La chica perdida en París Capítulo 16
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Capítulo 16

Angéline

Perfume:

Doujan Glamor Girl

Rosa húngara, jazmín de Casablanca, algalia

—Superar la prueba de olfato con Yvonne fue el primer paso para pasar de chica romaní a combatiente de la Resistencia.

Me transformé por completo: pelo, ropa, manera de andar y de hablar…

Pero ¿sería capaz de engañar a los nazis?

Esa, mademoiselle , era la incógnita, la cual nos trae aquí, al Hôtel Ritz.

—Genial —dice Emma , sonriendo—. Que empiece el show .

Meneo la cabeza. No deja de divertirme con sus americanadas.

Cruzamos el patio desde nuestro hotel hasta el Ritz, esquivando taxis y coches de lujo.

Un pequeño grupo de turistas estadounidenses fotografía el célebre hotel con sus marquesinas elegantes y altos ventanales de cuarterones desde los que Göring asomó la mirada a la plaza, sin saber que en habitaciones secretas se escondían refugiados.

Un guía francés farfulla sobre la historia del hotel y los ricos y famosos que se alojaron aquí, pero no menciona nada de los años de la guerra, como si no hubieran existido.

Me entristece. Tantas vidas sacrificadas, barridas como hojas muertas aplastadas por el tiempo.

—¿Qué mejor lugar para probar mi nueva identidad —prosigo, cargando el ánimo para un pasaje emocional y enlazando mi brazo con el de Emma , quizá para darme valor— que aquí en el lugar de París más famoso donde alternar con los jerarcas del Tercer Reich y las élites parisinas?

—Alucinante, madame , que lo consiguiera.

—Era demasiado ingenua para comprender el peligro que entrañaba —admito, caminando despacio, entreteniéndome más bien.

—Era usted muy joven y, si se me permite, un poco temeraria.

—¿Como tú, mademoiselle ?

Me detengo, la miro. Sonríe.

—Culpable. Por eso le caigo bien.

—¿Quién ha dicho que me caigas bien?

—Usted. O no tragaría conmigo.

Dejo pasar su último comentario mientras nos dirigimos a la entrada.

Claro que tiene razón. Ir del brazo de alguien a quien apenas conozco no figura en el manual de una parfumeuse , pero me resulta natural compartir mis sentimientos con ella.

Ni lo pensé. De todas las reporteras que me han entrevistado, Emma es la más encantadora, con sus curiosos ojos azules y el pelo rubio recogido a presión en una coleta desordenada.

Me planto ante las infames puertas giratorias del Ritz.

—En 1940, cuando crucé el vestíbulo, el ostentoso establecimiento era un hervidero de nazis y simpatizantes franceses; un lugar donde los oficiales alemanes entregaban sus armas al entrar al hotel y el encargado las guardaba bajo el mostrador.

—¿Bromea? —pregunta Emma , y luego ironiza—. Con razón las arañas de cristal sobrevivieron a la guerra. Los nazis no pudieron usarlas de dianas.

Sonrío.

—Y la intriga… Desde la viuda del propietario, madame Ritz, enfrentada con la esposa del director, hasta el grupo secreto de la Resistencia que operaba desde la cocina.

Y luego estaban los simpatizantes: aristócratas, estrellas de cine, figuras de la moda.

Fue un momento fascinante en el que el glamur y la seda se codeaban con el gris verdoso boche rezando por poder lavarse la mancha luego.

Te diré algo, mademoiselle : el olor de la colaboración me recordaba a incienso empolvado y a rosas quemadas de color rojo oscuro.

De pronto, al admitir lo que pensaba entonces, me invaden las mismas náuseas.

No puedo dar ese último paso y subirme al carrusel de puertas giratorias que nos tragará dentro.

En aquellos días, el refinado establecimiento me parecía una aristócrata camino de la guillotina.

Altiva, orgullosa…, pero viéndose obligada a llevar el vestido del año anterior.

Manchada, sucia. Su peluca empolvada y perfumada apestando a muerte.

«¿Cuántos de esos oficiales de las SS tienen las manos manchadas de sangre? —me preguntaba—. ¿Cuántos franceses son también culpables?».

Me siento afligida, de pie ante la entrada, inmersa en mi pasado.

No puedo entrar. Tengo las manos frías. Los recuerdos, calientes.

Ni parpadeo. Debo superar la rabia porque yo no sabía entonces que mi intuición era buena.

