La chica perdida en París Capítulo 9
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Capítulo 9

Angéline

Perfume:

Paris Débutante

Lavanda, rosa húngara, musgo de roble

Miro en el espejo de mano el rostro de una mujer bien desmaquillada y veo a aquella muchacha gitana, asustada, entregada a la Gestapo por su propio padrastro.

—¿Ha conocido alguna vez a un hombre sin alma? —pregunté años después a mi terapeuta, un monsieur callado, con gafas, que siempre llevaba pajarita—. ¿No? Yo sí.

Pasé horas contando los lunares de su pajarita mientras él tomaba notas con letra pulcra.

Hablaba de Zegul , una criatura despreciable a la que jamás se debe perdonar.

Antes me degollaría como a una gallina cacareando que dejarme ir.

Por eso mismo mi padrastro merece el odio más puro, el que guardo en un lugar secreto de mi cabeza (no en el corazón…

esa es la morada preciosa donde habitan mamá, papá y Mon amour), jurando que nunca olvidaré lo que me hizo a mí ni lo que le hizo a mamá, y rezando para que arda en el infierno.

Mi cólera contra él supura, a la altura de lo que siento por el comandante de modales remilgados y por el hombre de la Gestapo que, hasta Dios lo admitiría, fue un diablo negro con forma humana.

Alzo la mano hacia el espejo, sorprendida de lo que veo.

No tiemblo. La mano firme, el corazón con un ritmo sosegado. ¿Por qué? ¿Qué ha pasado? Por lo general, cuando me voy al pasado, al abrir esa puerta aunque sea un resquicio, me pongo de los nervios, empiezo a sudar y a temblar.

Hoy no. Encuentro una libertad extraña, un consuelo que no había sentido, al ir retirando los años con cada pasada del algodón, despojando la fachada que fabriqué para el público.

Entonces Emma suelta la palabra con «g».

—Cuénteme más sobre su vida gitana, madame .

—Eh, ¿cómo dice, mademoiselle ?

Le lanzo una mirada de desaprobación. Para ella es una pregunta inocente. Para mí cala más hondo. Percibe mi incomodidad.

—Oh, Dios mío, madame , no quise faltarle al respeto. —En su voz hay disculpa—. Es solo que hay tanta fascinación con las gitanas y los pendientes de oro. Faldas bohemias, rizadas y bonitas, y joyas grandes, y bailar descalza con música fogosa. Tarán… —Chasquea los dedos.

—¿Quiere que baile descalza? —Alzo una ceja—. ¿A mi edad?

—¿Y por qué no, madame ? —Sonríe—. Usted no es vieja. No podría serlo nunca.

— Alors , mademoiselle , ¿así?

Me quito las zapatillas suaves, me pongo en pie y bailo alrededor del tocador, tarareando una cancioncilla que me enseñó mamá. ¿Por qué no divertirse un poco? Sienta bien soltarse. Lo doy todo, giro y giro hasta quedarme sin aliento y me dejo caer en el taburete.

—¿Qué piensa ahora de esta chica gitana? —pregunto.

Emma aplaude.

—Que es usted más valiente que nadie que yo haya conocido, porque se negó a convertirse en víctima, una mujer maltratada por un padrastro horrible.

La miro en el reflejo, tratando de recomponerme, exprimiendo limón en el té; el bloc amarillo en el regazo, el lápiz apoyado, aunque no dudo de que lo alzará en un segundo cuando yo retome la historia.

Alza la vista, me sostiene la mirada un instante, sonríe al ver la diversión en mis ojos y vuelve a su limón empapado.

Le sonrío también, disfrutando de esta nueva camaradería, pero por dentro voy y vengo en mi manera de encararla.

A pesar de mis reservas, he conectado con ella de una forma que no consigo sacudirme.

Su voz inquisitiva me suena tanto a la de mamá cuando me pedía que no me dejara un solo detalle, y esa manera de olisquear las lociones y cremas que pedí a Marie que le diera para su estancia en París, meneando la nariz, olfateando, las cejas fruncidas, como si descifrara la fórmula de cada mezcla. Melocotón, nardo lechoso, vainilla.

No. Imposible. Será cosa de mi imaginación.

Me seco el sudor del rostro y vuelvo al espejo de mano.

Virgen santa, la sociedad valora mucho la juventud, incluso durante la guerra en los campos de concentración donde estuve presa.

