La chica perdida en París Capítulo 10
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Capítulo 10

Tiena

Perfume:

Her Escapade

Jacinto holandés, clavel rosa, sándalo

Con el viento a la espalda, llevo a Faithful Mary tan rápido como puede por el bosque espeso, cambiando el peso adelante y atrás para darle órdenes, girando la cabeza para asegurarme de que no me siguen.

Me cuesta mantenerme sobre ella; el sudor le cubre la piel castaña como una gasa de seda oriental color bronce.

Cuanto más deprisa cabalgo, más me falta el aire, sabiendo que mi libertad puede ser una mera ilusión y no durar.

Cobro vida cuando monto… Echo de menos a Zeus, su poder para volar sobre la tierra verde al amparo de la oscuridad, cuando todos en el campamento duermen, corriendo sobre patas fuertes más veloz que los dioses antiguos.

Nada puede pararme. Nada. En mi fantasía soy la Reina de los Gitanos, como en las películas.

Osada, intrépida, hermosa. Mais oui , el término cinematográfico me parece romántico y atrevido, aunque a mis congéneres romaníes no les guste.

Pero eso quedó atrás. Debo concentrarme en el ahora.

Huyendo de mi padrastro, me libero del yugo impuesto por mi linaje.

Y, sin embargo, estoy orgullosa de mi herencia y me duele separarme.

Perdonadme, mamá…, papá…, os amo, pero no puedo seguir siendo romaní si quiero sobrevivir a esta guerra.

El viento me empuja al acercarme a París, un viento suave que ruego no lleve mi olor hasta el hombre de la Gestapo .

No me cabe duda de que me busca, así que no me entretengo cuando llego a un campamento disperso y provisional de vardos —carromatos— maltrechos en Saint -Denis, a las afueras del norte de París.

Hago que la yegua pase a medio galope y me tomo mi tiempo para evaluar la situación del modo que mejor conozco.

Oliendo.

Calculo cuántos viajeros hay por el hedor de desechos humanos que me asaetea las fosas. El fuerte olor a aceite de fritura y ajo. Estimo una caravana pequeña, no más de una docena de romaníes. No son franceses. Lo sé por los diseños pintados en sus carros.

Desmonto y dejo que mi yegua se enfríe mientras me acerco al campamento sinti, sin duda huidos de su hogar en Alemania. Agacho la cabeza y, con el mayor respeto, pido hablar con el jefe de la tribu.

Un hombre rechoncho, de barbas largas y pantalones a rayas azules y doradas.

—¿Estás sola, mademoiselle ? —pregunta en un francés macarrónico, fijándose en mi falda negra rasgada y la enagua roja asomando por debajo. Me recojo el chal bien ceñido para que no vea la blusa rota.

— Oui , monsieur —respondo en francés y no en romaní.

Los Litaro no somos siempre bien recibidos por quienes creen que nuestra sangre no es pura—.

Me he escapado para encontrarme con mi amante…

Por favor, tome mi yegua y dele comida y agua.

—Aclaro la garganta—. Ya no la necesitaré y deseo venderla.

Le paso la mano por el cuello, secándola con la punta del chal.

Faithful Mary sacude la cabeza negando, como si la sensible criatura no lo aprobara.

Ese instante me destroza; el carácter definitivo de la muerte de mamá duele más al vender su yegua querida.

No puedo arriesgarme a que me vean con la montura, y menos ese despreciable hombre de la Gestapo .

Con suerte, la caravana irá hacia el sur, a la Zona No Ocupada, donde nadie preguntará por una gitana rubia con una yegua alazana.

No tengo elección. No puedo entrar a caballo en las calles.

He oído en los pueblos que los automóviles están prohibidos y solo se permiten carros de caballos y bicicletas.

París es una ciudad ocupada, con soldados alemanes por todas partes.

Me verían y me enviarían a un campo de trabajo.

El jefe de la caravana niega con la cabeza, se tira del pendiente redondo y grande, pensando.

—Como yegua no vale gran cosa, mademoiselle . Yo ni siquiera la robaría… si fuera ladrón. —Me guiña un ojo y luego me recorre con la mirada, mi cuerpo temblando de tensión—. A mí no me engañas, chica, tú eres romaní.

—No, monsieur —suelto, pero, como cuando te acusan de robar un reloj, no hago más que negarlo—. Me escapé del convento de Santa Mimosa de Bernadette . —Me invento el primer nombre que se me ocurre usando una raíz perfumada.

—¿Con una enagua roja? —se regodea.

Con la barbilla alta, no me echo atrás.

—Vengo del valle del Loira .

—Sea cual sea tu historia, señorita, nunca vi tanto miedo en los ojos de una chica. —Hurgando en el bolsillo, saca unos billetes doblados—. Te doy cinco francos.

—Es un robo —protesto—. He visto yeguas de cría corrientes pagarse a diez veces más.

—¿Ah, sí? ¿Y dónde sería eso? ¿En las subastas del Atelier ? —me provoca—. ¿Es allí donde encontraré a los tuyos?

Cierro el pico.

— Merci , monsieur . Me los quedo.

Con una risotada, me estampa el dinero en la palma.

Cierro el puño sobre los billetes. Un cielo de tarde amenaza lluvia, la humedad del aire me hace cosquillas en la nariz.

Necesito refugio. Con cinco francos no llegaré lejos.

Tengo un plan, gracias a papá y a los viajes que hicimos aquí cuando yo era niña.

Entonces, con una mirada larga a Faithful Mary y un pellizco en el corazón que casi se me deshace en lágrimas, me vuelvo y me encamino al centro de París a pie. El anillo heráldico de granate y zafiro de mamá escondido en el bolsillo secreto de mi enagua roja, junto con su pulsera.

Sacudo la falda y el tintinear de las monedas de bronce me tañe en los oídos una melodía triste.

Diciéndome que no podré volver jamás.