La chica perdida en París Capítulo 3
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Capítulo 3

Emma

Perfume:

Naomie ’s Dream

Absoluto de rosa, pimienta, lavanda

Sentada en mi asiento al fondo del reactor, con la boca abierta y el corazón desbocado, jadeo, esperando a que madame de Cadieux me cuente qué pasó después de que el comandante nazi disparara a su madre.

En lugar de eso, mira al frente. En silencio.

He leído su biografía y en ninguna parte se mencionan sus raíces romaníes. Ahora sé por qué.

Es demasiado doloroso para ella.

No lo soporto. Estoy en ascuas, muriéndome por saber qué viene después sin desvelar que ella es la clave para entender mi talento con los aromas y saber más de mi abuela polaca.

El suspense me mata. Este terreno es desconocido para mí: una mujer obsesionada con su privacidad y con una perspectiva de la vida mucho más profunda de la que yo podría soñar; un choque generacional que pone a prueba mi habilidad para encontrar un punto en común con ella.

Por fin, dice con voz serena:

—Seguiré con mi historia después de que disfrutemos de un café especial, mademoiselle .

Se recuesta en el mullido asiento.

—Por favor, madame —la insto, todavía impresionada por lo que me ha contado, con los huesos temblándome y el cuerpo entero en modo pánico—. No me deje en vilo como si nos fuéramos a publicidad.

Sonríe.

—Encuentro refrescante su sentido del humor americano, mademoiselle , pero primero el café, y después tendrá su respuesta.

Hace sonar el timbre y la azafata aparece enseguida con una cafetera plateada, humeante, y las tazas de porcelana más delicadas, blancas, con el emblema de la aerolínea grabado en pan de oro.

Juro que madame inhala el tentador aroma del café como si así calmara su dolor.

Estudio su expresión rígida, los labios apretados, los ojos cerrados.

Estoy a su lado, lo bastante cerca como para notar el cambio de ánimo, como si se obligara a no llorar, algo que, me da la impresión, considera una debilidad.

Reconozco una sonrisa forzada cuando la veo.

Sus labios rojos están cuarteados como arcilla seca y en sus ojos, donde antes relucían motas verdes y castañas, habita una tristeza negrísima.

Sufre al revivir aquel día. Sí, presume de entereza, pero entonces era una adolescente.

Ni siquiera la habían besado. A los diecisiete yo estaba deslumbrante en el campamento de animadoras, escribía columnas sarcásticas para el periódico del instituto y salía con el guapo capitán del equipo de natación con cuerpo de un dios de bronce (las chicas nunca olvidamos el primer beso).

Me llega un aroma delicioso de café; mi cerebro detecta cada ingrediente… Canela, menta y anís… Mmm… También huelo el grano de tueste oscuro de la isla de Bali.

Me callo. ¿Para qué revelar mi secreto?

Mientras tanto, no aguanto la tensión que se ha instalado entre nosotras como un té frío, así que divago sobre historias que he cubierto para romper el hielo. Estrellas de cine comportándose mal, políticos comportándose peor.

—Pues estoy entrevistando a un actor de primera que me está tirando los tejos en un restaurante italiano cuando aparece su ex y le vacía un cuenco de espaguetis en la cabeza.

— Mais non ! —Por fin se le escapa una sonrisa auténtica.

— Mais si —le replico—. Con albóndigas.

Se ríe y yo sigo alimentándola con cotilleos de famosos ególatras para apartar su mente de la pena. Le gusta reír. Me parece una mujer que ya no lo hace mucho, y eso me anima a seguir con historias graciosas.

—Luego conseguí una entrevista bomba con una estrella del rock —prosigo entusiasmada—, que quiso quedar en un sitio de comida rápida.

Me lanza esa «mirada».

— Excusez-moi ?

—Ya sabe…, hamburguesas y patatas fritas.

— Pommes frites .

—Sí, Pommes frites … Se las metía en la boca sin parar cada vez que le preguntaba algo, así que le hice escribir las respuestas en servilletas cutres. Tenía los dedos demasiado grasientos para mandarme un SMS.

—¿Un… SMS?

—Un mensaje en el móvil… Esto.

Tecleo « Bonjour , madame de Cadieux » en la pantalla de mi teléfono y se lo enseño.