Aún quedaban batallas por librar, pero aquel día, al pasear por el Ritz, temí que me reconociera cierto comandante engreído y me enviaran a un campo de concentración.

Miro a Emma . Mordisquea la goma del lápiz, se muerde el labio, y sus ojos destilan una curiosidad que es demasiado educada para pronunciar.

Toma mi silencio como un juego, esperando que diga algo incitante. Como no lo hago, lo dice ella.

—¿Iba en misión secreta para el Conde, madame ?

Sus ojos como platos me hacen sonreír, difuminando mi enfado como una bocanada de humo.

Tiene el don de convertir mis momentos de angustia en algo más profundo, como si supiera que me retuerzo por dentro y quisiera facilitarme hablar del pasado.

¿Un truco de reportera? No lo creo. La chica posee lo único que a menudo imposibilita su trabajo.

Tiene alma.

—Ah, mais oui , mademoiselle , una especie de misión. Peligrosa… y muy secreta —bromeo—. No dejaba de pensar: «¿Llevo bien la peluca?».

—¿Y la llevaba?

—No. Me miraba de reojo en cada espejo del hotel, poniéndola recta, rascándome la cabeza, sujetando una horquilla, clavándomela en el cuero cabelludo y muriéndome de ganas por quitármela.

No me atreví —confieso, y ambas reímos. Le dedico mi mejor sonrisa de «diva del perfume» a pesar de esa sensación incómoda que se instala en mis entrañas como una resina oscura y pegajosa—.

Sienta bien encontrar un respiro para ver el lado ligero de un tiempo tan oscuro, mademoiselle Emma .

Lo que me recuerda que tanto hablar de sufrimiento y aún no te he contado cómo pasé de chica gitana a parfumeuse .

Le gusta que utilice «chica gitana» para referirme a mi carácter díscolo cuando me llamaba Tiena.

Entre nosotras encaja. Un guiño afectuoso que nos pone nostálgicas por aquella muchacha.

Una libertad para hablar sin filtros de mis sentimientos, sexuales o románticos, algo impensable en aquellos años; pero el mundo ha cambiado y disfruto hablando de «cosas de chicas», como dice Emma .

Aunque una parte de mí espera una conexión más profunda, que no me abandone justo cuando estoy mejorando mi vida, liberándome de un pasado que me ha atormentado.

Creo que, cuando haya contado mi historia, necesitaré el apoyo de una amiga para soportar las críticas y los comentarios hirientes que seguro llegarán.

Ojalá sea ella.

Alentada, cruzo la puerta giratoria, maravillándome de cómo ha cambiado la clientela. Grandes damas de sociedad tratan con divas del rock y empresarias líderes.

— Yvette quedó tan impresionada con mi conocimiento de las fragancias —empiezo, asintiendo a varias mujeres que me saludan con sonrisas—, que quiso asegurarse de que me contrataran en la Casa Doujan .

Me impuso un cambio de imagen completo, y luego probamos mi nuevo personaje en el Ritz para ver si podía engañar a los alemanes haciéndoles creer que era una encantadora parisina.

—Ay, qué divertido, madame —se ríe Emma .

Mira de izquierda a derecha, asimilando el lujo del hotel, pero es a la larga galería donde la llevo, con los espejos que se me antojan cristales líquidos que podemos atravesar para ir al pasado mientras le cuento mi historia.

— Yvette me tiñó el pelo más tarde, pero de momento llevaba una peluca de frondosas trenzas negras que realzaban mi piel pálida y mis ojos avellana.

— Ooh là là , me la imagino como la clásica morena de los cuarenta, con tupé y ondas victorianas. —Suspira—. Seguro que estaba monísima.

— Merci , mademoiselle , pero monísima no es como me veo. Más bien como una viajera disfrazada para mantenerme a salvo de los lobos nazis.

—Me gusta. Lo usaré en el reportaje. —Sigue escribiendo.

— Yvette me arregló las cejas en forma de arcos altos y oscuros; me empolvó tanto la cara que mi pobre nariz perdió temporalmente el olfato; luego difuminó un rubor rosa oscuro y me dio luz en los pómulos, y me dibujó unos labios de corazón en un rojo escarlata vivo.

No podía creer que la chica del espejo fuera yo, Tiena Cordova .

