Capítulo 21 #3
Por eso el profesor Zunz guarda su radio Philips de 1934 fuera de la vista, bajo su mesa, tras una caja de viales y matraces vacíos.
En una noche clara y fría, si colocamos la radio en el punto justo y giramos el dial, podemos captar Radio Londres.
Escucho cada noche, no solo por las noticias, sino por si Lance me ha enviado un mensaje en clave.
Todo el mundo, incluidos los nazis, sabe que cuando el locutor dice «mensajes personales antes de empezar», vienen frases, a menudo disparatadas.
Es una fantasía mía pensar que Lance me enviaría un mensaje codificado, pero siempre albergo la esperanza, ya que los agentes se comunican así.
Enciendo la radio, giro el dial y suena música estrepitosa en exceso. Una emisora controlada por los nazis. Sigo probando hasta que oigo el barítono familiar del locutor francés desde la emisora de Londres.
—Ooh, mais non ! —protesto cuando irrumpe una fuerte ráfaga de electricidad estática. Los nazis vuelven a interferir la señal.
Apago la radio y oigo algo…
Risas estridentes y portazos vienen del pasillo.
Invitados de juerga en el despacho privado de Frederic .
Los oficiales nazis suenan más ruidosos de lo normal, aunque estoy acostumbrada a sus fiestas escandalosas, con Frederic atiborrándolos de champán y ofreciéndoles frascos de perfume de cortesía para llevar a Berlín a sus esposas.
Las risas aumentan, señal de que están más borrachos.
Siento que me ahogo en ruido: primero con la horrible música nazi de la radio y ahora con los alaridos de los oficiales.
Gracias a Dios no tenemos muchos visitantes en el laboratorio, aunque la semana pasada aparecieron dos hombres con gabardinas de cuero marrón y sombreros italianos.
Gestapo . Pasaron una hora en el despacho interrogando a Blanche , la contable.
La pobre quedó tan nerviosa que, después, se le escapó que la Gestapo la obligó a dar el nombre de todos los empleados judíos.
Se lo conté al profesor Zunz y se puso pálido tras las gafas, y escondió la radio.
No hablamos de ello, pero él vigila el vestíbulo cada vez que se detiene un coche y se va del laboratorio a horas raras para que nadie lo siga.
Yo voy a lo mío, encorvada sobre mi mesa hasta altas horas, mezclando, oliendo tiras de prueba y tomando notas para dar con el acorde adecuado del nuevo perfume.
Aunque no estoy en contra de espiar las reuniones nocturnas de Frederic .
He pescado fragmentos de conversación sobre idas y venidas de oficiales alemanes basándome en cuándo se aprovisionan de perfume para llevar a Berlín. Información que escribo con tinta invisible y envío a Yvette en París en código, usando nombres de ingredientes como palabras clave.
Rosa significa París.
Vainilla significa Lisboa.
Limón significa Berlín.
Naranja significa Lyon.
Clavo significa armas.
Pachulí significa trenes.
Sándalo significa oficial nazi.
Ámbar gris significa Hitler .
Estoy orgullosa de mi trabajo, como espía y como parfumeuse , y decidida a que Lance esté orgulloso de mí, aunque no haya vuelto a buscarme para un beso como el de la primera noche.
Por eso actúo antes de pensar.
Frustrada tras desechar las últimas veinte tiras de prueba, cojo un vial de perfume como excusa y me escabullo por el pasillo hacia el despacho de Frederic con el pretexto de pedirle su opinión sobre el aroma, aunque con la esperanza de oír algo útil que pueda transmitir cuando…
Reconozco a la mujer que está de jarana con Frederic y el oficial nazi.
Ester.
No me sorprende. Ha venido desde París a primera hora de la tarde y la he oído quejarse ante su tío de que Frederic le ha dicho a su padre que le quitara la paga porque lo está avergonzando con sus deudas de juego en las carreras de caballos de Longchamp .
El profesor Zunz se ha limpiado las gafas, negando con la cabeza.
No es ningún secreto que la Gestapo está reuniendo nombres.
Le ha rogado que se fuera de París, recordándole los rumores de que miles de judíos han sido enviados desde el campo de Drancy , en las afueras, a un campo de trabajo. Un lugar llamado Auschwitz .
Ester le ha dicho que no se preocupara. Que lo tiene todo bajo control.
Entro. Por el calor en su voz, no parece que lo tenga controlado.
Con las manos en las caderas y la barbilla alzada, encara a Frederic .
Su cuerpo alto y esbelto envuelto en seda roja, el cabello rojo resplandeciente cayéndole en rizos largos y sueltos, zapatos negros de tacón.
Y un ridículo sombrero pillbox negro echado hacia delante con una pluma gris aún más ridícula curvándose por la espalda.
—No me importa que Jean-Claude me haya quitado la paga; no puedes detenerme, Frederic .
—Ester se acerca contoneándose a un oficial nazi sentado de espaldas a mí.
Su gorra está sobre el escritorio, junto a dos botellas vacías de vodka—.
El comandante V on Risinger me ha invitado a acompañarlo mañana a las carreras de Longchamp .
¿Comandante Von Risinger ? ¿Es ese el comandante con quien almuerza en el Hôtel Ritz?
Parpadeo, se me encoje el estómago otra vez.
No. No puede ser él. No lo creeré. No.