La chica perdida en París Capítulo 19
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Capítulo 19

Angéline

Perfume:

Madame D

Rosa amarilla, frambuesa, miel

—¿Lista, Angéline ? Hoy es el día.

Yvette me besa en ambas mejillas; su aliento es dulce.

Chocolate. Su debilidad. Los alemanes aún no lo han racionado, como sí han hecho con la mantequilla, el queso y los huevos…

La carne será lo siguiente. La vida en el París ocupado transcurre con un ritmo constante y rutinario.

Empezamos a sentir los efectos del racionamiento mientras los «escarabajos verdes», como solemos llamar a los soldados alemanes en voz baja, se comportan como muchachos henchidos de hormonas, entregándose a la «decadencia de París» en cabarets y burdeles mientras el resto de nosotros sufrimos.

Siento que la ansiedad me empeora.

Tres semanas. Cuatro días. Eso es el tiempo que llevo saltando por ventanas, aprendiendo a falsificar el sello oficial nazi, a practicar el arte del chantaje, a birlarle la cartera a un oficial alemán desprevenido, a disparar una pistola y apuntar siempre al corazón…

«Sé abrir cerraduras», le recuerdo a Lance .

Eso le arranca una sonrisa poco frecuente.

En cuanto a mí, el entrenamiento intensivo me deja a veces agotada, otras veces me inquieta y otras me pongo a temblar como la pandereta de mamá.

Me imagino en una situación peligrosa con un grupo de nazis…

o, Dios me ampare, de la Gestapo … Cierta confianza, y después un miedo que desboca mi imaginación.

¿Cómo reaccionaré? Lo extraño es que, antes del entrenamiento, me lanzaba a por todas sin vergüenza ninguna y hacía lo que fuera.

Ahora tengo que pensar primero y rezar para no equivocarme.

Mon Dieu .

Luego, el arte sutil de la persuasión. Lance cree que el manejo de armas y explosivos es vital para un agente, pero más aún lo es alimentar de desinformación al enemigo y extraer información sin que se dé cuenta.

Podría oír a un oficial nazi mencionar un Renoir en un piso destartalado o ternera del mercado negro arrojada al borde de la carretera tras un accidente.

«Eso ocurrió», dice. La ternera abandonada condujo a información sobre una reunión secreta nazi.

La gran cantidad de carne iba destinada a un restaurante de cinco estrellas en París, lo que indicaba que allí se reunirían oficiales alemanes.

Se colocó a un agente como camarero para recabar inteligencia y se interceptaron órdenes de Berlín para arrestar a un conocido empresario, dando a la Resistencia tiempo para sacarlo de Francia.

Lo asimilo, dudando que vaya a toparme con información tan incendiaria trabajando en una perfumería.

Nunca subestimes a los boches, me repite Lance cada día. O estarás muerta. Peor aún, acabarás en manos de la Gestapo .

Asiento, aprieto los puños. Me muerdo el labio. Me cuesta mucho no soltarle que me busca la Gestapo y que, si me atrapan, el comandante me ejecutará sin pestañear. Él mató a mamá. No puede salirse con la suya… Tengo que hacer esto.

Me empleo más a fondo y el estrés me está matando.

Y lo empeora mi creciente atracción hacia un hombre que solo me ve como un activo, no como una mujer.

Lance es un instructor implacable, rige mi vida de la mañana a la noche.

« Bonne nuit », dice, y luego me besa en la frente.

Como a una niña. «Mañana empezamos de nuevo».

Eso es todo. Nada de abrazarme, nada de besos apasionados. Mantiene las distancias y tengo la sensación de que así es como va a ser. Así que me aguanto. No puedo irme, de modo que he decidido ser la mejor agente posible. Incluso tengo un nombre en clave. Mimosa.

¿Y si los boches no se van nunca?

No puedo creerlo, así que no lo creo.

Estoy lista para mi misión, le digo a Yvette (su nombre en clave es Swan ).

Conseguir un puesto en la Casa Doujan y luego informar con regularidad a Jarnak en la casa de empeños de cualquier cosa que vea u oiga y pueda ser importante.

El astuto prestamista transmitirá esa inteligencia a Lance .

Qué pasa después con ella, no me compete saberlo.

El viento sopla con brío a nuestras espaldas, las banderas con esvásticas del Hôtel Meurice flamean con la brisa cuando nos dirigimos a la tienda en la rue Saint - Honoré , un buen paseo desde el apartamento de Yvette en la Orilla Izquierda, en la rue du Sommerard .

Duermo en un catre plegable que montamos en la cocina durante el día.

La portera curiosa no tardó ni un segundo en irrumpir cuando me mudé.

Yvette le dijo que soy su hermana de Lyon de visita.

Refunfuñó, pero se quedó conforme, aunque no nos parecemos en nada.

Yvette es castaña clara, en contraste con mis mechones teñidos de negro azabache.

París está lleno de informantes y no me cabe duda de que comunicó mi «visita» a la policía local y a la Gestapo , como exige la ley.

Yvette dice que no me preocupe porque tiene «protección».

En concreto, Frederic Antoine Baptiste .

Es el hijo de Jean-Claude Baptiste , propietario de la Casa Doujan .

