Capítulo 29
Emma
Perfume:
Red Tango
Rosa roja española, bergamota, ambreta
—Viniste aquí, al château , esa noche, ¿verdad, madame ?
Asiente mientras yo me recuesto y tomo aire.
La habitación está bañada en sombras moradas cuando me recojo en la silla, el kimono rojo apretado alrededor de las piernas.
Ryker asomó la cabeza para ver cómo íbamos; se le abrieron los ojos cuando vio mis piernas largas asomando por debajo del kimono.
Con desaprobación. Me considera una mala influencia para madame .
Me las cubrí rápido, bueno, no tan rápido, y admito que disfruté permitiendo un vistazo de tortura antes de que desapareciera.
Rezo para que vuelva, así sigo el juego. Por cierto, voy ganando.
—Sí —admite, rellenando su taza—. Después de un episodio tan agotador me sentía mareada y, a la vez, eufórica.
Y muerta de miedo, como diría mamá. —Se ríe—.
Tuve mi primera dosis real del terror al que se enfrentaban a diario los agentes en la Francia ocupada, y aun así todo salió a pedir de boca.
O eso creía. Luego supe lo peligroso que fue para el piloto aterrizar con tan poca luz de luna, que casi se sale del campo y se come un pajar.
Que la avioneta fue detectada por los reflectores alemanes cerca de la costa y que solo la mano de Dios evitó que los derribaran.
Nunca sentí que estuviera a la altura del resto, pero en esa misión me curtí: desafié al teniente nazi y aprendí cómo funcionaban las recogidas en zonas designadas.
Y cómo Lance envió una carta cifrada en un mensaje personal por Radio Londres para pedir la recogida inmediata de un agente.
—¿Un agente? —pregunto, picada. Huelo a secretos femeninos flotando en el aire—. ¿Qué quiere decir?
Sonríe y me posa la mano sobre la mía. Está fría y eso me entristece. Tiembla: el recuerdo de aquella noche la sigue afectando.
—Qué joven era, ma chère Emma , y qué ingenua. Lance tenía razón. Inexperta se quedaba corto. El instinto me ayudó y me salvaría la vida más de una vez cuando terminé en Auschwitz y Dachau .
Hace una pausa, los ojos oscureciéndose como jade en bruto; sospecho que recuerda tantas cosas horribles que presenció y que padeció. Cosas inhumanas. Cicatrices invisibles a las que aún no hemos llegado en la entrevista. Luego me mira y sus ojos vuelven a aclararse cuando el momento pasa.
¿Cómo lo hace?
—Aquella noche de 1942 —continúa—, me engañaron las artes de una agente profesional que no solo llevaba mi perfume, sino que lo restregaba en las narices de los nazis. No fue hasta años después cuando Lance me confesó el engaño que urdieron entre los dos.
Se me escapa un gemido:
—No querrá decir… ¿Ester?
Asiente.
—Tras la guerra tuve el gusto de reencontrarme con ella en Londres y pasamos horas hablando de aquellos días y de cómo se convirtió en agente especial del SOE, los servicios de inteligencia británicos, en la sección francesa.
Agito mi bloc en el aire, negando con la cabeza.
—No me lo puedo creer…
—Era polaca, no húngara, y vio cómo los nazis asesinaban a su madre y a su hermana a finales de 1939.
Trabajó en el teatro de Varsovia y se integró sin esfuerzo en la alta sociedad francesa, usando sus dotes de actriz para convertirse en esa criatura fascinante que los oficiales nazis no podían resistir.
Era tan llamativa, tan extravagante, que la Gestapo no la tomaba en serio.
—¿Y monsieur Baptiste ? Era buen tipo…, ¿lo sabía?
—Ester admitió que aquel caballero alimentó un amor verdadero por ella y no tenía idea de que fuese agente del SOE.
Odiaba engañarlo, pero odiaba más a los nazis.
—Toma un sorbo; los ojos se le suavizan—.
Y sí, Ester era judía, pero eso jamás la frenó para lanzarse al peligro.
Poco después del incidente en París, los británicos le dieron una nueva misión y la lanzaron en paracaídas a la Bélgica ocupada, donde trabajó para la Resistencia el resto de la guerra.
—Supongo que Lance estaba al corriente de su identidad.
—Oh, por supuesto. Él y Ester colaboraron antes de la caída de Francia. Se conocieron en un tugurio de Montmartre : ella se ganaba la vida como modelo de artistas y Lance adquiría arte bohemio para su instituto de Boston. También supe que tuvieron un idilio tórrido…, pero Ester lo cortó.
—Increíble…
No me da la mano para escribir tan rápido. Una agente secreta de alto perfil desenmascarada. Una belleza judía arriesgándolo todo para vengar el asesinato de su familia. Parece que madame y Ester tenían más en común de lo que pensaban. ¿Quién lo diría?
— Mais oui , todo el teatro de atarla fue por mí: para mantenerla a salvo por si me interrogaba la Gestapo .
—¿Y el profesor Zunz ? —pregunto—. ¿Qué papel jugaba si no era su sobrina?
—El profesor era uno de los agentes de mayor confianza de Lance . Ya habían trabajado juntos en El Cairo en 1937, cuando necesitó un parfumeur para identificar la composición de ungüentos egipcios desenterrados en la tumba de un faraón.
No oculto mi sorpresa.
—El profesor me la ha colado bien.
