La chica perdida en París Capítulo 5
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Capítulo 5

Emma

Perfume:

Séduction de Noir

Jazmín de Casablanca, nardo, pachulí

Me dirijo hacia la parte delantera del avión y, tan absorta en la historia de madame , me estrello de lleno contra un hombre que viene por el estrecho pasillo. Uf, es como chocar con un saco de boxeo.

— Pardon , monsieur —digo, intentando sonar francesa.

Un olor de seda gris, aroma de cítricos, almizcle…

¿y eso es regaliz? Alzo la vista. En un instante, el mundo se me pone patas arriba.

Oh, no, él no. No puede ser. El señor Traje Gris.

Aquí, en este avión. Torturándome con su descortesía.

Y con su buena planta. ¿Cómo ha subido sin que lo viera?

Claro que yo estaba tan pendiente de no meter la pata con madame que debió de escabullirse.

No necesito esto. No lo quiero.

Nuestras miradas se cruzan a través del pasillo.

— Mademoiselle —dice con desdén.

—¿Qué retorcida mala suerte lo ha puesto en este vuelo?

—Podría preguntarle lo mismo —replica con una sonrisita.

No le daré el gusto de que use esos ojos azules de mirada penetrante para ponerme en mi sitio. Su aire de príncipe me irrita incluso a esta altitud. Alzo la barbilla.

—Solo hay una razón por la que está aquí. Está acechando a madame de Cadieux .

—Podría decir lo mismo de usted. —Vuelve a dedicarme esa sonrisa, aunque con preguntas grabadas en el gesto.

Me tomo mi tiempo, lo evalúo. A diferencia de la mayoría de pasajeros del Concorde, que optan por un aire informal, él va superarreglado con un traje entallado, camisa blanca impoluta que se amolda a su figura alta y corbata gris oscura con un perfecto nudo Windsor.

El efecto es muy atractivo, más si cabe con ese bronceado que hace que los ojos azul claro le brillen como láseres de hielo.

—Ya lo sé. Es un playboy internacional con demasiado tiempo libre.

—No lo soy —afirma, seco—. Voy a París por negocios.

—¿Qué clase de negocios? —Muerdo el anzuelo, intrigada.

—Podría decirse que soy empresario.

—Lo que es otra forma de decir que persigue a famosas adineradas. Podría ser ladrón de joyas —añado con cara de desprecio.

—No.

—¿Falsificador de arte?

—No.

—Entonces anda a la caza de una mujer rica para casarse.

Una luz triste le pasa por los ojos, pero se recompone enseguida.

—No.

—No se libra, monsieur . Lo vi en el Waldorf y me da igual qué cuento se invente para explicar qué hace en este avión, no va a colar.

—¿Ah, no? —Me mira divertido.

—No. Voy a avisar a la azafata. —Suspiro. Qué suerte la mía: un soltero con hombros de infarto y tengo que denunciarlo por acosar a madame .

Entorna los ojos.

—Yo no lo haría en su lugar.

—No me amenace. Estoy en este vuelo para proteger a madame de Cadieux de acosadores como usted.

—¿Ah, sí? —Parece genuinamente sorprendido.

—Sí. Hago de su guardaespaldas personal.

—¿Dos trabajos, mademoiselle ?

—Sí. Mi cadena ofrece servicios de protección a entrevistados importantes como madame —miento—.

Así que ni se le ocurra: tendrá que vérselas conmigo.

Soy más dura de lo que aparento. —Enderezo los hombros, saco pecho, y él se da por enterado.

Ser alta tiene sus ventajas, pero aun así me saca tres o cuatro centímetros.

—No me cabe duda de que sabrá defenderse en un aprieto, mademoiselle . Que tenga un buen día —dice por fin—. Por desgracia, estoy seguro de que volveremos a vernos.

El tono es frío.

Antes de que le suelte una réplica mordaz, vuelve a su asiento de pasillo junto a una señora mayor que lleva un sombrero de verano azul y amarillo y está tejiendo.

Ella lo mira y sonríe. Naturalmente, él le devuelve la sonrisa y se le forman dos hoyuelos.

¿No se le acaba nunca el arsenal de encantos?

Lo que me molesta es que no parecía sorprendido de verme, aunque no sé si se creyó lo de que soy la guardaespaldas de madame .

Siento la necesidad de protegerla, aunque la haya conocido ayer.

Tengo esa idea romántica de que la diva francesa y yo estábamos destinadas a encontrarnos. Como si hubiese destapado una carta de tarot con su cara y tuviera que ver cómo se resuelve esta historia… a pesar del señor Traje Gris, que juraría que tiene hielo en las venas.

—Ah, mademoiselle Keane —oigo a mi espalda—. Supongo que madame le ha pedido que venga a buscarme para repasar las últimas instrucciones antes de aterrizar en París.

Me vuelvo y el asistente personal de madame , Henri-Justin , me saluda con un beso en la mano y una ligera reverencia.

Todo un caballero, de sonrisa cultivada y ojos inquisitivos, rondando los cuarenta, con un rubio juvenil que le roza el cuello de la camisa.

Nos conocimos antes en la exclusiva sala VIP de la aerolínea, en Nueva York.

El alegre francés se aseguró de que embarcáramos primero, como deseaba madame , y luego desapareció con el teléfono en la oreja parloteando en francés.

Charlamos de que este es mi primer viaje a París y del tiempo, y me dice que no me preocupe por nada. Yo apenas le escucho mientras regresamos a la parte trasera del avión. Entonces veo al señor Traje Gris asomar la cabeza al pasillo, hacerme la V de la victoria y desaparecer.

No caigo hasta volver a mi asiento.

¿Qué quiso decir con «volveremos a vernos»?