La chica perdida en París Capítulo 25
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Capítulo 25

Angéline

Perfume:

Y

Rosa búlgara, muguete, ámbar

El hombre de la Gestapo me pisa los talones, pero no me detengo.

No puedo. El olor abrumador a ajo fuerte y humo de cigarro me revuelve el estómago, junto con su hedor corporal.

Herr Geller , con sus cejas negras y arqueadas, prefiere la pestilencia de la muerte.

Oler limpio y bien mancharía su reputación.

Nunca pensé demasiado a qué huele la Gestapo .

Ahora mi vida depende de ello.

Creí que había visto por última vez al policía secreto después de armar tanto escándalo revisando la documentación de todos allí en Argenteuil . Y ahora está metiendo las narices en mis asuntos aquí, en París, siguiéndome después de que salí del cine.

Camino más deprisa al doblar la esquina de la rue du Caulaincourt , rezando por poder despistar de algún modo al hombre del abrigo antes de oír esas temibles palabras: « Vos papiers, mademoiselle ».

Entonces me mirará de arriba abajo con ese mohín de superioridad que recuerdo tan bien de cuando nos detuvo a mamá y a mí, cuando, tonta de mí, le dije que éramos «fabricantes de perfume».

¿Cómo me encontró? No tiene sentido… a menos que alguien lo pusiera tras mi pista, y ese alguien solo puede ser Frederic .

Un hombre forjado en piedra fría, sin corazón ni conciencia.

Me fijé en cómo me sonreía antes en la tienda como un pez hinchado que se ha tragado a un pececillo. A mí.

Un escalofrío me recorre al cruzarme los brazos sobre el pecho: el frío de finales de otoño se instala con la llovizna. El olor a cigarro se intensifica. Herr Geller sigue a mi zaga, jugando conmigo. Tengo que perderlo antes de que haga su movimiento.

Apresuro el paso junto a la brasserie …, luego la pastelería…

, subo por el bulevar…, giro en seco a la izquierda…

No hay nadie en las calles, pues ya pasan de las nueve.

Dios ampare a quien detengan los soldados alemanes que buscan un alma a la que atormentar.

Peor si los invasores van borrachos, tras haber pasado la noche bebiendo absenta en el soldatenkaffee , los cafés para soldados.

Cruzo el Pont Caulaincourt … el puente metálico erigido hace casi un siglo sobre el cementerio, varios metros por debajo del nivel de la calle.

No me atrevo a mirar atrás, pero estoy segura de que el hombre de la Gestapo empezó a seguirme cuando me escabullí del Gaumont-Palace antes, como si estuviera aguardándome.

La lluvia fina y fría empapa mi abrigo negro de vuelo, con el trenzado grueso del cuello y los puños, pegando la falda a mis muslos.

Me froto la humedad de los ojos. Cae con más fuerza ahora, deja un sabor dulce en los labios y me refresca la boca seca.

Me quito los zapatos embarrados, pese a los adoquines resbaladizos y helados, y me escurro escaleras abajo hacia el viejo cementerio de Montmartre .

Lápidas…, mausoleos. Sigo…, no logro sacarme de encima al hombre de la Gestapo .

Tengo miedo. No perdería el tiempo conmigo si no fuera tras algo.

Los nazis sospechan desde hace tiempo que el cine es un punto de entrega, pero su enorme interior a oscuras, con asientos para tres mil espectadores, dificulta observar cualquier actividad nefasta.

Debió de seguirme hasta el cine cuando salí de la perfumería.

Las gotas me salpican las mejillas cuando me meto en un estrecho hueco entre una alta estructura dorada en honor de una princesa rusa y un mausoleo de rostro gris.

Las piedras desniveladas esparcidas en la tierra se me clavan en las plantas de los pies, protegidas solo por las medias; el corazón me retumba, toda yo cubierta de miedo y tinieblas.

Palpo el bolsillo de la falda…, la nota doblada está ahí. ¿La destruyo? No hay tiempo.

Pisadas… fuertes, sonoras… resuenan en mis oídos, y huelo el azufre de una cerilla prendida.

El hombre de la Gestapo me ha encontrado.

Un fogonazo de luz me da de lleno en la cara. Oigo una bocanada de aire y luego el hombre maldice y la cerilla se apaga.

