Capítulo 26
Angéline
Perfume:
Moonlit Passion
Clavel blanco, mimosa, sándalo de la India
Desde mi escondite, veo a Yvette toserle en la cara al hombre de la Gestapo , desafiante. Él la gira, le lleva las manos a la espalda, le pone las esposas y luego se la lleva a rastras. Deja atrás su abrigo y su sombrero negros.
Tengo calambres, las piernas dormidas, no puedo moverme, pero sí llorar. Estoy tan enfadada conmigo misma por haberla dejado llevar a cabo su idea disparatada. ¿Y qué si tengo talento para el perfume? No parece justo.
¿Por qué ella y no yo?
No la conozco desde hace mucho, pero hemos forjado un vínculo.
Dos francesas, almas heridas, desesperadas por poner de nuestra parte para acabar con la terrible opresión nazi.
Están matando el alma de las mujeres francesas, tentándonos con chocolates y vino, incitándonos a regalarles una sonrisa a los soldados alemanes solitarios…
Una sonrisa que nos convierte en traidoras.
¿Por qué deberíamos servir a los ocupantes?
¿Por qué no podemos luchar nosotras también?
Luchar no cediendo a sus promesas seductoras de comida para llenar el vientre. Entonces pasamos hambre. Y la pasamos.
Encogida en el estrecho ropero, no dejo de temblar, reconociendo que hay verdad en la súplica de Yvette para que continúe mi trabajo.
Recuerdo a la mujer que vi fuera del monte de piedad, cayendo de rodillas y agarrándose el pecho, rogándole a Dios que la ayudara a encontrar comida para que sus hijos no enfermaran, para que sus huesos no se consumieran hasta volverse finos y quebradizos por el raquitismo.
Con los ojos hinchados de llorar, admitió que estuvo a punto de ceder y acostarse con el enemigo para que sus hijos comieran.
Le di los pocos francos que llevaba, pero ¿y alimentar su alma?
Creo que puedo darles valor a las mujeres aunque sea con algo tan simple como un aroma hermoso que las eleve a un plano más alto.
Darles esperanza para que los nazis no puedan rompernos.
Esta guerra me ha enseñado que ninguna mujer es inmune a la tentación.
No sabes lo que harás cuando tienes hambre y echas de menos unos brazos de hombre rodeándote.
Tantos de nuestros hombres están en el ejército… o presos… o muertos.
Salgo de mi escondite y abrazo ese abrigo negro contra mi pecho…
El olor de Yvette a rosa blanca y jazmín mezclado con la lluvia quedó grabado para siempre en las fibras de su lana.
Me pierdo en el momento, recordando lo que dijo Yvette sobre lo importante que es para el esfuerzo de guerra el perfume que intento crear.
No puedo fallar. Se lo debo.
Angéline
París, 2003
—Por favor, madame —me ruega Emma —, cuénteme más sobre cómo nació Le Courage .
Asiento. Casi había olvidado dónde estaba, tan intenso fue el recuerdo de aquel día.
—¿Sabías que el sentido del olfato afecta al estado de ánimo?
—empiezo—. ¿Que asociamos distintos olores con momentos íntimos de la vida?
En eso trabajaba, en una fragancia que evocara tiempos más felices en la vida de una mujer, pero entonces no tenía la fórmula completa.
Tras aquella noche, solo podía pensar en Yvette .
No sabía qué había sido de ella, pero lo sospechaba.
Palizas, hambre, privación del sueño… Tenía que sacarla de manos de la Gestapo .
Le supliqué a Frederic que interviniera y lo intentó…
no sé con cuánta intensidad. Tenía más miedo por su propio pellejo y volvió con malas noticias.
Yvette no me dijo que la habían detenido por repartir panfletos antinazis en el teatro donde bailaba.
Que estaba en la «lista roja» de la Gestapo y podían haberla detenido en cualquier momento.
Fue entonces cuando comprendí lo que Lance quería decir con guardar las emociones en una caja para luchar esta guerra.
No lloré, no me lamenté…, no grité. No. Hice planes.
—Fui a la casa de empeños a ver a Jarnak , asegurándome de que no me siguieran.
Se desmoronó cuando le conté lo de Yvette .
A través de sus contactos en la Resistencia, supimos que la metieron en régimen de aislamiento en la prisión de Cherche - Midi , la retuvieron allí, la interrogaron a diario y la amenazaron con fusilarla. Murió tres semanas después.
