La chica perdida en París Capítulo 7
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Capítulo 7

Angéline

Perfume:

Paris Starry Night

Rosa blanca, lavanda profunda, pachulí

Traer a esta reportera, Emma Keane , a París ha sido un error.

Sí, me he soltado la melena y ella no ha aflojado en todo el vuelo: me sonsacaba con su sonrisa, me halagaba y, mon Dieu, escuchaba cada palabra que decía, apuntándola con una caligrafía ampulosa.

Aun así, estoy tentada de devolverla en el siguiente vuelo a Nueva York nada más aterrizar.

Una cosa es concederle una entrevista, recitar fechas y lugares propios de películas en blanco y negro, pero su encantador y peculiar modo de preguntar me ha dejado temblando, como un cuenco de consomé frío que se tambalea.

Le he contado cosas de mi vida romaní que no he contado a nadie.

Maldita sea. Esa chica tiene una habilidad pasmosa para sacarme las entrañas con su particular franqueza, preguntando con esa mirada abierta como si estuviéramos leyendo juntas un cuento de hadas y a ella le entusiasmara escucharme.

O es una reportera endiabladamente buena o…

¿O qué?

No lo sé, pero con ella siento una comodidad extraña, que me facilita soltarlo todo mientras se sienta a mi lado, aferrándose a cada palabra.

Como si para ella significara más que otro relato de guerra y sacrificio en la hora más oscura de Francia. Como si fuera más que una reportera: una mujer en busca de algo.

Daría lo que fuera por conocer su verdadero motivo para aceptar mi propuesta.

Imagino que espera que la conduzca a una historia mayor, un «libro de confesiones perfumadas», pero, si es eso lo que busca, se decepcionará.

La ropa sucia que la Casa Doujan guarda en las sombras ahí se quedará.

Me avergüenza haber cerrado los ojos todos estos años a la marcha del negocio porque no superé un corazón roto.

Pensaría cualquiera que después de todo lo que he pasado —los nazis fueron lo peor— no bajaría la guardia.

Pero la vida encantada que disfruté tras la guerra se vino abajo como una avalancha hace unos años, y me conformé con quedarme sepultada.

Hasta el gran deshielo. Y tuve que enfrentarme a la realidad.

Que estoy sola… otra vez… y que me voy a pasar el resto de la vida sola.

¿Sabe lo deprimente que es eso para una mujer en su octava década?

Nadie lo sabe, a nadie le importa. Podría irme la semana que viene y la prensa diría: « Angéline de Cadieux vivió una vida larga y hermosa».

Punto. Nada sobre el dolor, el sufrimiento.

O, Dios me ampare, podría llegar a los 104 y vivir cada maldito día sola.

Enderezo los hombros cuando el avión toma tierra con unos botes y una ráfaga de viento.

Mi historia no ha hecho más que empezar.

Salimos del avión por el puente de embarque hacia la terminal de llegadas.

Con una amplia sonrisa de labios rojos, asumo mi «lugar en el mundo», como decía mamá.

Hablar de ella durante el vuelo ha hecho aflorar recuerdos maravillosos que había dejado desvanecerse, recuerdos tan refrescantes como un espray de fragancia de limón con una nota de salida de suculenta corteza.

Hablarle de ella a mademoiselle Keane ha sido como si estuviera contando la vida de otra persona.

Aún no te has enfrentado a la vida sin mamá… La vida a la fuga con los nazis pisándote los talones… Auschwitz … Dachau .

Oh, Dios… No puedo volver a pasar por eso. No puedo.

Tropiezo con la goma del suelo; culpo a mis tacones inestables.

Emma acude en mi ayuda, empeñada en llevar la sombrerera redonda y azul que conservo desde los cincuenta, cuando dejé mi huella en el mundo del perfume.

No pesa, pero me gusta llevarla porque evoca otra época en que viajar era una aventura real.

Siempre me fotografía la prensa cuando llevo esa sombrerera.

Ahora la lleva Emma y no me inquieta. Qué raro. Me sonríe y se adelanta, buscando a Henri-Justin . Exhalo, posponiendo la decisión de mandarla de vuelta.