Pelo oscuro, vestido ceñido de rayas negras y blancas, zapatos negros abiertos con pulsera al tobillo…

y guantes largos para tapar la cicatriz del brazo.

Por último, me plantó un sombrerito ladeado con pluma.

Lo único que conservé de mi vida romaní fue la pulsera de mamá tintineando en la muñeca.

Observo el cambio en la moda de la galería, pero los espejos siguen igual. Solo ha cambiado lo que veo en ellos. Una mujer elegante en suave seda malva que parece más joven.

Pero no puedo borrar las cicatrices.

Ni de la piel ni del corazón. Aliso la manga de seda sobre el brazo y palpo la cicatriz dentada, tan viva en mi mente como el día que mi padrastro me rajó; y también el número tatuado en el exterior del antebrazo izquierdo.

Algunas exprisioneras lo muestran como una medalla, y lo entiendo; otras se lo han borrado.

Yo lo conservo para recordar lo precioso que es vivir.

—Me enorgullece decir que aquel día recibí muchas miradas de admiración de los oficiales nazis; nuestro paseo por el Ritz a finales de 1940 logró lo que Yvette pretendía.

Especialmente cuando pasamos junto a un oficial alemán que juraría que era el comandante que mató a mi madre.

Reía, flirteaba con una mujer sensual que fumaba en una boquilla de marfil.

No me reconoció y me costó no llamarle asesino.

Sé que mi arrebato la pilla con la guardia baja y la sacude. Claro que hay más deseo que verdad en mis palabras, pero lo soñé tantas veces que quise creerlo.

Desconfiada, Emma alza una ceja.

—Es un gancho fantástico, madame , pero ¿en serio? Ese tropiezo casual con el comandante añade un golpe fantástico a la historia, pero ¿cuán verosímil es? —me reta.

—¿No es privilegio de una mujer de mi edad aderezar el pasado con un poco de inventiva?

—No.

Niega con la cabeza y asunto zanjado.

Eso me gusta de ella. Me sigue el juego, pero hasta cierto punto. Tiene su propio código ético y, aunque yo patalee, ese párrafo no entrará en su historia.

En su lugar, dice:

—Ropa nueva, maquillaje…, hasta color nuevo de pelo para cambiar el aspecto. ¿Funcionó, madame ?

—Sí. Estaba convencida de que conseguiría trabajo en la Casa Doujan con mi nuevo aspecto y las lecciones de Yvonne .

Me enseñó que un perfume ha de evocar una fantasía.

Los frascos, el estuche, los uniformes de las dependientas, la publicidad —la poca que hubo durante la guerra—, incluso el nombre de la fragancia debe despertar un placer o un deseo atrevido. Una cita prohibida.

Miro el espejo tras una vitrina con joyas tan delicadas que parecería que manos de hadas las forjaron.

No veo a una mujer octogenaria sin pegar ojo desde que volvimos a París.

Veo a la chica romaní que no se creía la ultrasofisticada que la miraba con ojos enormes y pestañas embadurnadas con betún negro para zapatos, lo que Yvette llamaba « máscara».

Lo que entonces ignoraba era que esa no era la prueba definitiva, y que aprobara o no dependía de lo que sucediera al volver a la casa de empeños… cuando un desconocido alto y apuesto me hizo una oferta de lo más inusual.

—Entiendo, madame : para vender perfume había que ir glamurosa. Había que ser… un pibón.

—¿Un qué? —pregunto, sin entender. Avanzamos por la galería; quería ser breve, pero me intriga eso de pibón.

—Una sirena seductora. Una mujer con clase.

Ya sabe, uuuf. —Se junta el pecho y pone morritos, haciéndome reír.

Y…, oh, oh, no soy la única que sonríe. Veo a Ryker en el espejo disfrutando del numerito con una sonrisa callada.

Otro gesto sin precedentes, el hombre sí sabe admirar a una mujer hermosa.

Y parece que Emma ha olvidado que no estamos solas.

Se acaba de acordar.

Se le encienden las mejillas, como si se diera perfecta cuenta de que le ha hecho una grieta en la armadura, pero sin hacerse ilusiones de que esté listo para el tango.

Ella no pierde comba.

—¿Podemos volver a lo del tinte, madame ? —resuelve, y le saca la lengua a Ryker en el espejo, quien le dispara una media sonrisa irresistible antes de marcharse.

Virgen santa, estos dos me hacen sentir joven otra vez.

Ojalá lo fuera.