Capítulo 4
Tiena
Perfume:
Lady Pink
Mandarina rosa, rosa, pachulí de Indonesia
Corro hacia mi madre, caigo de rodillas y le tomo el pulso. Rápido. Pupilas dilatadas. Piel sudorosa y ardiente. Un puro terror le hace brillar los ojos como espadas de ángel chocando mientras lucha por respirar.
—Ti-e-na… —exhala mi nombre en un susurro.
El dolor en sus ojos me golpea en el vientre. Yo me descompongo… Balbuceos torpes, divagaciones estúpidas. Nada en mi vida me preparó para esta atrocidad sin corazón. Ni las burlas de los matones ni el ataque de un borracho. Y me destroza el alma.
Mi madre, dulce y querida, perdida si no actúo deprisa.
Y aun así no puedo ignorar al nazi enfurecido que me insulta en alemán mientras revisa la pistola, contando cuántas balas le quedan. Espero sentir el ardor de una 9 mm atravesándome la carne.
Entonces él hace algo que jamás hubiera esperado.
Da un paso atrás y resopla.
—Debería matarla, mademoiselle , pero no había pasado una tarde tan interesante desde que disparamos a judíos por diversión en el cumpleaños del general Dunkelfuhr , en Varsovia.
—Es usted inhumano, ¿cómo puede ser tan cruel?
—Es cuestión de orden, mademoiselle . Solo los más aptos sobreviven en el Reich y lamento decir que esta mujer no lo hará.
—Es mi madre. ¡No dejaré que muera!
—No puede salvarla, mademoiselle , aunque me gusta verla intentarlo.
Empieza a silbar una tonadilla irritante mientras yo me arranco el pañuelo de la cintura y lo encajo en la herida abierta del hombro de mamá; el corazón me golpea tan fuerte que parece una pesadilla.
No lo es.
Desplomada sobre la paja sucia, con el pecho apenas moviéndose, me apoyo con fuerza sobre la herida para detener la hemorragia.
Mamá grita de dolor cuando presiono; el rostro se le contrae de angustia, las manos le tiemblan, sacude la cabeza.
Los ojos le van de un lado a otro como si intentara frenar la oscuridad que avanza por su cerebro.
Le cuesta respirar, pero no puedo aflojar la presión.
El calor sofocante del establo se vuelve un frío espectral.
El tintineo de su pulsera me repica en los oídos mientras gime y juraría que veo la estela de su aroma aparecer como un hilo de humo ante mis ojos, mareándome.
Merde , la hemorragia no se detiene.
Me apoyo con la rodilla en la herida, rezando para que coagule. Por fin se frena y yo rasgo el bajo de mi enagua para hacer un vendaje.
Mientras tanto, el asqueroso boche no deja de insultarme, de darme patadas con la bota claveteada.
Me sujeto las costillas, jurando que el dolor no me impedirá socorrer a mamá.
Lo miro desde abajo: la depravación de ese hombre reflejada en la forma en que disfruta usando las palabras tanto como las balas para herirme.
Cuanto más vomita, más me duele el pecho.
El cerebro me gira a una velocidad frenética mientras proceso la escena desgarradora.
No son los insultos lo que me enfurece —he oído peores—, sino que este boche goza infligiendo dolor, y eso lo hace un enemigo peligroso.
No puedo prever su siguiente movimiento y eso me aterra.
Revisa la recámara de su arma… otra vez… sopesando qué más hacer… ¿Disparar sin aviso? No dejo de temblar y se me revuelve el estómago. La bilis me sube a la garganta.
Dios, no, por favor.
—¿Todavía no se ha muerto? —suelta, impaciente.
Quiere terminar el juego y mi pobre madre complica su placer.
Golpea con la bota el suelo de tierra, la paja empaña su brillo; luego sale disgustado del establo mascullando en alemán.
Es insufrible; la situación se despeña, y la rabia por su complacencia me desgarra.
Esa furia intensa alimenta mi determinación.
Tengo un cometido. Es mi madre y haría cualquier cosa por ella.
Debo sacarla de aquí antes de que el nazi regrese.
Es todo lo que tengo.
—Tiena…, vete a París —murmura mamá, rascándose la cara, los brazos.
Le cojo la mano y se la aprieto fuerte. La pérdida de sangre la hace delirar.
—Quédate conmigo, mamá. Quédate conmigo.
Gime; se agarra el pecho, farfulla incoherencias: señales de que sufre y apenas puede respirar. En lo más hondo de su mente me está diciendo que me vaya, que corra.
—No, mamá, ¡no voy a dejarte!
Veo una mirada salvaje en sus ojos que me asusta. Sabe que se muere.
Un gemido interminable se me escapa de la garganta.
Siempre dije que mamá tenía los ojos azules más luminosos.
Ahora se oscurecen de miedo. Es culpa mía, por no saber tragarme el orgullo, bajar la cabeza y no rebelarme cuando nos insultaban.
Mamá decía que mi vena salvaje me metería en líos; luego sonreía y añadía que no me querría de otro modo, que yo era heredera de aquellas fuertes curanderas romaníes veneradas por la comunidad por sanar con hierbas y que algún día sería famosa.
Que haría lo que ella no pudo, porque tenía el don de un olfato extraordinario.
