Capítulo 28
Angéline
Perfume:
Empress
Bergamota, canela de la India, cedro
—¿Estás seguro de que la mordaza está lo bastante apretada para que no pueda chillar? —pregunto, con el corazón en la garganta.
Lance sujeta fuerte el volante.
—Está tan indefensa como un cerdo cebado, atado y listo para el mercado.
Viajando a buen ritmo en un Peugeot verde de 1936 que Lance había requisado, salimos de París tras la puesta del sol, con la mirada fija en los nubarrones que rugían sobre nuestras cabezas, después de emboscar a Ester saliendo a hurtadillas de su apartamento en el 16 e arrondissement .
Sin duda iba a reunirse con su amante secreto, pero nos adelantamos.
Vestidos de negro y con bandanas cubriéndonos la cara, esperamos fuera y la sujetamos; luego la enrollamos en un tapiz medieval del siglo xii , tejido en seda e hilos de oro, con las manos atadas y la mordaza en su sitio.
El origen del tapiz para nuestra aventura sigue siendo «clasificado», lo que supongo significa que lo «tomó prestado» del alijo de piezas que está ayudando a los nazis a catalogar.
Llevaba un vestido de noche ceñido, sandalias, pulsera y pendientes de diamantes.
Y una tiara. Recuerdo pensar cuando pataleaba y gimoteaba: «Espero que no pierda un pendiente, porque tendrá que venderlos cuando llegue a Londres.
No me preocupa que se las arregle una vez fuera del país.
Una mujer como ella siempre se apaña, y me la imagino encandilando al piloto de la RAF mientras nuestro automóvil se dirige a un aeródromo secreto donde la recogerá un Lysander monomotor».
No contábamos con tres…, no, cuatro soldados alemanes de guardia más adelante, en un control en mitad de la carretera de dos carriles. Luces parpadeando, dos barreras colocadas en ángulo; nos hacen seña de parar. A un lado de la vía hay aparcado un largo Mercedes gris de turismo.
—¿Damos la vuelta y regresamos a París? —pregunto, presa del pánico.
—¿Y dejar que los boches nos metan una bala en la cabeza? —dice—. Déjame a mí, Angéline .
Mantiene una velocidad constante por la carretera, sin hacer movimientos bruscos que justifiquen que nos disparen. Entrecierra los ojos.
—Sígueme la corriente.
—¿Tengo opción?
—No.
—Eso pensaba.
Llevamos enzarzados desde que empezó la misión: Lance imponiéndose como un salteador enmascarado y yo comportándome como un arcángel vengador.
Desaprueba que me ponga en peligro, y me gusta creer que es porque le importo.
Mi empeño en demostrar que ya no soy una niña, sino una mujer, no tiene impacto en él.
Al contrario, su postura protectora hacia mí se ha intensificado.
No para de murmurar que se equivocó, que soy demasiado joven, demasiado inexperta para trabajar con su circuito —su célula—, una unidad cerrada sin contacto con otras células para que, si nos capturan, no podamos identificar a miembros de la Resistencia.
Yo me callo, en vez de entrar en otro choque con un hombre que me ha dejado claro que no siente simpatía por esta mujer.
Y no le culpo. Ester no se calmaba ni cuando él le dijo que la Gestapo francesa no tendría reparo en enviarla a un campo de concentración en cuanto descubrieran que es judía.
Sacarla volando de Francia es algo que jamás me hubiera esperado.
Los rescates de emergencia que no se programan con luna llena son raros porque el piloto depende de la luz de la luna para calcular el aterrizaje en un prado, me dijo Lance , pero ocurren cuando un agente tiene información vital para el Foreign Office británico.
O, en este caso, cuando se trata de la arrogante prometida de un empresario francés prominente que puede ser útil a los aliados.
Se me revuelve el estómago al pensar en su trabajo como doble agente, pero quiero que este plan de locos funcione para ver alivio en el rostro redondo del profesor Zunz , con los ojos parpadeando detrás de las gafas.
Espero que Ester comprenda cuánto se preocupa su tío por ella pese a su vida descarriada.
— Halt ! —grita el soldado alemán, blandiendo la bayoneta del fusil ante nuestras narices cuando aminoramos.
Un oficial nazi, flanqueado por un soldado, se acerca al automóvil y nos enfoca con su linterna dando unos golpecitos con el guante en la ventanilla del conductor.
—Sus papeles.
— Guten Abend , Herr Oberleutnant —dice Lance , bajando la ventanilla—. ¿Cuál es el problema?
Esboza una sonrisa perezosa y amistosa a pesar de la luz en plena cara, mientras yo no me atrevo a respirar.
Intento concentrarme, con las manos en el regazo, notando el cuero áspero del asiento clavándose en la espalda.
Una brisa templada entra por la ventanilla y trae un olor preciso a clavo y a sudor humano que me hace apartar la cara.
—Buscamos a un piloto de la RAF abatido, monsieur —dice en francés el oficial alemán, asomándose al interior del coche con la linterna describiendo un pequeño arco—. Debo registrar su vehículo.
—No será necesario, monsieur . Soy arqueólogo y comisario de arte estadounidense.
— Lance saca el pasaporte y una carta con aspecto oficial con una esvástica en la esquina izquierda—.
