Capítulo 13
Angéline
Perfume:
Raspberry Cream
Naranja bergamota, frambuesa francesa, absoluto de tonka
—Uy, me encanta cómo el Conde le robó el corazón, madame —dice Emma —. Qué romántico.
—Además de listo era un granuja. Lo supe aquella primera noche, cuando me encontró escondida en la casa de empeños. Su voz, su olor, todo en él atrapó mis sentidos y los puso a dar vueltas como un derviche.
Saboreo un moca caliente mientras hablo, disfrutando al recordar aquella noche con la reportera neoyorquina en la intimidad de mi habitación de hotel.
Un cuarto que vibra con pan de oro del siglo xvii en convivencia con una escena campestre, ligera y floral, digna de María Antonieta.
Un marco regio para traer a la memoria a un hombre que no tenía nada de regio.
Por supuesto, no se lo revelaré a Emma .
Dejaré que descubra su verdadera identidad como hice yo.
Enfrentándome a él…, desafiándolo a dejarme entrar en su organización clandestina, cuando un simple panfleto antinazi podía costarte el fusilamiento… , y enamorándome de él.
Sonrío a Emma y sus ojos rezuman preguntas, muriéndose por saber la siguiente parte de mi historia.
Y así se la daré.
—Nunca conocí a un hombre tan fuerte y tan seguro de sí mismo, mademoiselle —prosigo—. Y, aun así, no se aprovechó de mí como habrían hecho algunos al encontrarse a una chica tiritando con la ropa mojada y el corazón dolorido. Con una furia por la muerte de mi madre corriéndome por las venas.
—Pero sí la besó, madame —se ríe Emma .
—Ah, ese beso. —Suspiro—. Con los años ha cobrado vida propia cada vez que lo cuento, volviéndose más y más apasionado para mi corazón solitario.
Alors … —me inclino hacia la joven reportera y le susurro con tono de colegiala—, recuerde que ya no soy aquella ingenua romaní que florecía bajo el roce de un hombre.
Desde entonces he gozado de los frutos de la pasión del Conde, así que embellezco ese primer instante como me apetece revivirlo ahora, con la pasión que dominaba a aquel hombre y su talento para complacer a una mujer de formas que nunca imaginé.
Se le abren mucho los ojos.
— Madame …, me… sorprende.
—¿Cree que una mujer de mi edad pierde la capacidad de recordar las manos de un hombre sobre ella?
La pasión perdura, ma chère Emma , si el vínculo que une a los amantes es fuerte y sólido como un cordón dorado anudado.
Solo se enfría si ese vínculo se forja con fibras de paja trenzadas con falsedades y mentiras.
Veo a Emma escribir furiosamente en su cuaderno, haciendo lo posible por atrapar mis palabras. Palabras que siento con tanta fuerza porque todavía lo echo de menos. Su voz, su risa… sus brazos rodeándome.
Dejo la taza. No me sirvo más de la jarra barroca de plata con asa de cisne. En lugar de eso, continúo:
—Con los años me negué a dejar que mis emociones hirvieran en un puchero sobre el fuego demasiado tiempo, con el grano molido quedándose amargo, el gusto burdo, el olor feo y quemado.
Adoraba al Conde, aunque entonces no admitiera que me estaba enamorando de él.
Quería venganza por la muerte de mi madre y no permitiría que nada se interpusiera.
Creía que, si conseguía un trabajo en el mundo del perfume, podría librar la guerra a mi manera: caminar entre el enemigo y seducirlo con aromas para ayudar a la incipiente Resistencia a recabar inteligencia, a hacer llegar información vital a los aliados que, a la postre, ganaron la guerra.
—¿Qué me dice de los combates en las calles de París…, de preparar las defensas cerca de Notre - Dame ? —pregunta Emma , recordando las escenas gloriosas de los noticiarios en blanco y negro.
Niego con la cabeza.
—En el verano de 1940, la Resistencia no era mucho más que imprimir panfletos criticando al Gobierno de Vichy por colaborar con los nazis y protestas airadas contra el Reich . La resistencia armada vendría después.
Bajo la vista hacia mi taza vacía. Me avergüenza admitir que tantos parisinos siguieron la corriente a los ocupantes, cansados de la guerra y agradecidos de que París no hubiera sido arrasada por las bombas alemanas.
—Vi París con otros ojos tras aquella noche en la casa de empeños, cuando entré en la sociedad francesa con una nueva identidad, gracias al Conde y a la encantadora Yvette , a quien jamás olvidaré.
Ella fue una de tantas francesas divididas sobre cómo tratar con los ocupantes.
¿Colaborar o resistir? Para muchas, era mucho más fácil no hacer nada.
—Pero usted no, madame …, usted se plantó.
Sonrío.
—Ojalá pudiera decir que fui tan valiente y fuerte como las mujeres intrépidas que se unieron a la clandestinidad, muchas de las cuales fueron torturadas y murieron en los campos de concentración.
Mais non , no guié a aviadores derribados hacia la libertad por las montañas.
No manejé una radio, ni mi nombre figura en los anales del SOE, la red británica de espías en Francia.
Yo, ma chère Emma , creé perfumes exquisitos que…
Una ola repentina de emoción me obliga a parar.
Mucho después de la guerra, me sentí culpable por no haber hecho más para ayudar a las francesas a escapar de los nazis, por haber seguido mi sueño de crear fragancias.
Entonces oía la voz de mamá —¿entenderá Emma que hablo con su fantasma o me tomará por vieja tonta?
— diciéndome que di a Francia algo que nadie más podía dar.
Coraje. Y eso me liberaba para abrazar lo que hice sin vergüenza.
Jamás olvidaré aquellos años ni el éxito asombroso que alcancé como parfumeuse , ascendiendo peldaños de forma rápida y fulgurante por las circunstancias extrañas que trae la guerra…
, ni olvidaré el desenlace que me condujo a Dachau .
Y a la pérdida de mi hija.
Exhalo hondo y le pido a Emma que me sirva una copa de coñac.
No puedo seguir hasta superar la huella honda de dolor que me oprime el corazón cada vez que recuerdo aquel día en el campo, en el invierno de 1945…
Los copos fríos helaban las largas pestañas oscuras de mi bebé como margaritas blancas la última vez que la abracé.
Reprimo el sollozo… «No puedes derrumbarte, Angéline de Cadieux …
, nunca». Alzo la vista y veo que Emma no me ha quitado los ojos de encima, su bolígrafo parado, las notas que hubiera tomado ya olvidadas.
Cierro los ojos.
—Hablaré ahora de lo que pasó tras aquella noche lluviosa, de cómo olfateé un frasco de Bel Amour 27 para salvar mi triste trasero gitano —bromeo— y del capricho del destino que me llevó a la Casa Doujan , donde empecé mi carrera como nariz y creé un perfume que algunos dicen que cambió el rumbo de la guerra.
¿Exagero? —Le sonrío—. Te dejaré decidirlo a ti, Emma .