La chica perdida en París Capítulo 8
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Capítulo 8

Tiena

Perfume:

Chocolat Noir

Chocolate marroquí, naranja dulce, vainilla

—Exijo, en nombre del Tercer Reich , que me entreguen a la gitana llamada Tiena Cordova .

La sangre me retumba en las venas al reconocer esa voz.

El hombre de la Gestapo .

Su tono fanfarrón, que ordena obediencia, me llega nítido. ¿Y ahora qué? Estoy atrapada dentro de mi carromato. Mi única salida es deslizarme por la trampilla oculta bajo el cajón de almacenaje.

No tengo mucho tiempo. El corazón se me dispara, estoy sudorosa y ardiendo…

, la piel de las muñecas enrojecida y en carne viva de tanto forcejear por soltarme.

Reptando por el suelo, doy con un pedazo grande y afilado de vidrio y empiezo a serrar la cuerda gruesa que me ata las muñecas y me sujeta a la pata redondeada de la estufa.

Entonces aparece él.

Y aún no estoy libre.

Tenso la cuerda, la estiro al máximo para asomarme por la ventanilla lateral. Siento el escozor del reconocimiento al confirmar mi peor sospecha. Sí, es él. El hombre de la Gestapo del crucigrama. De algún modo, ese hombre espantoso me ha encontrado. ¿Cómo?

—¿Quién es usted, monsieur ? —Oigo la voz de mi padrastro, en un tono más bravucón de lo que cabría esperar ante la policía secreta alemana.

¿Por qué esa puesta en escena? ¿Qué juego se trae?

— Herr Avicus Geller , monsieur , de la Gestapo .

Zegul sonríe:

— Bon . La policía francesa me aseguró que recibiría una compensación por mis actos. Creo que tenemos negocios que tratar.

—Yo no hago negocios con gitanos —brama Herr Geller .

—Ese no fue el trato, monsieur . —Aprieta los puños, un gesto temerario—. Me dijeron que me recompensarían por ayudar a capturar a la chica.

¿Qué? ¿Él ha traído aquí al alemán?

Oigo la frustración en la voz de Zegul mientras yo sigo serrando la cuerda con el vidrio…

Froto las hebras ásperas que me cortan la piel desnuda y me amarran a la estufa.

Me quedan minutos…, segundos… antes de que Herr Geller me halle y descargue sobre mí la ira de todo el Ejército nazi.

Contengo las lágrimas de rabia; el sabor salado me llega a los labios y me produce náuseas.

Tengo que soltarme…, escapar.

—¿Recompensa? —ríe Herr Geller —. La buscamos por agredir a un oficial del Tercer Reich . Le sugiero que la entregue de inmediato —exige el hombre de la Gestapo —. O arrestaré a todo su asqueroso campamento nómada.

—¿Qué garantía tengo de que nos dejarán en paz? —insiste mi padrastro.

Recula. Es más práctico de lo que pensaba. Por otra parte, es sabido que la policía francesa tiene a los nuestros bajo arresto domiciliario para mantenernos fuera de las carreteras y no entorpecer a las fuerzas alemanas.

—Es cometido del préfet local apresar Zigeunerin , gitanos, y le aseguro, monsieur , que reciben órdenes de mí. Le aconsejo trasladar su campamento cuando terminemos nuestro trato. Tráigame a la chica.

—La encontrará atada en mi vardo, el carromato azul con estrellas pintadas.

Asiente.

—He de estar seguro de que es ella. La chica que busco —dice con voz despreocupada— tiene una cicatriz en el antebrazo izquierdo.

—Sí.

Tú me hiciste esa cicatriz cuando intenté proteger a mamá y me cortaste.

—Por lo demás, ¿está intacta, tal como prometió?

Oigo un gruñido fuerte y luego mi padrastro:

—Se lo juro. No la he tocado.

Herr Geller desdeña:

—¿La palabra de un gitano? Bromea.

—Lo juro por mi vida. No la he tocado.

— Gut .

Me aparto de la ventana y me muevo deprisa, con el corazón desbocado, hincando el maldito vidrio en la cuerda, tratando de seccionarla…, rezando por tener una oportunidad…, esperando a que la puerta salte de golpe…

Siento la caricia de la mano de mi madre en la mejilla y me niego a creer que sea la brisa que entra por la ventana y me enfría la piel. El fantasma de mamá…, su susurro instándome a seguir con la cuerda para poder escapar por la trampilla oculta. Dándome valor.

No demasiado pronto.

Afuera oigo a los dos hombres enzarzados, regateando la recompensa por entregarme.

Zegul es, sin duda, un bastardo, pero jamás pensé que caería tan bajo.

Venderme para llenarse la panza y comprar prostitutas.

Debe de ir borracho; ¿por qué si no iba a discutir con la Gestapo ?

Por fortuna para mí, me da más tiempo. No oigo pisadas de botas pesadas acercándose.

Nadie más se ha atrevido a salir de su carromato, esperando, preguntándose… qué les ocurrirá a ellos.

Zegul sigue con su juego, exigiendo que le paguen.

Estúpido. Lo fusilarán si no se calla.

Aprovecho su codicia a mi favor, apurando el tiempo que los dioses me han concedido, recordando su mirada cruel y lujuriosa arrancándome la dignidad, llenándome de rabia para estirar las hebras de la cuerda, que se van deshilachando poco a poco, retorciéndolas hasta que…

La cuerda cede.

Estoy libre.

Tiemblo de alivio. Merci , mamá.

Los instantes siguientes son un borrón: arranco mi navaja de la madera, la meto en la vaina sujeta al sostén y agarro un chal verde con flecos.

Me niego a ser víctima de ese hombre. Abro la trampilla oculta bajo el cajón de almacenaje, rogando ser lo bastante delgada para pasar.

Soy más alta y ancha que mi madre y rezo para que mis curvas no sean mi fin, para poder deslizarme por el hueco estrecho.

Dejo caer el chal por la abertura y cae sobre la tierra. Respiro hondo. Cuelgo las botas por el agujero cuando…

Oigo pasos crujir sobre la hierba, más cerca…, más cerca.

Contraigo el vientre tan fuerte que casi me desmayo; me quito la falda negra de tafetán con volantes y las enaguas rojas, las dejo caer por el hueco y luego me meto…

, me empujo por el agujero con pololos puestos.

Apago las voces masculinas airadas que me retumban en los oídos; me imagino a mi padrastro demorándose antes de descorrer el cerrojo, exigiendo la recompensa, creyendo que puede burlar a la Gestapo …

Es su estupidez la que me salva cuando oigo…

El sonido seco de un disparo de pistola y el alarido de un hombre.

Luego la orden helada de Herr Geller de abrir la puerta ya.

No puedo esperar un segundo más. Doy un último empujón, me raspo los brazos contra la madera y caigo de culo sobre la tierra dura.

Cojo la falda, las enaguas, el chal, y echo a correr, adentrándome como una flecha en el bosque hasta el escondite junto al arroyo donde atamos los caballos.

Allí encuentro a Faithful Mary , pastando un montón de heno como si me esperara.

—Sssh, chica, tranquila —le cuchicheo al oído mientras engancho la brida que cuelga del árbol; luego me monto a pelo, me coloco para mantener el equilibrio y partimos a través del bosque hacia París como una criatura mítica que corre sobre el viento.

No vuelvo la vista atrás.