La chica perdida en París Capítulo 24
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Capítulo 24

Emma

Perfume:

Deception

Melocotón, canela, ámbar

Su relato detallando las atrocidades nazis me afectó de un modo que jamás había sentido.

Injusticias así también se cometieron contra mi familia.

Imposible evitarlo escuchando a madame revivir su encuentro con el monstruo que asesinó a su madre.

Una lágrima me resbala por la mejilla antes de que pueda detenerla.

No consigo olvidar el tormento por el que está pasando mi propia madre.

A mamá se le empezó a caer el pelo poco después de iniciar la quimio.

Nadie sabe a ciencia cierta por qué ni cómo se enfermó.

Rara vez fumaba, pero se especula con que estuvo expuesta al humo ajeno cuando trabajaba como enfermera en zonas de combate.

Todo el mundo fumaba en las carpas del frente, me dijo, los vivos y los moribundos.

Nunca olvidé aquella vez que fui con ella al hospital y vi cómo el celador la empujaba en su silla de ruedas cruzando las puertas, dejándome fuera durante lo que me pareció una eternidad.

Me preocupé, así que entró en acción mi olfato de reportera (mi otro olfato se satura en ese ambiente, absorbiendo los olores a alcohol, astringente, limpiadores…

y muerte) y exigí saber qué estaba pasando.

La jefa de enfermeras localizó al celador. ¿Adivina? Estaba en su descanso. ¿Y dónde estaba mi madre?

Sentada en su silla de ruedas. Sola. En un pasillo. Olvidada.

Aquello me destrozó el corazón. No pude contener las lágrimas.

La saqué de ese hospital tan deprisa que ni veía por dónde iba.

Lo triste fue que mamá no tenía idea de lo que pasaba.

Estaba perdida en su propio mundo, sedada por los fármacos y la desesperación.

Me niego a permitir que se rinda y no dejaré que eso vuelva a ocurrir.

Estoy con ella cada vez que va a tratamiento.

Excepto hoy.

Es la primera vez que falto en semanas. Tengo que hablar con ella.

Cojo el teléfono de mi habitación y pido a la operadora internacional…

Repiqueteo con el pie como una coneja impaciente…

Suena… Nadie contesta. Dios mío, ¿dónde está…

? ¿Dónde está papá? Él nunca se separa de ella salvo para traerle sopa caliente, luego le frota los pies… Sigue sonando.

Por fin:

—¿Hola?

Débil, pero es ella.

—Mamá…, soy Emma , ¿estás bien?

— Emma , cariño, ¿dónde estás? —dice alterada—. No te he visto en las noticias esta noche… —Tose, y se me encoge el corazón—. No te habrán echado, ¿verdad?

Sonrío. Siempre le preocupa que me despidan. Soy la oveja negra de los Keane … Todos mis primos tienen trabajos de verdad y no se van a Europa a perseguir divas del perfume.

—Estoy en París, mamá. Estoy entrevistando a la fabulosa Angéline de Cadieux para la cadena… Ya sabes, la parfumeuse famosa… Me compraste un frasco de Angéline para mi decimoquinto cumpleaños.

—Oh…, sí, me acuerdo. —Se ríe, y luego vuelve esa tos—. Apestaste la casa durante dos semanas, rociándolo todo…

La línea se va. Silencio. Me desespero.

—¡Mamá…! ¡Mamá!

Jolines, ¿qué demonios pasa? Me entra el pánico y pulso los botones del teléfono arriba y abajo un montón de veces, intentando recuperarla. Empiezo a sudar, con la cara húmeda, diciéndome que puedo tomar el próximo vuelo a casa; madame lo entenderá…

— Emma , soy papá.

—¡Papá! Uf, ¿qué ha pasado?

—Perdona, cielo, no quería asustarte, pero tu madre… Bueno, la quimio la tiene pachucha y con muchas náuseas. La cena le sentó fatal. Quise asearla. —Suspira hondo—. Le recordé que estabas en París, pero tenía dolor y no le hizo clic.

—No pasa nada, papá. Puedo volver…

—No, termina lo que estés haciendo allí y nos vemos pronto. Mamá y yo sabemos lo importante que es tu trabajo para ti.

—No tanto como vosotros.

Oigo a mi padre contener un sollozo. Es durísimo para él cuidar de mamá. También me preocupa él.

Para aliviar la tensión, le pregunto:

—Oye, papá, ¿te acuerdas de lo que dijo el abuelo sobre cómo encontró al bebé en Dachau ?

Se ríe; ese recuerdo familiar le arranca un poco de alegría.

—Le encanta contar la historia de aquella prisionera que le suplicó que adoptara a la niña, que su madre había muerto, pero su padre era estadounidense…

, imagino que un aviador derribado…, y que la madre de la niña era una estudiante polaca y de la Resistencia.

No pudo averiguar más porque los nazis destruyeron los expedientes.

—Gracias, papá, esa información me sirve mucho. —Recordaba la historia, pero quería oírla de la fuente para poder contrastarla con madame … si reúno el valor.

Me despido de mi padre, prometiendo llamar mañana.

Estoy temblando; todo mi ser reacciona a la llamada con mamá.

Solo puedo imaginar lo que significaría para madame encontrar a su hija perdida.

Por eso tengo que saberlo todo de ella, estrechar lazos.

