La chica perdida en París Capítulo 2
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Capítulo 2

Tiena

Perfume:

Un Bel Jour

Rosa dulce, lila, cítricos, musgo amaderado

Un hombre extraño nos sigue. A mamá y a mí.

Su olor y su atuendo me dicen que no es francés.

Gabardina negra con un cinturón de cuero bien ceñido.

Sombrero calado sobre el rostro bien afeitado.

Un hedor penetrante, a lejía, y un fuerte tufo a tabaco flotan hasta mis fosas nasales y se intensifican cuanto más se nos acerca.

Me da escalofríos.

He oído historias sobre hombres así alrededor de la fogata encendida por la noche, con mi padrastro, Zegul , vomitando jerga en francés y romaní sobre esas odiosas criaturas que paran a nuestro pueblo y nos piden los papeles.

Cartillas antropométricas que nos obligan a llevar encima, con páginas y páginas de rasgos físicos y visados estampados con tinta azul para tenernos controlados.

Somos lo que ellos llaman «gitanos».

Zigeuner .

Cuando esos hombres chasquean los dedos, alguien desaparece.

Eso es lo que me asusta. Rezo para que no sea ese su objetivo en este día de verano, caluroso e insufrible.

Un día en que el calor parece hacer que todo huela, incluso los adoquines gris monja que se clavan en las suelas finas de mis botas de montar.

Agito la falda de varias capas y el aroma de jazmín y rosa intenta animarme, pero la vida ya no es la misma desde que los boches violaron la tierra que mi clan ha llamado hogar durante cientos de años.

La bella Francia.

Somos nómadas, viajeros del clan Litaro , y nos hemos convertido en blanco de los bastardos nazis que han devastado el país.

Nunca olvidaré la larga hilera de gente, jóvenes y viejos, clamando en la carretera del sur de París, huyendo de la ciudad a pie empujando carretillas cargadas con sus pertenencias, en automóviles y en bicicleta, mientras nosotros enganchábamos nuestros carros y caballos y nos quedábamos para combatir.

Amamos Francia, aunque nos prohíban movernos a voluntad y acampar, obligándonos a escondernos.

Luchamos contra los alemanes, aunque la policía francesa nos persiga, con sus guantes blancos manchados por la derrota como gatos heridos con zarpas ensangrentadas, echándonos la culpa a nosotros por los ocupantes.

¿Nosotros? Somos una pequeña caravana… Cinco, seis carros… Cuatro, cinco familias según la temporada… Aunque hay quienes proclaman que no pertenecemos a ningún sitio.

Alzan el puño y nos llaman gitanos.

Me echo por encima del hombro mi melena hasta la cintura y me niego a dejar que sus insultos me afecten.

Mi pequeño clan es un orgulloso pueblo de músicos y tratantes de caballos.

Mamá me enseñó que descendemos de romaníes que trabajaron en la restauración de châteaux y casas solariegas y en la finca de un rey de Francia: un escándalo entonces.

Cómo mis antepasados rompieron el linaje y fueron arrojados al exilio por hallar pasión entre la realeza.

A menudo otros clanes de sangre gitana pura, como los Sinti, nos rechazan cuando ven mi pelo claro y los ojos azules de mamá.

Ella dice que debemos sentirnos orgullosas, que tenemos un don especial para curar y un corazón compasivo, y que esa es la medicina más importante.

Algo que aprendí junto a una olla de pétalos de rosa.

Tenía ocho años, mejillas redondas, el pelo del color de la gardenia blanca, y tanta curiosidad.

Al aspirar los pétalos que flotaban en el agua templada, me quedé hipnotizada por aquellas flores burbujeantes, rosas, rojas y anaranjadas, que despedían los aromas más deliciosos.

Rosa dulce, afrutada, incluso clavo.

Mamá dijo que nunca había conocido a nadie que oliera como yo salvo a su madre. Me sentí tan orgullosa que pasé tres días recogiendo pétalos de rosa en los jardines del château .

—Déjalos hervir a fuego lento, Tiena —me dijo mamá—, para regalar a tu curiosa nariz el placer que busca, hija mía.

De puntillas, removía los pétalos en la olla. Ya era una chica mayor… Papá me subía a su caballo negro y me dejaba llevar las riendas aunque los pies no me llegaran a los estribos.

Mamá le dijo a papá que yo no tenía edad para montar sola. Él se rio y dijo que podía hacer cualquier cosa que me propusiera porque era romaní.

Levanté la olla llena de pétalos y agua caliente del fogón de nuestro vardo —carromato— con las dos manos. Uf, pesaba mucho… Uy, la bota se me resbaló del taburete.

—¡Mamá, ven rápido, vite! —grité, tambaleándome.

No pude sujetar el asa…

¡Pum!

Se me cayó… Pétalos y agua de rosas salpicándolo todo. A mí. Al suelo limpio de mamá.

—¡Tiena!

Mamá entró corriendo en el carromato, con los ojos azules oscuros como la medianoche. Me alzó en brazos y me miró la cara, las manos.

—Mi niña… ¿Te has hecho daño?

Negué con la cabeza.

—Mi agua de rosas, mamá… ¡Se ha perdido!

Me quedé mirando los pétalos desparramados por el fogón y el suelo. Todos brillantes, empapados.