Me hace reír.

Llegamos a la terminal llena de chóferes con uniforme negro o gris, guantes negros, gorras, y esos omnipresentes carteles blancos con el nombre del pasajero.

Mi conductor de siempre, Marcel , me espera.

Se levanta la gorra y me dice que él recoge el equipaje y que espere aquí. ¿Dónde está monsieur Henri-Justin ?

Conociendo a mi asistente, ya estará montando guardia junto al Citroën negro, en la acera. Pero se me cuela en la cabeza un «¿dónde se ha metido Emma ?».

Entonces la oigo decir:

—Tiene usted muy poca vergüenza, monsieur , intentando robar el bolso de madame .

Mon Dieu …, ¿qué es esto?

Me vuelvo y veo a Emma forcejeando por mi gran sombrerera con un hombre alto, oculto por los pasajeros que me tapan la vista.

—Me temo que se equivoca, señorita… —dice él.

—La dejé en el suelo un segundo…, un segundo…, para mirar el móvil y usted va y la agarra.

—No sabe con quién habla.

—Ah, sí que lo sé —responde Emma —. Se arrima a la jovencita mona que acompaña a la grande dame famosa y luego le roba las joyas.

—¿Y cómo sé yo que usted no es una ladrona de joyas haciéndose pasar por reportera?

—Porque no sería tan idiota de hacerlo delante de testigos. — Emma resopla—. Suelte el bolso o le machaco.

—Sería divertido.

—Si cree que no puedo tumbar a un tipo de su tamaño…, pruébeme.

—No… me… provoque.

El hombre sale de la sombra y yo me echo a reír.

Ryker , por supuesto. Un soldado roto, un hombre solo, lo que los americanos llaman un heartbreaker .

Le muestra a Emma una arrebatadora sonrisa irlandesa que desbarata sus mejores intenciones —lo admita ella o no—.

Hay que reconocérselo: no se achica ni se derrite cuando mi audaz y apuesto escolta privado avanza sobre ella, cada vez más cerca…

Mais oui , está cediendo. Ya ha olido el aroma que creé para él.

Regaliz…, ciprés y cuero untuoso.

Una sonrisa amplia me tira de los labios rojos.

Me calienta el alma verlos en su tira y afloja, los cuerpos encendidos, las voces roncas y bajas…

, las miradas clavadas el uno en el otro.

A él se le encienden los ojos como ámbar negro, desafiándola; los labios se le curvan en un gruñido sensual. Ella alza la barbilla, desafiante.

Ninguno se echa atrás.

El olor de la caza flota en el aire con un chorro femenino de rosa exuberante que lo tienta, aunque me pregunto quién caza a quién.

Emma no tiene idea de que está lidiando con un consumado artista marcial, exespía y oficial de las Fuerzas de Defensa de Irlanda, y Ryker disfruta cada segundo de la farsa. Es lo más parecido a una sonrisa que le he visto desde que entró a mi servicio hace ocho años.

Agradezco en silencio a mis antepasados romaníes por traerme a este hombre de espíritu quebrado, pero más duro y más listo que cualquier otro equipo de seguridad que haya tenido.

Conectamos cuando Ryker me salvó de una agresión a la salida de una refinada boutique londinense: un matón me arrancó del cuello un collar de diamantes a plena luz del día.

Me desmayé un instante; el episodio me devolvió, de golpe, a 1944, cuando un guardia de las SS en Auschwitz me arrancó el sujetador durante una inspección y yo le planté cara, desafiante.

Desde aquel día en Londres, no volví a llevar joyas en público.

Insensata de mí, había rechazado un dispositivo de seguridad para un acto de fragancias diciendo que yo no era tan importante.

La realidad es que no soporto que me sigan: secuela de la guerra, cuando la Gestapo a menudo me respiraba en la nuca.

Sin embargo, la aseguradora insistió en que tuviera protección y, sin avisarme, se puso en contacto con una empresa y me asignó a Ryker .