Darle la oportunidad de contar su historia y por qué tomó las decisiones que tomó en Auschwitz y en Dachau , donde nació su bebé.

La desventaja de mi plan es que podría sentirse engañada, porque no le conté que intento averiguar más sobre mi propia abuela. Quizá, si le digo cuánto significaría para mi madre, lo entienda.

Si no, bueno…, me mandará a casa y nunca sabré toda la historia.

No puedo permitirlo. Tengo que demostrarle a madame que voy en serio. Y sea cual sea la verdad, se contará la historia de Angéline de Cadieux sobre el Holocausto y el pueblo romaní.

Duermo unas horas y pego una cabezada; luego cojo mi cuaderno y un lápiz con goma nueva y voy a la habitación de madame . Antes incluso de llamar a la puerta, el aroma celestial a tostadas con canela, huevos revueltos y café caliente me hace la boca agua.

Angéline

Preparándome para la siguiente parte de la entrevista, apenas pruebo los huevos revueltos à l’américaine y mordisqueo la tostada dulce.

Anoche me puse demasiado emotiva, demasiado dispuesta a desnudar el alma ante alguien a quien apenas conozco.

Eso me sorprendió… y me dio vergüenza también.

Estoy algo oxidada en el terreno de las entrevistas, ¿o es otra cosa?

Quiero estar a la altura de mi reputación.

Cuando me embarqué en la idea de hablar de los años de la guerra, jamás imaginé que me involucraría tanto emocionalmente.

Es por ella. Mademoiselle Emma Keane .

Echo un vistazo a la chica, muy guapa, tomando notas mientras sorbe el café; el rostro limpio y luminoso, apenas maquillaje. Pómulos marcados, frente alta, ojos azules chispeantes con un deje avellana. Como los de mamá. ¿Por qué me vuelve una y otra vez ese pensamiento?

Lleva el pelo suelto sobre los hombros, camiseta básica y vaqueros azules con estrellas en los bolsillos.

Bailarinas de piel rosa palo. Me recuerda a la muchacha que fui, con faldas rizadas y blusa blanca escotada, seña de las mujeres romaníes.

Diría que hasta se parece a mí, pero eso es un deseo mío.

¿Qué mujer de cierta edad no desearía verse en una joven vibrante?

Emma parece honesta y cariñosa, aunque una parte de mí recela de los medios de comunicación y sus motivos.

Las audiencias pesan más que nada y no se hacen responsables de a quién hieren por el camino.

Sin embargo, Emma compartió conmigo esa nota despreciable que, no me cabe duda, provino de esa Hansen . Le pedí a Ryker que averiguara quién la envió antes de volver a salir a las calles de París.

Trasteando con la condenada tostada y tamborileando los dedos sobre el mantel de lino bordado con el emblema del hotel, no niego que sufro un encierro atroz.

Quise que Emma paseara conmigo por los bulevares, los pasajes cubiertos, que oliera el aroma de París, que no cambia, solo añade nuevos olores con los años, pero la nota base…

, el núcleo áspero de la historia de la ciudad siempre está ahí para llenarte con su experiencia olfativa si eres nariz.

Y Emma lo es. Estoy segura.

Ryker me llamó antes de que Emma llegara a nuestro desayuno-entrevista y me aseguró que tendrá respuestas hoy mismo.

Dónde se hospeda esa Hansen , cuál es su objetivo.

(Como si no lo supiera: quiere que le muestre el tatuaje de mi número de prisionera, cosa que no pienso hacer jamás).

Entonces nos ocuparemos de ella. Me he abstenido de pedir una orden de alejamiento.

No deseo arruinarle la vida. Pero no tiene derecho a arruinar la mía.

Para mi sorpresa, Emma reconduce la entrevista a la vida en el París ocupado de 1941, preguntándome cómo era mi rutina cotidiana.

Le explico que entonces nada era ordinario.

Hacíamos cola para todo con nuestras cartillas de racionamiento, para descubrir, al llegar al mostrador, que la mantequilla o el café se habían agotado horas antes.

No olvido que los alemanes infiltraron las colas con ciudadanos franceses pagados para espiarnos y denunciar a la Gestapo cualquier indicio incriminatorio.

Las viejas costumbres no son fáciles de abandonar. Con razón sospecho de todo el mundo.

Me seco la boca con la servilleta y sigo, explicando que fue en el invierno a finales de 1941 cuando temimos que el pueblo del sur donde estaba la fábrica en la Zona Libre (la Francia no ocupada), entre Niza y Aviñón, fuera pronto ocupado.

Solo Dios sabía entonces cómo íbamos a sobrevivir.

Algunos dueños de casas de perfumes ya se habían marchado a América, algo imposible para nosotros.

Nadie salvo yo hablaba inglés y no podíamos importar aceites de ultramar ya que Estados Unidos había declarado la guerra a Alemania.

Las preguntas de Emma me mantienen alerta, desenterrando datos y sin dejarme tiempo para recrearme en las emociones turbulentas de miedo y rabia que aún hoy me atormentan.

¿Viajaba en tren de vuelta a París? Sí.

¿De dónde sacaba la ropa? De una modista escondida, a cambio de perfume que vendía en el mercado negro.

¿Cobraba un sueldo en la Casa Doujan ?