La chica perdida en París Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

No me la juego. Llevo una navaja celta de punta afilada que me regaló papá, metida en una vaina y sujeta al sostén junto al tirante, fácil de agarrar con la otra mano si necesito defenderme. Mamá dice que no me preocupe, que mi olfato me avisa cuando hay lío, que tengo un don raro.

Puedo detectar cientos de olores.

Mezclar esencias en perfumes aromáticos y hermosos. No tengo formación, lo admito, y eso me limita a la hora de definir la parte técnica de lo que hago. Mamá dice que lo compenso con mi capacidad innata para crear fragancias florales y afrutadas solo por el olfato.

De algún modo, algún día, seré parfumeuse .

Intento apartar el miedo al hombre que nos sigue e inhalo la singularidad de esta aldea del valle del Loira , un lugar donde las palomas arrullan un pasado glorioso no olvidado, con pechos grises y blancos hinchados de orgullo pese a los feos uniformes verdes que las apartan de una patada cuando bajan a picotear migas sueltas.

Un lugar donde hemos venido a vender a los comercios nuestros aceites, nuestras esencias y los perfumes que creé, embelesando a las señoras y haciendo que encarguen frascos de las maravillosas fragancias.

Desde que papá murió, hace tres años, mamá y yo nos mantenemos con nuestros aceites curativos, como el de pétalos de rosa para frotar en las plantas de los pies y aliviar el dolor de cabeza fuerte.

No como mi holgazán padrastro, que juega a las cartas cuando no trafica con caballos.

Del coñac de la mañana al brandi de la noche, sus ojos negros e inyectados en sangre desean a mi madre.

Ella agradece verlo caer borracho en el catre, ciñéndose el chal sobre el pecho, tapando los moratones de los brazos, con la mente tranquila por esa noche.

Cuando le pregunto por qué lo aguanta, insiste en que tenía que seguir la tradición del clan Litaro y casarse con él después de que mataran a mi padre.

—Una mujer sola con una hija no entra dentro de nuestras costumbres, Tiena —me repite cada vez que le pregunto, evitando mi mirada.

Sé que mi padrastro la golpea, pero ella se niega a dejarlo. Sostengo que nos iría bien sin él, que ganaríamos suficiente con mis perfumes. Le suplico a mamá que huya de esa vida terrible con un hombre tan cruel como cualquier boche, pero no me escucha.

Acelero el paso, con miedo de las pisadas fuertes que nos recortan distancia, sin que el hombre intente disimular la persecución.

Cada nervio de mis pies arde al golpear con fuerza los adoquines.

Su muestra notoria de intenciones y arrogancia no deja lugar a dudas: es de la Gestapo .

Debe de habernos seguido hasta el pueblo mientras yo, tonta de mí, tenía la cabeza en vender perfume y no en cuidar de mamá.

Está en todas partes.

Detrás, fumando. Luego vigilándonos desde un portal… Escribiendo otra vez en su periódico, después doblando la esquina y esperándonos al otro lado. Mamá también se fija, y sus preciosos ojos azules me dicen que no paremos, que no mostremos miedo.

Avanzamos del brazo por la calle, mirando a nuestras espaldas y cantando una cancioncilla que me enseñó. El sol de verano me enciende las mejillas de escarlata, la blusa blanca se me pega a la piel.

Llegamos al mercado de flores hacia el mediodía, en la villa medieval, después de alojar a nuestros caballos —Zeus, mi brioso semental negro, y la yegua alazana de mamá, Faithful Mary — en un establo elegante de la finca señorial al final de la carretera.

Mamá conoce desde hace años a monsieur Du Monde , el mozo de cuadra, desde que salvó a su esposa con sus dotes de curandera cuando la mujer enfermó.

Es buen amigo de mi gente, comercia y compra caballos con nosotros y nunca le falta una sonrisa para ella, aunque esta vez nos dijo que no nos demoráramos en el pueblo…

, que era demasiado peligroso con «esos nazis» por ahí, y por eso la convencí de tomar un atajo hacia el establo, un túnel que pasa bajo las letrinas hasta la carretera y entra en el bosque.

Rezo para que nuestros caballos estén descansados y listos para montar.

Mi clan pasa por aquí cada pocos meses, acampa en las afueras de la finca mientras mamá y yo vamos solas al pueblo. Los demás están demasiado asustados; temen que los culpen de algo que no han hecho.

Giro un poco. El hombre de la Gestapo nos está dando alcance; se baja el ala del sombrero y resopla como cansado del juego.

Correr es mi primer impulso, pero a mamá no le resulta fácil, con su espalda dándole problemas de nuevo tras estar encorvada anoche llenando viales de esencias para vender hoy.

Ahora ya es tarde.

El alemán se me pone a la altura y, con un tono notablemente suave pero inquisitivo, dice:

—¿Son gitanas, mademoiselle ?

El policía secreto me mira de arriba abajo con curiosidad. Sonrío a mi pesar. Por muchas veces que los boches me sometan a este simulacro de interrogatorio, me divierte cómo fingen no saber las respuestas antes de que yo las dé.

—Somos romaníes, monsieur —respondo, la cabeza alta—. Soy Tiena Cordova y esta es mi madre, Naomie .

