La chica perdida en París Capítulo 27 #3
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Capítulo 27 #3

Empiezo a sudar, el pecho me pesa de pena al repasar detalles demasiado familiares de la vida en los campos. Nadie mayor sobrevivía mucho… La humillación les pesaba en el alma más que a nosotras, las jóvenes; el horror de desnudarse y correr por una hilera de SS las mataba antes.

Suelto un suspiro hondo. Rezo una oración. Paso la página. ¿Qué es esto? Una fotocopia de un documento marcado «Desclasificado»: «Liberación de Dachau por el Ejército estadounidense. Declaración de una prisionera alemana tomada por el capitán Sean O’Flaherty , 5 de mayo de 1945».

¿El abuelo de Emma ? El nombre cuadra. Sigo leyendo. Jerga militar habitual, normas, reglamentos, y luego…

Mon Dieu … No puede ser. Una anotación del investigador dice que la abuela de Emma fue prisionera en Dachau . Murió antes de la liberación en 1945, tras dar a luz a una niña.

Lo recorro deprisa. No hay nombre, solo información muy básica: que se creía polaca y una mención breve de que su bebé fue adoptado por el oficial estadounidense al mando.

Sé de varios bebés húngaros nacidos en el campo, pero no polacos.

Debe de ser la madre de Emma … Y ahora la pobre está enferma; con razón la chica está tan alterada.

Se me detiene el corazón y ese manojo de nervios que no sentía en años me oprime el pecho.

Me sorprende, pero no me extraña que Henri-Justin desenterrara esto.

Fue secretario de un miembro del Foreign Office británico antes de venir conmigo.

Debió de mover hilos para ver documentos aliados desclasificados que rastrearan el servicio del abuelo de Emma durante la guerra.

Se me encoge el estómago. Desde que empezamos la entrevista imaginé que Emma ocultaba algo. ¿Por qué no me lo contó? Claro, la niña. Con razón siente curiosidad por mi «bebé secreto». Su madre también lo fue.

—Ya estoy, madame .

Emma me sonríe, ladeando un poco la cabeza, con los ojos azules chispeando como…

Me invade una emoción extraña que no sé explicar… Me pone la piel de gallina.

—¿Cuándo se mudó al château , madame ? — Emma coge un cruasán sin mermelada y le hinca el diente, con los ojos bajos. Le veo girar la rueda en la cabeza. Nota que la observo, sabe que algo ha cambiado. Lo curioso es que yo también lo sé. Solo que no puedo decirle qué.

Chica lista… Sigue con la entrevista sin revelar nada.

—Fue en el verano de 1942, se conoce como la redada del Vél d’Hiv —empiezo, decidiendo rumiar esta información después, cuando se asiente en mi mente—.

Una época de dolor y caos en que la policía francesa, por orden de los nazis, hacinó a miles de judíos en el Vélodrome d’Hiver , el velódromo cubierto donde se celebraban pruebas deportivas.

—Explíquelo, por favor, madame .

—Durante dos días de julio, la policía detuvo a más de trece mil judíos con ciudadanía extranjera solo en París y alrededores.

Hombres, mujeres y niños apretujados en el estadio cubierto, con pocos retretes y poca comida y agua.

Entré en pánico… pensando si los gitanos éramos los siguientes.

Sí, tenía papeles nuevos, pero notaba una corriente subterránea en la vida diaria que me asustaba.

Ciudadanos franceses espiando a otros ciudadanos para luego acusarlos de delitos ante la Gestapo .

No podía arriesgarme, sobre todo tras la muerte de Yvette .

»Seguí en el piso de la rue du Sommerard hasta que hubo nueva portera.

Una mujer mustia, de dedos largos y nerviosos, fisgoneando, haciendo preguntas, restregando su nariz chata contra los cristales, observándome entrar y salir.

Tenía que irme, pero ¿adónde? No podía quedarme en la casa de empeños y era difícil conseguir habitación con los nazis requisando todo para sus generales y oficiales.

