Capítulo 30 #2
—No podía enterrarme en tumbas antiguas cuando el mundo había perdido el norte, así que creé mi propia red.
Usé mis contactos en arqueología para conseguir un puesto en el equipo de Hitler , haciéndome pasar por un crítico de arte resentido al que los británicos despidieron por colarles falsificaciones.
Me quedé en Berlín trasladando piezas valiosas, entre ellas el busto de Nefertiti, a refugios seguros, observando, vigilando.
Llegué a París semanas antes de que los nazis desfilaran por los Campos Elíseos para establecer operaciones aquí.
Contacté con el SOE en Londres ese verano, pero me ignoraron.
«¿Cómo puede un arqueólogo combatir a los nazis?
», preguntaron. Seguí adelante, enviando desinformación a los alemanes.
Como miembro del círculo de Göring , recogí datos cruciales de movimientos de tropas a partir de oficiales alemanes borrachos que vivían la gran vida parisina, incluida inteligencia sobre los detalles del plan propuesto por Rommel para desembarcar en Trípoli y unirse a los italianos contra los británicos el noviembre pasado.
—Así que ahí era donde estabas.
—Sí. Los británicos por fin se fijaron en mi trabajo y me sumé a una red secreta en Londres con un puñado de dobles agentes. Al Foreign Office le gusta mi estilo, cómo uso jerga artística para confundir a los nazis.
—Y así te convertiste en el Conde. Un Pimpinela Escarlata.
Sonríe.
—Me gustó la idea de un enmascarado correteando por París de noche, salvando a bellas damiselas.
—¿Como yo?
—Eres todo un reto, Angéline …, y estabas tan hermosa con tu falda de volantes y enagua roja. No sabía qué hacer contigo, pero no podía abandonarte a la vida en la calle. —Suelta un gran suspiro—. Eres una muchacha inocente y jamás me aprovecharía de ti.
—Ya no soy una niña, Lance . —Me planto ante él, manos en las caderas, el fuego de la chimenea calentándome la espalda.
Un pellizco fuerte me encoge el estómago.
Un dolor que me quema y al rato me hace temblar con escalofríos—.
Casi tengo diecinueve. Soy una mujer y una nariz.
Creé mi primer perfume para la Casa Doujan . Lo llamé Naomie ’s Dream .
—Eso he oído. El profesor Zunz dice que agotasteis existencias en la tienda de París.
Sonríe, luego se pone serio, me toma por los hombros y sus ojos oscuros brillan a la luz del fuego.
—Estoy preocupado por ti, Angéline .
—¿Y qué pasa contigo, Lance ? Estados Unidos está en guerra. Pueden detenerte en cualquier momento. Sabes lo astuta que es la Gestapo , inventándose cargos para atrapar a cualquiera con una mínima sospecha de ser espía.
—Los nazis no son fáciles de engañar, pero de momento se tragan mi información.
Londres me da material suficientemente veraz para que se crean cualquier inteligencia falsa que yo les cuele.
—Me acerca; apoyo el oído en su pecho. Oigo retumbar su corazón—.
Se avecina algo grande, Angéline . No puedo hablar de ello, pero cambiará el curso de la guerra.
Me separo un poco.
—¿Un arma secreta?
Se ríe.
—No puedo contarte más… Prefiero hablar de aquella muchacha salvaje e impetuosa que conocí la primera noche y que no podía esperar para vengarse de los boches.
—Y lo hice.
—¿Qué has hecho? —gruñe—. La Gestapo te va a respirar en la nuca.
—Le di a un comandante nazi un frasco de perfume.
Un perfume especial para que nunca me olvide. Algún día me aseguraré de que pague el precio máximo por asesinar a mi madre. Lo juro sobre la tumba de mamá.
Él exhala, aliviado.
—¿Es el que llevas ahora?
—No. Estoy probando una fragancia nueva. Rosa blanca, melocotón… musgo de roble. ¿La hueles? —Me inclino para que la aspire.
—¿Intentas seducirme? —Me mira sin amedrentarse, pero detecto un repunte de peligro en esa mirada, y aviva el fuego en mí.
—¿Y si fuera así? —pregunto—. Eres un hombre al que le gustan los retos, n’est-ce pas?
—Te prometo que no funcionará. Soy inmune a tu encanto.
