Capítulo 21
Angéline
Perfume:
Black Lace Stockings
Anís estrellado chino, rosa, vainilla
—Nunca pensé que llegaría el día en que monsieur Baptiste contrataría a una nariz femenina, mademoiselle . Y a una tan guapa —se ríe el profesor Zunz , con la gran barriga rebotándole bajo la bata blanca y las gafas de montura plateada deslizándose por su nariz.
El profesor es un parfumeur húngaro jovial, aunque corpulento, y un creador de aromas sumamente innovador.
—¿Entonces no está molesto? —me atrevo a preguntar.
—¿Molesto? Estoy encantado de tenerla aquí, en mi laboratorio.
La empresa está en apuros porque tenemos que frenar la producción, con los nazis entorpeciendo nuestros transportes desde Grasse .
Necesitamos ideas nuevas, pensamiento nuevo —dice con los ojos tristes pero esperanzados.
No puedo evitar querer unirme a su lucha.
—Dígame, profesor, ¿dónde aprendió perfumería? —trago mi nerviosismo, intentando que hable de sí mismo para que no me pregunte por mi experiencia.
—El perfume ha sido mi vida desde que era un niño —dice—.
Mi familia tenía una perfumería en Budapest, encajada entre una carnicería y una sombrerería en una calle adoquinada.
Mi padre solía decir que una ama de casa podía comprar su salchicha, llevarse un sombrero nuevo y oler como una dama de compañía de la reina en su paseo matutino.
—Mira a lo lejos—. Días de gloria que nunca olvidaré.
Mamá se puso tan contenta cuando adquirimos una máquina para hacer pintalabios y atraer a las damas a la tienda hasta que…
—Hace una pausa, su pecho sube y baja—. Los nazis la hicieron añicos cuando saquearon el negocio y destruyeron nuestra empresa centenaria. Mi madre murió poco después.
—Lo siento mucho, profesor. Sé lo que es perder a una madre. —Fuerzo una sonrisa. Quiero compartir con él mi propia historia, pero no me atrevo. Percibo camaradería entre nosotros, pero he aprendido a no fiarme de nadie. Prefiero cambiar el tono—. ¿Cómo se convirtió en parfumeur ?
Se limpia las gafas antes de continuar.
—La tienda la fundó mi abuelo en la época de los corsés, las tiaras y los polvos de seda.
Las viejas estanterías de madera repletas de frascos ornamentados me fascinaban de niño.
Un día me subí al mostrador para coger un frasco de vidrio con forma de barco y toda la balda se vino abajo.
Se rompieron frascos y el perfume se derramó por todas partes.
—Su risa jovial le hace vibrar las mejillas sonrosadas—.
Mamá me dijo que olía como una mujer de la calle, pero yo descubrí que tenía talento para identificar los aromas derramados.
—Me mira de cerca—. ¿Y usted, mademoiselle ?
—Cuando era niña me envolvía en largas guirnaldas de margaritas y me tumbaba en los campos cerca de nuestra… casa —casi digo vardo—. Cerraba los ojos y olía plantas y flores durante horas.
—Ah, bien, compartimos una vida de aromas, mademoiselle .
Yo no era mucho mayor que usted cuando entré de aprendiz en un laboratorio de París.
Desde entonces he trabajado para varias casas, pero la Casa Doujan se ha portado bien conmigo.
Monsieur Baptiste me da rienda suelta para crear mis perfumes sin cortapisas.
—Huele un vial y suspira—. Permítame mostrarle mi última creación, Desert Nights , con un sutil jazmín de Casablanca.
Una invitación floral de puro deleite para la nariz.
Huelo el vial, cierro los ojos.
—Orquídea y jazmín…, rosa absoluta…, vainilla empolvada.
Las cejas velludas se le arquean.
— Très bien. ¿Y este, mademoiselle ? —Saca otro vial con líquido dorado del estante de madera sobre su mesa de trabajo.
—Gardenia, cítricos, rosa, brote de grosella negra, ámbar.
Y otro más.
—¿Y este?
—Mandarina, melocotón…, jazmín, rosa…, miel.
— Très bien, mademoiselle . Su nariz es un instrumento extraordinario: filtra los olores fuertes y realza los más leves, pero me impresiona sobre todo cómo identifica la nota de corazón.
Casi con timidez, me relajo y disfruto del cálido resplandor en el vientre al oír sus palabras con ese acento encantador. Para mi sorpresa, no me disculpo por mi conocimiento ni alardeo de él; encuentro en este maestro parfumeur una sincera apreciación de lo que sé hacer.
Y qué agradable es eso.
—Me gusta pensar en la nota de corazón como la mamá de la familia del perfume, la que lo mantiene unido.
Se le entristecen de nuevo los ojos. Intuyo que el caballero de Budapest piensa a menudo en su mamá, como yo en la mía. No hace falta preguntarle si los nazis tuvieron algo que ver con su muerte.
Por fin dice:
—Tiene el don verdadero de una nariz.
— Merci , monsieur —sonrío, aliviada.
Me deja oler varias mezclas más en las que trabaja y queda debidamente impresionado cuando identifico el esquivo aroma del ámbar gris.
—Vómito de ballena —digo tras aspirar bien.
Cómo olvidarlo. Tenía doce años cuando mamá y yo encontramos una tienda en la orilla Izquierda que vendía artefactos orientales y especias. Me cautivó la historia de cómo los cachalotes excretan esa sustancia cerosa al océano.