Aun con lo bien parecido que es, ni lo vi.

No solo es bueno en su trabajo: además habla francés.

¿Por qué? Nunca lo cuenta…, el dolor es demasiado grande.

Lo convencí para que trabajara para mí como mi guardaespaldas personal y jamás me arrepentí. Al contrario: somos almas gemelas.

Ambos tenemos demonios en el pasado que aún no hemos vencido.

Reconsiderándolo, abandono mi resistencia a continuar la entrevista con mademoiselle Keane .

No puedo seguir cambiando de idea de un lado a otro.

No soy de rendirme. No la enviaré a casa.

Además, no he visto a dos personas atraerse tanto desde que conocí a Mon amour .

No me perdería esto por nada: revivir la dicha de la juventud, descubrirse y enamorarse; me hará falta un desahogo agradable para afrontar la siguiente parte de mi relato.

Debo desenterrar un encuentro sórdido y feo que me pone de los nervios; me pregunto de dónde saqué el valor para renunciar a todo mi viejo mundo romaní y poner rumbo a París.

No digo nada cuando mademoiselle Keane y yo subimos al Citroën negro, con Henri-Justin frente a nosotras. Me río por lo bajo. Ahora a ver los fuegos artificiales cuando Ryker se suba al coche y se siente delante con Marcel .

—¡ Madame ! —chilla Emma —, ¡ese hombre que va delante es un acosador!

— Mademoiselle Keane —digo sin pestañear—, me gustaría presentarle a Ryker …, mi guardaespaldas personal.

—¿Su guardaespaldas? —Cruza los brazos y se inclina hacia delante para que Ryker la oiga—. No me ha dicho ni una palabra y me ha dejado hacer el ridículo.

—Seguro que no es la primera vez que se pone a dar voces cuando no consigue lo que quiere.

Su mirada directa hacia Emma anuncia episodios de tormenta. Ay, mon Dieu . Nunca había visto a este hombre en esta faceta…, emoción en bruto donde creí que no había ninguna.

—Yo no hablaría mucho si fuera usted, señor Ryker . De angelito no tiene nada. Lo vi en el Waldorf arreando a esas mujeres como si fueran vacas lecheras.

—Me llamo Ryker … a secas.

—Llámese como quiera, pero yo no soy una chica débil a la que pueda encandilar y desarmar con esa sonrisa. Soy una reportera de Nueva York y allí lo que acaba de hacer es toda una declaración de guerra. ¿Enterado?

Veo cómo Ryker dobla sus defensas. Aprieta los puños, el caballero de armadura toma posiciones, aunque más para blindarse contra el dolor. Tenía razón: la joven americana le está tocando la fibra. La vie est bonne . La vida es buena.

—Si así lo quiere, mademoiselle Keane . —Se vuelve y le da instrucciones en francés a Marcel , que apenas puede contener la risa.

Sonrío. Ah, ser joven otra vez, cuando comienzas una aventura romántica: ese aleteo en el vientre que no cesa y la emoción que embarga todo tu ser. Me siento mejor que en años. No tan sola… aunque sea por un rato.

Esto va a ser divertido. Ahí están los dos, intentando ignorarse, pero veo a Ryker mirar a sus espaldas cuando cree que ella no lo ve.

Es un romance en ciernes aunque ellos aún no lo sepan…

Yo sí. Porque yo fui joven y estuve igual de enfrentada a un hombre que me pareció el más pomposo, arrogante, peligroso…

que había conocido, y luego me enamoré de él a finales del verano de 1940, cuando…

Tomo aire y me recojo las emociones antes de ponerme lacrimógena y hacer el ridículo… tengo asuntos que atender.

Me recuesto en el asiento mullido del coche para prepararme a contarle a Emma la siguiente parte de mi historia, distanciarme del rosario de hechos infames que ocurrieron después de que mi padrastro, Zegul , intentara violarme.

Su mente sucia y su hedor me hundieron en la desesperación cuando, a la tarde siguiente, apareció en nuestro campamento un desconocido.

El hombre de la gabardina negra.