Yvette me presenta a Frederic cuando sale disparado por la puerta después de plantarle un beso húmedo en la boca…

Luego coquetea con todas las dependientas, alardea de que llega tarde a un almuerzo en el Ritz con un general nazi y «No lo olviden, mademoiselles , vendan muchos perfumes hermosos hoy. Heil Hitler ».

Me estremezco. Era lo último que esperaba oír en la tienda. Empeora cuando aminora el paso lo suficiente para preguntarme si me gustaría un frasco del último perfume que ha creado.

—Es inmune a tus encantos —ronronea Yvette , respondiendo por mí.

Aún no he recuperado la voz tras oír el temido saludo nazi en boca de un francés.

—Está aquí para ver a tu padre por un trabajo. ¿Está ocupado?

—Ester está con él, frunciendo sus labios rojos y seduciéndolo con su propio perfume para sonsacarle otro adelanto de cincuenta mil francos.

—Me guiña un ojo—. A mi futura madrastra no le importa que haya guerra.

Es una experta en conseguir que mi padre haga su voluntad.

Pero tú, mademoiselle , solo necesitas una sonrisa para que un hombre se enamore de ti.

Me besa ambas manos, y luego las retiene más de lo que dicta el protocolo.

Debería apartarme, pero hay una advertencia implícita en su agarre.

Que mi destino depende de él. Me obligo a no mostrar enfado en la mirada, pero no es mi rostro lo que le interesa inspeccionar cuando su mirada desciende. Con una sonrisa presuntuosa, dice:

—Bien, apruebo tus… cualificaciones. Estás contratada, ¿ mademoiselle …?

Alzo la barbilla con orgullo.

— Angéline de Cadieux .

—Hasta que nos volvamos a ver, ma belle Angéline . À bientôt .

Y se marcha. Dejándome a un lado como el café patético que nos vemos obligados a beber desde la Ocupación.

¿Por qué no me sorprende que sea un engreído con aires de superioridad?

Apuesto, con pelo oscuro y bigote recortado, pero demasiado pulcro, demasiado relamido.

Apostaría a que duerme con boina para mantener el brillo del fijador.

Su padre, en cambio, es un caballero de otra época, de cuando duquesas y baronesas honraban la tienda con su presencia y sus bolsos, y reinaban el susurro de la seda y el aroma a lavanda.

—¿Qué necesitas, Yvette ? ¿Un nuevo libro de ventas, muestras de perfume?

Monsieur Baptiste no levanta la vista de su escritorio, abarrotado de papeles, frascos de perfume, bocetos publicitarios. Y un atomizador a medio llenar. Incluso desde lejos percibo rosa búlgara y madera de cedro flotando en el aire de una rociada reciente.

Embriagador, intenso.

Ester, claro.

Yvette sonríe.

—¿Podría hablar con usted, monsieur ? Es importante.

—Estoy ocupado; los nazis están arrancando nuestros campos de flores para plantar sus malditas patatas, ¿qué pasa?

—Quería presentarle a mademoiselle de Cadieux , una vieja amiga del colegio que ha venido a París para ayudarme a celebrar mi cumpleaños…

— Mademoiselle … —murmura, tachando cifras y escribiendo otras nuevas en un bloc.

Noto una mancha de carmín en el cuello de su camisa. Hmm… ¿dónde estará esa misteriosa novia? ¿Poniéndose polvo?

— Angéline ha estado viviendo en Grasse y estudiando perfumería en la Maison Fragonard .

—¿ Mademoiselle es parfumeuse ? —Alza la vista, sorprendido—. Qué extraño. Nunca he oído hablar de una mujer en ese puesto.

—¿Extraño, monsieur ? —me atrevo a responder—. ¿No somos las mujeres quienes llevamos el perfume? ¿No deberíamos tener voz en su creación?

No puedo callarme, aunque no tenía ni idea de que Yvette iba a ponerme en el disparadero.

Sí, sé identificar aromas. Sí, preparé pequeños lotes de perfume con mamá y conozco muchas flores, semillas, raíces, hojas y frutos, incluso notas animales, pero sé poco del proceso de destilación salvo lo que aprendí en los libros.

—Bien dicho, mademoiselle . Me gustan las mujeres francas, pero ningún hombre en su sano juicio contrataría a una nariz femenina.

Será por algo —hecho el comentario, arruga el papel en el que escribía y lo lanza a una papelera cercana—.

Soy un pobre comerciante tratando de ganarse la vida en estos tiempos difíciles.

Se hace el modesto.

—Admiro sus perfumes, monsieur , y me encantaría trabajar aquí, en su tienda…

—¿Por qué no la pones a prueba, mon petit chou ? —cuchichea una voz aterciopelada, con el apelativo cariñoso, mientras una mujer alta y sofisticada se desliza en la oficina—. A ver si distingue una rosa de una rata muerta.

Me quedo allí, maravillada ante esa criatura hermosa, aunque me haya insultado: su melena hilada de oro, con destellos rojo rubí, cae sobre un ojo y agranda su misterio.

Zapatos de salón de ante negro y tacón alto, traje azul marino ceñido con botones forrados que acentúa su figura esbelta.

Guantes de cuero azul marino, perlas y diamantes colgando de los lóbulos completan el conjunto.

Debe de ser Ester.

—Lo que quieras, ma chérie .