Así que volví a Argenteuil , tomé una habitación en una pensión y trabajé en mi fórmula secreta de Le Courage .

Recuerda, yo no era química, así que necesitaba al profesor Zunz para guiarme por el arduo proceso de ajustar las proporciones de aceites esenciales y absolutos de cualquier componente, desde lo floral dulce a lo especiado y lo amaderado.

Él tenía la mente en otra parte… Lo veía limpiándose las gafas muchas veces por hora, y siempre miraba a su alrededor.

Estaba en tensión, esperando que la policía irrumpiera en el laboratorio y se lo llevara.

Como no lo hicieron, creímos que Frederic había usado su influencia con el comisario de policía para mirar hacia otro lado; no por decencia, sino porque las aptitudes y el talento del profesor eran clave para mantener rentable la Casa Doujan durante la guerra. Ningún otro químico tenía su talento.

—Gracias a Dios, madame , estaba tan preocupada por él… — Emma suelta un suspiro—. ¿Qué fue del profesor tras la guerra? ¿Y de su sobrina?

—Estaba convencida de que el profesor y Ester estaban a salvo, sin embargo… —dejo la taza y me llevo la mano al pecho—, me equivoqué.

— Madame …, ¿qué pasó?

Su cuaderno resbala del regazo a la alfombra. No se molesta en recogerlo.

—El profesor se enteró por una fuente inesperada, Frederic , de que Ester le era infiel a monsieur Baptiste ; se escabullía del piso elegante del 16 e arrondissement de madrugada, mientras su prometido dormía.

—No puedo decir que me caiga bien, madame .

—A mí tampoco. Sobre todo cuando descubrí que estaba liada con un aristócrata francés colaborador de los nazis.

—¿Y cómo se las apañaba?

—Su amante no tenía idea de que era judía húngara. Se escondía detrás del título de su exmarido conde y de una historia fantástica que se inventó sobre su conexión con un barón imperial del siglo xvi de Budapest.

—Lástima que no empleara sus artes en ayudar a la Resistencia.

—Supe por el profesor que se metió con una banda cruel conocida por los nazis como la Gestapo francesa, criminales que hacían los trabajos que los nazis no querían.

Aún más temidos porque eran franceses y podían infiltrarse en operaciones partisanas.

Estaban metidos en el mercado negro ya en 1942 y se codeaban con parisinos adinerados…

, incluido el amante de Ester. Él no pudo salvarla del escrutinio cuando no pagó sus deudas de juego…

, deudas con su cabecilla, un tipo famoso por su «sótano de ejecuciones».

—¿Y ese horrible comandante como se llame no estaba coladito por ella? —pregunta Emma , recogiendo las notas y garabateando—. ¿Por qué no la ayudó?

—El comandante Von Risinger prefirió «mirar hacia otro lado», lo cual no me sorprendió. El hombre no tenía agallas.

—Quiere decir que el nazi no tenía huevos.

Ahora soy yo la que se queda a cuadros.

—Exactamente, mademoiselle . No lo habría dicho mejor.

La ironía es que no la atraparon por judía, sino porque el delator de la banda era un exdetective.

—Suspiro—. Su especialidad: seguir a esposas y novias infieles.

Así se hacían las cosas en París, así la Abwehr , la inteligencia militar alemana, se alió con las bandas del hampa francesa para realizar los trabajos más sórdidos que la Gestapo no quería asumir.

Si te atrapaban, te mataban el alma, un asunto sucio y obsceno.

—Pobre profesor Zunz —dice con sincera emoción—. ¿Y después?

—El profesor me rogó que consiguiera una nueva carte d’identité para su sobrina y la sacara de París. Me quedé helada. ¿Sabía que yo ayudaba a la Resistencia? ¿O era una trampa?

—No, el profesor no. No me lo creo —su tono es tierno e incrédulo a la vez.