La chica perdida en París Capítulo 11
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Capítulo 11

Tiena

Perfume:

Je Suis Une Femme Dangereuse

Ciruela, orquídea, incienso

La tormenta del atardecer arrecia con tal intensidad que no sé si Dios aprueba o desaprueba mi plan disparatado.

Corro por una calle arbolada de la orilla izquierda hacia la casa de empeños cerca de la rue Saint-Jacques , sujetando unas hojas de papel sobre la cabeza para no mojarme y esquivando los charcos.

Encontré un montón de panfletos de protesta contra los ocupantes, llamando al pueblo de Francia a alzarse contra ellos.

Parecía que los habían tirado a toda prisa en un callejón, y los cogí.

Abrí los ojos de par en par al leer palabras sediciosas contra el Reich en aquellas hojas mimeografiadas con tinta azul corrida.

Ya no me siento sola.

Miro a izquierda y derecha, a todas partes, rezando para que no me sigan, para que nadie me haya visto coger las hojas.

La gente camina chocándose como conejos nerviosos que evitan el lazo del cazador.

Esquivo coches oficiales que ondean banderines nazis y hacen sonar sus cláxones, y salto a un lado cuando un minicoche, requisado por un soldado alemán, surge de la nada.

Me pega tal susto al mirarme que aprieto las piernas y me tapo la cara con la hoja, pero sigue de largo.

Acelero el paso. Se hace de noche… Hay toque de queda… ¿a las nueve? La noche que llega atrapa la luz del día en un saco de terciopelo negro y lo cierra con un lazo. La calle está oscura y amenazante. Un fogonazo de un cigarrillo que se enciende parpadea y se apaga con la lluvia.

Un escalofrío súbito me hace tiritar.

Tengo un mal presentimiento. Hay una desagradable sensación de peligro en el aire.

Se rumorea que la policía militar nazi opera en un hotel de esta zona de París. Un lugar antes lleno de artistas y escritores. Hotel Letitia . Ninguna muchacha decente andaría fuera a estas horas, tan cerca del toque de queda.

Camino deprisa por un pasaje estrecho lejos del hotel ocupado por los nazis, donde abundan fachadas ajadas y comercios de segunda mano con lo que parecen trastos ocupando parte de la acera.

Los pocos transeúntes pasan con el cuello subido y los hombros encogidos, ocultando el rostro, pero yo doy con lo que busco. La casa de empeños.

Se me acelera el pulso.

Más de un curioso me mira. Un cosquilleo extraño me sacude por dentro, como si el fantasma de mamá me advirtiera de un peligro al frente. La humedad de la noche me hace mover los dedos de los pies dentro de las botas. Llevo las medias de algodón empapadas. He cogido frío. Nada más.

Veo una placa de esmalte blanco que proclama que la casa de empeños está en ese sitio desde 1779. No recuerdo haberla visto cuando vine con papá.

«Encontrarás en monsieur Bémet a un hombre honrado, ma belle Tiena, de buen corazón y amigo de los romaníes».

Bajo el alero, pliego las hojas húmedas y me seco las gotas del chal.

La última vez que papá me trajo aquí, nos cayó encima un frío aguacero de la misma intensidad y monsieur Bémet nos dio cobijo por la noche.

Yo tenía catorce y me dejaron boquiabierta los tesoros que vi.

Una trompeta, relojes de oro, joyas exquisitas, una fuente redonda de plata.

Y frascos de perfume.

«¿Quién empeña perfume?», me preguntaba.

Monsieur Bémet me contó la historia de la bella madame de voz sedosa que empeñó sus joyas y pieles para pagar la enfermedad del marido, hasta que solo le quedaron tres frascos de perfumes carísimos.

Se los aceptó como préstamo porque era una señora bondadosa, pero nunca volvió.

En mi alma anhelaba aquella historia, y el amor de ella por su marido, preguntándome si no sería que no podía recuperar los perfumes porque cada aroma le recordaba un instante en sus brazos.

Yo quiero crear perfumes que evoquen esa emoción, ese corazón.

Recuerdos hermosos que perduren mucho después de que el ardor, la pasión que discurre entre un hombre y una mujer, se enfríe.

Sonrío al recordar cómo maravilló a monsieur Bémet que yo supiera nombrar las notas florales y especiadas cuando me dejó oler los frascos.

Jamás olvidé la alegría de inhalar las fragancias de Mandel , Ici y la Casa Doujan .

Cierro fuerte los ojos y meto la mano en el bolsillo secreto de mi enagua, y aprieto la pulsera de mamá en el puño para que me dé suerte. Rezo para que monsieur Bémet dé cobijo a esta chica romaní hasta que encuentre una habitación.

Pruebo la puerta principal. El pánico me golpea y descuadra mis gratos recuerdos.

Está cerrada. No…, no puede ser. No tengo adónde ir, ni dinero, salvo los cinco francos de Faithful Mary .

No me llevarán lejos y aún no sé cómo voy a alquilar una habitación con mis papeles, que me identifican como romaní.

Rezo para que monsieur Bémet se apiade de mí y me recomiende a un conserje que no sea una marioneta de los nazis y quiera hacer la vista gorda.

