La chica perdida en París Capítulo 23
42%

Capítulo 23

Angéline

Perfume:

Rosa rosa, jazmín, almizcle

—Después de mi impactante encuentro con el comandante nazi, no podía dormir ni comer.

Los recuerdos del horror que sufrí a sus manos me hacían sudar hasta empapar las sábanas.

Tenía unas jaquecas feroces; mi mente repetía una y otra vez aquel momento como una pesadilla en vida, cuando oí el estruendo del disparo y Maman cayó a mis pies, herida. No pude detener la hemorragia…

—Debió de ser horrendo para usted —dice Emma en un susurro, con los párpados aleteando. Muerde la punta del lápiz, intentando asimilar la absurda coincidencia que me puso cara a cara con ese monstruo.

Mi amor infantil por los caballos.

Y mi destino como parfumeuse .

—Me llevó años de terapia superar aquel día y dejar de machacarme por haber actuado como una cobarde —le digo—. Oh, cómo deseé estrellarle el frasco de perfume en la cabeza y verlo sangrar.

—¿Qué la detuvo, madame ? —pregunta, con la voz acalorada y anhelante.

—Oler Naomie ’s Dream cuando quité el tapón del frasco. No me golpeó en el corazón, sino en la cabeza. Como si el fantasma de mamá me diera un codazo para que esperara mi momento: si actuaba por venganza para tumbar a un nazi, nunca tendría la oportunidad de tumbar a muchísimos más.

Emma sonríe.

—Ay, madame , me hace sentir tan orgullosa…

y me sorprende con su lenguaje tan pintoresco.

—Luego, en tono serio, continúa—: No sé si yo habría tenido su autocontrol.

Uf, yo querría retorcerle el cuello y darle donde más le duele.

—Hace una pausa, avergonzada—. Perdón, madame .

Una oye hablar de oficiales tan depravados cometiendo atrocidades que parecen increíbles, pero no se comprende su crueldad hasta que escuchas una historia personal que te toca de cerca.

—Fuerza una sonrisa—. Quiero decir…, bueno… , es inevitable. Quieres verlo sangrar.

¿Te toca de cerca? Frunzo el ceño. Una expresión extraña en boca de la joven reportera, pero la dejo pasar.

Por otra parte, mi inglés está oxidado desde que Lance murió…

y Dios sabe que tengo las emociones tan a flor de piel que no puedo ir ahí, revivir aquellos años dolorosos después de la guerra, cuando nos separamos.

Mi terapeuta dice que nunca superé la fase de rabia del duelo cuando él falleció.

Ahora menos que nunca, no cuando aún me queda tanta adversidad de la guerra por revivir con esta muchacha.

Apretando los dientes, arranco mi corazón de su lugar oscuro y continúo:

—No podía contarle a nadie lo que había pasado con el comandante sin poner en peligro sus vidas.

Aun así, anhelaba volver a ver a Zeus, así que hice averiguaciones sobre los caballos que corrían en Longchamp .

Descubrí que a mi semental lo retiraron de la cartilla de carreras poco después y lo reclutaron para el Servicio de Caballería alemán.

No era para sentirme aliviada, pero al menos estaba fuera de las manos del comandante.

—Sonrío—. Cuando Frederic me llamó a su despacho al día siguiente, me besó en ambas mejillas y dijo que darle al comandante la exclusiva de nuestro nuevo perfume había sido un golpe de genio.

Que la esposa del oficial nazi era pariente de Göring por una prima cuarta y que su apoyo a Naomie ’s Dream ayudaría a que despegara, y que podríamos duplicar la producción si conseguíamos las materias primas necesarias.

Pura ilusión, porque nuestros campos de flores en Grasse los requisaron los nazis para plantar comida, y se necesitan sesenta mil rosas para obtener una onza de absoluto de rosa.

—¿Sesenta mil? —repite, apuntándolo en su bloc amarillo con números bien grandes.

—Sí. También me hizo una advertencia gravísima que no me tomé a pecho.

—¿Advertencia? —pregunta Emma , incorporándose—. ¿Sobre qué?

—Ester. «No te acerques demasiado a ella», me advirtió.

Puso los ojos en blanco y luego se secó la cara con el pañuelo.