»Me culpo por su captura, pero yo era joven e inexperta, y las maniobras arriesgadas que hice no bastaron para salvarla.
Ella sabía ver más allá del momento, que nuestro pequeño grupo de operativos tenía un cometido importante y que esta era su contribución.
Creo que yo podría haber hecho más, que no tenía por qué pasar el tiempo que le quedaba en condiciones tan horribles, pero ella estaba convencida de que mi trabajo con el perfume era vital para la moral de las mujeres francesas.
—Siempre llevaré en la mente la imagen de Yvette tarareando la música deliciosa de la Danza del cisne negro mientras cerraba los ojos por última vez y se veía de nuevo como una hermosa prima ballerina … bailando.
—Oh. — Emma no ha respirado en los últimos diez minutos… La expresión de su rostro es la misma que imagino que llevaba yo cuando el hombre de la Gestapo le ató las muñecas y se la llevó—. No sé si yo habría tenido su valor.
—Tienes la misma garra, Emma , o no te habría invitado a París. Atrevida, directa… y honesta con tus sentimientos. Quién sabe, quizá llevas ADN francés.
—Entonces podría ser una nariz… como usted, madame —bromea.
Es cierto, creo que Emma tiene un don, pero rezo por que no esté husmeando trapos sucios en el mundo del perfume porque de mí no los sacará.
Sí, hay narices ególatras y arrogantes que te robarían la fórmula de tu última creación más rápido que un conejo se mete en su madriguera, pero pienso que son buenas personas. Gente honrada y trabajadora.
Avergonzada, evita mi mirada y escribe en su bloc amarillo.
— Yvette fue una verdadera heroína de la Resistencia, madame , y merece un lugar digno en mi reportaje para que nadie la olvide.
— Merci . Siempre llevaré su memoria cerca del corazón. Después de la guerra quise hacer algo más, así que creé un perfume con su nombre.
Emma sonríe.
—Ah, claro. Y. Con el delicado grabado de una bailarina en pointe en el frasco de cristal.
Asiento, la pena en mi corazón mengua. Me ha sentado bien contarle a Emma lo que viví aquella noche, desahogar lo que entonces no pude decir.
—¿Hacemos una pausa? —pregunto, levantándome de la mesa—. Luego tengo un regalo para ti, mademoiselle : la historia que estabas esperando.
—¿Material del bueno? —Se le ilumina la cara.
— Oui , el material del que están hechas las novelas románticas.
Para eso necesitamos un escenario hermoso.
Un lugar en el que dejar atrás el París en guerra, en el que recrearnos con la calma del campo, en el que jamás entró una bota alemana, en el que nunca ondeó una bandera nazi…
y en el que me hice mujer con el hombre al que amé durante cuarenta y ocho años.
— Lance —remata Emma con una gran sonrisa.
— Oui , mademoiselle . Prepara tu bolsa y también tu paraguas.
He olido lluvia en el aire hace un rato; después partimos hacia Le Château de Cadieux , a las afueras de París.
Allí te contaré cómo aquellos anhelos de colegiala florecieron en amor, aunque me asaltaban dudas sobre ese hombre que se codeaba con la jerarquía nazi de Ámsterdam a Bélgica y París, asesorándolos sobre su arte expoliado, su valor y su historia.
La guerra arreciaba en 1942. Los aliados bombardearon una fábrica de automóviles en los suburbios de París y a los judíos se les ordenó llevar la estrella amarilla de David.
—¿Y el profesor Zunz ?
—No había conseguido visado para salir de Francia y supo entonces que ya no lo lograría.
Advirtió a Ester que dejara de retozar con oficiales nazis, pero ella siguió bailando en los cabarets, bebiendo y fumando, y empeñada en que «el bueno de Frederic » le guardaba las espaldas.
Yo seguía escéptica tras ver cómo el «bueno de Frederic » ayudó a Yvette .
Nadie estaba a salvo. Todos los días detenían gente para enviarla a campos.
Disidentes políticos, comunistas… y judíos.
Incluso por montar en bicicleta… Se les prohibía tener una.
—¿Y a Lance no lo detuvo la Gestapo estando ya Estados Unidos en la contienda?
—No.
—¿Cómo podía moverse por París con tanta libertad?
—Descubrí que su conexión con el Alto Mando nazi era más profunda de lo que jamás imaginé.
—Oh, Dios mío, no…, ¿era colaboracionista?
La miro, sin estar segura de cómo va a reaccionar.
— Mais non , Emma , era un agente doble que trabajaba para los británicos.