La chica perdida en París Capítulo 12
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Capítulo 12

Tiena

Perfume:

Sunday’s Rose

Rosa china, clavel blanco, almizcle

Oigo bajar el martillo de la pistola. Alzo la mano para tapar la luz que me da en los ojos. No veo nada, pero el olor a residuo de pólvora me dice que es un hombre de palabra.

—Es demasiado guapa para pegarle un tiro, Conde.

Es el jorobado, Jarnak .

—Entonces, ¿qué hago con ella? —Mantiene la luz fija en mí, y me impide verlo a él o el arma—. Ha visto y oído demasiado como para dejar que se vaya.

—Podría ser una ladrona que ha intentado robarle, Conde —dice Jarnak .

—No dudo de que la hermosa señorita robe muchos corazones.

—O podría ser una espía alemana.

—Entonces tendré que dispararle.

Me muerdo la lengua. No lo veo, pero lo huelo. Masculinidad abundante y profunda, mezclada con el penetrante olor del tabaco que llena la estancia y con un aroma de almizcle natural húmedo, que me recuerda a un acorde animal.

—Podría ser una colaboracionista —prosigue el Conde—, una bella mademoiselle que se acuesta con el enemigo.

Se acabó. Ya he tragado suficientes insultos.

—¿Cómo se atreve, monsieur , a acusarme de dejar que esos nazis babosos me toquen? —Cruzo los brazos sobre el pecho. No puedo seguir callada, temblando de arriba abajo y preguntándome qué vendrá después—. Los odio aún más de lo que lo odio a usted por acusarme de tal depravación.

—Así que la mademoiselle tiene carácter —dice riendo—. Interesante, pero ¿por qué habría de fiarme? Ni siquiera sé su nombre.

—Tiena Cordova .

—¿Y cómo sé que dice la verdad? Muéstreme su cartilla de identidad.

Aprieto los puños. No puedo enseñarle mi libreta que me señala como z igeunerin, romaní.

—Perdí la cartilla, monsieur .

—Muy conveniente, mademoiselle —dice—. ¿Quién la envió aquí? Quiero un nombre.

—Nadie, monsieur . Vine a París a vender el anillo y la pulsera de mi madre. —Los saco del bolsillo secreto de mi enagua y los alzo a la luz—. Necesito fondos.

—Ah, así que huye de alguien, lo que significa que la estarán buscando. Y eso la convierte en un peligro para mi operación, mademoiselle . ¿Por qué eligió mi tienda?

—¿Su tienda? —Doy un paso atrás—. ¿Dónde está monsieur Bémet ?

—El tendero no tenía estómago para los alemanes y huyó de París, dejándome el negocio.

¿Le creo? ¿O esconde algo?

—Me intriga aún más cómo ha entrado —dice—. La puerta principal está cerrada.

—Me colé por el pasadizo junto a la iglesia, la entrada secreta que hay tras el emparrado cubierto de flores. —Sonrío, el orgullo se me escapa a la boca. He dejado en evidencia al enigmático Conde—. Debería poner un cerrojo mejor.

—Nadie conoce esa entrada.

—Papá y yo veníamos a menudo a vender nuestras mercancías y monsieur Bémet no quería que nos vieran porque…

Echa la cabeza atrás y suelta una carcajada.

—Es gitana… Por eso no quiere enseñarme los papeles… pretende vender las joyas de su madre a un gachó, un payo, lo cual me dice que ha muerto hace poco.

¿Cómo conoce nuestras costumbres?

—Prefiero romaní, monsieur . Mi papá fue un tratante honrado. Le vendió a monsieur Bémet unas monedas y algo de bisutería que encontró cerca de un viejo château abandonado.

—No puedo dejarla ir. Ha visto demasiado. ¿Qué hago con usted?

No hablo. Sufro por dentro, todo aflorando mientras lucho por no mostrar debilidad ni dejar caer las lágrimas. Entonces empiezo a tiritar, a estremecerme por el frío grave que me invade. Lo oigo susurrar al jorobado, que desaparece.