Mon Dieu , ¿me ha reconocido?

Agarro una piedra para arrojársela, pero, por suerte para mí, el corpulento nazi se queda atascado en el estrecho paso entre la estatua y el mausoleo cuando intenta agarrarme.

No desperdicio otro segundo. Aprovecho la ventaja que Dios me concede y salto por encima de las piedras, atravesando el cementerio hasta alcanzar la calle.

Y entonces corro por mi vida.

—¿Estás segura de que el hombre que te seguía era de la Gestapo ?

Yvette parece aterrada, la sangre se le ha ido del rostro. Nunca la había visto tan pálida.

—Sí. Gabardina negra ceñida, guantes negros, sombrero italiano, fumando un cigarro.

—¿Te siguió hasta aquí?

—No. Lo perdí en el cementerio de Montmartre .

Dejo mis zapatos embarrados sobre el suelo de madera, me desplomo en un taburete y me froto los pies. Me arden, he regresado aquí descalza, en medias de algodón, corriendo de puntillas sobre los adoquines mojados por una bruma espesa.

—¿Por qué te seguía? —pregunta.

—No lo sé, pero mis tripas me dicen que detrás está Frederic , mandándome un mensaje al echarme encima a la policía secreta alemana.

Se me revuelve el estómago.

—¿Por qué iba Frederic a meterse en líos con la Gestapo ? — Yvette va y viene por el pequeño apartamento, apretando un pañuelo contra el pecho—. La Casa Doujan siempre ha estado por encima de toda sospecha.

—Es su manera sádica de advertirme para que cierre la boca y no deje al descubierto su dudosa pretensión de ser parfumeuse .

—Qué estúpido. ¿No sabe que, una vez que la Gestapo percibe la más mínima grieta, todos entran en su punto de mira?

—Está exasperada, inquieta. El cuerpo le tiembla sin control y luego tose en el pañuelo.

Cada vez lo hace más a menudo—. Debemos avisar al Conde para que alerte a los demás.

Y al señor Baptiste . Está que no vive desde que los nazis detuvieron a los judíos polacos.

—También han empezado a detener a los míos —digo, con el corazón de plomo—. Enviando a los romaníes a campos de concentración. Podrían cogerme si Herr Geller me encuentra.

No puede ocultar el espanto en su voz.

—¿Conoces a ese hombre?

Evito mirarla a los ojos mientras me desabrocho el abrigo y lo lanzo, junto con el sombrero, sobre el diván.

—Sí. Ya tuve un encontronazo con él antes de venir a París.

—No me sorprende. La Gestapo está en todas partes… y no olvida, aunque te deje marchar. —Deja de pasearse, aferrándose a la esperanza—. Tienes nuevos papeles, Angéline . ¿Por qué estás tan asustada?

—No me dejaron marchar, Yvette … Yo… huí antes de que pudieran arrestarme y… —nos quedamos mirándonos, dos mujeres que luchan por Francia, pero una con un secreto que debe confesar— me busca la Gestapo .

—¿Qué?

—Seguro que Herr Geller me reconoció cuando encendió una cerilla y la llama me iluminó la cara. —Me pongo en pie, dispuesta a desnudar el alma, que me tiembla—. Hay algo más que no te he contado.

Me siento culpable por no haberle contado todo, intento explicarme, pero me hago un lío tremendo: cómo mamá y yo llevamos nuestros caballos al establo y el comandante Von Risinger ordenó al hombre de la Gestapo que nos encontrara para poder requisar a mi garañón de concurso para su cuadra de carreras.

—Debería haber dejado que el comandante se llevara a Zeus, pero yo lo crié y no pude permitir que ese nazi arrogante lo maltratara.

Fui obstinada y temí que al caballo lo azotaran…

—¿Qué hiciste? —Se le va el color del rostro.

—Agredí al oficial alemán… después de que disparara a mi madre. —Me siento desfallecer y, de un modo extraño, aliviada al soltarlo. El aroma de lavanda de mamá me asalta con tal fuerza que es como si me posara una mano en el hombro para consolarme—. Murió en mis brazos intentando salvarme.

—Ay, Dios bendito…, qué horror.

—Escapé y volví a mi caravana, pero mi padrastro me delató y me busca la Gestapo .

