Capítulo 2 #3
—¿No? —Sus ojos recorren mi cuerpo con esa mirada de superioridad que me revuelve el estómago—. Si coopera, mademoiselle , puedo conseguir librarle de una situación tan desagradable.
—Prefiero morir… —Doy un paso al frente. Palabras valientes, creyendo que el bien derrota al mal nazi.
—Por favor, monsieur —interrumpe mamá, manteniéndose serena, sabiendo que es mejor no cuestionar el poder de un oficial alemán—. Le ruego que nos permita conservar a Faithful Mary para volver al campamento.
—No, mamá, no podemos dejar que se lleve a Zeus o lo habremos perdido todo. —He aprendido que hombres como él fanfarronean, pero si les demuestras que no eres una mujer indefensa tienes más opciones—. Le repito, monsieur , que mi caballo no está en venta. Nos vamos ya.
Me vuelvo, pero el comandante me agarra del brazo y me aprieta fuerte. Me encojo del dolor.
—Qué lástima que mademoiselle sea tan terca.
—Sonríe, y contrae la nariz cuando mi aroma domina el hedor insoportable del lugar—.
No he visto mejor ejemplar desde que llegué de Berlín.
—Me respira al oído y tiemblo. La doble intención de sus palabras no se me escapa.
Ni a mamá. Ella hace tintinear las pulseras y se muerde el labio.
Le arrancaría los ojos si la prudencia no le impidiera cometer el mismo error que yo.
—Suélteme, monsieur —digo—, me hace daño.
—No tenga tanta prisa, mademoiselle ; le pagaré por el semental.
—No quiero su dinero.
Alza una ceja.
—No le ofrezco dinero, sino el honor de servir a un oficial del Reich . —Me suelta y hace chasquear los talones—. Comandante Ernst von Risinger , a su servicio.
—Claro, qué tonta soy —divago, con las manos en las caderas—. El Reich no negocia con nadie; coge lo que quiere sin importar quién sale herido.
—Prefiero llamarlo intercambio cultural. —Me rodea, golpeándose el muslo con la fusta—. Monsieur Du Monde no mencionó que la dueña del semental fuera una potra tan briosa, o habría enviado antes a Herr Geller a buscarla.
—No se atreverá a tocar a mi hija. —Mamá acude en mi defensa. Ya no puede contener la emoción que la desborda—. Es pura, demasiado buena para alguien como usted.
—¿Es gitana y virgen, madame ? —Se me acerca y me entran arcadas. Huele a cerveza tibia y a sudor de ramera—. Creía que no existía tal criatura mítica.
Me trago una réplica venenosa, pero ese segundo me sale caro. Avanza hacia mí, relamiéndose los labios.
—Es mi deber examinarla para salvaguardar la moral del pueblo francés.
—No me toque, cerdo nazi asqueroso.
Saco la navaja de dentro de la blusa blanca y arremeto contra el alemán con un barrido de brazo hacia la cara.
El muy bastardo es zorro viejo. Se agacha y me tira la navaja de un manotazo, pero consigo hacerle sangre rajándole el pómulo con la hoja afilada.
Me maldice en alemán; la raya roja rezuma y le chorrea por la barbilla rasurada.
Se limpia con el dorso del guante y mira la mancha, incrédulo de que pueda sangrar; el brillo de sus ojos es tan salvaje como el de un jabalí incapaz de frenarse cuando embiste a su presa.
He ido demasiado lejos.
—Pagará su insolencia, mademoiselle . —Saca la Luger de la cartuchera y me apunta directo al corazón, la mano firme, el pulso seguro—. Con su vida. Primero la haré suplicar. De rodillas.
—No.
No puedo dejar que me dispare.
Jamás imaginé enfrentar a un nazi con un arma apuntándome, pero el instinto me dice que su sentimiento de superioridad nace de llevar ese uniforme, no de lo que tiene dentro.
Es un recadero de algún pez gordo alemán que quiere demostrarse algo.
Si muestro debilidad, apretará el gatillo sin titubear.
Quiere jugar, exhibir su poder sobre mí. Luego presumirá de cómo me doblegó.
Entonces juguemos.
Cruzo los brazos sobre el pecho, la barbilla alta.
—Le daré una última oportunidad, mademoiselle . —Amartilla el arma.
—No me inclinaré ante usted ni ante ningún nazi.
Respira con fuerza, se excita. Bon . Si logro que la lujuria venza a su ego, podré derribarlo con una patada certera en la entrepierna. Es lo que hago con mi padrastro cuando se me echa encima, me agarra un pecho y me planta un beso baboso.
No conté con mamá.
—Por favor, monsieur , tenga piedad. Es una niña inocente —grita mamá, juntando las manos en súplica.
—¡Corre, mamá, vete!
—No, Tiena, deja que ayude al comandante. —Se arranca el pañuelo e intenta curarle la herida, pero él le suelta una patada con la bota negra. Ella trastabilla, llevándose las manos al vientre.
—¡Cómo se atreve a hacerle daño a mi madre!
La rabia de verlo tocar a mi madre aplasta mi miedo. Tengo que coger algo, lo que sea, para lanzárselo. Una herradura suelta. Una horca. Incluso la maldita paja.
—Se acabó el tiempo, mademoiselle .
Me apunta. Mamá entra en pánico.
—No, no a mi Tiena… ¡Maldito canalla!
Sus palabras afiladas lo sobresaltan y él se vuelve, la mira, y todo sucede tan deprisa que no alcanzo a comprender cómo los segundos siguientes ponen en marcha lo más horrible que puedo concebir.
Gritando a voz en cuello en alemán, el comandante dispara…
Pero no antes de que mamá se arroje delante del nazi.
Y recibe la bala destinada a mí.