—Es lista, mademoiselle , lo cual podría servirme… A menos que esté mintiendo y me haya seguido tras salir del cabaret.

—¿Y por qué habría de seguirlo? —salto, indignada.

—No sería la primera vez que una mujer no resiste mi encanto.

—No es mi tipo, Conde —miento—. Le juro que venía a esta casa de empeños con papá antes de la Ocupación.

—Pruébelo.

—¿De qué otro modo sabría de la entrada secreta?

—Espionaje.

—¿ Monsieur ? —pregunto, sin entender.

—Ha estado observando a mis hombres…, los ha visto usar el pasadizo… y ahora intenta convencerme de que es una chica inocente para infiltrarse en mi organización.

—Soy una verdadera hija de Francia, monsieur .

—Quiero creerla, mademoiselle , pero de lo que vio aquí dependen demasiadas vidas. Si nuestros planes llegan a oídos de los nazis…, morirá gente.

Oigo un roce a mi espalda y Jarnak vuelve con una capa de terciopelo granate desvaído. Frunce el ceño.

—Podría deshacerse de ella en Père Lachaise , Conde —dice con una risita el jorobado.

—¿Abandonarla en el cementerio? Menudo festín se van a dar los gusanos con tan bonito cadáver.

Es una broma…, ¿no?

Me estremezco cuando me echa la capa sobre los hombros, inmovilizándome los brazos, la suavidad de la tela me abraza con un calor al que no puedo resistirme pese al miedo. Desesperada, rebusco en la mente, intentando decir algo que me saque de este lío, alguna prueba de mi historia.

—Espere, monsieur , por favor… Cuando vine aquí con papá me quedé fascinada con tres frascos que vendía monsieur Bémet . Mandel , Ici y Bel Amour 27 de la Casa Doujan .

—¿Perfume? ¿Y eso cómo probará su historia?

— Monsieur Bémet me retó a nombrar los aceites y esencias de cada uno si quería mermelada extra de frambuesa.

—No es más que otra treta para evitar que me deshaga de una espía alemana.

—No soy espía, monsieur . Soy una nariz —exagero—. Puedo reconocer cientos de aromas… y elaborar los perfumes más hermosos y arrebatadores. Por eso vine a París. Quiero trabajar para la mejor casa de perfumes de la ciudad.

—¿Vestida así?

—Estoy de luto, monsieur .

—¿Con una enagua roja? —se burla.

—Era la favorita de mamá. La llevo para honrar su espíritu.

Se lo ruego, monsieur : déjeme demostrarle cómo desgrané las fórmulas al tendero, desde la nota de salida, al corazón y al fondo.

Le llevaré en un viaje melódico desde el primer soplo de mandarina dulce pasando por el jazmín de noche hasta la hondura apasionada del Evernia prunastri .

—¿ Mademoiselle …?

Sonrío.

—Musgo de roble. Por favor. Déjeme oler los perfumes y sabrá que digo la verdad cuando digo que soy parfumeuse . Sé exactamente dónde escondía monsieur Bémet los frascos para que los clientes no los catasen a escondidas.

Se lo piensa.

—¿Le damos a la señorita la ocasión de probarse, Jarnak ?

El jorobado arruga la cara.

—No tengo brío para salir con este aguacero, Conde.

— Alors , mademoiselle —dice el Conde—, ¿cómo sé que no se inventará una ristra de esencias para engañarme? ¿O que sea parfumeuse y espía?… Aunque me dicen que a Hitler le disgusta el perfume.

—Tiene mi palabra, monsieur .

—¿La palabra de una gitana? —me pica, burlón.

—Me insulta, monsieur . No es mejor que los boches, intentando agruparnos como ganado.

—Tirito. Recuerdo el alarde del comandante sobre librar Francia de gitanos—.

Temo lo que traerá esta guerra para los míos.

Debo plantar cara al enemigo, dar valor a las francesas para que no nos venzan, para que no nos lo quiten todo hasta dejarnos como marionetas del Reich .

