Capítulo 21 #2
—No se fíe del joven monsieur Baptiste , mademoiselle —me advierte—. Monsieur Frederic vendería su propia sangre con tal de tener a sus amigos nazis en el bolsillo.
Durante los meses siguientes, paso los días con la nariz en un vial de perfume y el corazón en ganar la batalla.
Ambas cosas son como enamorarse. Alegría y luego frustración…
y el anhelo constante de acertar. No he sabido nada de Lance desde que hice el ridículo perdiendo el sentido por él.
Está en una misión secreta, es todo lo que Jarnak me dice.
Aun así, no olvido cómo me miró Lance , con sus manos agarrando mi cintura.
Me aviva el paso y me pone una sonrisa en la boca.
«¿Lo dice la chica romaní que no quería a un hombre en su vida?
», me reprendo mientras repaso el papeleo de la nueva fragancia que creé para la Casa Doujan .
La lanzamos la semana que viene, el aroma que mamá y yo hicimos en aquellos días despreocupados en que pasábamos hambre con cerdo y arroz para poder costearnos los ingredientes de nuestros aceites esenciales.
Rosa, jacinto, lavanda. Jengibre, pimienta rosa, perejil.
Luego creamos un perfume exquisito que seduce con absoluto de rosa, que vibra con pimienta y hace realidad los sueños más bellos con lavanda.
Lo llamo Naomie ’s Dream .
Por mamá.
Estiro el cuello para aliviar el dolor, con el hombro izquierdo agarrotado de revisar una y otra vez las cifras del stock de perfume que envió la fábrica de Grasse a París por transporte.
La fabricación se concentra en el sur de Francia, en la Zona Libre, pero no me atrevo a viajar allí ni con una nueva carte d’identité a nombre de Angéline de Cadieux , que debo agradecer al hermano de Yvette , Alain .
He decidido no permitir que nada salga mal.
Creé el perfume, pero mi nombre no figura en la fórmula.
En el material de prensa, el nombre que aparece como nariz es el de Frederic .
Lucho contra el tumulto interno, respiro hondo y me repito que ese fue el acuerdo, que tengo suerte de tener este trabajo cuando mis compatriotas sufren.
Aun así, no puedo renunciar a mi sueño: que algún día, cuando el mundo se arregle y los boches sean expulsados de Francia, mi nombre figure como la nariz.
Pero solo si trabajo duro. Por eso me quedo hasta tarde en el laboratorio probando una fórmula nueva, algo de lo que no le he dicho nada al profesor, un aroma que me ronda la cabeza desde hace meses.
Un perfume para levantar el ánimo de las francesas, para darles valor.
Me entusiasmó descubrir que la empresa aún tiene aceites y esencias sin agotar.
He estado experimentando con distintos aromas —melocotón, rosa blanca aterciopelada, orquídea…
—, pero no estoy segura de la nota de fondo.
Paso el tiempo aquí, en el laboratorio de las afueras de París, en Argenteuil , y gracias a la camaradería de Frederic con la gente adecuada, los funcionarios nazis miran hacia otro lado y no nos molestan.
Se deja caer por el laboratorio a horas extrañas, ahora que estamos listos para el lanzamiento, trayendo a sus amigos nazis.
Se pavonea, huele tiras de prueba y va cantando los ingredientes que yo le he apuntado a lápiz muy leve en cada tira para que, al alzarla a la luz, pueda leer lo escrito sin que nadie lo note.
Lo aguanto porque tengo que hacerlo. Él me advierte que no abra la boca. No soy tan tonta. No puedo poner en peligro mi puesto.
La lámpara alargada que cuelga del techo ilumina mi mesa con un solo haz de luz, dibujando sombras juguetonas mientras recojo mis notas y facturas, las meto en una carpeta y coloco los viales en un orden concreto.
Aparto los frascos de prueba de la nueva fragancia para darle descanso a la nariz y me acurruco con una muestra de Naomie ’s Dream para saborear este momento privado con mi madre, hablando con su fantasma.
—Hemos envasado tu perfume en un frasco cuadrado de cristal turquesa, mamá, con etiqueta blanca y letras doradas. El azul me recuerda a tus ojos.
Me siento a oscuras, con un nudo en la garganta y una pena honda apoderándose de mí.
A mamá no le gustaba verme triste, así que me pellizcaba las mejillas para hacerme sonreír y me recordaba todo lo que teníamos que agradecer, que el boche jamás nos vencería, que éramos más fuertes…
y llevábamos aquí más tiempo. Más de mil años.
Por eso no puedo parar. Debo seguir buscando la fórmula adecuada para el nuevo perfume que, lo juro, hará sonreír de nuevo a las mujeres de Francia.
Se hace tarde y aún estaré aquí cuando el profesor llegue por la mañana con café fuerte y una baguette crujiente.
Mantequilla. Mermelada. Me saludará con besos en ambas mejillas e insistirá en que desayune con él si no pregunto de dónde lo saca.
Sé que trueca perfumes con tara —etiquetas perdidas, frascos mellados— por comida en sus escapadas semanales al campo.
El trueque no es ningún secreto. Forma parte de nuestras vidas y hasta tiene nombre: le système D .
Como todos, he caído en una rutina diaria de supervivencia, pero mientras París finge normalidad, los alemanes invaden Rusia, ha explotado una bomba en una librería de la orilla izquierda, y hay nuevas restricciones para los judíos.
Las radios están prohibidas.