Capítulo 15
Tiena
Perfume:
Heavenly Lace
Hojas de violeta, junquillo francés, miel
Frascos de perfume.
Erguidos y perfectamente alineados en la estantería estrecha detrás de la caja, como elegantes soldados femeninos con un toque de clase. Jarnak los colocó allí después de que le dijera dónde encontrar los perfumes guardados bajo el mostrador, en una caja tallada de marfil.
Estoy que no quepo en mí de la emoción cuando el sol brillante de la mañana hace centellear los frascos como diamantes. No puedo esperar para abrazar sus hermosas esencias.
Pero no hay rastro del Conde.
¿Por qué no me sorprende?
La pena empieza a crecer dentro de mí, una emoción provocadora que aparto y en su lugar me centro en el aquí y ahora. Me desperté antes con un aroma abrumador de café caliente y cruasanes recién hechos. Y mermelada de frambuesa con un toque de limón.
Jarnak me trajo una bandeja y desapareció mientras me vestía.
Qué extraño no oír la madera crujir bajo mi peso cuando dormía…
ni sentir el vaivén del carromato al caer en un sueño denso y oscuro, sin duda por el somnífero del té.
Tuve un instante de tristeza al despertar y aceptar que no volveré a dormir en un vardo.
Aquel espacio acogedor lleno de recuerdos de mamá y papá… , pero enseguida lo aparté de la mente.
Aún tengo que ganarme la libertad.
Aprieto los frascos contra el pecho, abrazándolos como a viejos amigos.
Mandel , Ici y la Casa Doujan . Perfumes que he olido en las Galeries Lafayette o entre cuyas vitrinas de caoba he deambulado en Aux Trois Quartiers .
Las dependientas nos miraban mal y nos decían que nos diéramos prisa, pero mamá las encandilaba con su ingenio y sus dichos de mujer sabia…
y les leía la mano para que me dejaran echarme perfumes de muestra en la muñeca.
Luego yo las deslumbraba nombrando las flores y especias de cada fragancia.
Días grandiosos, maravillosos, que ya no volverán.
El dolor se expande en mi interior, tanto que me duele el pecho.
A duras penas contengo las lágrimas al pasar los dedos por las etiquetas adornadas con letras doradas polvorientas y sin brillo, cuando…
— Bonjour , mademoiselle , comment ça va ?
Una voz de mujer, sedosa y teatral. No necesito darme la vuelta para saber que es la exbailarina.
Esbelta, ágil, con un vestido ajustado de cuadros y grandes bolsillos, abotonado al frente; zapatos negros, el cabello castaño claro recogido en una redecilla; el rostro pálido rematado por una boquita de lazo pulida con un rojo tan oscuro que vibra.
La joven da una vuelta a mi alrededor, echándome un vistazo. Sin duda, por encargo del Conde.
— Bonjour , mademoiselle Pacquet .
—Así que usted es la chica gitana.
—Romaní.
— Pardon . No quise ofenderla, mademoiselle .
Me estaba acordando de la época en que bailaba el papel de una princesa gitana en el ballet; un rol maravilloso, lleno de fuego y romance, con panderetas marcando un ritmo salvaje.
Nunca pensé que conocería a una gitana de verdad.
—Su mirada me desconcierta, pero su sonrisa es cálida—.
Ah, oui , es usted más bella de lo que dijo el Conde.
—¿Yo, bella? ¿Él dijo eso?
Me recreo un instante en la noción infantil de que le gusto, para descubrir enseguida que es más bribón de lo que pensaba.
Ella ríe.
—Sea lo que sea que esté pensando, mademoiselle , no vaya por ahí. El Conde le romperá el corazón.
—¿Le rompió el suyo? —pregunto para tapar mi rubor.
—Reconozco que me enamoré de él. Tan alto y tan apuesto, con una voz intensa y profunda como el vino tinto; los ojos encendidos por un fuego secreto, líquidos y calientes.
Su toque, frío y a la vez ardiente… —Tiritan sus hombros, su faz pálida se sonroja un instante y se apaga—.
No se puede escapar una vez que le mira con esos ojos oscuros y hermosos.
—Suspira—. Pero nunca se fija en mí, mademoiselle . Solo le interesa una cosa.
—¿Ah, sí?
—Solo le importa vencer a los nazis y expulsarlos de Francia. —Hace una pausa—. No sé qué fuerza oscura lo empuja con tanta pasión. —Sonríe—. Quizá usted pueda averiguarlo.
Esquivo su mirada inquisitiva y dispongo los tres frascos antiguos sobre el mostrador.
—Cuando vine aquí con papá, pensé que estos perfumes eran como almas solitarias sin nadie que contara sus historias. Escándalos de damas vanidosas en la rue de Rivoli . Bailarinas del Moulin Rouge . Muchachas enamoradas.
—¿Como usted, mademoiselle ? —pregunta Yvette , descorchando un frasco y arrugando la nariz—. Oh, es fuerte.
—Déjeme oler. —Acerca el frasco abierto a mi nariz y aspiro—. Uf…, es especiado, huele a curry. Diría que este perfume debe de ser de finales de los años veinte.
—¿Por qué huele tan fuerte? Me marea.
—Porque la estructura química de la fragancia se ha degradado con los años.
Pruebo el otro frasco, luego el siguiente. Uno huele a alcohol…, el otro apenas tiene rastro. Me decepciono… ¿cómo voy a demostrar que soy una nariz?
—¿Puede nombrar la composición de este perfume, mademoiselle ? — Yvette se saca de un gran bolsillo de la falda un frasco cuadrado de cristal turquesa con etiqueta dorada de la Casa Doujan .
Husmeo el pliegue del codo para neutralizar la nariz, truco que aprendí de mamá, que lo aprendió de su madre. Luego retiro el tapón e inhalo la lujosa fragancia mientras Yvette comprueba mi precisión con un papel doblado que saca del bolsillo.
—Grosella negra, ciruela china, frambuesa… muy frutal —empiezo—. Luego una nota floral celestial. Jazmín italiano, no, de noche, y rosa de junio suculenta… y una base sensual y duradera de… ámbar, iris e incienso.
Aplaude.
—¡Bravo, mademoiselle ! Perfecto.
—¿Cómo consiguió la fórmula? —pregunto, curiosa.
—Engatusé al profesor Zunz para que me la diera por teléfono.
—Se ríe—. Es el jefe de nuestro laboratorio en Argenteuil y un maniático de las normas, pero un encanto.
Amable. Y tajante con la perfección en sus mezclas.
Cuando le dije que una clienta se quejaba de que le había salido un sarpullido y que quería saber si había musgo de roble en la fórmula, el profesor se alteró tanto que me recitó los ingredientes tan deprisa que apenas me dio tiempo a escribirlos.
—¿Y si alguien en la tienda descubre su treta?
—No lo harán.
—¿Cómo puede estar tan segura, Yvette ?
—Porque soy buena en lo que hago, mademoiselle , en lo que todos debemos hacer para liberar Francia de los ocupantes. —Una sombra de disgusto le cruza el rostro—. Mentir.