Le aprieto la mano a mamá. No hago ademán de sacar la cartilla de identidad, guardada en el corpiño junto con mi navaja celta, sujeta al tirante del sostén. Rezo para que mi respuesta le baste.

Me equivoco, terriblemente.

—Vengan conmigo, mademoiselle . Las dos —dice con la arrogancia de quien no concibe que le rebatan una orden.

—No hemos hecho nada, monsieur —protesto—.

Somos vendedoras de perfume. —Me agarra del brazo izquierdo y, por un instante, se queda mirando la cicatriz dentada de mi antebrazo.

Roja, la carne tierna. Me estremezco, pero me niego a mostrar debilidad delante de él.

No me avergüenza admitir que me defendí cuando mi padrastro me cortó con una botella rota hace quince días al intentar salvar a mamá de su furia ebria—. ¿Adónde nos lleva?

—Ya lo sabrá. —Se le tensa la cara, los ojos, antinaturalmente oscuros y siniestros—. Ahora cállese o le cierro esa boquita con el puño.

Nos agarra del pelo, primero a mí y luego a mamá, y nos arrastra de vuelta a la plaza mayor, donde hay un coche negro, cuadrado, aparcado; nos empuja al asiento trasero.

Mamá y yo nos abrazamos, demasiado aturdidas para hablar.

Escapar es imposible cuando él se instala delante, en el lado del acompañante.

El conductor hace rugir el motor y arranca mientras el hombre de la Gestapo saca su periódico y tararea una cancioncilla alegre.

Lo veo sonreír y garabatear letras en un crucigrama; su tarareo satisfecho al dar con la palabra correcta me retumba en los oídos más fuerte que una campana de difuntos.

Tengo miedo de él.

—Zeus no está en venta, monsieur .

Me planto frente al oficial alemán que me mira con desprecio y me inspecciona como si fuera una esclava puesta en subasta.

Un hombre de complexión algo huesuda que llena el uniforme nazi con más pompa que corpulencia; los hombros acolchados y cuadrados le dan aspecto de triángulo invertido.

Cabello rubio salpicado de canas, mejillas enrojecidas por el sol y un reguero de sudor cuando se quita la gorra y se seca la cara con el dorso de la mano enguantada.

Se toma su tiempo con la «inspección», refunfuñando en alemán al hombre de la Gestapo que nos dejó en la puerta del establo y luego salió disparado, seguramente para acosar a alguien más que no encaje en su perfil ario.

No importa. Surge un problema mayor.

El comandante nazi nos esperaba, con el pie derecho apoyado en el gran guardabarros de su Mercedes descapotable, golpeando con la fusta en la mano enguantada.

Me dedicó una sonrisa hosca y luego nos obligó a entrar en el establo, donde empezó a pasearse arriba y abajo por el suelo cubierto de paja.

Mascullaba que Herr Reichsmarschall Göring se alegraría de su última apropiación de la cultura francesa.

Conozco este tipo de hombres. Se dan aires de importancia por codearse con los poderosos.

Como mi padrastro, Zegul . Un grandullón que se regocija con las autoridades locales allá donde acampamos, sobornándolas con una botella de coñac y un discurso para que nos dejen en paz.

Este hombre usa el brazalete con la esvástica para infundir miedo.

No me impresiona. Un rayo de sol, agudo, que entra por la ventana alta del pajar le arroja un foco teatral a su triste figura.

El aire caliente y pegajoso satura el establo; el olor a caballos lo domina todo.

Aparta de una patada una horca que le estorba y luego hace una mueca de asco.

Sus palabras salen rápidas, sombrías y perturbadoras.

—Tengo intención de comprar sus caballos. —El oficial señala a Zeus, que resopla y sacude la cabeza en su cuadra—. El semental negro para las carreras… —Agita la mano con desgana, apenas reparando en Faithful Mary , que mastica avena—. Y la yegua alazana, que ya no se tiene, al matadero.

—No…, no puede…, por favor —jadea mamá, llevándose la mano a la garganta.

Para ella es un acto imperdonable. Ayudó a traer al mundo a la mansa yegua… La yegua es un signo sagrado de vida para esta mujer que enterró a dos bebés antes de que yo naciera y ya no puede concebir.

Yo, en cambio, respondo con una valentía inexplicable, más necia que sensata, porque aún no se me llevan los demonios con el boche.

—Nuestros caballos no están en venta, monsieur . Los guardamos aquí mientras hacemos recados en el pueblo.

—Mientras se dedican a robar carteras —escupe.

—Me ofende, monsieur . —Lo miro con desprecio y lo demuestro sacando la barbilla—. Somos gente temerosa de Dios, no ladrones.

—¿Son gitanos?

—Sí…

Esboza una mueca de desprecio.

—La ley, mademoiselle , no permite a los gitanos tener caballos.

Saco pecho.

—No conozco esa ley, monsieur .

—Ustedes y los suyos deberían divertirse mientras puedan. El Führer tiene planes. Pronto limpiaremos este país de porquería como sus amigos gitanos. De judíos también. —Escupe en el suelo para enfatizar la amenaza.

—No le creo.