—Recogeremos más pétalos, Tiena, te lo prometo. —Luego me abrazó y se echó a reír.

Nunca he olvidado aquel día… El amor que encontré arropada en los brazos de mi madre…

Las lágrimas bajándole por las mejillas al ver que no me había hecho daño.

No me riñó, sino que mostró compasión por mi sueño.

Claro que me hizo recoger el estropicio.

Nuestro carromato olió a rosas preciosas durante días.

Ahora esos recuerdos están en peligro.

Lanzo una mirada recelosa por encima del hombro.

Sigue ahí.

Escribiendo en lo que parece un periódico.

Tengo un mal presentimiento. No me asustan los jóvenes curiosos que se asoman a mi blusa blanca de escote bajo y luego intentan agarrarme la cintura ceñida con un corpiño de terciopelo negro cuando bailo en la calle por unos francos mientras mamá canta y toca el violín.

Sé lo que pasa por sus cabezas, pero este hombre que nos sigue me da escalofríos. No trama nada bueno.

¿Qué quiere de nosotras?

Dos mujeres romaníes que hacen sus recados en un día bochornoso en este pueblo con calles empedradas y tejados en pendiente.

Mamá, con sus trenzas negras veteadas de plata cayéndole por la espalda, un pañuelo rojo y dorado atado a la cabeza, sus pendientes dorados y la pulsera de monedas de bronce antiguas tintineando, los dedos adornados con anillos viejos, entre ellos su favorito.

Un anillo heráldico de granate y zafiro que le regaló papá.

Y yo, con mi melena rubia y larga atrapando la luz como un halo perdido.

Mi cabello es salvaje y rizado y siempre se me mete en los ojos, así que me lo recojo y lo sujeto con un pasador plateado que fue de mi abuela, luego de mi madre y ahora es mío.

Una horquilla de adorno que, dice mamá, perteneció a una «reina de Francia», y luego me guiña un ojo.

Le encanta tomarme el pelo con que descendemos de aristócratas, pero sé que mi grand-mère la cambió por dos gallinas a un buhonero y quién sabe de dónde la sacó él.

Nunca salgo sin ella porque yo no llevo pañuelo. Solo lo llevan las mujeres casadas.

Alors , esas miradas curiosas suelen divertirme y las aprovecho para ganarme a la gente del pueblo, impregnando de perfume mi pañuelo de algodón y agitándolo ante ellos, persuadiéndoles para que se pongan una gota en las muñecas… y luego me compren un frasquito de perfume.

A este hombre no.

Noto el peligro; huele tan real como el hedor acre de flores muertas. Mamá también percibe que algo pasa. Gira la cabeza a izquierda y derecha, y sus ojos azules brillan con un toque de avellana que ensombrece su profundidad.

Hace sonar la pulsera de su muñeca, como suele cuando está nerviosa. Una costumbre. Cree que el tintineo de esas viejas monedas de bronce ahuyenta la energía negativa.

«¿Me he fijado en algún caballero apuesto?», preguntan sus ojos. No. Mi corazón no está en venta, ni mi cuerpo. No tengo tiempo para el romance. Tengo ambiciones. Grandes ambiciones de estudiar el arte del perfume en París, pero jamás dejaría a mamá. Preferiría morir.

Aunque últimamente sale a menudo el tema de mi boda.

Mamá se casó a los quince con el «viajero» salvaje e impetuoso de Inglaterra al que amaba, un exsoldado alto y rubio que le robó el corazón con sus historias de cómo la Gran Guerra le arrancó el alma y de cómo mi madre se la devolvió.

A los dieciocho ya había perdido dos bebés y estaba embarazada de mí.

Y aquí estoy, sin siquiera rozar el amor. A diferencia de mi amiga Hannah . Desde que besó al hijo mayor de los Simms se cree especial. Yo tengo mejores cosas que hacer que atarme a un chico al que no amo, se me revuelven las tripas de pensarlo.

Según mamá, cuando conozca al hombre adecuado sentiré algo especial.

«¿Cómo lo sabré?», le pregunto. Ella sonríe y hace tintinear su pulsera.

«Lo sabrás cuando el corazón te galope como si bailaras en una nube.

Y, cuando eso ocurra —le gusta añadir—, la vie est bonne … , la vida es buena, n’est-ce pas? ».

Aun así, los ancianos me sermonean con que es mala suerte no unirme a un hombre y bendecir a la tribu con un niño pronto.

Yo quiero usar esta nariz que Dios me dio y crear perfumes hermosos, dar esperanza a las mujeres que veo arrastrarse por la vida con delantales sucios y el pelo revuelto, bebés en la cadera y manchas de carbón en las mejillas.

Que sepan que son guapas y lo valiosas que son para sus familias…

Como mamá. Le encanta la fragancia que hice para ella con rosa, jacinto, lavanda…

, jengibre y…, le faltan notas, especias que aún no tengo, pero las conseguiré. Tengo tiempo de sobra.

Solo tengo diecisiete…, virgen por elección. No volveré a hablar del tema.

Aunque no es raro que los hombres romaníes de otros clanes rapten a una chica mientras duerme, por eso mamá me enseñó la puerta oculta detrás del cajón del fondo del carro, una puerta que ella usaba para escabullirse y verse con papá antes de casarse.