—A mí también —añade con una risita—. Por eso hacía aquellos viajes al campo y por eso me pidió ayuda para sacar a Ester.
La Gestapo francesa la tenía en el punto de mira, lo que le impedía contactar a nadie sin levantar sospechas…
excepto al profesor. No tenía otra vía que yo para hacer llegar un mensaje a Lance sin arriesgar su vida… y la de ella.
—Nunca ha mencionado a estos dos agentes en otras entrevistas, madame , ¿por qué ahora?
—Es hora de no guardarme nada, Emma . Ester murió el año pasado y el profesor falleció en 1966, se le paró el corazón.
Nunca habría llegado a ser parfumeuse sin él.
Me enseñó todo lo que sé de la química del perfume.
Supe tras la guerra que lo arrestaron poco después que a mí y lo mandaron a Drancy , el campo a las afueras de París, donde lo retuvieron hasta la liberación en 1944.
Frederic ya no pudo contener más a la Gestapo y se llevaron a aquel químico brillante, recluyéndolo con otros disidentes judíos.
Esquivó el convoy a un campo de exterminio alegando que su condición de nariz podría ser útil a los nazis en algún momento. Funcionó.
—Qué historia tan increíble —casi no respiro—. Ojalá hubiera conocido al profesor.
—Quedó muy enfermo tras su paso por el campo de internamiento —prosigue—, aunque juraba que nunca perdió el olfato y que se escabullía por las noches a aspirar la dulzura de las flores silvestres que crecían junto a las alambradas.
—Frunce la nariz, los ojos húmedos. Me entran ganas de abrazarla, pero no lo hago.
Se recompone y vuelve al asunto—. Sea o no cierto, considerando el hedor a muerte que nos rodeaba día y noche, jamás lo puse en duda.
Su habilidad como nariz era su orgullo y yo nunca le quitaré eso.
—Suena tan triste como yo me siento, pero firme—.
Quiero asegurarme de que los dos reciban crédito por su enorme trabajo y sacrificio, porque ya estoy muy mayor y no tengo familia…
Clavo el lápiz en el bloc con tanta fuerza que se parte cuando suelta esa frase. No esperaba oírsela así, de sopetón.
Me agarra la mano y la aprieta. Me ilumino.
Así que ella también siente esa necesidad urgente de contacto humano.
Esto, en una mujer que se protege de la prensa con cierta frialdad.
Pero conmigo sabe que hay algo distinto.
¿O estoy viendo cosas donde no las hay? Quiero contarle la relación de mi familia con la guerra, pero tengo la horrible sensación de que la entrevista se irá por al garete si lo hago.
Está recordando un tiempo atroz y ha tenido que hurgar hondo para llegar hasta aquí. Hablar del profesor y de Ester por primera vez en público, con una maestría de narradora tan fluida como triste. Contarle mis lazos con Dachau la conmocionaría demasiado. Si la saco de su zona ahora, se acabó.
Así que no lo hago.
Una vez más, reportera firme, saco otro lápiz del bolso y cambio de tema, centrándome de nuevo en aquella noche alucinante de 1942 cuando ella y el arqueólogo rompecorazones se meten en faena.
Con cara seria, le pregunto qué pasó después.
Ella habla en un tono suave que me emociona cada vez que pronuncia su nombre:
— Lance bajó la guardia… La lluvia y los truenos de fondo, dramáticos…
El agotamiento del examen nazi se iba disipando…
y el aroma de mi perfume lo iba excitando…
Una mezcla de melocotón, rosa de terciopelo blanco, orquídea…
y algalia removiéndole los sentidos con una intensidad irresistible.
Ya no podía negar lo que sentía y quiso demostrármelo…
—Sí… —Me inclino, mordiéndome el lápiz—. Cuéntemelo, por favor.
Mira sus manos; un momento de placer inmenso le recorre el cuerpo al revivir esa noche en su mente.
—Haciendo el amor conmigo.
—¡Oh, madame ! Por fin.
—Pero antes, chère Emma , debo descansar, recobrar fuerzas… —dice, la voz sin aliento, apagándose—. Seguiremos mañana…
¿Cómo puede hacerme esto? Cierra los ojos y reclina la cabeza en un cojín rojo rosado, pero la veo espiarme.
Me está provocando.
—No puedo esperar a mañana, madame —estallo, siguiéndole el juego—. Por favor.
Relámpagos atraviesan las altas ventanas francesas, el estudio pequeño y acogedor, butacas forradas de damasco, escritorio de teca, librería…
y los truenos retumban sobre nuestras cabezas.
En un parque arbolado con los árboles más frondosos y un jardín de rosas, el château tiene la elegancia del siglo xii , con ocho dormitorios y seis cuartos de baño y una bóveda más increíble en el gran salón.
Por todas partes cuelgan tapices que descienden hasta el parqué en espiga.
Estos detalles son apuntes en los márgenes de la historia real.
Un momento inolvidable en la vida de madame .
Es la una de la madrugada. Me mata la mano de tanto tomar notas. Madame de Cadieux me reduce a una cría ojiplática cuando estoy con ella, pero me encanta cómo no se arredra ante el peligro. Ni ante el hombre que quiere.
Puedo aprender de ella.
—¿Lista, Emma ?
—¡Y tanto!
Sonríe y abre los brazos con un gesto teatral grandioso:
—Era una noche oscura y tormentosa cuando esta lila perdió su flor…