La chica perdida en París Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

—¿ Mademoiselle ha pasado la prueba, Conde?

¿Prueba? ¿Qué prueba?

Me seco la pena y levanto la vista justo cuando Yvette sale disparada del cuarto trasero, con la mejilla derecha encendida y el párpado caído… como si hubiera estado observándome por la mirilla.

—La ha pasado. Por poco.

El Conde. Está detrás de mí. Me recorre un escalofrío al sentir su aliento caliente en la nuca, aunque su olor se me escapa.

Me incorporo de un respingo y me doy la vuelta, más que intrigada por este giro.

Va de negro, con una pistola en la cintura y el mango curvo de mi navaja asomando del bolsillo del abrigo; lleva mi pulsera en la mano.

Mais non , era el arqueólogo. Ya no hay tweed , ni gafas. Ni la actitud pomposa.

Y sí, me digo sonriendo, es igual de atractivo cuando no está escondido en las sombras. Se ha colado otra vez por la entrada secreta y, sin duda, se ha reído a gusto al presenciar mi desahogo entre lágrimas.

—¿A qué juegas, monsieur ? —se me escapa—. ¿Quién eres? ¿Y esa ridícula farsa?

—Quién soy no importa, mademoiselle . Tenía que asegurarme de tu lealtad, ver cómo reaccionabas ante una situación de vida o muerte.

Si eras capaz de encerrar el corazón y las emociones en una caja y tratar con el enemigo para no levantar sospechas.

Si ibas a dejar entrever tu odio a los alemanes como ciudadana francesa y poner en tela de juicio tu fidelidad al Reich .

O, peor aún, delatar a los partisanos cuya vida dependía de ti.

—Sonríe—. Me has preocupado cuando has dejado ver tu repugnancia por Göring , una temeridad, siendo el segundo de Hitler ; pero te has repuesto al entregar la pulsera con una sonrisa encantadora.

Sé cuánto te ha dolido, pero has demostrado coraje y reflejos.

Y entonces me devuelve la pulsera. Con los ojos nublados, me la aprieto contra el pecho.

No volveré a soltarla, mamá, te lo prometo.

Resplandezco con su elogio; lo deseaba desde que conocí al escurridizo Conde.

Se vuelve hacia el jorobado:

— Mademoiselle es perfecta para el trabajo que tengo en mente, Jarnak . Una chica con glamur. Con su talento de parfumeuse , podrá ganarse la entrada al elitista Alto Mando nazi, moverse en su mundo y circular libremente. Ser testigo de conversaciones a las que ni yo puedo acceder.

—¿Yo? —pregunto.

— Oui , mademoiselle . Los nazis prefieren plantar un ratón gris como operativo, alguien que no llame la atención, pero a menudo los ciega una mujer seductora que les espía. Debo advertirte que el riesgo es mayor en las actividades de alto nivel.

—No tengo miedo, monsieur … ¿o debería llamarle doctor MacBride ?

—¿Ves, Jarnak ? —Sonríe—. Mademoiselle es atrevida, audaz. —Da una vuelta a mi alrededor, admirando mi nuevo aspecto—. Pero también necesita un nombre nuevo, algo glamuroso.

—Mamá decía que le recordaba a un ángel.

—Ah, mais oui , monsieur le Comte —se adelanta Yvette —, como la heroína de la película de Sylvie Martone : Angéline .

—Sí, Angéline te sienta bien. Ahora un apellido… algo que encaje con tu personalidad singular… Ah, lo tengo: Cadieux . De Cadieux , para darle elegancia y clase.

—¿Y qué significa De Cadieux ? —pregunto.

—Tuve un profesor de francés en Boston con ese apellido. Decía que era un honorable apodo en tiempos de Luis IX y que significaba «luchador». —Me repasa con la mirada—. Eso eres tú, mademoiselle .

—Oh…

Se me escapa la sílaba antes de poder contenerla.

Un nombre nuevo. No puedo creer que Tiena haya desaparecido.

Para siempre. Mi pasado es la silueta de una chica romaní desvaneciéndose en la grisura de los ayeres, disolviéndose ante mis ojos, como si me hubiera metido en la piel de otra persona. A donde vaya ella, tendré que ir yo.

Tiena Cordova ya no existe.

Se me llenan los ojos, pero parpadeo fuerte. No puedo llorar por las cartas que me reparte el paso del tiempo. Como decía mamá cuando leía la buenaventura: “Mira a la vuelta de la esquina, no hacia atrás; nunca sabes qué riquezas te esperan”.

Ahora me infunde valor, recordándome que la muerte separa a las familias, pero no borra a los nuestros del corazón. Así me siento. Hago duelo por la muerte de la chica romaní que fui, pero sin lágrimas. No la borraré de mi pecho, me quedaré con su sabiduría, con su pasión por el aroma.

Haré que mamá se sienta orgullosa.

La imagino revoloteando alrededor de este hombre de virilidad natural y sofisticación mundana, preguntándose quién es y qué es…

y cómo ha convertido a su Tiena en una criatura que me asusta y me intriga a la vez.

Me pregunto si podré usar mi don del olfato para engañar a los nazis y hechizarlos con mis perfumes.

No puedo pensar en eso ahora.

Apenas noto que Yvette le da un codazo a Jarnak y ambos desaparecen tras la puerta, dejándonos a solas.

Solo alcanzo a sentir el calor del cuerpo del Conde cuando me acerca y me aprieta contra él, y me abandono.

Su masculinidad desbordante me marea. Sintiéndome sin aliento y mareada, agarro su abrigo como si fuese una capa de invisibilidad y él fuera a desaparecer si no le sujeto fuerte.

Sus ojos oscuros guardan misterio y romance, y algo más.

La promesa de un protector. No lo admitiría nunca, pero por muy fuerte que me obligue a ser, ansío apoyar la cabeza en su hombro, cerrar los ojos y sentirme a salvo en un mundo que ha enloquecido.

Él percibe mi necesidad y me estrecha más en sus brazos.

Entonces, respira en mi oído y ese momento de intimidad me eriza la piel cuando baja el tono y me dice con voz rasgada:

—Bienvenida a la Resistencia, Angéline de Cadieux .