Me pasa un brazo por los hombros y guarda silencio un buen rato. La observo con atención. Me avergüenza no haberme dado cuenta de lo cansada que está y de cuánto peso ha perdido.

—Debemos hacer llegar un aviso a Lance … —dice.

Unos golpes fuertes, insistentes, nos hielan la sangre. Una…, dos…, tres veces.

Entro en pánico.

— Herr Geller . ¿Cómo me encontró?

A Yvette no parece sorprenderle.

—La policía secreta alemana tiene expedientes de todo el mundo. Si Frederic está detrás, no les habrá llevado mucho revisar la lista de dependientas y dar con esta dirección.

—Lo despistaré —le digo—. Sal por la ventana lateral y agáchate en el balcón para que no te vea.

—No, déjame a mí.

—¿Estás loca, Yvette ? No puedo permitir que te metas en esto.

Se encoge de hombros y sonríe.

—No importa lo que me pase, ma chère . No me queda mucho tiempo.

Me enseña el pañuelo que lleva semanas aferrando. No tenía idea de que escupía sangre. Coágulos de un rojo vivo. Admite que tiene tuberculosis.

—No te lo consentiré.

—No tienes elección, mademoiselle . Tengo un plan.

—¿Un plan?

—¿Y si el hombre de la Gestapo no te reconoció en la oscuridad? ¿Por qué iba a hacerlo? Llevas el pelo distinto, también el maquillaje. No notará la diferencia si me ve a mí vestida como tú —señala mis pies—, hasta con tus zapatos embarrados.

—Es culpa mía, Yvette . Yo asumiré las consecuencias.

—¿Y abandonarás a las mujeres de Francia?

—¿De qué estás hablando?

—Sé que trabajas en un perfume que piensas usar para levantar la moral en estos tiempos terribles, cuando las francesas intentan desesperadamente mantener su dignidad, sin rebajarse a hacer la voluntad de los boches.

Asiento.

—El profesor, claro.

—Tú eres el alma de la Casa Doujan , Angéline de Cadieux . Debes vivir para crear nuevos perfumes para las mujeres de Francia, para darles courage .

Courage . Claro. Eso es. El perfume cuya fórmula me he roto la cabeza por hallar. La emoción me sube por dentro. Esperanza, orgullo. Y rabia, si mi trabajo se destruye por el ego de un hombre. Pero no permitiré que Yvette se sacrifique por mí.

—Le daré a la Gestapo una excusa —insisto—. Frederic intenta asustarme. No se atreverá a dejar que me pase nada.

—No podemos arriesgarnos. —Se calza mis zapatos de salón embarrados antes de que pueda impedírselo—. Escóndete en el ropero y no hagas ruido.

— Yvette , no…

—¡Ve!

Me empuja hacia el ropero, dándome segundos para ocultarme dentro. Cuando abre la puerta, oigo a Herr Geller irrumpir dentro; su voz áspera y autoritaria resuena en mis oídos, pregunta si está sola, husmea por todas partes.

—Ha salido después del toque de queda, mademoiselle .

—Se equivoca, monsieur —oigo decir a Yvette con ese cantito en la voz que usa cuando miente.

—Su abrigo y su sombrero están mojados —aclara la garganta—. Y sus zapatos, llenos de barro.

—¿Ah, sí? —Mira hacia abajo y suspira—. El Tercer Reich no está en contra de l’amour , n’est-ce pas? Había quedado con alguien.

—¿Su amante?

—Sí.

—Miente, mademoiselle . Mis hombres y yo llevamos semanas vigilando a las dependientas de la Casa Doujan . Esta noche seguí a una mujer con ese sombrero y ese abrigo hasta el cine. Era usted. ¿Qué hacía allí?

—Mi amigo no se presentó —dice, con dolor fingido.

—Muy conveniente.

—Es la verdad, monsieur .

Oigo una tos ronca. Yvette … Luego el olor asqueroso del cigarro se cuela por la rendija del ropero. Aguanto la respiración hasta que me duele el pecho para no vomitar.

—Ya he tenido bastante de sus mentiras, mademoiselle . Puesto que se niega a responder a mis preguntas y hace tiempo que sospechamos que los miembros de la Resistencia usan el cine como punto de entrega, no me deja alternativa. —Sigue un resoplido sonoro—. Queda detenida.