La chica perdida en París Capítulo 30
59%

Capítulo 30

Angéline

Perfume:

Chipre, mimosa, almizcle

—Gira a la derecha a unos cinco metros de los dos robles altos que se inclinan el uno hacia el otro… Aquí, donde el arroyo se junta con el pequeño cementerio.

Se me quiebra la voz al pasar por el lugar donde está enterrada mamá, pero no digo nada.

Los altos narcisos amarillos que planté están doblados, tocando la tierra y empapados por la lluvia, pero siguen ahí.

Eso vuelve a poner a punto mi brújula. Mi pícaro doble agente no comprendería mi profunda devoción por ese rincón de tierra.

Aunque antes sintió curiosidad por saber más de mi vida romaní cuando acampamos aquí, de dónde sacó papá las monedas de bronce…

, preguntas a las que responderé a su debido tiempo.

—Has estado muy convincente con el oficial alemán, inventándote esa historia —aparto a un lado mis emociones temblorosas—. ¿Cómo lo haces?

—Es mi trabajo, Angéline .

Resulta que la historia que le contó al oficial nazi es cierta.

Catalogó varios objetos de una residencia en Saint - Germain -en- Laye confiscada a su dueño, que escapó por los pelos con vida.

Luego Lance «tomó prestado» el tapiz de su nuevo hogar en la galería del Jeu de Paume de París para la escapada de esta noche, cambiando los datos para ajustarlos a su relato.

Una jugada temeraria que habría dado al traste con nuestra misión si el teniente nos hubiera detenido y hubiera comprobado con la oficina de Göring en vez de quedarse mirando mi pecho en el jersey negro ajustado.

Digo en voz alta lo que me hierve en la cabeza.

—¿Cómo puedes halagar el ego de los boches, sabiendo lo que le están haciendo a Francia?

No puedo seguir callada. Adoro a este hombre y Dios sabe que lo he echado de menos desde nuestras intensas sesiones de entrenamiento antes de irme a Argenteuil .

Este hombre valiente que vaga por París de noche, recogiendo inteligencia en reuniones clandestinas y organizando recogidas.

Este mismo hombre que luego toma el té con los alemanes de día, con traje de tweed y unas gafas falsas (me las puse) y cataloga arte robado.

Me recuerda a los grandes señores del castillo de los cuentos que mamá me narraba cuando era pequeña.

Príncipes que corrían el mundo disfrazados de leñadores o salteadores, ayudaban a los pobres y besaban a las muchachas.

Lance tiene ese mismo aire señorial, como si su sangre fuera azul.

Curioso que lo piense, pero así es. Tiene una manera de hilar las frases que suena a poesía, la forma tan correcta de comer con el tenedor en la izquierda y el cuchillo en la derecha, su extraordinario conocimiento de arte e historia que llevó años adquirir.

Años que un joven que labra la tierra o se sienta en un pupitre no tendría.

Un hombre lejos de mi alcance. Si estoy en lo cierto, ¿por qué arriesgaría tal hombre su libertad para luchar contra un enemigo capaz de destruirlo con un chasquido de dedos?

¿De enviarlo a prisión si por un tropiezo alguien desenmascarara a este príncipe que se mueve en la oscuridad pero deslumbra en tweed?

—Ya te he contado demasiado, Angéline ; la acción está hecha —sus palabras son frías. No revelará sus secretos, lo deja claro—. Ahora tienes que seguir adelante, como haré yo.

No alcanzo a entender sus motivaciones mientras avanzamos por el terreno embarrado hacia las verjas de hierro del château .

Tomo su silencio por lo que es… una firme negativa a tratarme como a una igual en este loco mundo del espionaje.

Me permito aspirar la rica memoria de jazmín de mi niñez al acercarnos al château .

Paso la mano por el vaho de la ventanilla y suspiro.

Poco ha cambiado desde que acampamos aquí.

Veo a mamá bailando al son de una melodía tarareada…

, a papá desenterrando monedas de bronce…

, a mí rastreando el prado en busca de violetas y jacintos.

Un tiempo inocente en el que mi corazón estaba colmado de su amor, cuando tenía una familia…

Los echo tanto de menos; lucho contra unas lágrimas que nunca se agotan.

Mi ánimo cambia cuando Lance gira bruscamente a la derecha, bajo una lluvia que martillea el parabrisas.

Mi determinación de mantenerme fuerte me hace afianzarme y seguir.

Me sujeto a la manilla de la puerta mientras botamos por el camino irregular.

Papá tuvo que empujar y empujar para que nuestro vardo pasara por aquí cuando llovía, pero el Peugeot es una máquina recia y sus ruedas grandes y pesadas prometen sacarnos del barro.