Un escalofrío por la espalda me dice que el fantasma de mamá no me perdona haber vendido su yegua, pero no puedo pensar en eso ahora.

Miro por el cristal biselado, golpeo el vidrio, pero dentro está oscuro.

¿Qué hago? ¿Resguardarme en el portal hasta el alba, bajo la lluvia?

Algo no encaja… Hay algo diferente… Sí, monsieur Bémet nos hizo usar la entrada secreta a través del convento, por detrás de la iglesia, siguiendo el pasadizo antiguo.

Lo usaron los aristócratas para huir durante la Revolución.

Le dijo a papá que era malo para el negocio que se viera entrar y salir a «gitanos» de su tienda.

Me río por lo bajo. La dudosa fama de los míos me salva.

Voy por detrás de la iglesia y encuentro la celosía atrapada en flores moradas que enroscan sus vástagos en la madera podrida.

La vieja entrada al convento. Tiro de ella y aparece una puerta de madera lisa, oscura y temible como las de los infiernos; giro la manivela, con el corazón a mil… Mon Dieu , está atascada.

Con rabia, le doy una patada y, Voilà , cede. Suelto el aire, y recorro con cautela el pasadizo débilmente iluminado, agradecida por el calor del refugio que me abraza, hasta llegar a una puerta cerrada.

Me sacudo la lluvia y dejo las hojas empapadas en el suelo; luego saco la navaja de la vaina prendida al sostén. Con mano ligera, la inserto entre la puerta y el marco, la hundo cuanto puedo, agarro bien el mango y presiono hacia abajo, empujando la puerta con el cuerpo. No cede.

No pienso rendirme. Cojo el alfiler del pelo.

Papá me enseñó a abrir cerraduras, un truco circense que aprendió cuando lo encadenaban como parte del número.

Introduzco el pasador plateado en la cerradura sencilla hasta sentir la punta tocar al fondo, y lo giro como una llave, sacudiéndolo en el hueco… hasta que gira.

Estoy dentro.

Tiendo el chal mojado sobre una silla escuálida y echo un vistazo.

El olor evocador a canela y a vino fragante me hace cosquillas en la nariz.

Respiro ese aroma agradable, aliviada. Nada ha cambiado.

Me invade una sensación agradable y misteriosa.

Cálida y reconfortante en una noche fría, de lluvia y humedad.

¿Qué tiene esta tienda que me acoge? ¿Habrá venido el espíritu de mamá conmigo?

La echo muchísimo de menos. Se me corta la respiración al recordar cómo me cepillaba el pelo largo y me contaba historias de mujeres romaníes fuertes, cómo siempre había un espíritu romaní para guiarme si lo necesitaba.

Ahora ese espíritu es ella. No me muevo, dejo que su cercanía me inunde, la oigo decir que lo haría de nuevo para salvarme.

Ese pensamiento cálido me deja mecerme un instante en el pasado para cobrar coraje. Qué extraña palabra. Coraje.

Me toca a mí hacer que se sienta orgullosa.

No te fallaré, mamá.

Dejo la autocompasión. Tengo que cambiar de aspecto y para eso necesito fondos. El comandante Von Risinger no olvidará cómo lo humillé. No dudo de que ya ha conseguido que ese hombre de la Gestapo me apunte en su cuaderno asqueroso.

Miro alrededor. No hay nadie en la trastienda. Silencio, oscuridad, salvo una lámpara de queroseno encendida que alguien dejó junto a la puerta para guiarse hasta ella.

No estoy sola… Monsieur Bémet debe de estar en la tienda, con las cuentas… pero, si no, ¿no estaría aquí, en la mesa del fondo?

—¿ Monsieur Bémet , está por aquí? —susurro—. Soy Tiena… la hija de Tony Cordova . La chica romaní.

Nada. Luego oigo ruidos de raspado… Voces de hombres.

Debe de estar, ¿pero dónde? ¿Y con quién?

La tienda está cerrada… ¿Se habrá visto en el lado equivocado de los boches?

¿Lo estarán interrogando? No: se lo habrían llevado.

No quiero creer que sea simpatizante nazi y que he caído en una trampa, con un oficial alemán fanfarrón listo para abalanzarse sobre mí y hacerme preguntas que no contestaré.

Me echo atrás, cauta, planeando. Otra vez mi curiosidad de niña me salva, porque recuerdo haber metido la nariz en todas partes cuando vine y descubrí el secreto del huraño tendero.

Mirillas.

Disimuladas con astucia al otro lado de la pared. Papel pintado de terciopelo con rosas en relieve. Monsieur Bémet tomaba el pulso de París espiando quién entraba y salía de su casa de empeños. Recuerdo cómo pasaba los dedos por el terciopelo mullido y luego me reía al mirar al otro lado.

Ahora pego el ojo a una mirilla y veo la tienda.

Un poco de luz de luna se refleja en el cristal biselado de la puerta y da a todo un halo tenue.

Miro alrededor, curiosa. Un sillón orejero de seda azul está junto a la vitrina, su cojín único, henchido, como si nadie se sentara nunca.

Del techo cuelgan apliques de latón bruñido y alfombras persas cubren el suelo.

¿Dónde está monsieur Bémet ? No veo a nadie.