Capítulo 27 #2
Siempre que me ausento por trabajo del Château de Cadieux y regreso a casa, me detengo un momento en la tumba de mamá: un rincón escondido en la ladera del bosque de Chouffard .
Me planto ante la lápida de mármol gris que añadí tras la guerra, inclino la cabeza y digo unas palabras.
Le cuento dónde he estado, dejo un vial con un aroma nuevo que le encantaría.
Disfruto de la paz que encuentro aquí, el crujir de los castaños, el olor del pino silvestre…
el arroyo que murmura y conduce hasta el lugar donde la dejé hace tantos años.
Me da alegría cuidar las violetas silvestres que han echado raíces alrededor de su tumba, descubrir a veces que un ciervo o incluso un tejón astuto la vela cuando no estoy.
Es la costumbre tonta de una anciana que rasca de este mundo acelerado un poco de intimidad donde sentirse cómoda hablando de sus sentimientos.
Hoy no. Vamos directas al castillo del siglo xvii de cuatro torres al que llamo hogar desde la guerra.
Mamá lo entenderá. Me río… Además, su fantasma nos buscará. Curioseando, preguntándose quién es esta chica americana de la que me he encariñado y que tiene esa nariz prodigiosa.
Repaso en mi mente cómo Emma se abrió conmigo sobre su madre y me reveló lo enferma que está. Desgarrador. Ojalá me contara más sobre su mamá, pero intuyo que no comparte sus problemas personales con facilidad.
Envié a Henri-Justin por delante para asegurarme de que el château estuviera listo para nuestra invitada.
Y para que imprimiera la verificación de antecedentes que pedí de Emma con una letra lo bastante grande para que pueda leer la condenada cosa.
Me siento una fisgona yendo a sus espaldas —los viejos hábitos del oficio no mueren…
— pero ahora más que nunca necesito saber más de ella para poder ayudarla si me necesita.
Suelto un suspiro: estoy a punto de sumergirme en información íntima, pero algo me empuja a hacerlo sin que comprenda bien qué es.
Instinto. Por otra parte, detesto cuando la prensa bucea en mi pasado.
Me repito que mi motivo es ayudar a la joven y a su familia.
Claro que, en cuanto Emma regrese a Nueva York y entregue su reportaje en la emisora, se olvidará de mí.
Y eso me entristece.
Primero, tenemos una entrevista que terminar.
Y esta es una parte tan hermosa de mi vida, cuando inicié un camino con el hombre que me amó y me adoró durante casi medio siglo de altibajos, de penas y alegrías.
La primera noche que hicimos el amor… Me río, jamás pensé que lo compartiría con nadie. Rezo para que le levante el ánimo.
Tener a Emma aquí levanta el mío.
—¿De dónde sacó este precioso kimono rojo, madame ?
Emma está sentada en el largo diván azul del estudio del piso de arriba, con sus notas desplegadas alrededor.
Envuelta en mi kimono rojo de satén de geisha, con el pelo húmedo, lápiz en mano, está lista para que continúe mi relato.
La lluvia azota los cristales, sin amainar, pero dentro estamos acogidas después de asegurarme de que mis dos tortolitos se pusieran ropa seca.
Me encantó ver lo que pasó entre Emma y Ryker cuando él la alzó en sus brazos, pero me cosí los labios y no hice preguntas.
De algún modo haré que esos dos acaben juntos.
Me siento tan maternal con Emma . Está sola…
, demasiado volcada en su carrera para dejar que nadie vea su corazón.
Y Ryker es mi obra en ciernes. Un hombre extraordinario que necesita sanar.
Están hechos el uno para el otro. No pararé hasta que lo consiga.
—El kimono fue un regalo de Lance hace años, cuando andaba dándose garbeos por el Lejano Oriente.
—Sonrío—. Recuerdo sus palabras exactas cuando apareció tras un viaje a Kioto después de la guerra.
Había ido a ayudar al equipo del Ejército estadounidense a evaluar los daños en los antiguos tesoros de la ciudad espiritual.
» Lance siempre me traía regalos de sus viajes: un juego de copas de cóctel del bar del Raffles Hotel de Singapur, en 1949; una réplica en alabastro blanco del sarcófago de Tutankamón en los cincuenta.
Y un collar nupcial tuareg de cuentas azules y plata que le regaló un noble, señor del desierto, cuando viajó al Sáhara en una excavación en 1970.
Te lo enseñaré después… y tendrás la historia de amor que viniste a buscar, mademoiselle , y por qué jamás renunciaré a este lugar.
Aprieto el timbre del escritorio junto a mi butaca cómoda y entra una joven con una bandeja de plata llena de cruasanes, mermelada de frambuesa, tazas y una cafetera.
Mantengo algo de personal doméstico aquí en el château : ama de llaves, cocinera y dos chicas del pueblo cercano que ayudan con las tareas, además de Henri-Justin , Marie y Marcel .
Emma consulta sus notas.
—Se casaron después de la guerra, ¿verdad, madame ?