Gotas de sudor perlaban su frente alta y relucían como rocío en su cabello oscuro, peinado hacia atrás.

Insinuó que Ester se había pasado de la raya, avergonzando a la Casa Doujan y atrayendo la atención sobre sí misma.

Si no controlaba su afición al juego y su deuda caía en manos equivocadas, refiriéndose a la Gestapo francesa, las consecuencias serían funestas para ella.

«Es judía», dijo, y esbozó una sonrisita.

Le pregunté si el comandante lo sabía. Negó con la cabeza.

Frederic no sacó a relucir el pasado de la prometida del viejo Baptiste , pero tramaba algo.

Imagínate mi horror cuando el hombre de la Gestapo apareció en el laboratorio y exigió un recuento de empleados y entrevistas personales con todo el personal, incluidos los judíos.

— Herr Geller .

—Sí; no dejaba de mirarme, olisqueando. Entornaba los ojos hasta convertirlos en rendijas, frunciendo el ceño como un castor hinchado afilando las garras.

Estaba tan conmocionada que me pilló desprevenida.

No tuve cuidado de ocultar la cicatriz del brazo cuando irrumpió en el laboratorio y exigió ver la documentación de todos.

Por suerte, el profesor Zunz estaba en el campo, pero alcancé a ver que el hombre de la Gestapo tenía su nombre rodeado en la lista.

—Qué horror para usted, madame .

—Cuando le entregué mi cartilla de identidad falsificada, vio la cicatriz, pero no lo relacionó.

¿Por qué habría de hacerlo? En mis papeles constaba que era católica francesa, nacida en Lyon.

Apreté el estómago para no temblar. Aún estaba tambaleándome por el encuentro con el comandante.

Temía que el oficial nazi regresara a Argenteuil y sospechaba que Frederic estaba detrás de la visita del hombre de la Gestapo .

El hijo y heredero de la Casa Doujan temía ser desenmascarado como un impostor y estaba tan asustado de que yo revelara su secreto que envió a Herr Geller para mantenerme a raya.

Una advertencia para que cerrara la boca si quería conservar el trabajo.

Nadie está a salvo de la policía secreta.

—Uf…, increíble. —Tiene los ojos muy abiertos, la cara pálida y la goma del lápiz mordida hasta el tope—. Dígame que coge desprevenido al comandante, madame , por favor. No creo que pueda dormir hasta que lo haga.

No le contesto de inmediato. Me levanto de la silla y me acerco a la ventana alta. Nubes de tormenta se ciernen sobre los tejados de París y un frío llena la habitación del hotel. Se avecina un temporal… grande.

—Cuando toma un libro, mademoiselle —empiezo, cerrando la cortina gruesa—, ¿se va directa al último capítulo para ver cómo termina?

Se ríe.

—Culpable. Me encanta leer libros con final feliz y no quiero llevarme una decepción.

—Usted ya sabe cómo termina mi historia. Los campos y perder a mi hija. Lo que el rumor popular llamó mi «bebé secreto». —Hago una pausa—. Pero eso ya lo sabía, mademoiselle . N’est-ce pas?

Asiente.

—De nuevo, culpable, madame . Pero usted siempre mantuvo la esperanza. Podría haber un final feliz en su futuro. Lo deseo tanto para usted. —Reprime un bostezo—. Tengo que transcribir mis notas. ¿Podemos seguir con esto mañana, a primera hora?

Miro mi reloj. Se paró a la 1.36 de la madrugada. No importa. Tengo un profundo cariño por ese viejo reloj de oro, con esfera ovalada y aguja clásica. Lance me lo regaló antes de marcharse a Egipto tras la guerra. Un momento agridulce, pero jamás lo cambiaría por un dichoso reloj digital.

—Le diré esto del comandante: nunca olvidaré su cara cuando me enfrenté a él después y le dije que Naomie ’s Dream llevaba el nombre de la mujer a la que había asesinado.

—¿Y…? ¿Y…? —suplica Emma , pidiéndome más.

Doy cuerda a mi reloj y me lo llevo al oído. Sonrío. Está haciendo tictac.

—Cuándo y dónde ocurrió eso, mademoiselle , se lo contaré en otra ocasión, d’accord ?