Capítulo 20
Emma
Perfume:
De Cadieux
Maracuyá, jazmín egipcio, té verde
—Celebramos el éxito de mi misión en la Casa Doujan …
Yvette , Jarnak y su hermano Alain …, Lance y yo.
Sentados alrededor de la mesa, en la trastienda de la casa de empeños, brindando, planeando.
Por entonces, no sabía hasta qué punto llegaban las conexiones de Lance con los nazis.
Te diré esto, Emma : era un hombre extraordinario, valiente e inteligente.
—Me deja pasmada, madame —digo, aspirando el olor familiar de los huevos revueltos cuando el camarero nos sirve el desayuno en una bandeja de plata—. Es increíble cómo tuvo el coraje de afrontar cada obstáculo que le lanzaron. Y aun así encontró tiempo para enamorarse.
—Ah, pero yo era joven y di por hecho que aquel descarado beso en las sombras significaba que Lance estaba enamorado de mí.
—¿Lo estaba, madame ?
—Él tenía veintinueve, un hombre rudo y reconocido en su campo.
Multilingüe. Inglés, francés, alemán, árabe.
Yo tenía diecisiete. Era virgen. Pasaron los meses y no volvió a besarme, a tocarme, y me dolió.
—Coge el cuchillo y el tenedor, pero no toca los huevos—.
En resumen, mademoiselle , hice el ridículo por completo.
Como yo. Yendo a por Ryker como si de verdad pudiera gustarme el hombre.
Vale, es guapísimo, pero hasta ahí. Tengo un objetivo mayor.
Cumplir la promesa que le hice a mamá y, si me queda un tiempito, pedirle a madame que me dé consejos para ser nariz.
Así que allá voy… O lo consigo ahora, o estoy perdida.
—Ha sido muy sincera conmigo, madame , contándome sus pensamientos más íntimos sobre su mamá y Lance , y yo he sido, bueno… —Dejo el cuchillo y el tenedor y me seco la boca con la servilleta de lino—. Hay algo que necesito decirle…
Antes de que pueda articular las palabras, me golpea en la nariz un olor a lima almizclada y sudor de hombre. Un hombre con prisa.
— Madame de Cadieux —irrumpe una voz, alta y clara—. Necesito hablar con usted.
Ryker .
—A solas. En privado.
—No tengo secretos para Emma —dice madame —. Siéntate y vamos al grano. Está escribiendo mi historia. Más vale que conozca lo peor.
Frunce el ceño ante su petición. Qué descaro. Le lanzo una mirada de desprecio que roza lo malsonante. Estoy furiosa con él por no estar ayer para protegerla, mientras él echa humo porque madame me incluyó en su conversación. Estamos en el mismo equipo, Ryker . Acostúmbrate.
—He oído lo que ocurrió en la calle con esa gentuza.
Mira a madame directamente a los ojos. Ella se lo toma con calma y sonríe.
—Claro. Marcel . Fue a recogerte al aeropuerto.
—Sí…, pero quiero oír de su boca lo que pasó.
—Te lo diré yo —me entrometo, entornando los ojos—. A madame de Cadieux la abordaron unos carteristas y casi la matan.
—¡ Madame ! ¿Qué…?
Sus ojos oscuros y apuestos se clavan en mí con una mirada acerada que dispara dagas directas a mi pecho. Me provoca escalofríos que decido ignorar. En cambio, paso al ataque:
—Vale, he exagerado, pero deberías haber estado ahí protegiéndola. ¿Dónde demonios estabas?
Ryker me fulmina.
—Eso no es de su incumbencia, mademoiselle .
—¿Ah, no? —contraataco.
—No.
Me contengo unas cuantas frases escogidas que le harían replantearse sus objetivos…
No quiero ofender a madame . Me muerdo el labio inferior y arremeto contra mis huevos con furia, contando hasta diez en susurros, mientras Ryker se pasa la mano por el pelo, intentando contener el genio.
Entonces caigo en la cuenta de que somos muy parecidos: los dos reprimimos a duras penas emociones salvajes porque los dos queremos lo mismo: mantener a madame a salvo de esos depredadores.
Mi intuición se impone y trato de enmendarme.
—Mira, Ryker , sé que empezamos con mal pie…
Gruñe. La respuesta primitiva carga el aire como un almizcle salvaje. Madame parece que quiere zarandearlo.
—Lo siento —sigo—. Me dejé llevar porque… bueno… porque me preocupa madame tanto como a ti.
—Apenas la conoces.
Tono frío, plano. ¿Está celoso de mi cercanía con ella?
—La conozco mejor de lo que crees.
—No lo dudo, mademoiselle . Tienes una forma de tocar la fibra que es inquietante.
Me quedo a cuadros. ¿Habla de madame … o de sí mismo?
Lo que abre un nuevo dilema. ¿Estoy loca?
¿O Ryker está diferente? La forma en que me mira cuando sus ojos se cruzan con los míos, con algo más que curiosidad, desafiante y peligroso.
Como si quisiera devorarme. Me da escalofríos.
