Capítulo 22
Angéline
Perfume:
Wild Coquette
Mango indio, azucena real, almizcle
El comandante se inclina para besarle la mano; Ester sonríe, y la escena me revuelve el estómago.
—Será un placer llevarla de mi brazo, condesa Bulgávari.
—Llámeme Ester —le susurra al oído, y Frederic se inquieta. Será un capullo pretencioso, pero se vuelve un mojigato cuando ve a la prometida de su padre coqueteando con los nazis.
—Como guste, Ester. Me honrará que apueste por mi caballo en la carrera de mañana. Un magnífico ejemplar que adquirí este verano.
—Ah, merci por el consejo, comandante. Apostaré cinco mil francos por… —sonríe—. ¿Cuál es su nombre?
—Zeus.
Me quedo helada. No. No puede ser. Imposible.
—Me alegré mucho cuando su antiguo dueño accedió a vendérmelo —prosigue el comandante Von Risinger — por un precio razonable.
El precio fue la vida de mi madre, hijo de mil putas.
Un golpe de frustración pura y un dolor punzante en el pecho me atraviesan, tan fuerte que se me duerme el brazo y dejo caer el frasco de perfume.
Estalla contra el suelo y se convierte en añicos.
El olor penetrante del pachulí y el ciprés me hiere las fosas nasales.
El horror de aquel día regresa en oleadas: cada segundo ralentizado, la visión de mamá en aquel suelo de paja mugrienta.
No tengo tiempo para lamentarme.
Debo pensar. ¿Cuál es mi siguiente paso?
Si pudiera vengarme de ese nazi arrogante, lo haría sin dudar; pero tiemblo tanto que temo arruinarlo todo.
La antigua Tiena cogería su cuchillo y lo enfrentaría, lo heriría…
lo haría sangrar, sufrir, vivir con ese recuerdo.
Pero ahora soy Angéline , y no sé cómo, pero oigo la voz grave de Lance susurrándome que mantenga el control…
, que no lograré nada si me dejo llevar por la furia.
Le lanzo una mirada feroz entre dientes, luego retiro el gesto antes de delatarme cuando el comandante se vuelve y me ve. Devuelvo la mirada al rostro depravado que juré no volver a encontrar. Ojeras pronunciadas, arrugas profundas… la guerra también lo desgasta a él.
—Ah, otra hermosa mademoiselle . ¿No se unirá a nuestra fiesta, liebling ?
— Pardon , monsieur —bajo la mirada, y mi mano tiembla—. Tengo trabajo en el laboratorio.
—¿A estas horas? —pregunta incrédulo—. Ach, el Führer ha ordenado que una fräulein tan guapa no trabaje pasada la medianoche.
—Debo limpiar los cristales del suelo, monsieur . Pardon .
Me doy la vuelta para ir a buscar una toalla, pero él salta de su asiento y me agarra del brazo derecho.
—Insisto en que se una a nosotros, mademoiselle .
Es una orden, no una invitación; muy típico de los boches.
Un escalofrío de miedo me atraviesa cuando sus ojos se clavan en mí con un destello de reconocimiento, como si buscara un recuerdo esquivo.
La adrenalina me obliga a esconder el brazo izquierdo con la cicatriz.
Llevo un vestido de manga corta estampado con lilas y violetas, y una bata de laboratorio que me cubre los brazos.
Mi pelo negro y el carmín de mis labios lo confunden lo suficiente: soy toda dulzura, nada que ver con la gitana a la que intentó matar aquel verano.
—¿Quién soy yo para contradecir al Führer ? —murmuro, fingiendo una sonrisa mientras sus dedos me aprietan la carne. Duele.
Quiero vengarte, mamá. Pero no aquí. No ahora. Lo haré, te lo juro.
—Me alegra que haya cambiado de idea, mademoiselle .
—Me suelta, hace un saludo marcial, inclina la cabeza.
Sospecho que quiere besarme la mano, pero no tengo valor para permitirlo.
