Capítulo 11 #2
Echo un ojo al gran reloj de pie de la esquina, sus números en filigrana avanzando hacia las nueve en punto, y a los objetos en las vitrinas esperando a ser rescatados.
Como almas perdidas en el purgatorio. Sus dueños son los perdidos.
Como yo. Tengo que exponerle mi caso al dueño.
La idea de dormir en un portal bajo la lluvia me hunde el ánimo.
La segunda mirilla resulta más interesante.
Da a un cuarto privado.
Veo a hombres inclinados sobre una mesa larga…
¿y ese es un mapa extendido? Tres hombres hablan acalorados.
No veo a monsieur Bémet . Dos son obreros —boinas, camisas oscuras, cigarrillos colgando de la boca—.
Luego veo a un jorobado de pelo grasiento y largo, un ser feo de orejas puntiagudas, que echa los ojos hacia la mirilla.
Juraría que sabe que estoy aquí… ¿Me habrá visto entrar, me habrá oído respirar fuerte?
¿Y si me delata? Considero esa posibilidad, pero entonces…
— Messieurs , nuestra misión es de máxima importancia.
Voz agradable y masculina, una energía inquieta que imprime urgencia a sus palabras…
, un cuarto hombre, con el rostro oculto para mí.
Contengo la respiración. Nunca vi nada igual a ese hombre oscuro y esquivo, vestido de negro, ocupando su sitio en la mesa, hablando con voz baja y arenosa de líneas férreas, explosivos y horarios.
De cómo ha visto a partisanos en Polonia destruir las líneas de suministro alemanas.
Los dos obreros niegan con la cabeza, no están convencidos, pero él no ceja.
Da una imagen de justiciero, como los bandidos gitanos de los que me hablaba mamá…
, forajidos que recorrían Francia hace un siglo robando a los ricos para dárselo a los pobres.
También lo veo arrogante, un hombre que disfruta el juego de resistir a los nazis.
Rodea la mesa, me da la espalda, pero jamás un hombre provocó tan intensa emoción en mi alma que no puedo hablar, moverme ni pensar.
En mi interior sé que es apuesto y mi parte femenina se embelesa con esa espalda ancha, pero hay algo en la forma en que atrae la atención de los otros que desarma mis defensas.
Es dominante…, tajante en el tono cuando dice:
—Imprimir panfletos difunde el mensaje, da esperanza al pueblo, pero no basta. Hay que golpear sus líneas de suministro… Tenemos ventaja sobre el enemigo, pero no durará… Los nazis tienen espías por todas partes…, no confíen en nadie.
Escuchar eso me lleva a aceptar lo que mi corazón desbocado no concebía hace un minuto: esos hombres luchan contra los nazis como yo… ¿Puede ser? ¿Que no estoy sola en mi osadía de plantar cara a los boches?
¿Serán las almas valientes que imprimieron los panfletos que encontré?
Barajo la posibilidad, el cuerpo me hormiguea de pura energía.
No puedo apartar el ojo del hombre de negro.
Lo estudio mejor cuando gira. Su cara queda en sombra parcial, pero alcanzo a distinguir el perfil en silueta.
Mandíbula fuerte, tallada a cincel. Nariz romana que me recuerda a los guerreros de las monedas de bronce de la pulsera de mamá.
Pelo algo largo que le abraza la nuca como crin de semental.
El cuerpo musculoso rivaliza con cualquier domador romaní que haya conocido y esa voz encendida me abrasa la piel con un calor extraño.
No debo bajar la guardia; tengo que mantenerme al margen…
Se lo debo a mamá. Dio su vida por mí, y el ansia de justicia que habita en mi pecho rebosa con la necesidad de vengarla.
Ningún hombre debe desviarme de ese camino, ni ahora ni nunca.
Debería correr, olvidar lo que he visto, pero el trueno que retumba encima y la lluvia que descarga fuera me hacen dudar.
Explicar qué hago aquí a una banda de espías.
O acabar muriendo en la calle.
Elijo quedarme, y no porque el hombre de negro me guste. Lo que busco es salvar mi pellejo.
Intento concentrarme, entornando los ojos frente a la mirilla cuando me sacudo al darme cuenta con horror de que mi nariz sagrada está a punto de delatarme.
Contengo un estornudo. Por un pelo. La ropa empapada no ayuda: tirito.
Ignoro el frío que me anega y afino los sentidos hacia ese hombre.
No capto su acento… y me sorprende, porque en mis viajes sé distinguir los matices del francés.
Es un hombre imposible de ignorar. Da órdenes con esa voz inconfundible de barítono, de terciopelo, y escucha con atención cuando otro le dice: «Necesitamos armas o nos aplastarán» y «Hacen falta hombres valientes que no simpaticen con el Gobierno de Vichy para llevar a cabo lo que propone, Conde».
¿Conde?
Aprieto más el ojo contra la mirilla, desesperada por verlo mejor.
Extraño lugar para hallar a un aristócrata: una casa de empeños.
Aunque, hoy por hoy, cualquier cosa es posible con los boches por todas partes, exigiendo que los franceses actuemos como si todo fuera normal cuando no lo es.
Por culpa de esa actitud cruel, buenas personas como mamá han muerto.
Espero oír más, ávida de sacar información.
Temo las monstruosidades a las que nos someterán los ocupantes, no solo a las romaníes, sino a todas las mujeres de Francia.
—Así que quieres armas, Alain —replica el Conde—. Tenemos escopetas, rifles de caza, pistolas y…, messieurs , tenemos lo que los alemanes no tienen.—El hombre de negro hace una pausa, enrolla el mapa y lo mete en el bolsillo lateral del gabán—. Coraje.
Aspiro hondo. Otra vez esa palabra: coraje.
Me esfuerzo por oír lo que dice… de que hay que cribar a los agitadores a sueldo, comunistas los llama, palabra que apenas me suena. Luego da ánimos a los hombres, prometiéndoles que los nazis serán derrotados.
—Me reuniré con vosotros y los demás en el punto convenido en…
Ay, no alcanzo a oír cuando baja la voz.
Me muero por saber más de él, de sus planes, pero la reunión termina.
Me pego a la pared, conteniendo la respiración, el pulso disparado cuando los dos obreros pasan junto a mí sin verme en la oscuridad y salen por la entrada secreta.
Gracias a Dios. Giro en redondo y tropiezo con un cajón grande de madera, el bajo de la falda se me engancha en un clavo y pierdo el equilibrio.
Me caigo de bruces al suelo golpeándome la rodilla y me quedo tumbada boca arriba.
Oigo pasos pesados y me llega un olor fuerte. ¿Incienso? Las fosas nasales me arden como si inhalara fuego. Tengo que escapar.
Repto hacia un rincón oscuro y pego la espalda a la pared mientras me incorporo, poco a poco, hasta quedar de pie. Antes de poder respirar, un haz de luz me da en el ojo y ese tono imperioso, ya familiar, me hiela cuando oigo…
—Tenías razón con la mirona, Jarnak —dice con una voz tersa como seda negra—. Lo ha oído todo. No me queda más remedio que pegarle un tiro.