Recuerdo a las mujeres mayores ennegreciéndose las raíces con carbón del fogón para aparentar juventud y poder trabajar…

y vivir un día más. Soy afortunada. Los sueros y las cremas me han mantenido el rostro liso.

Nada mal para una mujer en su octava década, aunque hago un mohín al pasar la mano por el cuello, que se niega a obedecer a las cremas más caras.

No puedo escapar al tirón del tiempo, pero he aprendido a aceptar que Dios, en su infinito conocimiento, ha bendecido a las mujeres de edad imprecisa con algo más valioso que la sabiduría.

La buena iluminación. Borra todos los pecados.

Y eso me hace sonreír. Da igual lo rica o lo famosa que una llegue a ser, nunca escapa al escrutinio de chismosos y críticos…, como si las mujeres ya no fuéramos válidas una vez pasada la primavera.

Emma no tiene idea de lo que ronda mi cabeza mientras se deleita con cuanto ve en este hotel del siglo xvii , antaño residencia de un arquitecto real del Rey Sol.

Le señalé los toques de oro bruñido que adornan las paredes, las hermosas manillas de las puertas, y cómo, cada vez que subo y bajo la escalera de caracol, juraría que percibo un olor intenso a palisandro o un aroma afrutado de tabaco que permanece allí.

Insistí en alojarnos en este hotelito de negocios de la Place Vendôme por algo más que su historia. Me gusta su intimidad. El Hôtel de Vendôme es todo un clásico y, aunque no tan caro como el cercano Hôtel Ritz, tiene un encanto que me atrae.

Me recoloco en el taburete de brocado de seda.

La melancolía no está en el programa de hoy.

Dejo el espejo de mano, miro a Emma , que sorbe su té.

Me espera. La sorprendí antes asomándose en la esquina del pasillo, mirando a su alrededor cuando creía que yo no la veía.

Se le encendieron las mejillas cuando le pregunté si buscaba a alguien.

Claro que buscaba a alguien, pero lo negó con una sonrisa azorada.

No me cabe duda de que esperaba que cierto guardaespaldas irlandés encontrara una excusa para venir a vernos. No lo hizo. Los hombres y su orgullo. Probablemente se muere por volver a verla, pero se lo calla, como hacen cuando una mujer los desafía.

Ryker es un buen hombre, pero también es un hombre con un secreto profundo.

Conoce de primera mano el dolor de la pérdida.

Y yo, que he vivido con ese dolor, sé lo que es capaz de hacerte.

En su caso, empezó a beber, se volvió huraño, cambiando a menudo de trabajo en el ramo de la seguridad, queriendo olvidar, hasta aquel día en Londres en que me rescató.

Es la única vez que me sentí a salvo de nuevo desde que perdí a mi aventurero salvaje, el hombre apuesto que me robó el corazón hace tantos años.

Están cortados por el mismo patrón… o, mejor dicho, hechos con el mismo molde de acero, casi imposibles de desarmar para una mujer.

La belle Emma tiene tarea por delante, como la tuve yo.

Si es lo bastante tenaz para arrancar esa fachada encubridora de desinterés por el sexo femenino.

El hombre está solo, necesita el calor de una mujer, pero antes se arrojaría a las llamas del infierno que admitirlo.

Lo sé. A mí me hizo falta osadía para conquistar a Mon amour , lograr que me viera como a una mujer, no como a una adolescente a la fuga, como se diría hoy.

Y, cuando lo logré, nuestra vida fue gloriosa.

Llena de alegría, risas y noches de pasión en las que rezábamos por concebir otro hijo después de que las SS me arrebataran al bebé…

, tener dos, tres. Queríamos niños para compartir nuestro amor, nuestra fortuna, nuestro futuro… , pero no pudo ser.

Nunca planeé quedarme sola.

No me siento tan sola con Emma aquí, pero no me hago más joven.

He dejado todo previsto para Ryker y Henri-Justin cuando yo falte, para Marie y su prole, y para el resto del personal, asegurándome de que estén bien atendidos.

Me da felicidad. No tengo a nadie más, ninguna familia, algo que fue tan importante para esta chica romaní.

Se me escapa una risita. No dudo de que la próxima vez que Emma y Ryker se crucen dará gloria verlos.

También me divierte que, desde que empezó esta entrevista, he vuelto a disfrutar del cotilleo, de la mermelada de frambuesa y los cruasanes, y de hablar —Dios me ampare— de sexo.

Por primera vez en años, tengo una presencia femenina que me tienta a bajar la guardia.