Entonces lo veo. La visión de la construcción de piedra recortándose ante nosotros como un arcángel gótico dándonos la bienvenida.

Apenas alcanzo a inhalar la infusión de olores del pasado antes de que Lance abra la puerta del pasajero y me apremie a entrar, manteniéndonos secos con el tapiz centenario sobre nuestras cabezas.

La lluvia nos acribilla y él ni pregunta si los grandes portones dobles están cerrados con llave.

No me cabe duda de que habría volado la cerradura de un tiro si lo estuvieran.

Sí, vi una pistola antes en el suelo del Peugeot .

No me había fijado. No bromeaba cuando dijo que habría pegado un tiro al oficial alemán.

Intercambiamos unas palabras, agradecidos por el tapiz que nos mantiene a cubierto, aunque no sé cómo piensa explicar a los nazis que está empapado, pero salvó a dos almas que buscaban refugio en un château vacío.

El olor a cerrado y las finas telarañas que recuerdo de la última vez se ven sustituidos por olores estancados de cocina, y eso me pone en guardia.

Nosotros siempre cocinábamos fuera, prefiriendo los deliciosos aromas tostados de un fuego al aire libre.

Le digo que alguien ha estado aquí desde que mi clan se refugió por última vez en el château ; alguien que no es romaní.

Alguien que probablemente se escondía de los boches.

Lance enciende su linterna de campaña (no dejaba de ser un arqueólogo) cuando abrimos con un chirrido la puerta del estudio.

Un cuarto encantador con un gran ventanal.

Las paredes, antaño de un rojo elegante, sangran ahora un óxido apagado; vigas de madera; un parqué en aspa marcado de huellas de botas a lo largo de los siglos, aunque me juego algo a que ninguna es de boche.

Su estado actual de deterioro y descuido no les agradaría.

La lluvia golpea los cristales plomados con un ritmo constante que acompasa los latidos de mi corazón. Chimenea de piedra.

Lance recorre el cuarto con el haz de luz; los dos nos asombramos al ver la estancia amueblada con un diván de terciopelo azul desgarrado por partes, un chal floreado azul y blanco deshilachado por encima…

y botellas vacías de vino y colillas esparcidas por el suelo de parqué.

Por la colocación de colillas y botellas, Lance concluye que solo hubo un ocupante.

Y que se fue hace tiempo.

Exhalo un suspiro de alivio.

Lance rebusca en los bolsillos y enciende un fuego con cerillas de azufre que, gracias a Dios, están secas. Cansados y todavía con la ropa húmeda, nos acurrucamos en el diván… Ojalá me abrazara. En cambio, habla con voz lenta y serena, como si hubiera pensado lo que quiere decir.

—¿Cómo explicar este trabajo de locos que he asumido, Angéline ?

— Lance atiza el fuego con un atizador de hierro negro—.

Uno no se levanta una mañana y anuncia al mundo: hoy me haré espía.

Pero cuando el mundo en que vive enloquece, no le queda elección.

Tiene que hacer algo o no podrá vivir consigo mismo.

—Pero eres científico.

—Sí, soy un hombre que desentierra el pasado, pero el presente es ahora mi llamada.

—Se mueve y el diván cruje. Aprovecho para acercarme, inhalar su aroma varonil mezclado con lluvia fresca.

Dudo que lo note—. Debo hacer algo para frenar esta inhumanidad contra hombres y mujeres inocentes…

y lo que más me duele, niños. Este monstruo ha destruido incontables vidas y, que Dios nos ampare, temo que serán incontables más según se alargue la guerra.

Es cierto, soy un soñador. Voy donde me llevan los sueños y, a diferencia de otros en esta guerra, no he sufrido la pérdida personal de familia, aunque sé lo que es perder a alguien querido.

Una hermosa conservadora de arte egipcio que trabajaba por la libertad…

Era una lingüista experta, una telegrafista a la que la Gestapo torturó y asesinó.

Espero, con el corazón a saltos. Me inunda la culpa por mi falta de sensibilidad hacia él…, por haberme atrevido a negarle un corazón cuando, en efecto, lo tiene, pero roto.

Me levanto, paseo por la estancia. Incluso viéndolo de perfil, veo a otro hombre.

Un hombre que no ha superado una gran pérdida.

Entonces somos más parecidos de lo que pensé.

Como yo, no está listo para compartir más de lo que me ha dicho.

¿Cómo culparlo? Yo tampoco le he contado todo sobre mamá ni sobre el asqueroso comandante que me obligó a verla exhalar su alma hermosa en un charco de sangre.

Deja pasar el momento antes de seguir.