—Palabras valientes, mademoiselle . Alors , la someteré a una prueba. Conozco a una experta que puede evaluar sus conocimientos. Yvette Pacquet .

—¿Y cómo sabe que puede fiarse de ella? —le digo presuntuosa.

— Yvette es hermana de Alain , uno de mis mejores hombres. Trabaja para la Casa Doujan , en la tienda de la rue Saint - Honoré .

—¿Es nariz, monsieur ? —pregunto, curiosa.

—No, pero conoce bien sus perfumes, y ese saber la hace popular entre su clientela alemana.

—Se inclina y me susurra al oído—: Mantiene ojos y oídos abiertos para mí, trae chismes útiles para nuestro trabajo.

Su trasfondo la vuelve un activo valioso para derrotar a los nazis.

Por supuesto, si le cuenta una palabra de esto a alguien, la encontrarán flotando en el Sena.

—Cuénteme más de ella, monsieur . —No le permito asustarme. Otra emoción me atraviesa. ¿Podría yo también unirme a la lucha?

—Era bailarina hasta que, en una función, se desprendió un saco de arena desde la tramoya y la golpeó. Acabó con su carrera en el escenario, no con su capacidad de atraer hombres.

—¿Hombres como usted, monsieur ?

Una aspiración brusca me dice que le he tocado la fibra. Su actitud refleja a un hombre consciente de su atracción por las mujeres que no se esconde.

—¿Celosa, mademoiselle ?

Me burlo de la ocurrencia.

—No tengo tiempo para hombres ni romances, monsieur . Mi vida es el perfume y combatir nazis… y vengarme de los boches.

No me sonsaca más, y se lo agradezco. Tirito de frío, con la ropa mojada pegada a mí como piel de sirena.

—Mandaré a buscar a Yvette por la mañana. Mientras tanto, se quedará aquí esta noche. —Se aclara la garganta—. Trae ropa adecuada para la mademoiselle , Jarnak , y enciérrala en el cuarto viejo de monsieur Bémet . No quiero que se escape.

Me entra el pánico.

—No puede tenerme presa aquí.

—¿No puedo? —Aunque oculto entre sombras, siento su mirada taladrándome—. No me deja otra opción.

Me acerco, temeraria.

—¿Y por qué habría de fiarme de usted? Se oculta en la oscuridad.

—¿La mademoiselle tiene miedo a la oscuridad?

—No temo a nadie.

—Teme al amor.

Di algo. No le dejes salirse con la suya, aunque sea verdad.

—¿Por qué no me dice quién es? ¿Por qué no me muestra el rostro a la luz? —contraataco—. A menos que intente atraparme y lleve un uniforme nazi bajo el abrigo.

Siente el latigazo y devuelve el golpe:

—Odio a los boches tanto como usted, mademoiselle , pero quién soy no le incumbe.

—Pasea la luz arriba y abajo por mi cuerpo, deteniéndose donde la soga áspera me apretó las muñecas, dejando marcas rojas—.

¿La torturaron los nazis? ¿Fue la Gestapo ?

Tienen métodos horribles que destrozan sin remedio incluso a la mujer más valiente.

¿Conocía a una mujer así? ¿Está muerta?

—Me lo hizo mi padrastro, monsieur . —Me niego a hablar del comandante nazi. Si sabe que la Gestapo me tiene en el punto de mira, me echará.

—Ahora entiendo. —Baja la voz hasta un susurro fuerte—. Si dice la verdad, mademoiselle Cordova , la ayudaré; y si no…

—Entonces me pegará un tiro.

Se ríe, una risa sensual y liberadora que me calienta el alma.

—Rezo por no tener que dispararle. —Aspira en seco—. Me fascina, mademoiselle —dice; en su tono resuena una mezcla de romance y drama que me paraliza la garganta y me empaña los ojos.

Me arriesgo con una réplica para desviar su atención de mi momento de debilidad.

—¿Entonces no me convertirá en pasto para los gusanos?