Frunce la nariz.

—Bah, es como abrir un frasco de perfume precioso y no oler nada. No tiene corazón.

Asiento. Tiene razón.

Seguimos varios minutos de charla y bromas sobre muchas cosas, desde dónde hacen las patatas más crujientes —¿París o Nueva York?

— a la decadencia de la civilización moderna si los mensajes siguen ganando terreno.

Durante todo el rato, oigo en la cabeza una banda sonora animada de éxitos del pop vintage , en serio.

Y entonces caigo: estoy hablando de patatas y mensajitos con la grande dame del perfume como si fuéramos íntimas.

¿Estoy loca?

Debo de parecerle impulsiva y superficial.

Que lo soy, o no habría llegado hasta aquí.

Ser chica en el mundo de las noticias es duro y sé que estoy aquí gracias a las mujeres valientes que me precedieron en los años setenta y ochenta.

Todavía me tengo que enfrentar al síndrome del «cariño» («Tráeme un latte , cariño, que voy contrarreloj».

Como si yo no), pero mi jefe, Granger , es de los buenos.

Duro pero justo. Me fichó como reportera de calle en WJJR News aquí, en Nueva York, tras hacer prácticas con él y pasar por una emisora pequeña de Nueva Jersey .

En los cuatro años siguientes aprendí la mecánica del oficio: que en el vocabulario de una reportera no existe el «no» y que no hay que correr con tacones detrás de un congresista escurridizo (ahora llevo zapatillas o bailarinas).

El resto fue sencillo: llegar a tiempo a la retransmisión en directo, notas preparadas, pintalabios sin manchar los dientes y fiarte de tu instinto, siempre.

Trabajo duro, consiguiendo entrevistas importantes y cubriendo actuaciones policiales, incluida la unidad de víctimas especiales.

Lo que lo convenció para traerme a Nueva York fue una serie de reportajes de interés social que hice sobre el día a día en la ciudad tras el 11-S.

Latidos de Emma . Entrevisté a supervivientes, a sus familias y a la gente de la calle.

Llevar la batalla en la sangre es cosa mía.

El padre de mi madre fue capitán del Ejército de Estados Unidos y sirvió en Europa durante la Segunda Guerra Mundial: él y mi abuela disfrutaron de cincuenta y tres años de matrimonio hasta que ella sufrió una caída y murió por complicaciones.

El abuelo se pierde mucho últimamente, algo que pone a prueba la paciencia de mi madre.

Judy Elizabeth Keane , de soltera O’Flaherty , fue enfermera del Ejército y conoció a mi padre, Terence «Capitán Terry » Keane , cuando lo hirieron en Vietnam.

Él trabaja con veteranos heridos después de una carrera como profesor de matemáticas.

Nadie entiende de dónde me viene el olfato para las noticias. Ni para el perfume.

Me muerdo el labio. Mi madre… Ella es la razón por la que corrí tras esta historia como Alicia en una misión, pero no vivo en el país de las maravillas.

Intento no recrearme en lo que sufre desde el diagnóstico de cáncer de pulmón.

Los tratamientos, la pérdida de dignidad…

Maldita sea, daría lo que fuera por verla feliz.

Dice que está orgullosa de mí, de lo que he logrado.

Mi profe de Periodismo dijo que escribo «desde muy adentro, mientras la mayoría se limita a sacar titulares», de ahí el título de mi serie.

Me empleo a fondo en contar bien los hechos, pero me importan más las personas y su vínculo con la historia, por doloroso que sea.

Y esta promete.

Un comandante nazi sádico y retorcido…, una madre romaní que se sacrificó por su hija… y una joven hermosa, rubia, oledora de fragancias.

Dejo que la idea macere mientras madame cierra los ojos con una sonrisa y yo sorbo mi café, caliente y delicioso.

Me doy el capricho de la crema de frambuesa y los cruasanes mientras espero a que continúe su historia.

Llevamos más de dos horas de vuelo de las tres y media totales, a treinta mil pies sobre el Atlántico rumbo al aeropuerto Charles de Gaulle.

Madame de Cadieux insistió en sentarnos en la cola del avión para tener la mayor privacidad posible.