Asiento.
—Sí, pero Mon amour no sabía estarse quieto…
Salía disparado a una nueva aventura en un abrir y cerrar de ojos, lo que causó más de un roce en el matrimonio.
Aun así lo amaba. Siempre volvía a mí y a nuestro hogar, el château .
Tras la guerra, restauramos el castillo: de los tejados al yeso y las vigas de los techos, comprando antigüedades de casas solariegas que sobrevivieron a los bombardeos.
Yo acababa de convertirme en copropietaria de la Casa Doujan , pero no me reconocieron oficialmente como nariz jefa hasta mediados de los sesenta, cuando una nueva generación puso patas arriba el mundo del perfume tradicional.
—Se refiere a la cultura pop de las minifaldas y las botas gogó blancas —dice Emma , untando mermelada en el cruasán.
— Oui , mademoiselle . Pero me adelanto.
Cuando mi clan Litaro acampó aquí por primera vez, hace más de doscientos años, el château pertenecía al duque de Parmontagne , pero los escándalos familiares vaciaron sus arcas, obligándolos a sobrevivir cultivando verduras que vendían en Les Halles en París.
El último noble murió en 1912 y fue enterrado en el pequeño cementerio del bosque.
Durante la Gran Guerra, tropas francesas y americanas requisaron la residencia como cuartel, luego la usaron okupas, pero el último duque declaró el château monumento histórico y pagó los impuestos durante años vendiendo oro que había encontrado y que pertenecía a…
Emma sonríe.
—Al emperador romano Constantino.
— Voilà . Para cuando mamá, papá y yo acampamos aquí con nuestra caravana, estaba en ruinas y abandonado.
Un frío helador en invierno, un calor pegajoso en verano.
Cuando Lance y yo convertimos el château en nuestro lugar de encuentro, dormíamos en el suelo, luego en jergones de paja hasta que trajimos una vieja cama con dosel en un camión de coles, con el colchón relleno de rifles, pistolas y granadas enviados por los británicos en paracaídas.
Hicimos el amor aquí, como locos, sobre ese colchón durante una tormenta primaveral de 1944 y muchas noches después, un lugar donde hallábamos paz del fragor de la guerra y donde fue concebido nuestro hijo…
—¡ Madame ! —exclama Emma con tal fuerza que se le cae mermelada en la mano—.
Ay, cielos, qué desastre. Voy a limpiarme.
—Se escabulle a su cuarto antes de que termine.
La he sobresaltado con algo que dije… ¿Mi franqueza al hablar de hacer el amor?
No me sorprende. Los estadounidenses son pudorosos con el sexo y no debería hablar tan libremente.
¿O hay algo más? Un escalofrío: aquí hay más de lo que cuenta.
Otra vez ese cosquilleo en el cerebro: Emma esconde algo.
Miro con atención el sobre marrón que me dejó Henri-Justin . La biografía de Emma . Llevo rato debatiendo si abrirlo o no. Lo estamos pasando tan bien, dos mujeres compartiendo, aprendiendo… no quiero estropearlo.
Pero ¿y si…?
He aprendido a lo largo de mi vida a no ignorar el instinto. Y me dice que no desestime la advertencia de Henri-Justin cuando insistió en que leyera el informe lejos de los oídos de «la jolie mademoiselle ». Que lo hallaría «revelador».
Lo rasgo. Bon , ahora es el mejor momento para echar un vistazo.
Recorro el resumen habitual de la vida de la chica.
No viene de una crianza estirada. Mais oui , nació en Filadelfia, hija de Judy Elizabeth Keane , de soltera O’Flaherty , enfermera militar, y Terence Keane , exsoldado y profesor de matemáticas.
Se licenció en periodismo, trabajó en varios oficios mientras estudiaba, entre ellos modelo de perfumes (no me sorprende), hizo prácticas en una cadena de TV de Nueva York, luego trabajó unos años en canales locales antes de dar el gran salto a WJJR-TV.
Ha recibido numerosos premios por sus reportajes en profundidad, entre ellos uno sobre supervivientes del Holocausto hace unos años. Humm, interesante.
Sigo leyendo… Investigó Ravensbrück , Auschwitz , Dachau , entrevistando a mujeres que sobrevivieron a los campos, contando sus historias con sensibilidad y detalle. Uno en particular me toca la fibra.
No puedo contener las lágrimas al leer la pieza de Emma sobre la anciana alemana moribunda en la residencia…
y sus recuerdos de Dachau . La inmundicia, la enfermedad…
, los horribles sótanos. El calor del verano…
, los inviernos fríos con nieve. Debió de estar allí bastante y, aun así, sobrevivió, Dios la bendiga.
Entrecierro los ojos ante la foto granulada.
La mujer me resulta familiar. Delgada, huesuda.
No veo número en el brazo, pero en Dachau no tatuaban.
Miro más de cerca. Rasgos agraciados y esa trenza larga.
¿Por qué me suena? Entonces todas llevábamos el pelo corto.