Capítulo 27 #4
—Yo tampoco; así que me la jugué. Le dije que tenía «amigos» que podrían ayudar a Ester, ya que él no se atrevía a salir de Argenteuil por miedo a que lo detuviera la policía francesa.
Aun así, recelaba de ponerme en peligro después de lo de Yvette .
Pero no pude decir que no. Había visto cómo el juego se apoderó de mi padrastro, volviéndolo un desesperado, tan desesperado que me vendió a la Gestapo .
Ester también era adicta, aunque no conocía su historia, ¿qué la empujaba a buscar la euforia de retar lo desconocido?
Me pregunté si tuvo un padre abusivo o si sufrió a manos de soldados invasores en su país.
Conozco bien las cicatrices del abuso en el alma de una mujer, pero eso no la excusaba, en mi opinión.
Si la detenían y descubrían que era judía…
Te digo, mademoiselle , lo que sabíamos entonces de los campos era impreciso, pero lo bastante atroz para que no pudiera darle la espalda. Volví a París para advertirla.
—Yo no sé si sería tan valiente, madame .
Alzo una ceja y suelto la pregunta que me ronda:
—Si yo estuviera en apuros, Emma , ¿te enfrentarías al peligro para ayudarme?
—¿Usted, madame ? —Da un salto—. Haría lo que fuera por ayudarla, sin importar el riesgo.
—Apenas me conoces, mademoiselle , ¿por qué me ayudarías?
—Bueno, además de que usted es increíble —dice con una sonrisa enorme—, porque es lo correcto.
Asiento, el corazón complacido con su respuesta.
—Como yo ayudé a Ester.
—Hizo falta valor. Ojalá me pareciera más a usted.
—¿De veras?
—Sí. Usted trabajó duro para seguir su sueño en las peores condiciones… y se enamoró de un hombre maravilloso que la adoraba. —Su voz refleja envidia, pero también una carencia, y me da pena—. Yo no he tenido tanta suerte en ese terreno.
Miraba con tanto anhelo a Ryker cuando la llevaba en brazos… Ha caído más hondo de lo que creía.
—Encontrarás a un hombre así, Emma … Te pareces más a mí de lo que piensas.
Eso le hace arquear las cejas.
—¿Yo, madame ? ¿En serio?
Si hubiera esperado una reacción a mis palabras, desde luego no era que se quedara blanca. Hasta parece asustada. Vierto más café y me pregunto a qué estoy jugando. «¿Por qué te afecta tanto esta joven? ¿Porque quieres desesperadamente verte en ella?».
¿O estoy buscando algo que no está allí?
Bebo el café despacio.
—Quizá he pintado todo de rosa, mademoiselle , como tendemos a hacer en retrospectiva.
Aquella joven romaní llena de brío, la chica que desafió a los nazis con temeridad…
para 1942 se había replegado a otro mundo en el París ocupado.
Un mundo en el que las parisinas glamurosas resistían a los ocupantes sin renunciar a la alta costura, a los sombreros elaborados, a las joyas exquisitas. Y al perfume de la Casa Doujan .
—Su perfume, madame .
—Sí. Esas chicas glamurosas se negaban a convertirse en collabos , como llamamos a los colaboradores tras la guerra, y seguían como antes.
Cuando las veía entrar en la tienda de la Casa Doujan con sus sombreros con velo y sus pieles suaves, yo deseaba ser como ellas.
¿Por qué no? Yvette me había enseñado a vestir, actuar, hablar.
Jamás soñé que entraría en ese mundo, pero antes tenía que salvar a la que consideraba una mujer egoísta y vana de la Gestapo francesa.
Estaba enfadada con Ester por retozar con el enemigo mientras Yvette perdía la vida, pero estaba segura de que la antigua bailarina aprobaría mi misión.
—Pausa—. Perderla me pasó factura. No confiaba en nadie.
—Salvó a Ester…, lo entiendo, pero ¿cómo?
—Tomé el siguiente tren a París, fui a la casa de empeños y le dije a Jarnak que necesitaba ver al Conde.
Que la Gestapo francesa tenía los pagarés de las deudas de juego de Ester y planeaba extorsionar a monsieur Baptiste para que pagara, o Ester sería enviada a un campo de trabajo.
Su vida estaba en juego y yo no aceptaría un no por respuesta.
—¿Y vino, madame ?
Emma se recoge las rodillas, ansiosa por saber más. Le brillan los ojos de expectación y siento la súbita tentación de ir derecha al «material del bueno», como diría ella, pero debo preparar el terreno primero.
—Esperé horas a ese hombre que convertía las palabras en oro al hablar. Cerré los ojos y me quedé medio dormida en el sillón azul, soñando con perderme en sus ojos oscuros increíbles.
»Cuando amaneció, Lance apareció con sus gafas de montura redonda y su tweed inglés, preguntándome por qué debíamos sacar a Ester de París.
Además de por ser judía, le dije, podía tener información sobre movimientos de oficiales alemanes que interesaría a los británicos.
Estuvo de acuerdo, pero había un problema: tras la redada, los nazis reforzaron la vigilancia en los trenes, junto con hombres de la Gestapo , con la esperanza de cazar judíos que intentaran escapar.
Ester era una chica de alta sociedad muy vista en reuniones nazis y los SS la reconocerían.
No podíamos esconderla en la casa de empeños…
y yo había dejado mi piso. Además, no confiaba en ella ni sabía dónde estaban sus lealtades, sobre todo si la detenían y la encarcelaban en un campo.
Podría intentar hablar para salvarse, lanzando acusaciones falsas contra mí o cualquiera de la Casa Doujan .
Aun así, teníamos que convencerla de que debía abandonar París o acabaría en manos de la Gestapo .
—Entonces, ¿qué hicieron, madame ?
—La secuestramos.