Anhelo caminar por las calles de París con Emma para que comprenda el rico tapiz de sucesos entretejidos que transformaron a «Tiena» en « Angéline ».

Admito que con los años he dejado de cultivar relaciones, tras haber sufrido las pérdidas tan terribles de camaradas durante la guerra.

Pero me atrae Emma …, me hace reír. Ya no me río desde que Mon amour murió.

Y me escucha con una intensidad que no sentía desde que mamá me acercaba flores y especias a la nariz y yo, con los ojos cerrados, le decía una tras otra lo que eran.

Me imagino que es porque la he invitado a mi pasado. Le he presentado a mamá.

¿Porque ves un parecido en los ojos?

Es bastante arriesgado para una mujer tan vulnerable como yo, pero tampoco quiero renunciar a ello.

Así que no voy a hacerlo.

—¿Qué ocurrió después, madame de Cadieux —pregunta Emma , agitando el lápiz en el aire—, cuando escapó de ese horrible Herr Geller y de su padrastro?

Me relajo, sonrío.

—Llámame Angéline .

—¿En serio? —Se le abren los ojos.

—En serio —repito, sonriendo.

Con ese nuevo acuerdo establecido entre nosotras, me interno de nuevo en mi historia, hablando despacio en inglés, hasta aquel agosto abrasador de 1940, cuando volví a zafarme de la Gestapo .

No siempre tendría tanta suerte…, como recordaré después.

Por ahora, le cuento mi carrera al galope, a pelo, sobre Faithful Mary por la carretera hacia París, esperando oír el rugido de un coche alemán pegado a mis talones y el escozor de las balas rozándome las mejillas.

Mi confianza recién estrenada tropieza cuando echo un ojo a sus notas y leo: «Buscar la forma de decirle la verdad… y recalcar sus raíces gitanas».

¿Qué quiere decir eso?

Me siento mareada relatándole cada detalle.

Aún hay una parte de la vieja yo que se sintió muy herida en el pasado por alguien de la prensa, pero Emma me ha sacado de la cueva con su curiosidad intensa y me ha inducido a revelar una verdad dolorosa…

la de cómo ataqué al comandante y busqué venganza.

¿Lo usará contra mí? Rezo para que no, pero no olvido con facilidad.

No cuando has aprendido a sobrevivir en los campos sospechando que todos espían, engañan… , mienten.

Me rasco esa vieja herida por costumbre, aunque me detesto por hacerlo. Deseo con todas mis fuerzas seguir cabalgando en la cresta de la ola con esta joven encantadora, pero ¿y si me equivoco con ella? ¿Y si escribe una historia para dejarme en ridículo? No creo que pueda soportarlo.

Para calmar mis temores, haré que Henri-Justin indague en su pasado, que averigüe de qué va esta chica americana.

De dónde viene. Qué esqueletos influyen en su escritura.

Mi asistente tiene contactos importantes que pueden cavar hondo y darme más que los típicos datos de nacimiento, educación y empleos.

Sopeso los posibles resultados.

Rezo para que Emma no me defraude.

Emma

Estamos en un punto crítico de la entrevista. Este número asombroso —ver a madame frente al tocador— es tan extraordinario que hasta mi atracción por su apuesto guardaespaldas queda en segundo plano. Me pidió que la llamara « Angéline ». No puedo. La respeto demasiado para ir tan lejos.

Mientras espero a que reúna sus pensamientos, la observo.

No me sorprende que madame me recuerde a la reina de los cuentos con su espejo. Pero, a diferencia de aquella malvada, es la mujer más encantadora, honesta y fascinante que he entrevistado. Mira fijamente el espejo y parece que le va a contestar.

¿Qué ve? ¿A una anciana? ¿O a la chica gitana con agallas?

Me quedo a la sombra, viéndola, aprendiendo más de ella por cómo se aplica la crema en la cara. En sus movimientos vivos hay aceptación de la edad: estira y palpa la piel para lograr el efecto deseado, como si estuviera orgullosa de cada línea que ha dejado el paso de los años.

Cómo pasó los años es lo que me interesa.

Por fin dice:

—Me estaba observando.

—Sí —no lo niego.

Me he pasado la vida metiéndome en la vida ajena, leyendo entre líneas durante una entrevista, averiguando qué intentan ocultar.

Y esta estrella por derecho propio me está mostrando el alma al dejarme verle la cara al natural.

Se necesita mucho valor para exponer cada poro y arruga, cada mancha y pestaña rala. Me está acogiendo en su círculo.

Una iniciación a su mundo secreto.