiendo el riesgo que corríamos, que a cualquiera de los dos nos podía estar siguiendo la Gestapo y arrestarnos a la menor indiscreción.

Una palabra descuidada sobre el Führer , silbar una melodía prohibida, no ceder el paso a un oficial en la acera…

Sus ojos traicionaban ese miedo; sus palabras insistían en que debía protegerme, que podía asignar a un agente para que me escoltara, pero yo insistía en que no necesitaba protección.

¿Te suena?

—¿Con qué frecuencia se veían, madame ?

—Nos reuníamos en el château una o dos veces por semana amparados por la oscuridad si no estaba engañando a los nazis con desinformación.

Jarnak era nuestro intermediario: se jugaba el tipo viniendo desde París en una moto disfrazado de soldado alemán, se colaba en el laboratorio cuando todos se habían ido y me dejaba un «poema» en el bolsillo de la bata.

Poema de rosa roja: no. De rosa azul: sí.

Luego, equis por besos: tres equis, miércoles; cuatro, jueves; y así.

Después, la palabra « Love » seguida de puntos que marcaban la hora, siempre ya de noche.

Siete puntos: las siete. Cualquiera que encontrara la nota pensaría que tenía un amante secreto. Algo que ni los nazis podían racionar.

—Muy francés, madame .

Asiente.

—Venía en bicicleta desde Argenteuil al caer la tarde por el bosque y lo esperaba aquí.

Él entraba por la larga avenida cada vez en un coche requisado distinto; el sonido del motor era una música precisa que despertaba mis sentidos como un tigre ronroneante.

No era el secretismo de la cita lo que me excitaba, sino otra cosa.

Algo primario y audaz, como la nota de fondo de un perfume que te quema la piel al rociarlo, marcándome con su recuerdo que aún me estremece.

—¿Me está diciendo, madame , que la pasión no disminuye con la edad?

—Cambia a algo más profundo. Este anhelo feroz por mi amor persiste pese a la insistencia de la naturaleza en que envejezca…

Una mujer disfruta de cambios físicos que acaba aceptando, incluso acogiendo.

Y los impulsos… ah, mais oui , confías en lindos sueños para liberar esa sensación placentera en el fondo del vientre, pero el corazón necesita compañía.

Yo la he encontrado en mi círculo de amigos, incluidos quienes trabajan conmigo y, gracias a Dios, esa compañía también se cumple en recuerdos perdurables que reproduces una y otra vez en tu mente cuando te sientes sola.

—Me sonríe—. No lo entenderías, Emma …, hasta que alcances mi edad y conozcas la satisfacción de ver cómo el amor romántico se ahonda con los años y se hace más fuerte. Rezo para que lo vivas.

Ojalá.

Bebe café frío, pero le tiembla la mano.

—Gracias a ti, mademoiselle , esta noche he sentido el sol en la cara y no estoy tan sola. Merci .

—Oh, madame , si pudiera hacer retroceder el reloj…

—Ya lo has hecho. Contarte mi historia me ha devuelto la juventud, la dicha de convertirme en quien soy junto al hombre que me amó, algo que he temido recordar en una estancia en penumbra por la noche o en un cuarto vacío con olor a pasado.

Contártela enriquece mis recuerdos, los hace menos dolorosos.

He estado tan enfrascada en amasar una fortuna y llegar a dirigir la Casa Doujan …

y en envejecer pese a cremas carísimas y postizos.

Me has devuelto lo único que no he logrado retener desde que era aquella joven romaní que corría por los campos con su mamá.

—¿El qué, madame ?

—La familia.

Vale, este es el momento. Pregúntale. Ahora o nunca, chica.

—Tengo algo que decirle, madame de Cadieux …

—¿No te vas de París?

Se queda con la boca abierta, el brillo de los ojos se atenúa como si le bajara un velo de encaje por la cara. Parece frágil y herida; aunque quisiera irme, no lo haría.

—Oh, no, nada de eso —bromeo—. ¿Recuerda cuando dijo que nos parecíamos, que tengo un don para el olfato?

— Mais oui , un don extraordinario. Me recuerdas a mí hace tanto, olfateando y exaltándote con la alegría de oler.

—Pues también tenemos otra cosa en común…, tiene que ver con…

Un golpe fuerte en la puerta del estudio y se abre de par en par antes de que pueda terminar la frase. Me sulfuro.

Ryker .

Otra vez me chafa los planes. Ese hombre es lo más inoportuno que hay… o el universo se está quedando conmigo. Prefiero pensar lo segundo. No es tan bueno como para leerme la mente… ¿o sí?

Está empapado hasta los huesos. Camisa blanca desabrochada hasta la cintura, pegada al pecho bronceado desnudo.

No debería mirar, pero no puedo evitarlo.

Es un bellezón con o sin traje gris de seda.

El pelo, en un desorden atractivo, le cae sobre la frente; los ojos, llameantes.

Parece recién salido de una pelea y sí, capto todo esto en menos de cinco segundos.