Observo cómo tamborilea con las uñas, transparentes, sobre la bandeja, tarareando. La noto más en sintonía conmigo, aunque antes fue tajante: «Nada de grabadora, nada de aporrear el teclado».

Cuando le pregunté por qué, se negó a contestar.

He estado garabateando como loca en un bloc de rayas amarillas desde que despegamos de JFK en el vuelo de las ocho a París.

Apenas tuve tiempo de llamar a Granger (no le di opción a decir que no), coger mi equipaje de emergencia junto con un sobre lleno de información sobre Angéline de Cadieux e ir al aeropuerto.

Rezo para poder descifrar luego mi letra y pasar las notas al portátil.

Veo a esa muchacha gitana con toda claridad en mi cabeza…

Orgullosa, desafiante…, valiente. No, romaní, me corrige enseguida, aunque creo que a madame le gusta la mala fama de la palabra «gitana».

Que denote una hembra fuerte, misteriosa, rebelde, pasional, soñadora…

, que deja una huella profunda y duradera en aquellos que toca con su magia.

Incluida yo.

Me corroe la culpa por no haberle dicho el verdadero motivo de esta entrevista.

¿Estaría aquí si lo hubiera hecho? Lo dudo.

Y eso me deja en un aprieto. Aquí estoy, apenas un día después de ver por primera vez a Angéline de Cadieux , pensando cómo contarle mis verdaderas intenciones.

Cuánto significa para mí ayudar a mi madre a averiguar más cosas sobre su propia madre y lo que vivió en los campos…

y comprender este talento extraño que tengo para identificar aromas.

La respuesta sencilla es que no puedo.

Si le digo que quiero preguntarle si una parfumeuse nace o se hace, que sospecho que soy una nariz, pensará que estoy loca. También soy sensible a tocar lo de los campos antes de que esté lista. Podría ahuyentarla del todo. Y me quedaría sin historia, sin nariz y sin cierre para mamá.

Madame se ha envuelto en el glamur, pero me da que no ha permitido a nadie levantar las capas para ver qué hay debajo.

Hasta ahora.

No sé por qué aceptó primero esta entrevista, pero entre nosotras se ha creado algo que funciona.

Charlamos como dos gallinas francesas. Me sorprende que se haya abierto conmigo: ¿la ablandaron mis historias graciosas?

¿O fue otra cosa? Como que nunca nadie se tomó el tiempo de escucharla de verdad.

Ser simpática. Trabajo en un mundo acelerado en el que todos persiguen la última hora por encima de la entrevista en profundidad que lleva semanas y, aun así, tienes que encontrar un «gancho».

Yo no busco un gancho. Quiero verle el alma a esta mujer.

Así que, sea lo que sea lo que haya entre nosotras, no puedo ponerlo en riesgo. No ahora que su pasado se perfila. El relato honesto de sus primeros años no solo fascina: rompe el corazón. No puedo imaginar sufrir el odio denigrante dirigido contra los romaníes.

Un carraspeo me avisa de su mirada fija. ¿Cuánto tiempo lleva observándome?

—He vivido demasiado tiempo en el pasado, a puerta cerrada, mademoiselle . Es hora de salir a la luz del sol. —Sonríe abiertamente—. Quizá hasta aprenda a mandar SMS.

Vaya…, quién lo diría.

—Seguiré con mi historia —dice—, pero le advierto que no me guardaré nada.

La tortura, la fealdad de lo que los nazis nos hicieron en los campos.

Humillación, suciedad, dormir junto a los moribundos, sus cuerpos fríos robándote el calor, el barro colándose por las suelas y aplastándose entre los dedos…

El olor penetrante y abrasador de los crematorios.

Da un sorbo al café, esperando.

—Puedo con ello, madame . He cubierto escenas del crimen horribles. —No sé por qué lo digo, pero siento una urgencia por dejar claro que no soy una blandengue.

— Bon . Pero no ha cubierto un crimen contra la humanidad, mademoiselle . Es importante que conozca el dolor que sufrí, y las alegrías. La llevaré a un lugar donde lo impensable sucede por ser mujer. Solo así entenderá las decisiones que tomé, la humillación que sufrí a manos de los boches.

Cierra los párpados y una lágrima asoma en el ojo derecho, pero no hace ademán de secársela.

No me cabe duda de que será la primera de muchas antes de que terminemos.