¿Y si me exige quitarme la bata? ¿Y si ve la cicatriz?
Me encojo, recatada, y retrocedo. El comandante se vuelve hacia Frederic —.
¿Por qué no me ha presentado a esta fascinante criatura?
—Es solo una empleada, comandante —dice Frederic , que disfruta al degradarme—. Vuelva al laboratorio, Angéline . Ahora.
Bajo los ojos.
— Oui , monsieur .
Creo distinguir cierta curiosidad nueva en él. Tendré que andarme con cuidado. Me dispongo a marcharme cuando el comandante me rodea la cintura y musita algo en alemán. No hace falta que me lo traduzcan. No me muevo; el corazón me late a mil. Un miedo desconocido me crispa los nervios.
Si intenta algo, no sé si podré contenerme.
—Ahora tengo dos chicas para entretenerme —se jacta—. Una hermosa condesa húngara y…
Busca la palabra, pero no la encuentra. Me observa más de cerca.
—Juraría que nos hemos visto antes… ¿Marsella, quizá?
— Mademoiselle es de Lyon —bosteza Ester—. Tan bourgeois, n’est-ce pas?
Le dedico una mirada envenenada. No necesito su ayuda. Contraataco antes de que él ate cabos y recuerde mi rostro.
—Soy la asistente del profesor Zunz , monsieur . Trabajo con aceites esenciales para ayudar a monsieur Baptiste a crear sus perfumes.
Me duele conformarme con el gesto satisfecho de Frederic , pero ahora tengo más que perder que ganar con insolencias.
—Ah, eso era. Usted es la mademoiselle que Frederic contrató para sustituir al judío cuando deje de ser útil.
Miro de reojo a Ester. Se ha puesto pálida. ¿Tiene corazón? ¿O teme por su pellejo?
Me decanto por lo segundo.
—El profesor es un químico brillante, monsieur —respondo—, y esencial para la Casa Doujan .
—Por ahora. —Me acaricia la mejilla—. Todo cambia, mademoiselle , no lo olvide.
—¿Se ha olvidado de mí, comandante? —Ester gorjea como un pájaro, y me lanza una mirada afilada. Ha recuperado la compostura en un instante. ¿Por qué me mira a mí? ¿Acaso no le importa lo que le pase a su tío?—. ¿Me perdona mis malas apuestas en los caballos?
—Por supuesto, condesa. Confío en mejorar su suerte mañana. —La devora con la mirada; es nauseabundo—. Los oficiales alemanes somos muy indulgentes con las damas tan encantadoras como usted.
— Merci , monsieur —susurra ella—. Es usted muy amable.
No puedo creer que la prometida de monsieur Baptiste se rebaje a coquetear con ese asesino nazi. No me gusta la mujer, repruebo su actitud servil, y me repugna verla buscar su favor…, pero también la compadezco. No vislumbra el abismo al que se acerca por coquetear con semejante bestia.
Con la barbilla alta, Ester se despide del comandante, batiendo las pestañas y enviándole un beso a través del aire. Me ignora al pasar. Solo quiere marcharse. Por el bien del profesor, no le digo lo que pienso.
—Parto pronto hacia Berlín, mademoiselle —dice el comandante cuando ella ya no está—. Una reunión importante con el Führer . Necesito su ayuda.
—¿Conmigo? —Me quedo inmóvil.
—Mi mujer suplica que le lleve medias de seda y perfume. —Se inclina sobre mí, aspirando hondo—. ¿Qué fragancia recomienda?
— Naomie ’s Dream se lanza la semana que viene.
—Veo unas botellas de muestra sobre la estantería de Frederic .
Ojalá pudiera estampárselas en la cabeza.
Ahogarlo en su fragancia hasta que se atragantara—.
Es un aroma precioso para animar el espíritu de una mujer que espera el regreso de su apuesto esposo.
—Cojo una botella, retiro el tapón. El absoluto de rosa me golpea.
