La chica perdida en París Capítulo 27
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Capítulo 27

Emma

Perfume:

Doujan Princess

Mandarina, jengibre, ámbar

A la mañana siguiente temprano repaso mi nueva metida de pata.

«Podría ser una nariz como usted, madame », dije.

Chica, ¿en serio? ¿Podría ser más obvio que quieres algo más que una historia? ¿Qué toca ahora? ¿Hacerle la pelota?

Tuve la oportunidad perfecta de contarle mi talento de toda la vida para interpretar fragancias y olores y la eché a perder.

Me faltó valor. Cuando madame habló de su vínculo con Yvette , debería haber dicho: «Ah, por cierto, ¿no crees que tú y yo también estamos creando un vínculo? Y adivina qué: creo que soy una nariz».

No me extraña que el cielo se llene de nubes de tormenta cuando estoy haciendo el check-out de la habitación antes de partir hacia el Château de Cadieux , al norte de París.

Me señalan con el dedo por cobarde. Madame tenía razón sobre la lluvia.

A media mañana cae a mantas cuando recogemos el equipaje y salimos del hotel.

Aspiro el aire mientras esperamos bajo la marquesina blanca a que Marcel acerque el coche con chófer. París bajo la lluvia tiene su propio perfume. Un aroma limpio pero seductor.

—El aire huele a gardenia blanca… —respiro hondo, buscando las notas adecuadas.

—Con un toque de rosa y una pizca de romance, n’est-ce pas? —añade madame .

—Sí. Y, si he de añadir algo, una pizca de clavel.

— Bon . Tienes un don, Emma , para el olor. ¿Te lo ha dicho alguien?

—Mi madre… dice que nací con olfato para las noticias y para el perfume. La volvía loca husmeando los frascos de su tocador y asaltando su alacena de especias para probar los olores.

Se me encoge el pecho. Por fin lo dije, pero mi mente está en otra parte. Anoche hablé con mamá y supongo que mi preocupación se me nota en la cara, porque madame me pone la mano en el brazo.

—Tu madre… ¿no se encuentra bien, Emma ?

—Pues… en realidad… tiene cáncer de pulmón.

—Oh… —exhala un suspiro pesado—. Lo siento tanto. ¿Hay algo en lo que pueda ayudar? —Me toma la mano y me la aprieta, luego me abraza. Es un momento que no olvidaré. La lluvia torrencial es un telón de fondo perfecto para el remolino de emociones que me atraviesa al comprobar que no me suelta.

—La llamé anoche —digo, manteniendo la voz firme—. Está bien.

Mamá no está bien, pero nadie quiere oír eso.

Madame exhala, aliviada.

— Bon , Emma . Mantenme al tanto, por favor.

¿Mantenerla al tanto? ¿Por qué me estoy abriendo así de repente con ella?

Es una locura. Puedo decirle que mamá está enferma, pero ¿no puedo hablarle de mi abuela polaca, que murió en Dachau ? ¿Ni de mi sueño de ser una nariz? ¿Y de cómo todo se enlaza con mi reportaje sobre ella? Ya sé por qué. Me come la culpa: debería estar con mi madre.

Dios, la echo de menos.

— Merci , madame , por sus amables palabras.

¿Qué más puedo decir? No pienso seguir con esta conversación sobre mamá y no puedo explicarle a madame de Cadieux a qué he venido.

Creería que la uso para meterme en el mundo del perfume.

No es así. Ni siquiera sé si tengo talento suficiente para ser nariz profesional.

Solo quiero que la mejor me diga qué tengo, para poder seguir con mi vida en lugar de preguntarme qué podría haber sido.

Llevo años dándole vueltas a esto, cada vez me angustia más.

Por otro lado, podría contarle que tenemos otra cosa en común, pero no menciono a mi abuela porque…

, bueno, su bebé —mi madre— sobrevivió. Eso la destrozaría.

No puedo permitir que nada estropee la buena sintonía entre nosotras, con ella contándome su historia como las mareas, con subidas y bajadas.

Cualquier interrupción tempestuosa alteraría ese vaivén.

Mientras tanto, aplazamos la visita a la perfumería para evitar más enfrentamientos con Brooke .

Por fin se detiene el coche y Ryker salta con un enorme paraguas a rayas.

Seguro que preferiría que me empapara. El hombre está tan guapo como siempre, lo cual no ayuda a mi humor.

Traje gris, impecable, pero es la forma en que esos hombros anchos lo llenan lo que me hace mirar mientras ayuda a la diva del perfume a subir al coche.

Siento su mirada sobre mí.

Su mirada atractiva me recorre y asiente con aprobación por mi gabardina azul marino, para luego dedicarme un gesto de desaprobación al ver mis bailarinas.

—¿En Nueva York no llueve nunca? —dice, hablándome como a una niña.

—Nado como un pato.

—¿Con esos zapatos?

—También me salen alas.

¿Por qué me pongo a la defensiva con él?

¿Porque luce ese aire de héroe oscuro y magnífico?

Tengo que demostrar que soy tan dura como él.

Más, después de nuestro último encontronazo.

Lo juzgué mal y saqué conclusiones precipitadas, pero se marchó dando un portazo.

Ya está. Se acabó. Trabajaré con él, pero no voy a seguir castigándome.