Mmm… No sé si me gusta más este nuevo Ryker , pero me lo tengo que tragar.
Las chispas entre nosotros me hacen cosquillas en los dedos de los pies.
Como si hubieran soltado un cable eléctrico en la sala. He metido el dedo en la llaga.
¿Qué he dicho?
Nuestros desayunos se enfrían. El café, más. Los segundos pasan. Ninguno de los dos habla. Por fin, madame retoma el mando de esta telenovela.
—Cálmate, Ryker , no ha pasado nada. Estoy bien. Solo unos rufianes molestándonos.
—No podemos estar seguros, madame . —Sus ojos oscuros siguen fijos en mí con un calor sin freno que afecta a mi libido más de lo que quiero admitir—. No debería haberla dejado sola con esta reportera.
—¿Y qué tienen de malo los reporteros? —planto cara.
—Están todos locos.
¿Es cosa mía o su voz suena más ronca de lo habitual? Como si supiera que estoy en esta carrera para ganar y que me acerco por fuera para disputarle la meta.
Luego se marcha pisando fuerte:
—Hablaremos de esto más tarde, madame .
Para mi sorpresa, ella no lo detiene. No es de extrañar.
Está acostumbrado a salirse con la suya con el sexo femenino, repartiendo ese encanto masculino como si fueran bombones…
y las mujeres se lo zampan. Yo no. Puedo con él.
Primero, tengo que decirle a madame de Cadieux que no solo quiero una historia.
Intenté decirle que estoy segurísima de que soy una nariz como ella —bueno, podría serlo con la formación adecuada, pero soy demasiado gallina para dejar mi carrera e intentarlo—, de verdad que lo intenté.
No es que seamos familia y ella me vaya a pasar el testigo, pero siento un cosquilleo raro cuando hablamos de su pasado… como si también fuera mío, porque ambas nos enfrentamos a obstáculos en nuestras carreras.
Y compartimos un vínculo con los campos.
Dios sabe qué fue de la pobre polaca que dio a luz a mi madre en las circunstancias más horribles.
Una mujer que, según mi abuelo, suplicó a otra prisionera que salvara a su bebé antes de morir.
También se lo habría preguntado a madame si no hubiera aparecido ese arrogante bombón irlandés.
Así que me eché atrás. Me arrepiento. Estuve tan cerca, pero algo me frena.
Y ese algo es… (redoble de tambores)
…que soy una cobarde.
No quiero perder la camaradería que hemos construido, pero detecto un tono gélido en su voz cuando el camarero nos rellena el café y charlamos del calor.
¿Del tiempo? Venga ya. ¿Qué fue de la montaña rusa emocional en la que íbamos en 1940?
Parece que se quedó clavada arriba y tengo que ponerla otra vez en marcha.
Por las dos.
—Lo siento, madame , me desaté como una loca, pero quería contarle algo y cuando vi a Ryker …
—Debería habértelo dicho, Emma . Lo envié fuera de París por un encargo personal mío.
—Con razón me cortó en seco.
Aun así, eso no excusa su grosería. Ese gruñido.
Esa chulería de chico malo que le hizo a mi libido algo que preferiría olvidar.
Madame me sonríe, aunque evita mi mirada.
Está molesta por mi arrebato. Muy poco profesional por mi parte, pero ese hombre me saca tanto de quicio que termino perdiendo los papeles con él.
—¿Qué querías decirme, mademoiselle ?
—Pues…, eh… —Toma mi titubeo por vergüenza y yo lo dejo estar.
Ya hice el ridículo con Ryker . Me disculpé con él a pesar de su pose de «señor taciturno» y fue más bestia que cualquier bestia de cuento.
En lugar de eso, opto por un tratamiento choque para apartar de mí el foco—.
Ayer esos carteristas no iban a por su bolso, madame … Alguien metió una nota en mi tote bag.
— Zut alors , ¿qué decía?
—Es demasiado vulgar para repetirla, madame .
— Ma chère Emma , ya no hay nada que pueda escandalizarme. Vi lo peor de la humanidad durante la guerra, con las cosas terribles que los nazis me hicieron a mí y a los que quería. Déjame ver la nota, s’il te plaît .
Le tiendo el papel doblado y lo lee. Curioso: no se altera. En vez de eso, lo arruga y lo deja en el platillo de la mantequilla.
—No me sorprende, mademoiselle . Tengo una acosadora, una mujer que me culpa de arruinar su carrera.
— Brooke Hansen —suelto.
—¿La conoces? —Abre mucho los ojos.
—Sí, la vi en el Waldorf la noche en que le pedí la entrevista. No tenía ni idea de que estuviera tan desesperada por una historia. ¿Está aquí en París?
—La vi siguiéndonos ayer en la rue Saint-Jacques , pero la ignoré. Nos lo estábamos pasando tan bien que no quise que nos lo estropeara.
Me doy una palmada en la frente.
—Así que de eso intentaba advertirme Ryker y yo no lo pillé. Maldición, le debo una disculpa, pero, con la forma en que me fulmina con esos ojos oscuros ardientes y trata de encasillarme, me lo pone muy difícil. No es que me interese, madame . No me interesa.