Ahora no lo verá. Por ese nazi cabrón.
Me busca la mano, su calor pegajoso me quema la piel helada; luego cierra los ojos y sus dedos se sueltan de los míos.
Le alzo la mano y le tomo el pulso. Nada.
Se ha ido.
Un dolor creciente me perfora el pecho, clavándose tan hondo que siento como si me atravesaran cuchillos.
No puedo cambiar lo que ha pasado. El día se vuelve gris, opacado por la esperanza perdida, los sueños rotos, los pensamientos enredados en la paja empapada con la sangre de mamá.
La boca abierta. Los labios azulados. Su cuerpo esbelto pierde la suavidad mientras su espíritu, invisible, flota en el aire, a punto de abandonar la tierra.
No puede.
No es la manera romaní. Tengo que llevarla al campamento, hacerle una despedida como es debido. Nunca me he sentido tan abatida; mi alma terrenal, apresada por el demonio nazi que me la arrebató.
Entonces vuelve. Lo huelo. Agrio como el vinagre.
— Gut . Está muerta. Ahora te toca a ti, Fräulein .
Me vuelvo. Lleva el corte de la mejilla limpio, los guantes cambiados… ¿La Luger recargada?
Tengo que resistir, distraerlo.
Dios, ayúdame, por favor.
Por el rabillo del ojo veo a Zeus, que se revuelve en el pesebre; el instinto de mi caballo le dice que algo va mal. La voz se me atasca en la garganta:
—No saldrá impune de este asesinato a sangre fría, monsieur . La ley lo alcanzará.
El comandante se ríe.
—La ley soy yo, mademoiselle . —Alza la Luger , despacio, con deleite, triunfante. Disfruta provocándome—. Usted y los suyos se darán cuenta cuando los destruyamos.
—Mi gente es fuerte y amamos Francia. Jamás nos destruirán.
Vacila, con la mirada fija en mi cuerpo.
—Tengo la tentación de prolongar el juego… Nunca he visto gitana más hermosa, ni en los cabarets de París… Las curvas de su cuerpo…, esa pasión terrenal… levanta la pulsión de un hombre con tanta dureza que sufre por liberarse…
Me da asco.
Aprovecho su arrogancia aria en mi favor.
—Jamás me tocará… ¡Nunca, cerdo nazi!
Se le enciende la cara.
—Ya he tenido bastante de sus insultos, mademoiselle …
—¡Váyase al infierno!
Lanzo un silbido agudo y el gran semental resopla y arma un tumulto en el box , intentando romperlo; el nazi se sobresalta. Se gira y apunta a Zeus…
El corazón se me sube a la garganta. El frío del miedo me dispara el instinto y agarro con ambas manos un buen fajo de paja dura y punzante del suelo.
—¡Cobarde! —grito.
Y cuando se vuelve le arrojo la paja a la cara. Puñados grandes, que lo pillan a contrapié.
—¡Puta gitana!
A gritos, maldiciendo, dispara a ciegas con la paja hincándosele en los ojos. Se los restriega gimiendo de dolor.
Es mi oportunidad.
Agarro la horca que hay cerca y le asesto un golpe en los hombros.
Fuerte. Se tambalea y gira buscándome. Veo mi navaja y la cojo.
Me tienta rajarle el cuello con su filo, pero ¿y si me vence?
Entonces no podría hacer justicia por mamá.
En vez de eso, me recojo la falda y corro, corro, corro fuera del establo, por el bosque, entre la espesura de zarzas.
Tiritando, agitada, cada nervio en tensión, los dientes apretados.
¿Por qué huyo? ¿No tengo agallas? Las tripas me dicen que, si no corro, estoy perdida; no soy rival para un nazi enfurecido con un arma.
Un monstruo tan depravado que hasta el diablo lo repudió.
Debo dejar a mamá y volver cuando se haya disipado la peste del boche para recoger su cuerpo.
Ese pensamiento me empuja a apostar por la gracia de Dios para dar a esta muchacha romaní una oportunidad de vivir y así cumplir con ma maman . Darle el respeto que merece. Ya habrá tiempo de llorar. Oh, Dios, lo habrá… Nunca volveré a ser la misma.
Me escondo en el viejo túnel derruido, cerca de las letrinas, acurrucada, temblando, llorando, envuelta en tinieblas, hasta que oigo el traqueteo de un camión sobre mi cabeza, luego lo que imagino que es un remolque de caballos y después un coche potente, con el conductor acelerando.
El comandante.
Me desplomo de rodillas, me sujeto la cabeza con las manos, pero no dejo de temblar.
De algún modo debo grabar en el cerebro lo ocurrido hoy: el aspecto del nazi, su voz, su hedor repugnante, mezcla de moho, levadura dulce y tabaco quemado.
Cada detalle de ese degenerado, para que, cuando llegue el día y me lo encuentre de nuevo, no haya duda.
En cuanto al corazón y el recuerdo del dolor de perder a mamá…, ¿olvida alguna vez la rosa damascena la angustia de que la arranquen de raíz?
Nunca olvidaré lo que el nazi me hizo. Nunca.
Con los puños cerrados en alto, juro vengarme de todo el maldito Tercer Reich .