Doctor Langston MacBride . Tengo permiso especial de Herr Göring para entregar este tapiz de valor incalculable a su agente para el museo del Führer .
—Pero conduce usted en dirección contraria a París, monsieur .
El oficial ojea el papel y luego rodea el automóvil con las manos a la espalda, aporreando el suelo con las botas claveteadas para sacudirse la tierra.
—¿Cree que Herr Göring es estúpido, citándome con su agente en París, donde podrían robar el tapiz? — Lance pasa a la ofensiva—. Me reúno con él en Amiens.
—Por supuesto —cede el oficial, poco dispuesto a ofender al Reichsmarschall .
Luego apunta con la luz al asiento trasero. Entro en pánico. Si Ester se mueve, si el tapiz se desliza y la ve atada… No puedo permitirlo.
Coqueteo un instante como haría una francesa sensual; con curiosidad y audacia bajo la ventanilla y le pregunto:
—No querrá hacer esperar a Herr Göring , n’est-ce pas , monsieur ?
Le dedico una gran sonrisa, me paso los dedos por el pelo teñido de negro de un modo provocador, gesto que no sienta bien a mi compañero americano cuando el nazi me ilumina la cara y me mira con una sonrisa dentuda.
Ya se le pasará. Dice que soy demasiado joven para el trabajo.
Lo hago demasiado bien.
Con una mirada aprobatoria a mi busto, perfilado por un ceñido jersey negro, el boche me observa salivando como un zorro asomado al gallinero. Me entran ganas de escupirle a la cara.
—Y tampoco haría esperar a una mujer hermosa, mademoiselle .
Apoya la bota en el abultado parachoques delantero. Se limpia los guantes, se ajusta la gorra y sigue sonriéndome.
Lance resopla, molesto, y suelta de carrerilla:
—Es urgente, Herr Oberleutnant . Debo entregar esta pieza al agente de Göring , que me espera antes de que salga el transporte hacia Linz .
No sé si hay ni un gramo de verdad en lo que dice, pero el nazi pica.
El oficial alemán se ríe por lo bajo.
—El Führer tiene un gusto excelente para el arte. —Sigue mirando mi pecho y yo le sostengo la mirada, negándome a mostrar miedo aunque el pulso me vaya tan deprisa que me arden las mejillas—. Y para las mujeres. Mis felicitaciones, monsieur , por añadir a la colección a la bella mademoiselle .
Tiro de aire cuando arrecia el viento y un olor dulce y penetrante me golpea las fosas nasales… Viene lluvia. ¿Cuánto tiempo más estarán de nuestro lado los cielos encapotados?
— Mademoiselle trabaja para el grupo y me asiste —dice Lance , intentando mantener el tono neutro, pero le noto un filo en la voz. Sé qué está pensando. Si llueve, se cancela la recogida—. Y ahora, si nos disculpa, nos pondremos en marcha…
El teniente no ha terminado.
—Imagino que mademoiselle es sensible a las penurias que sufrimos los oficiales por nuestro Führer , tan lejos de casa. —Asoma la nariz por la ventanilla y me llega un aliento avinagrado, punzante—. Y me acompañará a tomar un brandi en mi automóvil.
—Llegamos tarde —protesta Lance , rechinando los dientes—. Debemos seguir.
—Insisto.
—¿Es una orden? —pregunta en tono neutro.
—Una petición, si lo prefiere.
El oficial alemán abre la puerta del pasajero y hace chasquear los talones. Un gesto deliberado de superioridad que me enfurece, seguido de una orden fría y tajante:
—¡Baje del coche, mademoiselle !
No me muevo. No pienso subirme a un coche con un oficial nazi solitario que me considera a punto de caramelo.
—Me quedo aquí. Tengo cosas que hacer.
—Así que la bella mademoiselle quiere hacerse la difícil.
Me acaricia la mejilla con los dedos enguantados.
—Quíteme… las… manos… de… encima.
Escupo cada palabra como si fuera una bala, sosteniendo la mirada agitada del alemán e ignorando la expresión desdeñosa de Lance mientras lucho por no perder el control.
El recuerdo intenso de otro encontronazo con un oficial alemán arrogante me irrumpe en la cabeza.
No deseo que me maten. El miedo debe notarse en mis ojos, porque Lance intenta ayudarme… No, está… ¿Qué?
—Baja del coche, mademoiselle —me dice Lance con voz suave—. Es de mala educación rechazar la petición de un oficial alemán. —Y al teniente—: Estará encantada de acompañarle en su automóvil, Herr Oberleutnant . Luego volveré a recogerla, cuando hayan disfrutado de… —suelta una risita— su brandi.
Una punzada feroz de ira me atraviesa. No puedo creer lo que oigo. ¿Piensa entregarme al nazi… y luego qué? ¿Me emborracho con él, le dejo meterme mano? No puedo; no voy a hacerlo. Abro la boca para hablar…, pero no me sale nada.
— Gut … sehr gut .
—Debo advertirle —continúa Lance con un gruñido hondo y sexy, los ojos brillantes—: es una gata salvaje con esas uñas largas. —Lanza un silbido bajo—. Y le gusta morder. Hondo. Hasta hacer sangre.
¿Qué está haciendo? Entonces pienso en lo escrupuloso que ha sido el alemán, limpiándose los guantes, sacudiendo la tierra de las botas. Una parisienne fiera no es su tipo.