—¿Lo eres? —Le rozo el cuerpo con el mío y siento cómo se tensa. Respira más fuerte, aprieta los puños: señales claras de un hombre sopesando sus opciones.
No es inmune.
Me contraigo de placer cuando Lance me planta besos arriba y abajo de los muslos, me hace cosquillas, me acaricia.
Ah…, rezo para que no pare nunca.
Yacemos en el diván junto al fuego, con la ropa húmeda hecha un revoltijo, la piel desnuda caliente y sudorosa.
Nuestra pasión intacta, las barreras derribadas en esta noche de lluvia porque lo ansiaba demasiadas noches como para seguir preguntándome si, mejor dicho, cómo llegaría a conocerlo como hombre.
He visto lo fugaz que es cada instante en esta guerra, cómo hay que atrapar la felicidad…
cualquier cosa puede destruir una vida no vivida.
O no amada. Estoy decidida a que no nos pase aunque él sea demasiado terco para verlo.
Desde el momento en que escuché su voz imperiosa en la oscuridad, aspiré su aroma almizclado y me cortó la respiración, me infundió una confianza nueva: no tengo por qué estar sola.
Algo que tanto temo, una chica romaní sin su clan, sin su familia, sin su mamá y su papá…
Rezo para que mi hombre canalla me ame como mujer.
Así que me lanzo atrevida. Ocurre tan deprisa: ese beso abrasador cuando me pego a su pecho y me derrito y él me atrae más; una calentura brota en él que me excita y me asusta a la vez.
Hemos pasado el flirteo, la pulla, los besos a oscuras.
Lo quiero así, hambriento de mí, pero no he tenido en cuenta que no hay vuelta atrás…
y no sé nada de complacer a un hombre. Oh, quiero hacerlo, quiero tenerlo dentro, hallar ese espacio arrebatado en el que no piensas y sigues la pasión hasta ser uno, tu alma se vierte en la suya, tu olfato despierta más vivo y penetra en tu nariz la rosa sedosa más pura y el jazmín exótico… y el ámbar aterciopelado.
Desprendiéndonos de cada capa como criaturas nocturnas mudando la piel, lanzando la ropa a un lado, abro los ojos para contemplar su desnudez, su piel bronceada, su cuerpo musculoso.
Nunca soñé que un hombre pudiera ser tan magnífico de ver…
Abdomen tenso y fibroso, pecho ancho que ondula, hombros tan generosos que podría acurrucarme en ellos y perderme para siempre.
Ni creí que un hombre así pudiera verme lo bastante bonita como para mirarme como ahora.
Ojos de ébano en los que arremolinan secretos que quiero conocer, hipnotizándome hasta rendirme…
Han cambiado las tornas…, ahora él me seduce y yo no me resisto.
¿Cómo podría?
Me pesa el cuerpo, me pesa mucho; sus besos me abrasan la piel; mi excitación se dispara. Cierro los ojos y su intensidad haciendo el amor me agita salvajemente sobre el desgarrado diván de terciopelo azul, mi ansia de sus caricias borra cualquier idea de que él no me desea.
Gimo, lucho por mover brazos, piernas. No puedo. Mis pensamientos se enredan mientras sus manos recorren mi cuerpo arriba y abajo, acariciándome, y él murmura:
—Qué hermosa eres. Qué broma cruel me han jugado las hadas.
Exhala un suspiro hondo, luego un gemido de angustia. ¿De qué está hablando? ¿Empieza a arrepentirse de hacerme el amor? ¿He hecho mal en querer estar con él?
¿O hay algo en su pasado que le causa tal dolor que no puede dejar de sufrir?
¿Podré yo calmarlo algún día? Oh, Dios, tengo que intentarlo aunque mi cabeza no pueda concentrarse en nada que no sea este instante.
Su contacto me vuelve loca; sus palabras me confunden.
No les hago caso mientras nos fundimos en un solo ser.
Un largo suspiro me nace muy adentro cuando amaina la última ola de placer; me duermo entonces en sus brazos… y sueño.
¿Me atrevo a soñar que el amor durará para siempre?
Sueños ya no inocentes, sino llenos de un oscuro encantamiento. Y recuerdos del hombre que esta noche me ha amado dulcemente.
El misterioso doble agente, de nombre en clave el Conde.
No amaré a ningún otro hombre.