Pienso en ella. No dejes que te tiemble la mano…
—. Su esposa será la primera en probarla. Exclusiva de la Casa Doujan .
— Merci , mademoiselle … Me halaga. —Aspira—. Ach, sehr schön… Hermosa, como usted.
—Encantado de atenderlo, comandante —interviene rápido Frederic —. Por cierto, apreciaría una palabra suya para garantizar la seguridad de nuestro camión de transporte que trae doscientas botellas desde Grasse .
Siempre el vendedor perfecto. Esta vez me alegra: el perfume de mamá viajará a París a salvo.
No te enfades conmigo, mamá. ¿Qué mejor justicia que engañar a este cerdo nazi?
—Con gusto haré todo lo que pueda por la Casa Doujan y por la encantadora mademoiselle .
—Se vuelve hacia mí y choca los talones de las botas contra el suelo, al estilo militar—.
Si todo sale bien, le traeré especias exóticas y quizá alguna sorpresa de la tierra de las pirámides cuando nos volvamos a ver.
—Lo esperaré con impaciencia.
Me mantengo serena, pero analizo cada detalle. Quizá no signifique nada…, o quizá signifique todo.
Se inclina y besa mi mano antes de que pueda evitarlo. Me dan náuseas. Contengo el impulso de limpiarme la piel.
—Lamento, mademoiselle , no haber pasado más tiempo juntos.
Le dedico un adiós tímido y huyo hacia el laboratorio, pero Frederic me sigue y me agarra del brazo.
—Necesito que esté en París cuando llegue el envío de Grasse .
—¿Por qué yo? —Me zafo.
—¿Quién mejor que la creadora de Naomie ’s Dream para asegurarse de que todo esté en orden?
—¿Y por qué no vas tú? —Es un comentario ruin: ambos sabemos que él se atribuyó el mérito. Pero después de mi encuentro con ese nazi repugnante, no estoy de humor.
— Touché , ma belle Angéline . Pero ya sabe a qué árbol toca arrimarse si queremos estar bien cobijados. Debo quedarme aquí y entretener al comandante hasta que parta a Berlín.
—Solo los colaboracionistas están bien cobijados hoy en día.
—Mejor eso que la muerte—admite. Su voz tiene un matiz que no le conocía: cansancio, miedo, algo parecido a la vergüenza.
—¿Mejor? —Lo atravieso con la mirada. El aire del pasillo es agobiante, pero ofrece la intimidad necesaria para hablar sin testigos.
En sus ojos asoma la sombra de un hombre que sabe que ha caído bajo.
—No me mire así, Angéline . Créame o no, me importa el bienestar de todos los que trabajan en la Casa Doujan . Estos son tiempos peligrosos, mademoiselle , y nunca se sabe quién es amigo o enemigo.
Curioso. Ester dijo lo mismo.
—He asegurado al personal que seguiremos con la producción sin interferencia de los ocupantes —añade, con una esperanza desesperada que me conmueve. ¿Me equivoco con él?—. Es lo mejor que puedo hacer.
Aquella noche firmamos una tregua. Es un hombre enfrentado a un mundo que no comprende, pero del que depende.
Los dos deseamos que la Casa Doujan sobreviva a la guerra, lo que ahora resulta más difícil por el juego imprudente de Ester.
Él se queda en Argenteuil para mantenerla a raya.
Me da las buenas noches con un beso fraternal en la mejilla, y vuelve junto al nazi con esa jovialidad falsa tan suya.
Yo no me muevo.
Tardo diez minutos en dejar de temblar antes de escribir una nota a Yvette , que está en la tienda de París.
«Me encanta esta nueva mezcla con limón, sándalo y ámbar gris», anoto en clave, es decir: «Un oficial nazi va camino de Berlín para reunirse con Hitler ».
Y con tinta invisible escribo: «Comandante Ernst von Risinger . El Cairo».
La envío por correo a la mañana siguiente.
Y rezo para no volver a ver a ese cerdo nazi.