La chica perdida en París Capítulo 24 #3
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Capítulo 24 #3

—¡Dios mío, qué alucinante! Fue un éxito… y siendo usted tan joven. — Emma agita el lápiz en el aire, calculando—. Tenía… ¿dieciocho, madame ?

Sonrío.

—Unos dieciocho muy maduros. La guerra te hace crecer deprisa. La vida en París durante la Ocupación alternaba entre aprender a sobrevivir sin zapatos nuevos durante cuatro años, quedarse sin jabón y comer lo que se pudiera conseguir.

—La veo muy triste, madame .

—Lo estoy, mademoiselle ; traer el pasado al presente te obliga a enfrentar tus errores.

Lo duro es que no puedes deshacerlos. Te llenas de tantos «y si…

», que eso ya es una penitencia. —Jugueteo con la servilleta, hundiendo los dedos en el lino, con el pulso acelerado—.

Si no hubiera vuelto a París, no habría tomado las decisiones que tomé…

Quién sabe cuántas vidas podrían haberse salvado.

—Con todo respeto, madame , no puede saberlo —dice Emma con firmeza—.

Su relato de la vida bajo los ocupantes me ha enseñado que la supervivencia pendía de un hilo muy fino que cualquier enemigo amargado y egoísta con desprecio por la vida humana podía cortar en cualquier momento.

Nadie podía predecir eso. Ni siquiera usted.

Miro a esta joven; sus palabras sabias me calman como un bálsamo de lavanda. Mi corazón se tranquiliza y mi conciencia se aligera un poco.

— Merci , mademoiselle . Hubo muchas heroínas anónimas en la guerra que merecen un lugar en tu reportaje, Emma , así que ten paciencia mientras continúo.

—Se lo prometo, madame ; apuntaré cada palabra. Tendrán su momento.

Al ver la determinación arremolinándose en los ojos de esta joven, quisiera extender la mano y apretarle la suya.

Sentir el calor de conectar con alguien que se preocupa tanto como yo por las personas valientes que conocí…

y perdí. Siento la necesidad de ese contacto físico, pero no lo hago.

Que siga siendo una vieja tonta incapaz de abrir el corazón del todo a esta muchacha me duele.

—Cuando regresé a París para supervisar el lanzamiento de Naomie ’s Dream , Frederic estaba de un humor de perros y menospreció mi aportación al perfume calificándola de «insignificante», aunque el profesor Zunz me colmó de elogios ante el señor Baptiste .

No importó. Frederic se esforzaba por llamarme «dependienta» delante de los clientes en la tienda de la rue Saint - Honoré .

—Le tenía envidia, madame —dice Emma , escribiendo—. ¿Por qué? Tenía dinero, poder.

—Su ego. Su papel de nariz principal de la Casa Doujan peligraba si yo revelaba que la fórmula de nuestro nuevo aroma era mía.

Ya había intentado una vez meterme el miedo de la Gestapo en el cuerpo.

Para garantizarlo, supe después de la guerra que había insinuado al comandante Von Risinger que sospechaba de «actividades» antinazis en una de sus vendedoras.

Era mentira, claro. No se atrevió a nombrarme porque eso haría sospechoso al propio Frederic .

No tenía nada con lo que sostener su acusación, nada, pero bastó para disparar alarmas en la sede de la policía secreta de la avenue Foch 84, donde la Gestapo se ocupaba de seguir pistas de cientos de fuentes aunque no condujeran a ninguna parte.

—¿Cómo la afectó eso, madame ?

—Las cosas se estaban poniendo «calientes», como se suele decir, con las redadas de comunistas franceses y de un grupo importante de la Resistencia que sería ejecutado en 1942.

Cuando detuvieron a dos hombres de la operación de Lance cerca de la abadía de la rue Saint-Jacques , él se sumergió en la clandestinidad como doctor MacBride , y se volvió demasiado peligroso que lo vieran cerca de la casa de empeños.

Juraría que una semana después lo vi desaparecer por las puertas giratorias del Hôtel Ritz con un oficial de las SS.

Estaba confundida, sin saber qué hacer, así que puse en marcha nuestro plan B.

—Usted era espía, madame .

Me río.

— Mais oui , Emma . Si necesitaba contactarlo, iba al cine Gaumont-Palace y me sentaba en la octava fila, tercer asiento desde el pasillo del lado izquierdo.

Lo hice dos veces por semana durante tres semanas y, aquella noche, encontré un papel doblado pegado con chicle bajo el asiento de terciopelo.

«Qué americano», pensé. Una nota que me decía que él estaba a salvo y que yo debía continuar con mi rutina diaria para no levantar sospechas.

Se me humedecen los ojos.

—Tómese un momento, madame . —Me tiende un pañuelo y luego se coge otro—. Yo también lo necesito, si quiero mantener la cabeza fría y tomar bien los detalles. —Aspira hondo—. Bien, lista.

Es una joven sensible. Gran corazón. Honesta.

Inteligente. Me gusta eso, aunque sea reservada con su propia vida.

Bien: sabré más de Emma Keane cuando lea el informe de antecedentes que Henri-Justin consiguió para mí.

Hasta entonces, nunca le conté a nadie la historia completa de aquella noche, después de coger la nota de Lance y salir del cine; la noche en que escapé de la Gestapo .

Ha llegado la hora.