La chica perdida en París Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

Entendido. Brillante.

Recojo su guiño, le gruño al oficial alemán y le enseño las uñas, que no son tan largas, pero en la oscuridad no se nota. Él se echa atrás, se estira el impoluto uniforme, tira del cuello.

—Franceses sucios e incivilizados. ¡Circulen… ya!

Lance no pierde el tiempo: mete primera y sale disparado carretera abajo como una liebre con las patas traseras chamuscadas, mientras del asiento trasero nos llegan sonidos apagados de Ester. Pero se acabó. Exhalo hondo y me abrazo el pecho para dejar de temblar.

—¿En qué estabas pensando, Angéline ? —me reprende Lance , áspero—. Coqueteando con ese boche.

—Estaba salvando la misión… hasta que tú me arrojaste a la cama del nazi.

—Ha funcionado, ¿no?

Suelto una risita.

—Dime, por favor, ¿qué habrías hecho si acepta tu oferta?

—Le habría pegado un tiro.

No sé si sentirme halagada o insultada por cómo se desarrolló la escena con el oficial nazi.

Poniéndome en bandeja como a una sierva atada.

¿Habría disparado Lance al oficial alemán?

¿Y a los otros tres soldados? Estoy temblando, pero no me arrepiento de lo que hice.

Estamos salvando la vida de una mujer, su dignidad, y creo de corazón que Ester aceptará lo que hemos hecho por ella.

Tal vez cambie. Aunque agradezco que tuviera el buen sentido de no llamar la atención cuando el nazi asomó la nariz al asiento trasero.

Como si estuviera tan aterrada como yo. Lance se mantuvo frío bajo presión.

El hombre es de acero y estoy convencida de que no tiene corazón.

Fui una tonta al creer que podría enamorarme de él.

Solo me protege porque soy un activo, parte de su operación.

¿Por qué eso me hace sentir tan sola como la última amapola en el campo?

Seguimos conduciendo en silencio hasta llegar al campo de aterrizaje secreto, en un claro rodeado de robles altos. Lance aparca el coche tras los árboles y salta fuera, escudriñando el cielo mientras se cubre nariz y boca con la bandana; luego me hace señas para que yo haga lo mismo.

—No tenemos mucho tiempo, mademoiselle . Cuanto más nos quedemos, más probable es que nos detecten.

Asiento rápidamente, me ato la bandana y miro arriba, pero el cielo nocturno no revela más que una franja de luz de luna que corretea… Oh, espera…, el zumbido de un monomotor sobre nuestras cabezas.

—¡Ahí está!

—Rápido, preparemos el paquete y que se ponga en camino.

Cuando desenrollamos el tapiz, Ester cae al suelo como un muñeco de trapo, sudorosa y aturdida, la escena iluminada por las luces cortas del automóvil.

Lance le quita la mordaza y la desata, luego la ayuda a ponerse en pie.

Ella se tambalea, mareada, farfullando en húngaro mientras se recoloca los tirantes del vestido y se seca la cara con el dobladillo de la falda.

—Pensé que ese petimetre nazi no nos soltaría nunca. —Escupe su evidente desprecio por los boches, para mi sorpresa.

Lance le agarra el brazo.

—Te vas de Francia, condesa, y no vas a volver. ¿Entendido?

Ella arquea una sonrisa.

—París no es el único lugar donde puedo ejercer mi oficio, monsieur . El mundo está lleno de hombres a los que les agrada mi compañía.

Le sonríe y, a la luz, juraría ver una ternura en sus ojos hacia él que relampaguea un instante y se apaga. Lo alarmante es que, en ese mismo instante, a Lance se le esfuma el enfado con ella. Y me hiela.

¿Qué pasa entre estos dos?

Ester se vuelve hacia mí.

— Merci , Angéline . Has demostrado tener agallas, mademoiselle , por cómo manejaste a ese cerdo alemán. Pese a lo que pienses de mí, no soy desagradecida. Gracias por salvarme la vida.

—¿Sabes quién soy? —pregunto, sorprendida.

Sonríe.

—Tu aroma te delata. Único, embriagador.

—Se refiere a la nueva fragancia en la que trabajo—.

Nunca he olido nada igual… —Me observa bajo párpados pesados—.

Salvo cuando visité a mi tío en el laboratorio.

Dile al tío Oskar que mantenga la cabeza agachada, mademoiselle ; son tiempos peligrosos y no todos saldremos de esta. Adieu .

No tengo tiempo de encajar por qué ha querido darme las gracias. Esa no es la mujer que conocí en París. Lo achaco a nuestro encontronazo con el nazi lascivo. Su personalidad dominante, sin hablar del hedor ofensivo de su cuerpo, bastan para disuadir a cualquiera de colaborar con ellos.

La recogida comienza sin contratiempos aunque hay poca luz de luna. Lance agita una pequeña luz de bicicleta sujeta a un palo y envía una letra preestablecida en código Morse; el piloto responde con su luz, luego colocamos dos antorchas encendidas y el avión aterriza.

Sin vacilar, Ester sube por la escalerilla fija del lateral y entra en la cabina como si lo hubiera hecho mil veces, y el pequeño aparato despega.

No mira atrás. Me pregunto qué será de ella.

Y me irrita preocuparme. Es una mujer egoísta que se sirve de los hombres.

Otra vez me recorre un escalofrío hondo que enturbia toda la escena como perfume adulterado con azúcar. Algo no cuadra.

Empujo esas inquietudes al fondo de la mente y dejo que se apaguen. Debo hacerlo. Si no, no superaré los celos por «esa mirada» que Ester le lanzó a Lance . No le digo nada a él mientras apagamos las antorchas. Pensará que soy una niña mimada, y eso no ayuda a que me vea como una mujer.

Y nos vamos, como si no hubiéramos estado allí. Gracias a Dios. Toda la operación dura unos tres minutos.

Entonces empieza a llover, y la carretera se convierte en una plancha de barro resbaladiza.

—Es demasiado arriesgado volver a París esta noche. — Lance conduce despacio por la vía desierta—. Esperaremos a la luz del día, antes que arriesgarnos a topar con otro control alemán.

Reclino la cabeza en el asiento, con el corazón todavía acelerado. Tiene razón. Ya es el toque de queda.

—Tendremos que dormir en el automóvil —dice, desviándose por un camino secundario.

—No, no hace falta.

—¿Quieres arriesgarte a que te pille una patrulla alemana y pasar la noche en una comisaría de París?

—Bueno…, no, pero…

—A Alain lo pilló la semana pasada, después del toque, un soldado alemán en bicicleta. Por suerte, no sospechó de él, pero le hizo limpiarle las botas antes de dejarle ir.

—Tengo una idea mejor, doctor MacBride —le llamo por su título para agitarle la mente, hacerlo pensar.

—¿Sí?

—Una vez me preguntaste de dónde salieron las monedas de bronce de mi pulsera.

—Se me ensancha el corazón al recordar nuestro primer encuentro y aquel beso en la oscuridad, pese a su frialdad conmigo.

Es un agente canalla que presume de autoridad y me trata como a una niña, pero no puedo evitarlo. Le sigo queriendo—. Te lo enseñaré.