Su ceja alzada me dice que no me cree, pero lo deja pasar.
—Es demasiado chapado a la antigua con las mujeres —insisto.
—No lo juzgues con demasiada dureza, Emma . Es como la mayoría de los hombres. Testarudo y concentrado cuando se trata de protegernos. Claro que tú y yo no necesitamos protección —me guiña un ojo—, pero eso nunca se lo diremos.
Me río.
— Madame , ¿cómo ve la vida con tanta claridad?
—No siempre fue así. Era terca y estaba empeñada en hacer las cosas a mi manera.
Hasta que conocí a un hombre maravilloso que me enseñó que la belleza y la bondad vencen al mal, si tienes valor.
—Hace una pausa, tiembla—. Lance me enseñó el oficio del espionaje, aunque a menudo me preguntaba por qué no me advirtió de que ser espía era tan duro.
¿Enfrentarme a los nazis de frente, escupir, patear, gritar…
? Eso sí podía hacerlo. Pero sonreír, engatusar, reír…
, fingir que lo pasas bien con el olor de boche en toda la cara…
No sabía si lo llevaba dentro. Pronto lo supe.
No saco el bloc amarillo lo bastante rápido. Olvido el frío que sentí antes por su parte. Madame está embalada y yo también.
¿O será que ambas nos sentimos más cómodas hablando del pasado… mientras ignoramos el presente?
E ignoro el futuro cuando le pido que ahonde en su tiempo en Dachau y, con suerte, ayude a mi madre a saber más de la suya antes de que sea tarde. Maldición.
—Estoy lista, madame .
Da un sorbo a su café caliente y empieza a hablar:
—El aire frío de octubre y los días de lluvia me acompañaban a todas partes mientras París volvía a la rutina, lo que los periódicos llamaban la vida bajo el nuevo régimen.
El Gobierno intentó convencer a los ciudadanos franceses de que aceptar a (querían decir colaborar con) los ocupantes nos beneficiaba.
Volver a la escuela, los refugiados regresando a París, comer en restaurantes…
siempre que no te molestara tener a oficiales o soldados alemanes bramando y eructando en la mesa de al lado.
Si no, te veías aislado de toda vida social.
—¿Y los que resistían? —pregunto.
—No eran tantos como les gusta mostrar a los cineastas.
Tras la violenta represión de la protesta estudiantil en L’Étoile en noviembre de 1940, la gloria de la Resistencia armada no se materializó hasta finales de 1942, más o menos.
La operación de Lance a finales de 1940 fue especial porque él vio lo que ocurrió en Bélgica y en los Países Bajos y sabía qué esperar de los ocupantes.
Así que reunió una pequeña célula formada por Jarnak , Yvette y su hermano Alain , y otros dos hombres.
—Si la Resistencia era, como mucho, irregular —digo—, ¿cómo se involucró un arqueólogo estadounidense con Jarnak y los demás?
— Lance reclutó a Alain para su operación después de pillarlo intentando empeñar un Degas falso que había copiado en el mercado negro para comprar comida para su familia.
Vio la oportunidad de aprovechar las habilidades artísticas del joven para falsificar nuevos documentos de identidad para quienes los necesitaran a medida que la guerra se alargaba.
Jarnak era un viejo amigo de Marruecos con un pasado dudoso, y los otros dos eran estudiantes de la Sorbona deseosos de hacer algo más que imprimir panfletos antinazis.
—¿E Yvette ? —pregunto con un brillo travieso en los ojos.
—Quieres saber si Lance tuvo un romance con Yvette . —Una sonrisa curiosa se dibuja en sus labios rojos—. Nunca supe si lo tuvieron, mademoiselle .
Su respuesta me parece propia de otra época, cuando el decoro mandaba y un toque de misterio sobre el pasado canalla de un hombre aumentaba su atractivo.
—¿No quiso saberlo?
—No.
Simple. Directo.
De nuevo, siento el frío. Pero este es distinto. Como si protegiera a Yvette . ¿Por qué? ¿Qué fue de ella?
Vale, me he pasado de la raya. Planteo con cuidado la siguiente pregunta.
—Así que allí está usted, madame , identidad nueva, color de pelo nuevo, armada hasta los dientes para luchar contra los nazis y sin encargo todavía, n’est-ce pas?
Asiente.
— Oui , c’est vrai . Es cierto.
—Y mientras suspira por Lance , despega su nuevo trabajo en la Casa Doujan y sienta las bases de sus asombrosas contribuciones a la perfumería durante y después de la guerra. —Resoplo—. Guau. Me muero por oír el siguiente capítulo.
Algo en mi parloteo debe de haberle hecho gracia. Se ríe y luego me toma la mano y la aprieta.
—Nunca me echo atrás ante un desafío, mademoiselle . Mi viaje empezó cuando entré en el mundo fantástico del perfume bajo la tutela de un caballero honorable de Budapest.
—¿Quién era, madame ?
— Oskar Zunz , la nariz más increíble que he conocido.