—Solo un tonto no querría quedarse contigo —dice con un gemido deliberadamente sensual.

Estamos solos, pero no me resisto cuando me arrastra a las sombras y me estrecha, besándome en la frente.

—¿Cómo se atreve, monsieur …?

Roza mis labios con los suyos, engañando a la nuca con besos aéreos, una travesura perversa, íntima y atemorizante. Gimo, suspiro, su tacto ardiente me golpea abajo, en el vientre, me acaricia con sus manos, y me avergüenzo enseguida de responderle.

Entonces…

—Perdón por la osadía, mademoiselle —me susurra al oído—, pero tenía que desarmarla por su propia seguridad. Y por la mía.

—¿Qué…? —Me llevo la mano a la blusa, busco la vaina prendida al sostén. Mi navaja ha desaparecido—. ¡Ladrón!

—No es la primera romaní a la que beso… A lengua afilada, hoja afilada.

Lo oigo inspirar mientras me suelta, y el profuso aroma de su masculinidad se disipa en una brisa fría. Amaderado, cedro, canela. Oigo una puerta cerrarse.

Y se ha ido.

Y con él, mi orgullo.

«Te ha ganado la partida, ma petite », oigo a mamá en mi cabeza. «Y es peligroso…, pero excitante. Un reto para ti».

—No volverá a superarme, mamá, lo juro —reprendo a su fantasma.

La picardía se apodera de mí entonces, una necesidad desesperada de demostrarle que no soy una gitana salvaje y que puedo ser una parisina elegante.

Alguien carraspea a mi espalda.

—Sígame, mademoiselle , s’il vous plaît .

Me vuelvo y veo a Jarnak con una caja llena de ropa de mujer: un vestido azul oscuro con cuello redondo blanco, ropa interior, combinación color carne, zapatos negros con pulsera, medias de algodón, ligas, incluso un sujetador blanco de encaje como los del escaparate de la rue Cambon .

No protesto cuando el jorobado me encierra en la trastienda. ¿Adónde iba a ir? Es un cuartito acogedor, con una ventanita alta; la lluvia tamborilea en el cristal, hay un catre y un armario vacío, incluso un orinal.

Y una taza de té con limón caliente encima del catre.

—Le traeré comida por la mañana. Bonne nuit , mademoiselle … Dulces sueños. —Se ríe y echa la llave.

Tiro la capa en el armario y, en una danza lenta, me quito la ropa, como despojándome de mis raíces romaníes.

No me queda otra que aceptar el destino que los dioses me han repartido, como una carta de tarot favorable, en esta noche de tormenta.

Pero una tristeza nueva por la chica que fui se instala en mí mientras la lluvia golpea la ventana, en eco con mi corazón.

Me pongo la ropa interior y la combinación pensando…

«esta noche me ha besado un hombre». Y ha despertado algo en mí que jamás había sentido.

Debería asustarme y enfadarme con él, pero no.

Oculta algo… una herida profunda y algo más. Pienso averiguar qué es. Pero no puedo enamorarme. Tengo una guerra que pelear y no necesito que me enrede la cabeza… ni el corazón. Su juego de manos, encontrando mi navaja escondida, me dice que no es un blandengue.

Maldito sea.

Me dejo caer en el catre y lloro. Las emociones me desbordan; la pena se instala en mi pecho cuando confieso al fantasma de mamá que jamás dejaré de culparme por su muerte. Y, sin embargo, me pregunto cómo voy yo, Tiena Cordova …, chica romaní…, a derrotar a los nazis.

Cojo el té caliente y le doy un sorbo. Su dulzor me baña la lengua, pero mi nariz capta una hierba para dormir que me baja por la garganta, un modo de someter a la gitana salvaje.

No me resisto. Agradezco al Conde que no me echara a la calle, aunque me robara la navaja.

Siento calor en las mejillas, pese al frío.

Y tiene razón: sé demasiado de su operación. No puede entregarme a la Gestapo .

Me río por lo bajo.

Mi manía de fisgar me ha salido rentable.