La chica perdida en París Capítulo 17
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Capítulo 17

Tiena-Angéline

Perfume:

No Regrets

Jazmín, flor de tiaré, almizcle

—La pulsera tiene que desaparecer, mademoiselle .

—No, no puedo… No quiero.

Agarro las monedas de bronce y juraría que vibran en mi mano. El fantasma de mamá está molesto…, muy molesto.

—Los detalles son los que cuentan, Tiena. No pasarás por una sofisticada de Lyon llevando esa pulsera gitana. Quieres trabajar en la Casa Doujan , n’est-ce pas? ¿No querrías decepcionar al Conde?

Sabe perfectamente que muero por complacer al escurridizo combatiente de la Resistencia.

Con las manos en las caderas, me fulmina con la mirada hasta que me quito la pulsera y se la entrego a Jarnak .

Él sonríe, satisfecho, y la deja sobre el mostrador, junto a la caja registradora.

Me queda mucho por aprender, dice. Cómo caminar, hablar, sorber el té…

, hasta que esté lista para mi «entrevista».

Conseguir ese trabajo demostrará al Conde que soy capaz de unirme a ellos en su lucha por liberar Francia de los ocupantes.

Aprender a sorber té no tiene sentido, pero ¿qué sabré yo?

—¿Cuánto tiempo tengo que entrenar?

—Hasta que no tengas que hacerme esa pregunta.

La casa de empeños está vacía salvo por nosotros tres; el sol de la tarde atraviesa la puerta de vidrio biselado y enciende con destellos las vitrinas llenas de rarezas. Presiento que Yvette está más entusiasmada que yo… o confía más en mí de lo que yo misma confío.

—El dueño de la perfumería es monsieur Baptiste , pero Frederic insiste en «revisar» a las chicas nuevas. Te puede molestar con sus flirteos y su mano larga.

—¿Quién?

—El hijo de monsieur Baptiste . Debo advertirte que es simpatizante nazi y le gusta pavonearse ante los oficiales de las SS en los cabarets. Después de unos combinados, los jerarcas se vuelven muy receptivos a sus propuestas para la Casa Doujan .

—¿Conoce a muchos oficiales nazis? —pregunto. Un escalofrío me recorre la espalda al imaginarme topándome con el comandante Von Risinger .

—A unos cuantos. Entran en la tienda con sus esposas o sus amantes, exigiendo nuestros mejores perfumes.

—Su gesto adusto se suaviza cuando da un paso atrás para mirarme de arriba abajo, satisfecha con su obra—.

Estás preciosa, mademoiselle . Espera aquí mientras cojo mi sombrero y nos vamos a la Casa Doujan .

Verás el establecimiento, probarás nuestras fragancias y observarás cómo se manejan las dependientas con los clientes.

—¿Está muy lejos?

—Unos treinta minutos caminando por la rue Saint - Honoré .

Sale a toda prisa a por el sombrero. Yo no paro de golpear el suelo con el pie.

No puedo quedarme quieta. Los nervios resquebrajan mi aplomo mientras espero a Yvette .

¿Y si no aprendo a andar y hablar como una parisina sofisticada?

¿Y si no consigo el empleo en la perfumería?

No puedo volver con mi clan. Acabaré en la calle o peor…

Suena la campanilla de la puerta de la tienda.

Entra un hombre alto. Chaqueta de tweed , abrigo largo, sombrero calado.

No le veo la cara. ¿Qué esconde?

El ambiente cambia con la presencia del cliente; la incertidumbre me tensa.

Lo observo revisar las vitrinas de cacharros de plata y pequeñas estatuillas de arcilla, charlando en inglés y en francés con Jarnak sobre lo bien que conoce a Herr Göring y lo que agradecería la plena colaboración del dueño con unos buenos precios.

Luego señala un par de vasijas de vino antiguas hechas en plata.

No puedo evitar oír la conversación porque entiendo el inglés, aunque lo hable poco desde que perdí a papá.

Pide el precio. Jarnak le da una cifra ridículamente baja.

Él asiente, conforme, y al pasar junto a mí apenas me dedica una mirada antes de irse a echar un vistazo a los libros del rincón.

Un aroma extraño me golpea la nariz, pero con todo este polvo de arroz metido en las fosas no lo ubico; aun así, hay algo familiar en ese hombre de espalda ancha que me alborota el corazón.

Sacudo ese hormigueo indeseado y me aparto cuando…

—¿Cuánto por la pulsera, monsieur Jarnak ? —pregunta, haciendo tintinear las monedas de bronce.

Parpadeo dos veces. ¿Cómo? Esa pulsera es mía.

—No está en venta, monsieur . —Le arranco la pulsera de la mano.

Él me atrapa la muñeca; su agarre es firme, no doloroso.

—Por lo que oigo, mademoiselle , en París todo está en venta… si se está dispuesto a pagar el precio.

—No todo, monsieur . —Mantengo la postura.

—Tiene razón, mademoiselle . —Sonríe y me suelta.

No permitiré que este extranjero arrogante confisque la pulsera de mamá.

— Merci , monsieur , si me disculpa, tengo una cita…

—Perdón si he sido brusco, mademoiselle .

—Me corta el paso, sus hombros anchos bloquean la puerta—.

Permítame presentarme. Doctor Langston MacBride , del Instituto A.

J. Seymour de Arqueología y Artes de Boston, a su servicio.

—Levanta el ala del sombrero y hago contacto visual con sus candentes ojos oscuros tras unas gafas redondas de pasta.