¿Por qué ahora? Justo cuando iba a contarle a madame mi vínculo con una prisionera de Dachau .

¿No puede esperar?

Parece que no. Se me cae la mandíbula cuando anuncia:

— Madame … tenemos un problema. —Me fulmina como si fuera culpa mía—. He pillado a una merodeadora fuera, mirándola por la ventana.

Angéline

Una fisgona rubia y cargante… Plantada, chorreando, en mi gran salón.

Manos en las caderas, sin parar de quejarse del barro, de la lluvia y del camino infernal que lleva al château —pensado así, añado, para mantener lejos a intrusos con sus mismas intenciones—.

Brooke Hansen .

Arruinando esta velada preciosa en la que me siento tan conectada a Emma mientras afronto los altibajos de mi pasado. Cuando estaba tan deshecha y decidida a sobrevivir pasara lo que pasara… ningún hombre, ningún régimen, nadie volvería a quebrarme.

Y ahora esto.

Se me cae el alma a los pies. Me entran ganas de llorar, de lo decepcionada que estoy.

Esta mujer no ceja. Suelo admirar esa cualidad, pero esta persona usa su talento para mancillar vidas por su propio beneficio.

Mi pasado pintoresco me convierte en carnaza para la prensa, sí, pero ¿por qué me castigan?

No es justo, aunque ¿qué lo es? ¿Lo fue la guerra?

¿Fue justo lo que los malditos boches le hicieron a mi gente, a los judíos?

Fue más que despreciable, pero sobrevivimos, yo sobreviví, maldita sea, y no dejaré que esa Hansen ni nadie me conviertan en una antiheroína gitana medio enloquecida con sed de venganza; por eso he evitado el escrutinio, incluso antes de que esa mujer me fijara en su diana.

Luego llegó Emma y el aire volvió a entrarme en los pulmones, fresco y limpio.

Vuelvo a ver el mundo como un rollo de gloriosa seda, listo para desenrollar y empezar de nuevo.

Casi como si hubiera encontrado el parentesco que me faltaba desde la guerra… y desde que perdí a mi amor.

Aprieto los ojos. Necesito unos segundos para reconectar con él.

Oh, mi querido Lance … Ojalá pudieras conocer a Emma .

La adorarías como yo. Se parece mucho a mí de joven.

¿Viste cómo se le iluminaban los ojos, cómo le temblaba el labio cuando reviví aquellos momentos contigo?

No te enfades conmigo por compartir nuestro gran amor con ella…

Quiero que escriba sobre nosotros para que el mundo sepa lo que logramos durante la guerra… , para que nadie lo olvide.

Pero primero tengo que lidiar con esta Hansen .

—¿Husmeando por mi château como una gata curiosa? —le suelto—. No te debo nada y te cantaría las cuarenta si no estuviera segura de que lo convertirías en portada. ¿Qué haces aquí?

—¿Yo? —dice, indignada—. ¿Por qué no le preguntas a ella qué hace aquí? —Le sacude el dedo a Emma , deseando morderla—. Invadiendo mi territorio para hacerse un nombre…

—No le haga caso, madame —se interpone Emma con un arrebato furioso, como si defendiera su territorio…, yo…, lo cual me divierte… ¿y está temblando?

La miro con ojo crítico y respiro hondo, triste. Sé que oculta la relación de su abuela con Dachau , y eso me inquieta. ¿Por qué? Unas ondas de tensión me atenazan. ¿No confía en mí?

—No sabe lo que dice —prosigue Emma —. Solo busco su bien.

—¿Ah, sí? —escupe Brooke —. ¿O es tu pellejo el que está en juego?

—Estás equivocada.

—¿Ah, sí?

—Eres una vergüenza para la profesión, Brooke —dispara Emma —. Usas todas las tretas del manual para sacar historias, y no solo con madame . No es ningún secreto que sobornas a tus fuentes para conseguir cotilleos despreciables de famosos.

—Eso es hablar por hablar y lo sabes.

—¿Ah, sí? Tengo mis propias fuentes que jurarán…

—¡Basta! —Un escalofrío me recorre los hombros.

No me gusta adónde va esto—. Ignoro qué hay entre vosotras, mes demoiselles —digo firme—.

Supongo que celos profesionales, pero no lo toleraré en mi casa.

Sea cual sea el juego, me avergonzáis las dos.

—Respiro—. Te veré por la mañana, Emma …

y en cuanto a usted, mademoiselle Hansen …

Le hago un gesto a Ryker que, aunque siempre caballeroso, es el músculo que necesito para zanjar esta discusión ridícula entre estas dos reporteras. Suspiro. Sea cual sea su juego, no me fío de la rubia víbora.

Él la saca fuera y la devuelve a su coche con un paraguas grande y una manta para ella (la idea de que conserve algo con mi emblema me da repelús). Con la cabeza gacha, Emma desaparece sin decir palabra, llevándose su bloc amarillo y sus secretos.