La chica perdida en París Capítulo 6
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Capítulo 6

Tiena

Perfume:

Blue Rose

Rosa azul del desierto, violeta, vainilla

Hoy he ido en contra de la tradición romaní para el tránsito de la vida a la muerte.

Bajo un cielo hinchado de nubes oscuras a punto de estallar, deposité a mamá en su último descanso.

Sin llantos ni ceremonia, sin procesión ni pompa.

Rezo para que su mulo, su fantasma, comprenda mi decisión.

Me vi obligada por el destino más cruel.

Nunca olvidaré las palabras de monsieur Du Monde cuando regresé al establo para recoger el cuerpo de mamá después de que la escoria nazi se marchara.

—Debe irse, señorita, y no volver jamás —gritó horrorizado al irrumpir por la puerta trasera del establo y dedicarse a calmar a los caballos—. Se ha ganado un enemigo peligroso en el comandante Von Risinger , un hombre que no olvida una cara, y menos una tan hermosa como la suya.

Por lo que entiendo, el nazi se marchó airado tras mi huida, desdeñando el incidente como si fuera una trivialidad mientras mi madre yacía muerta en un charco de su propia sangre.

A ojos del alemán, mi gente, mi mamá, maldito sea, no cuentan más que una pulga muerta.

Lo que me hace estar alerta es saber que el comandante anda por ahí, con mi rostro clasificado para exterminio en esa mente puritana suya.

Monsieur Du Monde me ayudó a envolver a mamá en una manta caliente, acomodando sus trenzas largas y cruzándole las manos sobre el pecho.

La blusa blanca teñida de rojo por su sangre realzaba la frialdad del rostro y la hacía parecer tan joven.

Cuando la tumbamos sobre el lomo de Faithful Mary , di gracias a Dios de que el comandante dejara atrás a la yegua alazana.

Qué ironía.

No merecía la pena molestarse por ese animal.

Ahora, cuando las primeras gotas de un cielo lloroso me humedecen las mejillas, debo aceptar que estamos en guerra con el régimen más inhumano al que nuestro pueblo se ha enfrentado jamás.

Se rumorea que la Policía francesa presume de haber resuelto el «problema gitano» internando a nuestro pueblo en campos de la Zona No Ocupada.

¿Y aquí, en el norte? Si es cierto lo que dijo el comandante y las escuadras de la muerte nazis recorren el campo francés buscando romaníes, mi vida pende de un hilo de plata.

Un hilo tan frágil que, si llega noticia a las autoridades francesas de una «caravana gitana» que viaja a la vista por los caminos para enterrar a una mujer romaní, caerán sobre nosotros.

La fortuna nos favorece porque los gendarmes locales son lentos echando el guante, pero el comandante nazi es capaz de rastrearnos y detener a todo el clan si nos dejamos ver.

Y enviarnos a los campos de trabajo de los que hemos oído hablar.

Mamá nunca encontraría la paz.

Suelto un largo suspiro. Qué silencio hay aquí, en la forêt de Chouffard , apenas una brisa susurra el adiós.

Casi es la puesta del sol y me golpea el aroma maduro de la flora estival en su apogeo.

Me rodean pétalos amarillos, morados y blancos bajo un dosel de árboles verde lima que nos protegen de cualquier mirada.

Solo me acompañan en el entierro mi amiga Hannah y sus dos hermanos mayores.

Mi padrastro, Zegul , se marchó ayer a una feria de caballos al sur de París, aunque es peligroso para cualquier romaní viajar.

Casi ni parpadeó cuando le conté mi historia: que a mamá la había disparado un cazador anónimo confundiéndola con caza mayor.

Una muerte honorable a ojos de los romaníes, pues suelen vilipendiarnos en los anales de la ley cuando acabamos en el extremo equivocado de la soga.

Decir que la mató un nazi traería más dolor al clan y no devolvería a mamá.

No paso pena por que se vaya. El fantasma de mamá lo mantiene alejado de mí.

Nunca me fie de él. Sus manos permaneciendo en la curva de mi espalda, susurros calientes en mi oído.

Me repugna. Por ahora, lamento no poder darle a mi madre un funeral romaní en toda regla.

Un tributo para despedir al ser querido con recuerdos y algunas pertenencias que celebren su vida bien vivida: sus vestidos de colores, sus joyas cautivadoras.

La tradición me obliga a cubrir el espejo oval del carro y vaciar la vasija de agua, vestir faldas de tafetán negro y blusa negra (yo he añadido una enagua roja de encaje; a mamá le encantaba el rojo).

No peinarme ni lavarme; no comer. Beber solo café y brandi, aunque huyo del licor. Necesito tener la cabeza despierta.

El cielo retiene la lluvia el tiempo justo para enterrarla y así depositamos a mamá en una ladera de tierra rica, violetas silvestres y flores. La dejamos descansar en un bosquecillo enmarañado de ramas caídas con tantas hojas que el lugar queda cubierto con un manto de terciopelo verde.

Nadie la buscará aquí.

Pero yo siempre sabré dónde está.

Mi tiempo para llorar a mamá dura poco.