Las lentes le dan un aire extraño y no alcanzo a imaginar su rostro sin ellas, pero el timbre grave de su voz me pone en guardia—. Mis amigos me llaman Lance .

—¿También sus amigos nazis?

No olvido su comentario de hace un momento sobre lo bien que conoce a Herr Göring … Me deja un sabor amargo en la boca.

—No tengo quejas de Alemania, mademoiselle , y le aconsejo que haga lo mismo.

—Es usted estadounidense, n’est-ce pas?

—Sí. Llegué a París para adquirir artefactos del siglo xii antes de que los alemanes ocuparan la ciudad. —Se encoge de hombros—. Por fortuna, Herr Göring me ha permitido continuar con mi trabajo.

—¿Su trabajo, monsieur ?

—Soy arqueólogo y crítico de arte del Boston Star —señala como si eso me tuviera que decir algo—.

Estaba en Egipto cuando me enteré de un reciente alijo de espadas, armaduras y vasijas recuperadas de un castillo cerca de la frontera belga.

Dejé El Cairo y vine a París para conseguir permiso para excavar.

Mis colegas en Boston pagarán una fortuna por esas piezas.

—Usted es científico, monsieur —le desafío—. ¿Cómo puede codearse con los nazis?

—Estados Unidos no está en guerra con Alemania. Fue mi día de suerte cuando me crucé con Herr Göring en un museo de Ámsterdam y me pidió consejo para adquirir pinturas de los viejos maestros para su colección privada.

—Querrá decir «saquear» —le espeto.

—Una afirmación peligrosa, mademoiselle … —me mira de arriba abajo—, incluso para una mujer tan hermosa como usted.

Me contengo. Está jugando conmigo, ¿por qué?

—No obstante, imagino que Herr Göring le perdonaría tal indiscreción —continúa, advirtiéndome con voz profunda— si su brazalete de monedas romanas engrosa las arcas del Reich .

—Pero, monsieur …

—¿Puedo examinar las monedas, mademoiselle ?

Mi interior se rebela ante la sola idea de obedecerle, pero mi parte práctica conoce las consecuencias. Además, debo pensar en Yvette y en Jarnak . No haré nada que ponga en peligro su seguridad.

Con la mano temblorosa sostengo la pulsera y las monedas de bronce atrapan la luz de la tarde que se cuela por los cristales.

El arqueólogo se asoma por encima de las gafas para estudiarlas.

—Diría que son de principios del Imperio, siglo iii …

sí, el emperador Constantino… el primero en convertirse al cristianismo.

Fíjese en el detalle exquisito, mademoiselle : la corona de laurel, el perfil.

Estas monedas quedarán de maravilla en el futuro museo del Führer en Linz .

—Alza la vista hasta encontrarse con la mía.

Incluso en la penumbra de la tienda, sus ojos me arrastran a su profundidad—. Me intriga: ¿de dónde la ha sacado?

—De una muchacha romaní —respondo con orgullo— que mendigaba frente a Notre - Dame . La cambió por una hogaza de pan.

—Hay hambre en París, mademoiselle , y la gente hace lo necesario para sobrevivir.

Me lanza una mirada, como poco, desconcertante.

Quisiera evitar sus ojos, pero la romaní que hay en mí no le dará ese gusto.

Me sostiene la mirada, esperando a que diga algo.

Vuelvo a sentir ese cosquilleo, como si ya hubiera bailado este baile.

Me nace el impulso de ponerlo nervioso. Lo observo mejor mientras habla de lo servicial que ha sido el agente de artes de Göring en París al tramitarle los salvoconductos hasta Bélgica.

Barba de uno o dos días, nariz patricia.

No logro leer la expresión en sus ojos ocultos tras las gafas de sol de color gris oscuro.

Debo ser cuidadosa. Si sospecha que la casa de empeños es una tapadera de la Resistencia, traerá a la Gestapo y nos arrestarán.

A Jarnak , a Yvette … al Conde. Debo librarme de él.

Entonces, dale lo que quiere, por mucho que te duela.

Froto las monedas con los dedos, sintiendo por última vez la magia de mamá fluyendo en mi interior, el tintineo musical de su pulsera serenándome.

Luego, el momento se acaba.

Y sé lo que tengo que hacer, aunque me muera de hambre.

—Por supuesto, monsieur ; cómo he podido ser tan tonta. Todo París sabe que Herr Göring tiene un gusto exquisito para el arte. Llévesela. Sin cargo.

No mancharé la memoria de mi madre con el dinero sucio de un simpatizante nazi.

—Los franceses debemos poner de nuestra parte para preservar el pasado… —continúo, «… si queremos tener un futuro sin usted y sus amigos nazis», termino en silencio.

Sonríe, se guarda la pulsera en el bolsillo.

— Merci , mademoiselle , au revoir … Hasta que volvamos a vernos.

Y sale por la puerta, haciendo sonar esa campanilla insistente como un toque de difuntos y llevándose la pulsera de mamá. Tiemblo tanto que me castañetean los dientes. Me dejo caer en el sillón azul y rompo a llorar, con el betún negro derritiéndose en mis pestañas y resbalando por las mejillas.

¿Qué he hecho, mamá? He entregado tu pulsera a un simpatizante nazi. No tenía elección o iban a morir buenas personas.

Rezo para que su fantasma me perdone.