El profesor Zunz asiente con aprobación y me pregunta por mi experiencia disolviendo flores y plantas en alcohol etílico para extraer sus aceites, y cuánta experiencia tengo manejando concretos y resinoides.
Se me hunde el estómago. Estoy en un aprieto. Las esencias de mis perfumes salían de mi sencilla destilación al vapor. Dos ollas. Una cocina. Agua fría. No creo que el profesor lo apruebe. En su lugar, le cuento cuántas pruebas hago de cada fórmula nueva.
—Cuarenta…, cincuenta. Empecé a los ocho con mi primer lote de agua de rosas cociéndose en nuestra pequeña cocina… Se derramó por toda la encimera limpia de mamá y tuve que empezar de nuevo.
Se ríe.
—Aquí, en mi laboratorio, elijo químicos con distintas tasas de evaporación para controlar cómo experimenta la fragancia quien la lleva, qué olor percibe primero. ¿Y usted, mademoiselle ?
Se limpia otra vez las gafas, esperando mi respuesta. ¿Qué puedo decir? Hago tantas cosas por instinto. Y en lotes pequeños. No los enormes calderos de cobre de la fábrica de Grasse que me dibuja con pluma y papel.
—Por supuesto, profesor —miento.
Él asiente; vuelvo a mentir… y asiente. Entonces dice:
—Jamás ha estado en una fábrica de perfumes, mademoiselle , n’est-ce pas?
Intento sonreír.
—¿Tanto se nota, profesor?
—Para mí es obvio. —Me mira por encima de las gafas, a media nariz—. Tiene un don natural para los aromas y las mezclas, y por cómo combina las hierbas y maneja la creación de esencias a partir de flores, diría que una sanadora le enseñó los fundamentos del perfume.
— Oui , mamá.
—Así que no es la joven sofisticada de Grasse que pretende ser.
—No, profesor —confieso—. Yo…, yo soy romaní.
Asiente, comprensivo.
—Ah, mademoiselle , entonces sabe lo que es ser perseguida.
Alors , desde que Hitler entró en París han cambiado tantas cosas…
, pero estoy orgulloso de ser judío. Recibo cartas de primos en Budapest que me ruegan que deje Francia y vuelva a casa, pero tras la muerte de mamá no me queda nada a lo que regresar.
— Yvette dijo que solicitó un visado para salir de Francia.
—Sí, rezo para que no lleguemos a eso. Soy demasiado viejo para ser un refugiado sin oficio ni domicilio.
—Usted mismo dijo que monsieur Baptiste respeta su talento, lo importante que es para la Casa Doujan .
—Por ahora. No me fío de Hitler . Han expulsado a judíos de bancos, enseñanza y función pública, y me temo que no se detendrá ahí, mademoiselle .
Los nazis han vetado a los judíos del ejercicio de la abogacía incluso si son ciudadanos franceses.
Y se habla de más restricciones para las fiestas judías.
¿Quién sabe si ordenará a sus soldados ir más allá de acosar a los comerciantes?
—Suspira—. Le dije a monsieur Baptiste que no renunciaré a mi religión, es lo que soy. Pero no me iré de París sin mi sobrina.
Hago una mueca.
—Se refiere a la prometida de monsieur Baptiste .
—He oído que ya se conocieron —dice riendo, sin que hagan falta más palabras—. Ay, las noches en vela que me acechan desde que Ester llegó a Francia —niega con la cabeza—, dondequiera que va, la sigue el escándalo.
—No puede ser para tanto, profesor.
Me echo a temblar. ¿Y si el parfumeur supiera que la chica que tiene al lado es buscada por la Gestapo ?
—Ester es una joven encantadora —continúa—, pero vanidosa y amante de las cosas bellas.
Y tiene un problema con el juego. Es muy diestra para encontrar caballeros que sufraguen su afición, como cuando se casó con un aristócrata de Budapest y luego descubrió que seguía casado con su segunda esposa.
Sin pestañear, aceptó un acuerdo y una anulación, aunque conservó el título de condesa Bulgávari, y vino a París.
Para mi disgusto y para deleite de ella, no tardó en hechizar a monsieur Baptiste .
Lo convenció de llevarla a Montecarlo para codearse con la alta sociedad y tentar la suerte a la ruleta.
Perdió a lo grande, pero a monsieur Baptiste eso no le importó.
Estaba prendado de su belleza clásica y la contrató para protagonizar anuncios y vender perfumes de la Casa Doujan , y después le pidió matrimonio.
Es un hombre solo, mademoiselle , viudo desde hace años, y Ester se aprovechó.
Es mi sobrina y no abandonaré a la familia.
Rezo para que la influencia de Frederic baste para protegerla si los alemanes nos restringen aún más la vida.
Guardo silencio, sin decir palabra sobre lo que el comandante me contó de los planes del Führer para judíos y «gitanos».
—Ester se recreó en la notoriedad de ver su rostro en los anuncios de los periódicos y en los quioscos… hasta la Ocupación —prosigue—. Frederic retiró los anuncios antes de que la Abwehr descubra que es judía.
Un escalofrío súbito llena la estancia. Puede que la mujer sea superficial y estúpida, pero siento con ella un extraño parentesco. Compartimos un enemigo común.