No lo necesitas ni a él ni a su actitud.

Hombros atrás, caminar con gracia desde la acera y subir al coche.

Pan comido.

He corrido por las calles lluviosas de Manhattan con estos zapatos cientos de veces.

Pero allí no tenía a un guardaespaldas canalla desequilibrándome.

Me siento expuesta bajo su escrutinio mientras Ryker sostiene el paraguas sobre mi cabeza porque tiene que hacerlo, pegado a mí mientras me dirijo al bordillo.

No cambiaré mi manera de caminar por él.

Echo la coleta hacia delante y camino luciendo sonrisa hasta el coche.

Está todo controlado.

¿O no?

Hundo el pie en un charco enorme con mis delicadas bailarinas y me quedo sin fuerzas en las piernas. Me voy de lado en el pavimento con las rodillas temblorosas, arqueando la espalda… ¡Oh, oh!

Antes de caer de culo, Ryker suelta el paraguas y me recoge en sus brazos fuertes como un superhéroe reacio.

Aspira entre dientes, los ojos centelleando, sus manos firmes clavándose en mis muslos.

Ay, duele, pero me sujeta con seguridad.

Eso me molesta más. Como si fuera su cautiva y disfrutara del control que eso le da sobre mí.

Manteniéndome en mi sitio. ¿Por qué? Porque quiere vengarse de los periodistas.

Por su aroma abrumador mezclado y aderezado con la lluvia deduzco que está enfadado. Aun así, el olor es embriagador…, un cítrico fresco… y ¿eso que huelo es regaliz dulce?…

—Debería haberte dejado caer de culo, mademoiselle —dice entre dientes, las gotas salpicando ese traje caro.

—Entonces, ¿por qué no lo hiciste? —le replico con descaro.

—Porque madame me cortará la cabeza si te pasa algo.

—Como si te importara.

—No me importa —responde seco—. Pero no pienso permitir que vuelvas a acusarme de escaquearme.

—No me tientes.

Me revuelvo en sus brazos; él me agarra más fuerte. Estoy mojada, con el pelo pegado a las mejillas. Debería disculparme por pasarme ayer y acusarlo injustamente. Con cualquier otro tío lo haría. Pero la arrogancia del señor Traje Gris lo hace imposible.

Aun así, por madame , tengo que intentarlo.

— Madame de Cadieux me dijo…

—¿Te dijo qué? —Una sombra oscura le cruza los ojos y vuelvo a percibir dolor en ellos.

—Que ayer estabas en un encargo para la Casa Doujan .

Me lanza una mirada irritada.

—Ya he vuelto. Te aseguro que no se repetirá.

¿No hay forma de llegar a este hombre?

Me sigue mirando, esos ojos azules bruñidos estudiándome, curioso, preguntándose probablemente cómo he acabado en sus brazos y qué hacer conmigo.

Dios me ampare, conozco esa mirada.

Quiere besarme.

No lo hará. Le gustaría probar el fruto prohibido, compararme con las francesitas que, apuesto, guarda en una buhardilla de la orilla izquierda.

Y, sin embargo, también intuyo un lado vulnerable que se empeña en ocultar.

Como la pena poderosa que le veo cruzar el rostro cuando no sabe que lo observo.

Observo cómo se va solo y se sienta al sol, dejando que el calor abrasador le golpee la frente.

Como si hiciera penitencia por algo que salió mal.

¿Es eso lo que lo hace tan indómito y desafiante?

Trago, le sostengo la mirada sin pestañear. ¿Es cosa mía o me sujeta más tiempo del necesario?

¿Qué demonios haces? Está en juego tu trabajo, tu carrera. Esto no es un reality de citas.

¿Y ya se te olvidó? Madame observa cada movimiento.

—No te sulfures, mademoiselle —me provoca con la sutileza de un tigre enseñando los colmillos—. No voy a aprovecharme de ti.

—Ni se me había pasado por la cabeza. —Me retuerzo en sus brazos—. Déjame en el suelo. Madame espera.

¿Qué tiene este hombre que logra ser peligroso y atractivo a la vez?

—Si insistes, mademoiselle —dice con un brillo en los ojos. Hace un gesto teatral, me gira en círculo y me deja junto a la puerta trasera del coche.

Me subo al asiento trasero y pillo a madame sonriendo, disfrutando de mi momento bochornoso.

— Ryker es un oponente interesante, Emma , n’est-ce pas? —me susurra.

—¿Qué le hace pensar eso, madame ?

—El amor es guerra, mademoiselle , y la victoria sabe más dulce cuando ambos ganan.

Luego se ríe, guardándose secretos, mientras veo al guardaespaldas sacar dos mantas finas del compartimento del vehículo para secarnos, y nos lanzamos hacia el norte por la autopista rumbo al Château de Cadieux .

Me acurruco bajo la mantita blanca, echando vistazos a Ryker en el asiento delantero, notando que hasta la nuca es atractiva con ese pelo oscuro y mojado rizándose sobre el cuello blanco.

No se vuelve ni una vez; mantiene los ojos clavados en el retrovisor lateral, y yo me pregunto qué habría hecho si me hubiese besado.

Pues besarlo yo a él.

Así quedamos en paz.

Angéline