Una semana después, cuando el sol arrogante chamusca la tierra con calor insufrible, oigo las botas pesadas de mi padrastro subiendo los peldaños desconchados de madera de mi carro. La puerta se abre de un portazo y se planta allí, una botella de coñac en una mano y una soga basta en la otra.

—Te he esperado dos años, Tiena. Ya no aguanto más.

—No sé de qué habla —miento.

Pero sí lo sé. Yo tenía quince cuando el vagabundo fanfarrón se unió a la caravana, grande y fuerte, con ojo inquieto para caballos y mujeres.

—¿No? Debería haberte llevado a la cama entonces, pero tu madre se me ofreció en tu lugar, me emborrachó y me convenció de casarme con ella. —Resopla—. Ahora la situación ha cambiado y te quiero a ti…

—¿Qué clase de demonio es usted? —exclamo, dándole la espalda, conteniendo la rabia—. Mamá está muerta y ¿solo piensa en sexo?

Ignorando mi ruego, se me acerca por detrás y me sopla en la nuca. A pesar del calor, tiemblo.

—Eres más hermosa que tu madre, Tiena. —Me husmea y una sensación viscosa me hace rascarme los brazos como si vinieran gusanos a darse un festín—. Y hueles como los ángeles.

Nunca imaginé que mi padrastro me obligaría a llegar tan lejos.

—Y usted huele al infierno —replico—. Coñac y tabaco de clavo.

Me aparto, pero me tira hacia él; sus manos, ásperas y dolientes, recorren mi cuerpo arriba y abajo, deleitándose en mis pechos.

Le hundo los codos en los brazos. Fuerte.

—Si me vuelve a tocar, Zegul … —saco la navaja— le abriré un boquete en el corazón.

Se ríe.

—No tienes agallas, Tiena.

—Pruébeme. —Gruño como una loba defendiendo la camada.

—Baja la navaja.

Avanza hacia mí. Yo retrocedo y bajo el arma, rebajando la amenaza un punto, rezando por poder razonar con él.

Querría gritarle que no es mejor que el comandante nazi, un hombre con la arrogancia de una víbora siseante arrastrándose entre un rebaño de ovejas, pero me callo.

No me fío de que el oficial alemán no avise al hombre de la Gestapo y venga a buscarme, sin duda para ponerme en las casillas de su crucigrama bajo la definición de «muerta».

No le quito los ojos de encima; en sus pupilas negras, inyectadas, leo cómo saborea por adelantado el tenerme retorciéndome bajo él, acto que juro que no sucederá jamás.

Debería separarme de la caravana y hacer mi camino.

El carro no es de mi padrastro, es mío, pero no dudo de que lo reclamará, pues mis padres han muerto.

A diferencia de la mayoría de los romaníes, él es desalmado y no cree en los fantasmas de los nuestros, que se ciernen cerca, vigilándome y juzgándolo.

En su mente pregunta: ¿quién se va a enterar?

Nadie sabe que nuestra caravana se dirigió hacia el sur, hacia París, tras escapar de la última redada de la policía francesa.

Por suerte para nosotros, la gendarmería ha estado demasiado ocupada apaciguando a sus jefes nazis como para hacer cumplir el decreto de primavera que ordena internar a todos los «nómadas» —incluidos los romaníes—, y acampamos junto a un château abandonado, devorado por las malas hierbas y la historia, un lugar olvidado.

Me sacude un nuevo dilema cuando susurra:

—Nos casaremos, Tiena, como quería tu madre.

—Mamá jamás querría eso para mí.

—Es tu palabra contra la mía. —Se medio reprime la risa—. Ahora guarda esa navaja.

—Lo haré, pero espero que cumplas el luto romaní.

—Vuelvo a esconder el arma en su sitio bajo la blusa, desesperada por evitar cualquier contacto con él.

No soy tonta. Es temperamental y fuerte.

No me fío. Agito mi falda negra de tafetán con volantes para dejarlo claro—.

La costumbre manda vestir de negro, cuidar su tumba y recibir a quienes vengan a velarla.

Enumero todo lo que se me ocurre, salvo vender sus pertenencias a un no romaní para cortar los lazos materiales y que pueda descansar en paz.

Sin duda, mi padrastro se quedaría el dinero.

He puesto a salvo su anillo heráldico de granate y zafiro junto con la pulsera de monedas antiguas de bronce en un bolsillo oculto de mi enagua roja.

Conozco a un hombre en París a quien puedo vendérselos…

«guardián de sueños», lo llamó papá cuando me llevó a la casa de empeños; un hombre de fiar, pero debo esperar.

Es demasiado arriesgado que una romaní entre en la ciudad estando llena de alemanes.

—No hay tiempo para tus estúpidos rituales.

Se me encoge el estómago cuando se limpia la boca con el dorso de la mano. Me doy la vuelta, pero no evita que me lama la nuca con su lengua babosa; huele no solo a clavos y coñac, sino a una absenta nauseabunda.

Sigo hablando, rezando por ganar tiempo para pensar, actuar.

—Tiene que irse, Zegul , ahora. Nuestras enseñanzas espirituales prohíben que un hombre sin lazo de sangre se quede a solas conmigo en mi carro.

—No temas, Tiena, me casaré contigo, pero no esperaré a que un maldito cura del pueblo me dé permiso para tomar lo que ya es mío.