La chica perdida en París Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Me encojo en un rincón con un temblor inquietante en los huesos. Entiendo: quiere adueñarse del carro de mis padres y asegurar su puesto en el consejo casándose conmigo.

—No me casarán con un bruto como usted. —Le escupo a los pies—. Me da asco.

Alzo la barbilla, convirtiéndome en un blanco fácil cuando alza la mano y me abofetea. Duro. Me encojo; me arden las mejillas.

—Cuida esa boquita, ma fille , o sentirás el latigazo de mi soga en la espalda desnuda.

Hace restallar la cuerda gruesa en el aire con un fuerte chasquido. Estoy temblando. Como sabe que no me acostaría con él por las buenas, pretende intimidarme con la soga.

Me niego a que me amedrente. Sí, le tengo miedo. Maneja el látigo con fuerza, fácil para un hombre de espalda ancha acostumbrado a domar caballos.

Lo odio.

—Le pido que salga de mi carro, Zegul … ¡Fuera!

—¿Tu carro? —Se ríe, la barriga le tiembla—. Tú y el vardo me pertenecéis. Esta noche yacerás conmigo, ma belle .

Antes de sopesar las consecuencias, antes de poder detenerme, dejo salir de golpe toda la frustración que me devora desde que el alemán me apuntó con la Luger : el dolor de cuanto he sufrido cobra su precio.

Me cuesta centrarme en otra cosa que no sea explotar contra mi padrastro, hacer lo que sea para impedir que me viole. Pero tomo un camino nada sensato.

—Bastardo… No es mejor que el comandante nazi que mató a mamá.

Frunce las negras cejas. Parece genuinamente sorprendido.

—¿De qué demonios hablas?

—Él no pudo tenerme, y usted tampoco.

—Me dijiste que fue un accidente.

Las náuseas me golpean. Retuerzo las manos en la falda de luto. ¿Qué he hecho?

Da un trago a la botella de coñac.

—Maldita idiota. Estamos perdidos si los nazis vienen a buscarte. Vi lo que pasa en las calles de París con quien se les cruza, con quien siquiera respira su odio a los alemanes. Nos pegarán un tiro.

Entrelazo las manos en oración.

—No puede contárselo a nadie…, por favor.

Un ruego débil, pero estoy desesperada.

Sonríe ávido.

—Debería echarte a los perros, pero esa loca historia me hace desearte más. Tomar lo que el nazi no pudo. —Hincha el pecho—. Desnúdate o lo haré yo.

No pienso hacerlo. Si me lleva a la cama, nunca me dejará marchar. ¿Pero cómo puedo frenarlo? Resistirme lo excita más…, suplicarle no sirve de nada. No, debo apelar a su masculinidad romaní, de la que tanto presume.

—Es un hombre fuerte y viril, Zegul , capaz de conseguir a cualquier mujer incluso con unas copas —digo, acercándome a la caja de frascos con las hierbas especiales de mamá—. ¿Por qué no tomamos un brandi juntos?

—¿Beberías conmigo?

—¿Por qué no? —Sonrío, rogando que tenga tanta urgencia por el alivio sexual que no se dé cuenta —o no le importe— mi dulzura complaciente—. Hará conmigo lo que quiera por mucho que yo diga. Mejor mato el dolor.

Ríe.

—El amor es odio, ma belle … Cuando pase el primer dolor, me rogarás que no pare.

Un escalofrío me atraviesa. No, hacer el amor no es eso… ¿o sí?

De espaldas a él, vierto láudano de un frasco en un vaso alto, con las manos temblando. ¿Cuánto tiempo podré evitar que me toque y que viole mi cuerpo con su lujuria repulsiva?

Debo huir…

Antes de echar el brandi, me tumba el vaso del mostrador; se hace añicos contra el suelo del carro, en pedazos grandes y puntiagudos.

—¿Creías que soy tan tonto como para caer en tu juego, Tiena?

—No permitiré que me toque, Zegul , ¡no!

—No tienes elección. Te deseo y te haré mía ahora.

Me agarra por detrás e intento zafarme, pero me inmoviliza los brazos contra el cuerpo, sacude la soga y me la enrolla en las muñecas atándomelas a la espalda.

Aprieta tanto que se me clava en la piel desnuda de los brazos y las muñecas, dejándome indefensa.

Luego saca mi navaja de la vaina dentro de la blusa y se la mete en la cintura.

Seguro de que no puedo cortarlo, me manosea los pechos y gime:

—Eres tan suave, Tiena… No puedo esperar a…

Me resisto con todo mi cuerpo, pero es más fuerte. Me arroja al suelo; el carro se mece bajo nosotros como una cuna.

No puedo usar las manos, pero sí puedo escupirle al ojo cuando intenta besarme; lo sorprendo.

Eso me da la oportunidad de alzar la rodilla y darle una patada fuerte en la entrepierna, provocando que su enorme barriga le haga perder el equilibrio…

Su orgullo varonil está hinchado de violento dolor, no de deseo.

—Puta asquerosa —grita con la voz quebrada y el potente cuerpo encogido en un ovillo—.

Te crees demasiado buena para mí, como tu madre.

No lo eres. Tengo donde elegir: chicas deseosas de meterse en mi cama.

Rogándomelo. —Gruñe, resuella; el fuego en sus ojos me deja claro que no ha terminado conmigo—.

Vas a lamentar no haberte portado bien, Tiena.

Te vas a arrepentir. Pero antes tengo asuntos que atender.

Furioso por mi desafío, me lanza un gruñido e incrusta mi navaja en la puerta, fuera de mi alcance.

El muy bastardo.

Me esfuerzo por liberar los brazos de la cuerda anudada.

—No puede encerrarme aquí.

Se ríe; ata el cabo de la soga a la estufa negra de queroseno.

—Aunque te sueltes, no escaparás a tu destino, ma fille . Eso te lo prometo.

Luego echa el cerrojo por fuera, y me deja con el miedo de lo que traerá el amanecer.